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Archivos Mensuales: septiembre 2014

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Cuando ella llegó yo estaba solo en mi despacho fumando un cigarrillo tras otro. Ya en primero de la escuela de detectives a uno le enseñan que para ser detective, más importante que resolver casos, es fumar un cigarrillo tras otro. Yo fumaba Ducados, que con su humo denso y azul me hacían parecer un tipo realmente duro. O eso pensaba yo.

Ella me miraba desde la silla plegable que tenía para los clientes. Si los clientes venían en pareja, uno tenía que quedarse de pie, o bien turnarse para estar sentados ambos. De todos modos, sentado tampoco se estaba mucho más cómodo. Ya en segundo de la escuela de detectives a uno le enseñan que para ser detective, más importante que resolver casos, es ser desagradable con tus clientes. Por suerte, ella había venido sola.

La luz se colaba por entre las persianas, mostrándome a una mujer misteriosa y atractiva. Las abrí para verla mejor. Descubrí que no era tan atractiva, así que volví a entornarlas. Le ofrecí un whisky y yo me preparé dos. El primero me lo bebí de un trago. El segundo lo usé para hacer resonar los hielos en su interior mientras la mujer me hablaba. Tercero de la escuela de detectives, ya saben.

– Quiero encontrar a La Muerte. – me dijo. – Ella se ha llevado a mi marido.

Le di una fuerte calada a mi cigarrillo, saqué otro del paquete y lo encendí con la colilla del anterior. Luego tiré ambos cigarros al cenicero para que siguiesen formando aquel humo que me hacía sentir tan profesional.

– Yo no puedo hacer eso, muñeca. No se ni siquiera donde empezar a buscar.

Entonces ella abrió las piernas, y lo que vi entre ellas me convenció.

– Un millón de dólares.

– ¿Cuánto es eso al cambio en euros? – le pregunté con sensualidad

– Averígüelo usted. ¿Acaso no es detective?

Yo sabía que aquella mujer no me iba a traer más que problemas. Me cegó aquello, lo que había entre sus piernas. Un millón de dólares…¿pueden imaginar algo más sexy? Le dije a aquella aspirante a mujer fatal que ya le informaría cuando tuviese algo y me puse mi gorra de detective. Ella se acercó a mí, rodeando la mesa, se puso a mi espalda y me la quitó. Luego empezó a quitarme la gabardina. Estaba dejándome llevar cuando ocurrió.

Ella sacó aquel disfraz del Pato Donald, yo no sabía que pensar. Me dijo que allá donde iba necesitaría la mayor discreción. Intenté explicarle que lo único menos discreto que se me ocurría era aparecer con la Filarmónica de Nueva York. Entonces me contó cual sería mi destino. Cuando cruzó la puerta de mi despacho supe que estaba perdido.

 

Llegué a aquella fiesta de carnaval sobre las diez de la noche. Además del disfraz había decidido pegarme plumas blancas por la cara para ocultar completamente mi identidad.

Desde la distancia, oculto tras un periódico, observaba a un hombre con disfraz de esqueleto. Si allí estaba La Muerte, tenía que ser él. Estaba vigilando cuando alguien se me acercó por la espalda. Noté el frío de aquel revolver contra mis riñones incluso a través del disfraz. Me giré. Nunca un disfraz de pirata sexy me había dado tanto miedo.

– ¿Qué haces aquí, Kowalski?

– Hay que ser muy poco hombre para apuntar a un dibujo animado con un revólver. – le dije con sensualidad. Cuando me pongo nervioso soy incapaz de no ser sensual.

– No engañas a nadie, Kowalski. Tu peste a Ducados te delata.

– Este trabajo es mío, Garthia. Tú ni siquiera aprobaste cuarto de la escuela de detectives.

– Supongo que esa mujer también fue a tu despacho. Como comprenderás, no pienso dejar que te lleves lo que tenía entre las piernas.

Volví a recordar a aquella mujer. Así que había contratado a más detectives para un mismo caso. Definitivamente, deberíamos montar un sindicato. Estoy harto de estas intromisiones.

– Siempre podemos repartirnoslo, Garthia.

– Ni lo sueñes, Kowalski. Voy a llenarte de plomo.

Esa frase me desconcertó. Yo no la aprendí hasta cuarto de la escuela de detectives. ¿Cómo podía él conocerla? Como si me hubiera leído los pensamientos, me dijo:

– ¿Has oído hablar de la universidad a distancia?

Después recuerdo un golpe con la culata del arma. Mi último pensamiento fue: Golpe con la culata. Este cabrón sí que debió terminar los estudios.

 

Cuando desperté, La Muerte estaba ante mí. Sin saberlo, Garthia me había ayudado a acercarme a mi objetivo. Me dijo que había venido a buscarme. Me costó contestarle sin sensualidad. Le dije que yo también le buscaba a ella. Para mi sorpresa, se empezó a reír a carcajadas. Su risa era tan agradable como el sonido de unas uñas rascando una pizarra.

– ¿Tengo tiempo para un último cigarro antes de morir?

– El tabaco mata, Kowalski. Deberías saber eso.

– Supongo que tú también. En esta situación no me hará demasiado daño.

Saqué uno de mis ducados y me lo metí en la boca. Le dije que no tenía mechero y La Muerte me ofreció unas cerillas que publicitaban una casa de citas. La Muerte tenía vicios también, al parecer.

Con una maniobra aprendida en la asignatura optativa “Maniobras Traicioneras I”, le doblé la muñeca y le esposé a los ornamentos metálicos del cabecero de la cama. Encendí un par de cigarros para ambientar la habitación, entorné las persianas y llamé a la policía.

– Esta es La Muerte, culpable de asesinato de miles de millones de personas. Y lo más importante: culpable de asesinato del marido de mi clienta.

– ¡Kowalski! ¿Pero por qué hostias va usted disfrazado de Pato Donald?

Para que me creyesen y no pensasen que solo era un borracho disfrazado de manera grotesca, obligué al detenido a que tocase con un dedo el pecho de un agente de tres al cuarto. Cayó fulminado al momento, mientras los demás aplaudían asombrados.

 

Salí de allí escoltado por aquellos agentes ante la mirada de odio de aquella pirata sexy en la que se había convertido el cobarde de Garthia.

– Toma universidad a distancia, Garthia. Así aprenderás a no infravalorar las clases presenciales y las tutorías personalizadas de la escuela de detectives.

 

Entre whiskys y Ducados, mi clienta me explicó que el encontronazo entre Garthia y yo estaba planeado desde un principio para acercarnos a uno de los dos a La Muerte. Astuta Mujer Fatal. Me dio lo que tenía entre las piernas y lo guardé en la caja fuerte. Bebimos más whisky. Sacó un puro y me ofreció otro a mi. Le dije que no me gustaban los símbolos fálicos.

– ¿Sabes qué me gusta más que un símbolo fálico?

– Dímelo tú, querida.

– Los falos de verdad.

Hicimos el amor toda la noche con la ventana abierta, oyendo los ruidos de la ciudad que tanto me preocupaba por liberar del mal. A la mañana siguiente me arrepentí de no haber entornado las persianas. Desde el otro lado de la cama, sin maquillaje y sin un millón de dólares entre las piernas, aquella mujer era todo un engendro. Y encima quería que le preparase el desayuno.

Acudí corriendo a la comisaría para suplicarle a La Muerte que acabase conmigo, con ella o con toda la raza mundial. Volvió a reírse de aquella manera que me recordaba tanto a un tenedor arañando un plato.

A la salida, allí estaba ella. Quería que la invitase a comer, que fuéramos al cine y luego hiciéramos el amor hasta que saliese el sol. Estábamos en la calle, y allí no había persianas que entornar. Me cogió del brazo y me obligó a caminar. Nos cruzamos con Garthia, que no pudo ni quiso reprimir una carcajada al verme con ella. Maldita escuela para detectives.

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Restaurante-KafeAntzoki-Bilbao-InteriorAquí la primera parte: https://lahistoriameconfunde.wordpress.com/2014/08/25/sucedio-en-aste-nagusi/

Como cada jueves, el Kafe Antzoki, antaño un teatro, actualmente un antro de lujuria y perversión, está lleno hasta el culo. Huele a sobaco, a tabaco y a un montón de cosas más que acaban en aco. Este lugar es de lo más variado. Pantalones de Ternua se mezclan con polos de Ralph Lauren y flequillos engominados como en una sinfonía de felicidad y comunión etílica. Miles de cuerpos hacen gestos como de lenguaje de signos mientras suena una canción de Zea Mays. Pienso que más que sordos parecen todos gilipollas. Mi misión es educar musicalmente a esta gente.

Mientras me acerco a la zona reservada para el DJ, veo en el piso de abajo, en la zona que cuando el bar no está lleno de estudiantes borrachos se convierte en escenario, a uno de mis colegas intentando ligar con una tía. El otro tío con el que hemos salido ya se ha ido con su novia, así que ahora tengo un doble objetivo. El primero, el primordial, el más importante: que me pongan Aires de Fiesta, de Karina, en el Antzoki. Llevo varias semanas intentándolo y esta vez ya se ha convertido en un reto. El segundo es más variable: puedo, o bien ligar yo también, lo cual parece bastante complicado porque estoy tan borracho que antes he intentado salir por la puerta de las taquillas, o bien joderle el ligue a mi colega, lo cual parece bastante más sencillo.

– Aires de Fiesta, de Karina – digo con suficiencia cuando se acerca el DJ.

El tío me hace un gesto con la cabeza, como de no entender. Se lleva una mano al oído.

– ¡Aires de Fiesta! ¡De Karina, joder!

El tío me hace un gesto con la cabeza, como de entender perfectamente. Se descojona y se va riéndose hasta la otra esquina de su espacio de DJ.

– ¡Eh, tío, soy tu cliente, joder! ¡He visto como le ponías Zea Mays a la tía de antes! ¡Zea Mays es una mierda! ¡A tope con Karina!

Animo a las tías que hay a mi lado a que griten conmigo pero me mandan a la mierda. El tío no me hace ni caso, sigue riéndose, y si algo odio más que un patxaran aguado es que la gente no me tome en serio.

– Mira, tío, o me pones a Aires de Fiesta o empiezo a escupir al piso de abajo.

El tío me mira con cara de pocos amigos. Dejo resbalar un poco de saliva por mis labios y cuando está a punto de caer al piso de abajo, absorbo fuerte del hilillo de baba para evitar la caía. Miro al tío a ver si reacciona. Vuelvo a repetir la operación.

Tras varios tanteos, el Dj vuelve a acercarse a mí.

– Si echas un solo japo llamo a los de seguridad para que te hagan limpiarlo con la lengua.

Le digo que no sería el primer japo que limpio con la lengua, pero no le impresiona demasiado. Le digo que voy a ir a la barra a pedir una hoja de reclamaciones y le impresiona menos todavía.

Me acerco a las tías de antes.

– Necesito vuestra ayuda para una misión peligrosísima.

– Tú eres Alonso Iturriaga, ¿no? – me dice una de ellas.

– ¿Eres agente secreto o algo así? – me dice la otra con sorna.

– ¿Estás loca? No hables tan alto, joder. Hay un montón de oídos aquí. Espera, ¿de qué me conocéis? ¡Da igual, no me lo digáis! Tengo problemas más importantes.

Les explico mi plan: ellas, como chicas atractivas que son, se acercarán al Dj y le pedirán que ponga Aires de Fiesta. Al triplicarse en cuestión de segundos la cantidad de gente que desea escuchar esa canción concreta el tío no podrá negarse. Ellas me explican su plan: esperar a que el novio de una de ellas, que resulta ser el DJ, salga de trabajar para contarle lo que opino de su atractivo y que el obre en consecuencia. Le doy un trago a mi patxaran como signo de virilidad. Lo escupo. Está aguado.

Todo sale mal. Ha llegado el momento de joderle el ligue a mi colega para que así me pueda ayudar a conseguir mi absurdo objetivo.

Camino agarrado a la valla del segundo piso del bar. Unas chaqueta allí apoyadas caen al piso de abajo. Creo que ha sido culpa mía. Un tío que dice ser dueño de una de esas chaquetas me lo confirma. Concretamente, me lo confirma dandome una sonora colleja. Me voy corriendo antes de que sus amigos me confirmen la propiedad del resto de chaquetas.

Llego a donde mi amigo y me doy cuenta de que aún no he pensado en una táctica para joderle el ligue. Ante la falta de alternativas, me temo que voy a tener que besarle. Me armo de valor y lo hago. Veo la cara de alucine de la tía. Le meto la lengua. Mi amigo empieza a hacer ruidos de arcadas mientras los ojos parecen salírsele de las órbitas. Miro de reojo a la chica, que se está riendo. Para que le quede clara la situación, dejo de besar a mi colega y suelto la sentencia final:

– Hoy estoy borracho. No hace falta que te pongas condón.

Mi colega niega con la cabeza mientras sonríe a la chica avergonzado. Me doy cuenta de que la chica me suena.

– ¿Alonso?

Miro al techo.

– ¿Dios?

La chica se ríe.

– Qué gilipollas eres.

Mi colega no se ríe.

– ¿Os conocéis?

Miro a la chica intentando recordarla. ¡Ya lo se, joder! Intenté ligármela hace un mes, en Aste Nagusi.

– ¡Joder, la chica de Kaskagorri!

– Me llamo Mercedes, chico.

– Como el coche de mi tío, entonces. – espero a ver si se ríe. No se ríe. Hay que cambiar de tema – Vaya, tía, como me ha costado reconocerte sin falda de arrantzale.

– Y a mi a ti sin purpurina por la cara. Y sin tirarte la bebida por encima.

Estoy a punto de volcarme el patxaran por la cabeza cuando la tía (Mercedes, se llama Mercedes) me para la mano.

– ¡Te preocupas por mi! Chica, esto tiene que ser amor verdadero.

La chica vuelve a sonreirse y me pregunta por mi desaparición cuando íbamos de camino a Bilvi. Le digo que es una historia muy larga, que tiene que ver con los baños portátiles de fiestas de Bilbao, y que es bastante asquerosa, que prefiero no contársela. Mi colega se encuentra con otro colega suyo que también empieza a hacer como que le besa, poniéndole la mano en la boca para evitar cualquier contacto bien labial o lengual, o como coño se llame un contacto con la lengua. Vuelvo a prestar atención a Mercedes.

– Eres bastante asqueroso, pero también bastante divertido.

– El primer ruido que hice al nacer fue un pedo, querida. Tu me dirás si se te ocurre algo más gracioso y divertido.

La chica se ríe. Pienso que podría ligármela ahora mismo. Pero he de ser fuerte. Mi objetivo es otro.

– Tienes que acompañarme a la barra, Mercedes.

– Tranqui, mientras no me tires la cerveza al suelo estoy servida.

– Es mucho más importante, créeme.

Nos acercamos a la barra apartando cuerpos que bailan al son de La Canción del Pirata, del puto Sabina. ¡Pueden poner Sabina pero no ponen Karina! Se van a cagar, pienso.

Brindo con Mercedes y vacío de un trago mi aguado patxaran. Que lo odie no significa que no vaya a bebérmelo, joder, ya lo he pagado.

– Un patxaran y la hoja de reclamaciones, por favor – digo en la barra.

– ¿Hoja de reclamaciones? ¿Para qué quieres eso?

– El Dj no me quiere poner Aires de Fiesta de Karina.

El camarero se empieza a reír. Miro a Mercedes. Ella también se ríe.

– ¿Qué es esto, el puto club de la comedia? ¡Lo digo en serio, joder!

– Chupito o copa.

– ¿Esa canción de quién es?

– Venga tío, que tengo la barra petada, ¿quieres el patxaran en chupito o en copa?

– ¡Ah! En copa, por favor. Y la hoja de reclamaciones.

El tío me pone una copa de patxaran con dos hielos. Le pido otro hielo. Le digo que ahora tiene mucho hielo, que me eche más patxaran. Me manda a la mierda previo pago de tres euros cincuenta. Miro mi cartera. Tengo dos euros ochenta. Se lo digo al camarero, que guarda la copa bajo la barra.

– Vale, tío, hagamos lo siguiente. Quítale el hielo extra y te pago dos ochenta y en paz.

– Vete de la barra de una puta vez o llamo a seguridad.

– ¡Quiero dos hojas de reclamaciones, joder!

Mercedes me dice que me calme y me da los setenta céntimos que faltan. Se lo agradezco. El camarero me da mi patxaran. Me dice si a él no le doy las gracias. Le digo que no hasta que me de mi puta hoja de reclamaciones. Mercedes me saca de allí antes de que el tío salte la barra.

Mientras subimos las escaleras le cuento que ha sido un hecho muy casual el que nos hayamos encontrado, que yo solo quería joderle el ligue a mi colega, que ha resultado ser ella. Ella me dice que no he conseguido joderle el ligue y me señala al piso de abajo. Sobre el suelo de lo que suele ser el escenario, mi colega y otro amigo suyo están tumbados, uno encima de otro, fingiendo un coito de lo más violento. Sus pelvises se golpean como si tuviesen un imán. La gente alrededor le mira, algunos escandalizados, otros divertidos, la mayoría grabándolo con sus móviles. Es una escena de lo más dantesca. Pero ellos están ahí, pasandolo genial con su violento polvo fingido…

Cojo a Mercedes de un brazo y la miro a los ojos. Con todo mi aplomo, se lo digo.

– Me encantaría fingir un coito violento contigo, Mercedes.

– Bueno, primero la canción, ¿no?

Quiero decirle que la canción puede esperar, pero veo acercarse a los tíos de las chaquetas de antes, así que asiento con la cabeza y me la llevo de allí.

Cuando llegamos a donde el Dj, Mercedes habla con él durante diez segundos, y durante treinta segundos más habla con las chicas a las que he intentado convencer antes, que han resultado ser sus amigas. Al de tres minutos, empieza a sonar.

– ¡Aires de fiesta, los chicos y chicas, radiantes de feeelicidaaaaaaaaad!

Empiezo a bailar, radiante de felicidad, con Mercedes, medio de un Antzoki en el que las luces empiezan a encenderse.

En cuanto termina la canción, bajamos por las escaleras y salimos por el pasadizo secreto que hay a la izquierda del escenario, ese que todo el mundo conoce pero poca gente usa para salir del Kafe Antzoki. En la salida, me encuentro con mi colega, que está con su colega, y los tres empezamos a fingir un coito violento.

– Oye, majo, tu finges un coito violento con cualquiera. – me dice Mercedes.

– Si quieres lo fijo contigo, ¿eh?

– Es que así, sin purpurina ni nada…

Y juntos marchamos por Bilbao, un viernes a las cinco de la mañana, en busca de una mercería en la que comprar purpurina.

556294_409768885811246_1853604189_nEn 1944 no era extraño escuchar grandes ruidos, pero el de aquel día despertó a media ciudad. Un avión de la Luftwaffe se había visto forzado a realizar un aterrizaje de emergencia en plena ría de Bilbao. Mientras los vecinos le observaban desde la orilla, un hombre vestido con el uniforme de aviación nacionalsocialista se arrastraba hacia fuera del aparato y hacia dentro de la ría.

Algunos vecinos regresaron a sus casas y volvieron con palos, sartenes, tuberías y cualquier objeto susceptible de ser utilizado para abrir brechas profundas en cabezas nazis. El accidentado trataba de nadar hacia la orilla ante las miradas hostiles de los lugareños, que esperaban su llegada para darle su opinión sobre el imperialismo del Tercer Reich como se da la opinión en Bilbao. Cuando el hombre subió las mugrientas escalerillas y todos se iban a abalanzar sobre él, un vecino armado con un tablón de txalaparta frenó a sus convecinos.

– Dejadle – les dijo – que va al bar de Sabino.

El nazi miró a aquellos hombres con desdén. Pensó que le tenían tanto miedo que no osaban agredirle. Pero lo que ocurría en realidad era que todos sabían que allí dentro, en aquel bar, el nazi iba a sufrir más que con cualquier paliza con la que pudieran recibirle. No era porque Sabino tuviese nada contra los nazis, de hecho, los odiaba exactamente lo mismo que el resto de la ciudad. Sabino iba a hacerle sufrir por otra cosa. Porque era un camarero vasco en el turno de mañana.

– ¡Eh, figura! ¿A donde vas con tanta prisa? – la atronadora voz de Sabino en la oscuridad del bar hizo que el nazi se quedase parado en el mismo umbral de la puerta.

– Tengo que cambiarrrrme de uniforrrrme. – y acabada esta frase el nazi volvió a caminar.

– ¡Artista! ¡Que me manchas el bar, que tienes las botas empapadas! – Sabino hablaba sin sacarse el palillo de la boca.

– Porrrr eso tengo que cambiarrrrrme de uniforrrrrme. – el nazi se manejaba bastante bien con el castellano para ser un nazi.

– Límpiate con el felpudo antes. A ver si me voy a gastar el dinero en felpudos para que la gente venga y ni los pise. ¡Límpiate con el felpudo te he dicho!

El nazi obedeció, sonrió forzadamente a Sabino y entró al local. Se dirigió directamente al baño.

– Oye, fenómeno, ¿a donde te crees que vas?

– Ya se lo he dicho. Tengo que cambiarrrrme.

– El baño es solo para clientes, fenómeno.

El nazi sacó su Luger reglamentaria del bolsillo y apuntó a Sabino con ella.

– Mirrre, señorrr camarrrerrro. Si me deja usarrr su baño, me cambiarrré, saldrrrrré de aquí y nadie saldrrrá herrrrido.

Sabino se apoyó tranquilamente en la barra con las dos manos.

– Oye, fenómeno, si te dejo entrar al baño sin consumir luego todos van a querer hacer lo mismo. Tómate aunque sea un vino y ya está. O algo para comer. Estarás hambriento de tanto hacer cosas nazis.

– Tal vez luego.

El nazi empezó a caminar hacia el baño de espaldas, sin dejar de apuntar a Sabino, que le miraba con una sonrisa. Chocó contra una puerta metálica que tenía escrito con tiza las letras VC. Se dio la vuelta, giró el picaporte y…

– ¡Está cerrrada!

– Ya te lo he dicho, figura, solo para clientes. Si quieres la llave tendrás que consumir algo.

El nazi se acercó corriendo furioso hasta Sabino.

– ¡Abrrrreme la puerrrrrrta desgrrrraciado!

– Te doy la llave si consumes algo.

El nazi amartilló su arma. Sabino siguió hablándole con tranquilidad.

– Mira, figura, si me matas antes de que me de tiempo de hacer las tortillas esa gente que está ahí fuera se va a quedar sin sus pinchos. Y, bueno, nunca me he arriesgado a comprobarlo, pero no creo que les guste que nadie les deje sin pinchos a media mañana.

– ¡Me da igual esa gente! ¡Me dan igual los pinchos! !!¡Ábrrreme el puto baño o te reviento la cabeza!!!

– ¿Tinto o blanco?

– ¿¿¿Qué???

– Que si quieres el vino tinto o blanco. No vas a entrar al baño sin consumir.

– Mirrrra, ¿sabes que te digo? Me da igual, me cambiaré aquí.

El nazi sacó un uniforme envuelto en plásticos de su mochila y empezó a quitarse el mojado.

– Eh, eh, eh, artista, que este no es un bar de esos que la gente se desnuda. Es un bar de esos que la gente toma vinos calladita sin molestar al camarero. Porque, si no, el camarero les da de hostias hasta que les borra la cara entera.

– ¿Errres idiota? ¡Te estoy apuntando con una pistola, cállate de una vez!

Sabino, por primera vez en toda la mañana, perdió su sonrisa. Empezó a girar el palillo compulsivamente dentro de su boca.

– ¡Pero tú de que vas, listomierda! ¡Que este es mi bar! ¡Nadie me grita en mi bar!

– ¡Y yo soy un soldado del Tercer Reich! Nadie le dice a un soldado del Reich donde se puede cambiar y donde no.

– ¡Esto no es el Reich, fenómeno! Esto es el bar de Sabino.

El nazi, casi en calzoncillos, apuntaba con la pistola a Sabino, pero también con una sonrisa que a este no le gustaba nada.

– No me gusta tu sonrisa, granuja.

– Ni a mi tu taberna, camarrrrerrro.

– Mira, vamos a hacer una cosa. Te vas a tomar un vino que hacemos aquí en la casa. Te invito yo. Así, ya habrás consumido y podrás usar el baño. No quiero verte en calzoncillos en mi bar.

– No me vendrrrá mal un vino.

Sabino volvió tras la barra y le sirvió el vino. El nazi hizo un gesto de cortesía y se lo bebió de un trago. Luego, sin dejar de apuntarle, volvió de espaldas al baño. Sabino salió de detrás de la barra con la llave y se dirigió a abrirle la puerta. En cuanto el nazi estuvo dentro del baño, Sabino volvió a cerrar con llave. El nazi empezó a golpear la puerta, y así estuvo durante varios minutos, hasta que, al final, volvió a oírse el sonido de la llave. El nazi salió al bar en calzoncillos, furioso y con la pistola en la mano dispuesto a dispararle al camerero. Pero Sabino ya no estaba solo.

Más de cien personas, armadas con todo tipo de enseres del hogar, esperaban al nazi en el bar. Sabino, sonriente, volvió a colocarse el palillo en la boca.

– Me debes tres pelas del vino.

– Pe…perrro….perrrrro…usted me dijo que me invitaba.

– Me debes tres pelas de vino, figura.

– To…tome. Cinco marcos. – el nazi sacó un billete – Es mucho más que tres pelas.

– Me debes tres pelas de vino, fenómeno.

– ¡Marcos alemanes! ¡El dinero del Reich!

– ¡Esto no es Alemania! – Sabino se echó a reir – ¡Esto…es…Euskadi!

Sabino escupió el palillo con tanta fuerza que se le clavó al nazi en el ojo. Rápidamente, entre todos, lo ataron y lo volvieron a llevar hasta el avión, que todavía descansaba sobre las sucias aguas de la ría, donde lo ataron a uno de los patines. Arrastraron el barco hasta la bocana del puerto, y allí lo dejaron a merced de las corrientes.

Aún hoy, en Bilbao, sigue abierto el bar de Sabino, regentado ahora por sus nietos. No os diré cual es, pero sí que, en su interior, podeis encontrar un billete de cinco marcos enmarcado sobre la barra. El recuerdo de cuando un nazi quiso conquistar un bar de Bilbao.

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