COMO DETENER A LA MUERTE

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Cuando ella llegó yo estaba solo en mi despacho fumando un cigarrillo tras otro. Ya en primero de la escuela de detectives a uno le enseñan que para ser detective, más importante que resolver casos, es fumar un cigarrillo tras otro. Yo fumaba Ducados, que con su humo denso y azul me hacían parecer un tipo realmente duro. O eso pensaba yo.

Ella me miraba desde la silla plegable que tenía para los clientes. Si los clientes venían en pareja, uno tenía que quedarse de pie, o bien turnarse para estar sentados ambos. De todos modos, sentado tampoco se estaba mucho más cómodo. Ya en segundo de la escuela de detectives a uno le enseñan que para ser detective, más importante que resolver casos, es ser desagradable con tus clientes. Por suerte, ella había venido sola.

La luz se colaba por entre las persianas, mostrándome a una mujer misteriosa y atractiva. Las abrí para verla mejor. Descubrí que no era tan atractiva, así que volví a entornarlas. Le ofrecí un whisky y yo me preparé dos. El primero me lo bebí de un trago. El segundo lo usé para hacer resonar los hielos en su interior mientras la mujer me hablaba. Tercero de la escuela de detectives, ya saben.

– Quiero encontrar a La Muerte. – me dijo. – Ella se ha llevado a mi marido.

Le di una fuerte calada a mi cigarrillo, saqué otro del paquete y lo encendí con la colilla del anterior. Luego tiré ambos cigarros al cenicero para que siguiesen formando aquel humo que me hacía sentir tan profesional.

– Yo no puedo hacer eso, muñeca. No se ni siquiera donde empezar a buscar.

Entonces ella abrió las piernas, y lo que vi entre ellas me convenció.

– Un millón de dólares.

– ¿Cuánto es eso al cambio en euros? – le pregunté con sensualidad

– Averígüelo usted. ¿Acaso no es detective?

Yo sabía que aquella mujer no me iba a traer más que problemas. Me cegó aquello, lo que había entre sus piernas. Un millón de dólares…¿pueden imaginar algo más sexy? Le dije a aquella aspirante a mujer fatal que ya le informaría cuando tuviese algo y me puse mi gorra de detective. Ella se acercó a mí, rodeando la mesa, se puso a mi espalda y me la quitó. Luego empezó a quitarme la gabardina. Estaba dejándome llevar cuando ocurrió.

Ella sacó aquel disfraz del Pato Donald, yo no sabía que pensar. Me dijo que allá donde iba necesitaría la mayor discreción. Intenté explicarle que lo único menos discreto que se me ocurría era aparecer con la Filarmónica de Nueva York. Entonces me contó cual sería mi destino. Cuando cruzó la puerta de mi despacho supe que estaba perdido.

 

Llegué a aquella fiesta de carnaval sobre las diez de la noche. Además del disfraz había decidido pegarme plumas blancas por la cara para ocultar completamente mi identidad.

Desde la distancia, oculto tras un periódico, observaba a un hombre con disfraz de esqueleto. Si allí estaba La Muerte, tenía que ser él. Estaba vigilando cuando alguien se me acercó por la espalda. Noté el frío de aquel revolver contra mis riñones incluso a través del disfraz. Me giré. Nunca un disfraz de pirata sexy me había dado tanto miedo.

– ¿Qué haces aquí, Kowalski?

– Hay que ser muy poco hombre para apuntar a un dibujo animado con un revólver. – le dije con sensualidad. Cuando me pongo nervioso soy incapaz de no ser sensual.

– No engañas a nadie, Kowalski. Tu peste a Ducados te delata.

– Este trabajo es mío, Garthia. Tú ni siquiera aprobaste cuarto de la escuela de detectives.

– Supongo que esa mujer también fue a tu despacho. Como comprenderás, no pienso dejar que te lleves lo que tenía entre las piernas.

Volví a recordar a aquella mujer. Así que había contratado a más detectives para un mismo caso. Definitivamente, deberíamos montar un sindicato. Estoy harto de estas intromisiones.

– Siempre podemos repartirnoslo, Garthia.

– Ni lo sueñes, Kowalski. Voy a llenarte de plomo.

Esa frase me desconcertó. Yo no la aprendí hasta cuarto de la escuela de detectives. ¿Cómo podía él conocerla? Como si me hubiera leído los pensamientos, me dijo:

– ¿Has oído hablar de la universidad a distancia?

Después recuerdo un golpe con la culata del arma. Mi último pensamiento fue: Golpe con la culata. Este cabrón sí que debió terminar los estudios.

 

Cuando desperté, La Muerte estaba ante mí. Sin saberlo, Garthia me había ayudado a acercarme a mi objetivo. Me dijo que había venido a buscarme. Me costó contestarle sin sensualidad. Le dije que yo también le buscaba a ella. Para mi sorpresa, se empezó a reír a carcajadas. Su risa era tan agradable como el sonido de unas uñas rascando una pizarra.

– ¿Tengo tiempo para un último cigarro antes de morir?

– El tabaco mata, Kowalski. Deberías saber eso.

– Supongo que tú también. En esta situación no me hará demasiado daño.

Saqué uno de mis ducados y me lo metí en la boca. Le dije que no tenía mechero y La Muerte me ofreció unas cerillas que publicitaban una casa de citas. La Muerte tenía vicios también, al parecer.

Con una maniobra aprendida en la asignatura optativa “Maniobras Traicioneras I”, le doblé la muñeca y le esposé a los ornamentos metálicos del cabecero de la cama. Encendí un par de cigarros para ambientar la habitación, entorné las persianas y llamé a la policía.

– Esta es La Muerte, culpable de asesinato de miles de millones de personas. Y lo más importante: culpable de asesinato del marido de mi clienta.

– ¡Kowalski! ¿Pero por qué hostias va usted disfrazado de Pato Donald?

Para que me creyesen y no pensasen que solo era un borracho disfrazado de manera grotesca, obligué al detenido a que tocase con un dedo el pecho de un agente de tres al cuarto. Cayó fulminado al momento, mientras los demás aplaudían asombrados.

 

Salí de allí escoltado por aquellos agentes ante la mirada de odio de aquella pirata sexy en la que se había convertido el cobarde de Garthia.

– Toma universidad a distancia, Garthia. Así aprenderás a no infravalorar las clases presenciales y las tutorías personalizadas de la escuela de detectives.

 

Entre whiskys y Ducados, mi clienta me explicó que el encontronazo entre Garthia y yo estaba planeado desde un principio para acercarnos a uno de los dos a La Muerte. Astuta Mujer Fatal. Me dio lo que tenía entre las piernas y lo guardé en la caja fuerte. Bebimos más whisky. Sacó un puro y me ofreció otro a mi. Le dije que no me gustaban los símbolos fálicos.

– ¿Sabes qué me gusta más que un símbolo fálico?

– Dímelo tú, querida.

– Los falos de verdad.

Hicimos el amor toda la noche con la ventana abierta, oyendo los ruidos de la ciudad que tanto me preocupaba por liberar del mal. A la mañana siguiente me arrepentí de no haber entornado las persianas. Desde el otro lado de la cama, sin maquillaje y sin un millón de dólares entre las piernas, aquella mujer era todo un engendro. Y encima quería que le preparase el desayuno.

Acudí corriendo a la comisaría para suplicarle a La Muerte que acabase conmigo, con ella o con toda la raza mundial. Volvió a reírse de aquella manera que me recordaba tanto a un tenedor arañando un plato.

A la salida, allí estaba ella. Quería que la invitase a comer, que fuéramos al cine y luego hiciéramos el amor hasta que saliese el sol. Estábamos en la calle, y allí no había persianas que entornar. Me cogió del brazo y me obligó a caminar. Nos cruzamos con Garthia, que no pudo ni quiso reprimir una carcajada al verme con ella. Maldita escuela para detectives.

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