Y UN NAZI ATERRIZÓ EN BILBAO

556294_409768885811246_1853604189_nEn 1944 no era extraño escuchar grandes ruidos, pero el de aquel día despertó a media ciudad. Un avión de la Luftwaffe se había visto forzado a realizar un aterrizaje de emergencia en plena ría de Bilbao. Mientras los vecinos le observaban desde la orilla, un hombre vestido con el uniforme de aviación nacionalsocialista se arrastraba hacia fuera del aparato y hacia dentro de la ría.

Algunos vecinos regresaron a sus casas y volvieron con palos, sartenes, tuberías y cualquier objeto susceptible de ser utilizado para abrir brechas profundas en cabezas nazis. El accidentado trataba de nadar hacia la orilla ante las miradas hostiles de los lugareños, que esperaban su llegada para darle su opinión sobre el imperialismo del Tercer Reich como se da la opinión en Bilbao. Cuando el hombre subió las mugrientas escalerillas y todos se iban a abalanzar sobre él, un vecino armado con un tablón de txalaparta frenó a sus convecinos.

– Dejadle – les dijo – que va al bar de Sabino.

El nazi miró a aquellos hombres con desdén. Pensó que le tenían tanto miedo que no osaban agredirle. Pero lo que ocurría en realidad era que todos sabían que allí dentro, en aquel bar, el nazi iba a sufrir más que con cualquier paliza con la que pudieran recibirle. No era porque Sabino tuviese nada contra los nazis, de hecho, los odiaba exactamente lo mismo que el resto de la ciudad. Sabino iba a hacerle sufrir por otra cosa. Porque era un camarero vasco en el turno de mañana.

– ¡Eh, figura! ¿A donde vas con tanta prisa? – la atronadora voz de Sabino en la oscuridad del bar hizo que el nazi se quedase parado en el mismo umbral de la puerta.

– Tengo que cambiarrrrme de uniforrrrme. – y acabada esta frase el nazi volvió a caminar.

– ¡Artista! ¡Que me manchas el bar, que tienes las botas empapadas! – Sabino hablaba sin sacarse el palillo de la boca.

– Porrrr eso tengo que cambiarrrrrme de uniforrrrrme. – el nazi se manejaba bastante bien con el castellano para ser un nazi.

– Límpiate con el felpudo antes. A ver si me voy a gastar el dinero en felpudos para que la gente venga y ni los pise. ¡Límpiate con el felpudo te he dicho!

El nazi obedeció, sonrió forzadamente a Sabino y entró al local. Se dirigió directamente al baño.

– Oye, fenómeno, ¿a donde te crees que vas?

– Ya se lo he dicho. Tengo que cambiarrrrme.

– El baño es solo para clientes, fenómeno.

El nazi sacó su Luger reglamentaria del bolsillo y apuntó a Sabino con ella.

– Mirrre, señorrr camarrrerrro. Si me deja usarrr su baño, me cambiarrré, saldrrrrré de aquí y nadie saldrrrá herrrrido.

Sabino se apoyó tranquilamente en la barra con las dos manos.

– Oye, fenómeno, si te dejo entrar al baño sin consumir luego todos van a querer hacer lo mismo. Tómate aunque sea un vino y ya está. O algo para comer. Estarás hambriento de tanto hacer cosas nazis.

– Tal vez luego.

El nazi empezó a caminar hacia el baño de espaldas, sin dejar de apuntar a Sabino, que le miraba con una sonrisa. Chocó contra una puerta metálica que tenía escrito con tiza las letras VC. Se dio la vuelta, giró el picaporte y…

– ¡Está cerrrada!

– Ya te lo he dicho, figura, solo para clientes. Si quieres la llave tendrás que consumir algo.

El nazi se acercó corriendo furioso hasta Sabino.

– ¡Abrrrreme la puerrrrrrta desgrrrraciado!

– Te doy la llave si consumes algo.

El nazi amartilló su arma. Sabino siguió hablándole con tranquilidad.

– Mira, figura, si me matas antes de que me de tiempo de hacer las tortillas esa gente que está ahí fuera se va a quedar sin sus pinchos. Y, bueno, nunca me he arriesgado a comprobarlo, pero no creo que les guste que nadie les deje sin pinchos a media mañana.

– ¡Me da igual esa gente! ¡Me dan igual los pinchos! !!¡Ábrrreme el puto baño o te reviento la cabeza!!!

– ¿Tinto o blanco?

– ¿¿¿Qué???

– Que si quieres el vino tinto o blanco. No vas a entrar al baño sin consumir.

– Mirrrra, ¿sabes que te digo? Me da igual, me cambiaré aquí.

El nazi sacó un uniforme envuelto en plásticos de su mochila y empezó a quitarse el mojado.

– Eh, eh, eh, artista, que este no es un bar de esos que la gente se desnuda. Es un bar de esos que la gente toma vinos calladita sin molestar al camarero. Porque, si no, el camarero les da de hostias hasta que les borra la cara entera.

– ¿Errres idiota? ¡Te estoy apuntando con una pistola, cállate de una vez!

Sabino, por primera vez en toda la mañana, perdió su sonrisa. Empezó a girar el palillo compulsivamente dentro de su boca.

– ¡Pero tú de que vas, listomierda! ¡Que este es mi bar! ¡Nadie me grita en mi bar!

– ¡Y yo soy un soldado del Tercer Reich! Nadie le dice a un soldado del Reich donde se puede cambiar y donde no.

– ¡Esto no es el Reich, fenómeno! Esto es el bar de Sabino.

El nazi, casi en calzoncillos, apuntaba con la pistola a Sabino, pero también con una sonrisa que a este no le gustaba nada.

– No me gusta tu sonrisa, granuja.

– Ni a mi tu taberna, camarrrrerrro.

– Mira, vamos a hacer una cosa. Te vas a tomar un vino que hacemos aquí en la casa. Te invito yo. Así, ya habrás consumido y podrás usar el baño. No quiero verte en calzoncillos en mi bar.

– No me vendrrrá mal un vino.

Sabino volvió tras la barra y le sirvió el vino. El nazi hizo un gesto de cortesía y se lo bebió de un trago. Luego, sin dejar de apuntarle, volvió de espaldas al baño. Sabino salió de detrás de la barra con la llave y se dirigió a abrirle la puerta. En cuanto el nazi estuvo dentro del baño, Sabino volvió a cerrar con llave. El nazi empezó a golpear la puerta, y así estuvo durante varios minutos, hasta que, al final, volvió a oírse el sonido de la llave. El nazi salió al bar en calzoncillos, furioso y con la pistola en la mano dispuesto a dispararle al camerero. Pero Sabino ya no estaba solo.

Más de cien personas, armadas con todo tipo de enseres del hogar, esperaban al nazi en el bar. Sabino, sonriente, volvió a colocarse el palillo en la boca.

– Me debes tres pelas del vino.

– Pe…perrro….perrrrro…usted me dijo que me invitaba.

– Me debes tres pelas de vino, figura.

– To…tome. Cinco marcos. – el nazi sacó un billete – Es mucho más que tres pelas.

– Me debes tres pelas de vino, fenómeno.

– ¡Marcos alemanes! ¡El dinero del Reich!

– ¡Esto no es Alemania! – Sabino se echó a reir – ¡Esto…es…Euskadi!

Sabino escupió el palillo con tanta fuerza que se le clavó al nazi en el ojo. Rápidamente, entre todos, lo ataron y lo volvieron a llevar hasta el avión, que todavía descansaba sobre las sucias aguas de la ría, donde lo ataron a uno de los patines. Arrastraron el barco hasta la bocana del puerto, y allí lo dejaron a merced de las corrientes.

Aún hoy, en Bilbao, sigue abierto el bar de Sabino, regentado ahora por sus nietos. No os diré cual es, pero sí que, en su interior, podeis encontrar un billete de cinco marcos enmarcado sobre la barra. El recuerdo de cuando un nazi quiso conquistar un bar de Bilbao.

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