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Archivos Mensuales: octubre 2014

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Estaba a punto de irme a mi casa cuando vi pasar a todos aquellos coches por enfrente de la panadería. Primero pasaron dos coches negros, Mercedes Clase E. Después pasó otro igual, pero éste llevaba en la parte frontal dos banderitas, una de España y la otra del Imperio Romano. Fue éste el que se paró frente a mi tienda.

Del coche se bajó un hombre enorme con traje, gafas oscuras y pinganillo. Alguien cerró una persiana y el hombre sacó una pistola nervioso, mirando a su alrededor. Dios un paso hacia atrás y pisó unas hojas secas. El ruido le alarmó tanto que descerrajó un disparo a la acera. De repente, se cerraron todas las persianas de la calle. El hombre ya no sabía a donde apuntar. Su pinganillo sonó y el tipo guardó la pistola. Sacó un metro, midió el ancho de la acera y tocó en la ventanilla, que se bajó al instante. Le dijo algo al pasajero del asiento trasero y una sombra negó con la cabeza desde el interior. El coche dio marcha atrás y se subió a la acera. Se pegó tanto a mi puerta que apenas podía abrir la suya.

Del interior de aquel coche salió un joven con cara de niño que medía más o menos la mitad que sus guardaespaldas. Entró con tanta urgencia que el sensor de la puerta no se dio cuenta de su presencia. La primera imagen nítida que vi de aquel chaval fue la de su rostro estampado contra mi puerta de cristal. Le dijo algo a su guardaespaldas y volvió a entrar en el coche. El gorila entró en mi tienda.

– Tiene que desconectar ese sensor.

– Y una puta mierda. – le dije.

– ¿Pero usted sabe quién es mi cliente?

– Lo que se es que si quiere ser el mío va a tener que respetar mi sensor.

– Mi cliente odia los sensores.

– Pues quédese usted en la puerta para que se quede abierta.

El gorila comunicó la estrategia por su pinganillo y del coche empezaron a salir más gorilas. La imagen de aquellos forzudos entrando en mi tienda, cada uno acompañado del ding-dong correspondiente, era tan bizarra que no pude evitar la risa. Solo al llegar a la altura del mostrador, el grupo de guardaspaldas se separó y volvió a emerger entre ellos aquel joven con cara de niño.

– Quiero una chapata. – me dijo – Y un pastelito de arroz.

– Lo siento, a esta hora ya casi no nos queda nada. Puedes llevarte una barra de pan blanco si quieres.

– ¿Usted no sabe quién soy yo, no?

– Un cliente de los que llega justo a la hora de cerrar, supongo.

El chico empezó a reír. Miró a sus guardaespaldas, que empezaron a reír con él. De repente su rostro se tornó serio y gritó:

– ¡Soy Francisco Nicolás! Puedes llamarme Francisco, pero ni se te ocurra llamarme Nicolás.

– Bien, pues supongo que echas las presentaciones ya te puedes llevar tu barra de pan blanco.

– ¡Quiero una chapata! – y con un tono mucho más amable – Y un pastelito de arroz.

– Mira, Francisco…

– Ni se te ocurra decir Nicolás. – dijo uno de sus gorilas.

– Bueno, pues que no quedan chapatas. A estas horas solo quedan sobras. Las chapatas se terminaron como a las tres de la tarde.

– Señor, ¿usted cree que esa chapata es para mí?

Si hubiesen sido las tres de la tarde le hubiese mandado a tomar por culo, pero era jueves, a las ocho, no había liga ni champions y discutir con un joven con cara de niño era una perspectiva mucho más agradable que volver a casa con mi mujer. Así que le seguí la corriente.

– ¿No es para ti?

– No, señor, claro que no. Yo soy un simple testaferro.

– ¿Y quién es tan importante para que le tenga que conseguir una chapata a las ocho de la tarde?

– No olvide el pastelito de arroz.

– Eso, y el pastelito.

– ¿Le parece importante…- el chico hizo una pausa tan dramática que uno de los guardaespaldas salió llorando de la tienda. – …el rey de España?

– ¿Te tengo que decir lo que pienso o lo que quieres oír?

– No me importa en realidad. Quiero esa chapata.

– Pues chapata no me queda, pero siendo para quién es te puedo ofrecer este pan sin sal.

Le hizo un gesto con la cabeza a uno de sus gorilas, que sacó una balleta y limpió el mostrador. Cuando hubo terminado y se aseguró de que estaba limpio, el tal Francisco golpeó con todas sus fuerzas – que tampoco eran muchas – el cristal.

– ¡Lo que quiero es una maldita chapata! ¿Usted es panadero, no?

– Pues dentro de cinco minutos ya no. En un rato seré un panadero fuera del horario laboral. Así que olvídate de esa chapata.

El chaval empezó a canturrear la Cabalgata de las Valkyrias y sacó el móvil del bolsillo. Supuse que quería impresionarme, y me lo confirmó el hecho de que se refiriese a su interlocutor como “Su Altísima Majestad”. Colgó y me dijo:

– No quiere pan blanco. Más le vale hacer lo que le digo. Tengo contactos en las más altas esferas.

La situación empezaba a cabrearme. A esas alturas ya tenía ganas hasta de volver a casa con mi mujer.

– Mira, chaval. Tienes dos opciones. O te llevas el pan que tengo o no te llevas nada.

– Me voy a llevar una chapata.

– Te vas a llevar una hostia.

Los guardaespaldas sacaron sus armas y me apuntaron todos a la vez.

– Tiene usted dos opciones. O me consigue una chapata o alguno de mis jefes, y no se cual es el más malvado, terminará con su vida.

– Te hago una contraoferta. Como no tengo chapata, te regalo el pan blanco. Y el pastelillo de arroz te lo dejo a mitad de precio.

El chico me sonrió y le dijo a sus gorilas:

– Muchachos: Terminad con él.

Los gorilas amartillaron sus pistolas y me temí lo peor. Como panadero, jamás pensé que moriría por no tener una chapata. Pero cuando todo parecía perdido, cuando empezaba a ver mi vida pasar ante mis ojos, aquel sonido me salvó.

Ding-dong.

El pequeño Nicolás torció su gesto en una mueca de auténtico terror. Se quedó encogido en una esquina, junto a la puerta, mientras el sensor seguía sonando. Se balanceaba adelante y atrás como si fuese un péndulo hiperactivo. Los gorilas, confundidos, dejaron de apuntarme. Yo me acerqué y me arrodillé a su lado.

– ¿Qué pasa chaval? ¿Tienes miedo de que se enfaden tus jefes?

– El sensor…el sensor…

– ¿Qué le pasa al sensor?

– Odio los sensores. – dijo sin dejar de balancearse – Los sensores me hacen parecer una persona normal. Yo no quiero ser normal.

– Pues tranquilo, chico. Puedes estar seguro de que no lo eres. No todo el mundo tiene contactos en las altas esferas.

Se levantó y estalló en gritos.

– ¡No era verdad! ¡No soy el testaferro de nadie! ¡Ni siquiera me gustan las chapatas! ¡Solo he pedido chapata para hacerme el duro!

Y siguió sollozando.

– Tranquilo, chico, tranquilo. Toma, tu pastelillo de arroz. A éste invito yo.

Al chico se le iluminaron los ojos y empezó a masticarlo con ansiedad.

– Relájate, Francisco.

– Llámame Nicolás. – me rogó.

– Relájate, pequeño Nicolás.

– ¿Pero es que no lo entiende? Si no puedo convencer a un panadero, ni siquiera con todo este despliegue, de que soy una persona importante…¿A quién voy a convencer?

No tuve ni que pensarlo.

– ¿Has probado con los políticos?

El chico dejó de masticar y me miró a los ojos. Jamás olvidaré la sonrisa en su cara. Se arregló el traje y salió de la tienda con aire aún más resuelto del que tenía al entrar. Cuando el sensor hizo su ding-dong, el chico lo miró con todo el desprecio que se puede mirar a un sensor.

Cuando le detuvieron y empezó a hacerse famoso la policía vino a interrogarme. Me dijeron que había confesado el incidente y me preguntaron por mi opinión sobre el chaval. Me eché a reír y les dije:

– Solo era un chico que quería su pastelillo de arroz.

Barrenkale

El siguiente texto ha sido traducido directamente del artículo redactado por Bartosz Kieszlowski, crítico gastronómico polaco, publicado originalmente en el diario Warszawa Pierogi.

La experiencia que me dispongo a relatar es de las más curiosas que me han ocurrido jamás en mi trayectoria como crítico gastronómico. En todos mis años de barriga llena y pluma sincera jamás me había encontrado con algo tan extraño. Y eso que he viajado a México.

Después de visitar cada una de las calles que forman el Casco Viejo de Bilbao, y puedo afirmar sin miedo a equivocarme que son más de siete, como los mismos bilbaínos defienden, me dispuse a entrar en un íntimo local situado en Barrenkale Barrena, prácticamente junto a la ría.

Lo primero que me llamó la atención nada más cruzar el umbral fue el camarero. La decoración del local, similar a otros de la zona, era a base de madera y azulejo, con una greca azul y blanco surcando la pared. Un cartel en la puerta anunciaba un concierto para aquella noche. Los Silence Sinners. En general, parecía una buena opción para recargar fuerzas.

Pero el camarero no era como ninguno que haya conocido antes. Estaba encaramado a la barra, pasando la escoba a lo largo de toda su extensión. Cuando entré ni siquiera me miró a la cara, ni tampoco cuando me senté en la barra, ni tampoco al oírme carraspear. Después de cinco minutos esperando, me animé a tirarle de la pernera. El hombre me miró como si yo no tuviese ningún derecho a estar allí sentado. De hecho, sus primeras palabras fueron:

– No se puede estar en el bar sin consumir.

– Llevo cinco minutos esperando a que me atienda.

– Lleva cinco minutos en el bar sin consumir. – me dijo mientras volvía a barrer la barra.

Yo estaba deseoso de probar los pinchos de la zona, de los que tan bien me habían hablado. Le pregunté si tenía alguna especialidad que ofrecerme.

– ¿Tiene usted pinchos?

– ¿Le pregunto yo a usted si tiene pantalones?

– Disculpe, mi castellano es un poco flojo. Quiero decir si tiene usted…

– Si, pinchos, ya le he oído, pinchos. Si no le importa, estoy limpiando la barra.

Estuve tentado de cambiar de bar, pero para mí ya se había convertido en algo personal. Me dije que un crítico tan reputado como yo no merecía un trato así, pero no me atreví a decírselo a él. En cambio, le pedí una Coca Cola.

– No tenemos Coca Cola. Pepsi, si quiere. – me contestó.

– No, en ese caso, prefiero un Nestea.

– Le puedo poner un Lipton Ice Tea.

– ¿Fanta?

– Kas

– ¿Un zumo de melocotón?

– Jajajajaj. Por favor…

Y se bajó de la barra. Pensaba que me iba a servir el zumo, pero en cambio, empezó a limpiar vasos con una balleta y a secarlos introduciendo en ellos un rollo entero de papel higiénico. Todo esto sentado sobre un lavavajillas limpio y reluciente. La situación empezaba a ser de lo más surrealista. Miré mi reloj. Llevaba allí más de quince minutos.

– Perdone, ¿le importaría servirme algo de beber?

– Mire, caballero, le he dicho lo que tenemos y no ha querido nada. Usted me pide marcas imperialistas y yo no puedo ofrecérselas. Así de simple.

– Pero…pero PepsiCo también es una multinacional. Y alguna marca de las que me ha ofrecido pertenece a Coca Cola Company.

– ¿Usted que se ha creído? En mi incoherencia mando yo.

– De acuerdo. Mire, póngame un vaso de agua. ¿Tiene pinchos?

– ¿Lo quiere con agua?

– ¿Perdón?

– Ufff… Que si el vaso lo quiere con agua.

– ¡Eso es lo que le he pedido!

– ¡No! Usted me ha pedido un vaso de agua, cerdo imperialista. Está desinformando. Gente como usted es la que…

– De acuerdo, de acuerdo. Póngame un vaso con agua. ¿Pinchos?

– Desde luego. Están en la cocina.

– ¿Me puede servir alguno?

– Enseguida. Tengo que fregar el suelo.

Y me senté en una mesa a esperar. De pronto, el hombre salió de la cocina con un martillo y un cincel. Me encogí en mi silla, temeroso de que aquel fuese el pincho que me ofrecía. Pero no. El hombre empezó a picar el suelo y sacar baldosas. De hecho, me hizo levantarme de mi silla para picar las baldosas que había a mis pies. En cinco minutos dejó el local vacío. Después cogió todas las baldosas y las metió en la barra. Curioso, me asomé. Para mi sorpresa, el hombre estaba metiendo las baldosas en el lavavajillas y programándolo para un ecolavado de más de hora y media. Aquello no tenía sentido.

– Disculpe, ¿se da cuenta de lo absurdo que es lo que está haciendo?

– Bueno, esto no es nada. Me casé en un globo aerostático disfrazado de buzo. Eso sí es absurdo. Además, me casé con una golondrina que se fue volando en cuanto la solté.

– ¡Pero qué clase de estupidez es esa!

– Y que lo diga. Ahora a ver como consigo que firme los papeles del divorcio.

– Mire, señor, es usted muy entretenido pero verá: soy crítico gastronómico y tengo que probar los míticos pinchos de Bilbao. Es mi trabajo. Si usted no me los puede proporcionar tendré que ir a otro bar.

– ¡Los pinchos, sí, claro! Ahora se los saco.

Y se metió en la cocina. Al de poco entró una cuadrilla en el local. Eran cinco amigos y pidieron un kalimotxo para compartir. Yo había escuchado muchas leyendas sobre el kalimotxo, pero no pensaba que fuese tan fuerte como para no poder tomarse uno por persona. Les pregunté por aquella rareza.

– El kalimotxo de Sagrario es bastante especial. No creo que una sola persona pueda terminarse uno entero.

– Disculpen, mi castellano es un poco flojo pero ¿Sagrario no es un nombre de mujer?

– Sagrario dice que los nombres unisex son un residuo de la tiranía imperialista.

El tal Sagrario les sirvió la copa, por llamarla de alguna manera. Era un vaso de katxi lleno a partes iguales de tequila, ginebra y vodka, con unas gotitas de licor de mora y una aceituna negra exprimida. Tenía una pinta horrible, pero los chavales parecían pasarlo bastante bien.

Sin darme apenas cuenta, había pasado una hora y llegaba la hora del concierto. Pregunté a Sagrario por mi pincho y me dijo en ese momento no podía, que tenía que volver a colocar el suelo, pero que si esperaba al final del concierto me serviría uno muy especial, pero que de mientras me serviría un kalimotxo. No pude rechazar la invitación. Me cobró dos euros por aquella barbaridad.

El concierto seguía la tónica del resto de la jornada. Los Silence Sinners son un grupo que se sienta en el suelo del local y no emiten ningún tipo de sonido. Cuando uno de los chavales trató de explicarme que su música era el silencio uno se levantó y por poco le estrangula. Tuvo que mediar Sagrario, y me dijo que si quería mi pincho tendría que respetar un poco más a los músicos. Después de una hora de silencio absoluto el bar entero estalló en aplausos. El grupo se fue indignado.

El bar se vació y Sagrario volvió a subirse a la barra, en esta ocasión con una fregona. Le recordé mi pincho y volvió a meterse en la cocina. Me dijo que me sentase y me lo trajo a la mesa. Parecía un bocata normal, pero al abrir el pan me encontré con un cactus alargado y lleno de púas. Le dije que no podía comerme aquello y me trajo un sobrecito de azúcar y otro de mostaza. Cansado después de la larga jornada, salí de allí tambaleándome a causa del kalimotxo que apenas había conseguido mediar.

Escribo esto desde Varsovia, mirando al cactus que reposa en mi ventana. Pienso que debería volver a Bilbao a probar por fin esos pinchos. Y ¿por qué no?, podría aprovechar para hacerle otra visita a Sagrario.

Nombre: Sagrario’s

Lugar: Calle Barrenkale Barrena, Nº7, Bilbao

Lo Mejor: Que nunca sabes como vas a acabar la tarde.

Lo Peor: Los pinchos. Y que el tabernero no acepta propinas. Le parecen imperialistas.

Bartosz Kieslowzski para Warszawa Pierogi.

254C86EC05284C1AB0CB2C4C1AB0C6Roberta siempre había imaginado que se casaría por la Iglesia. Cuando conoció a Emilio, tan ateo como hipocondríaco, se había resignado a casarse por el Juzgado. Lo que nunca imaginó es que acabaría casándose por el Hospital.

Se conocieron en un Seminario de Enfermedades Inventadas. Roberta había conseguido un trabajo temporal como repartidora de tarjetas de acreditación. Emilio había acudido a dar una ponencia sobre Síndrome de Tourette Inverso. La enfermedad consistía en una extraña mutación del Síndrome de Tourette Tradicional, solo que en vez de insultos y descalificaciones, Emilio repartía amor y respeto a voz en grito sin ser capaz de remediarlo. Su abuela estaba encantada.

Cuando Roberta se acercó a entregarle su acreditación, Emilio sufrió un brote severo de su enfermedad inventada. Incapaz de controlarse, empezó a gritarle “Guapa”, “Tía Buena” y “Rodapiés”. A Emilio siempre le habían gustado los rodapiés, sobre todo desde la escasez de rodapiés del 92, cuando había llegado a ahorrar cuarenta mil pesetas de su paga semanal para poder hacerse con el rodapiés neogótico que faltaba en su colección.

Mientras hablaba al público, desde el final de la sala, Roberta miraba a Emilio con una gran sonrisa. No solo nadie jamás se había dirigido a ella en aquellos términos, es que además era alguien con el que tenía algo en común. Roberta también había sido coleccionista de rodapiés en su infancia. Aquello había sido una señal. Tan ensimismada estaba que se olvidó de dar su acreditación al grupo de enfermos de Crisis de Identidad. Éstos, al verse sin una tarjeta con su nombre, se sumieron en tal confusión que adquirieron la identidad de Revolucionarios Chinos. Roberta y Emilio pudieron huir juntos de la sala antes de que proclamaran una dictadura militar.

Ya en su primera cita, Emilio confesó a Roberta que era ateo. En su opinión, la religión era una enfermedad. Al ver la cara de tristeza de Roberta, le confesó también que era hipocondríaco. Roberta recuperó la esperanza. Tal vez, algún día, Emilio se creyera enfermo de religión y accediese a casarse por la Iglesia. Pero el destino le iba a sorprender con algo muy diferente.

Emilio empezó a comportarse de manera extraña desde que surgió la Enfermedad de las Vacas Locas. En una ocasión invitó a Roberta a un picnic y, mientras ella disfrutaba de unos sándwiches de ketchup, Emilio se dedicó a lamer a todas las vacas que se encontró en el campo. Cuando Roberta le preguntó qué hacía, Roberto le confesó que no podía soportar la idea de que existiese una enfermedad nueva y él no la sufriera. Roberta le gritó que estaba loco, Emilio le contestó que no iba a dejar que le llamara loco alguien que se alimenta de sándwiches de ketchup. Aquella fue su primera gran discusión. Roberta lo pasó muy mal. Odiaba discutir tanto como amaba los rodapiés.

Eso no impidió que, cuando se anunció la existencia de la gripe porcina, Roberta prohibiese a Emilio los picnics. Se negaba a estar ahí, en el campo, disfrutando tranquilamente de su sándwich de ketchup mientras veía a su pareja lamiendo gorrinos. Con la gripe aviar lo tuvo más difícil. Emilio aprovechaba las horas en las que Roberta estaba en el trabajo (había conseguido un empleo temporal como repartidora de acreditaciones en un congreso de repartidores de acreditaciones) para bajar al parque y lamer palomas. No consiguió contagiarse de la gripe aviar, pero al menos consiguió creer que se había contagiado. Fue internado dos años en el Centro Placebo para Hipondríacos Severos. Allí, en los momentos previos a la cena, los internos discutían sobre la posibilidad de nuevas pandemias con las que contagiarse. Fue así con Emilio conoció la existencia del Ébola. Desde entonces su sueño fue convertirse en el paciente cero de la enfermedad en el mundo civilizado.

Años después, cuando fue traído a Madrid el primer español afectado por la enfermedad, Emilio cogió un tren a la capital. Al llegar saltó en marcha y se rompió una pierna. De esa manera consiguió ser ingresado en el mismo hospital que el enfermo. Cada noche intentaba colarse en su habitación, pero las medidas de seguridad eran muy estrictas. Incluso llegó a fundar la Asociación Estatal Contra el Ébola para poder acercarse a él, pero ni por esas le fue permitido el acceso. Los enfermeros y médicos ya estaban avisados de su presencia, y además, un hombre con pijama de hospital, con el culo al aire y una pierna escayolada que se saca fotos con los rodapiés es bastante llamativo.

Pero un buen día, Emilio se levantó con catarro. El aire acondicionado y el culo al aire había hecho su efecto. Para él fue una señal. Aquello no podía ser otra cosa. Emilio había conseguido por fin creerse que tenía Ébola. En aquel momento clave de su vida decidió que por fin era el momento de casarse.

El personal médico y todos los enfermos del hospital fueron invitados a la boda. En el hall de entrada, cubierto con una mascarilla como los novios y el resto de invitados, un cura unió en matrimonio a Roberta y Emilio. Cuando le dijo que podía besar a la novia, Emilio, que no quería contagiarla con su enfermedad inventada, se limitó a darle un cabezazo. Les regalaron rodapiés de todos los estilos, alguno de ellos incluso tenía la palabra rodapiés impresa sobre al madera. La noche de bodas tuvo lugar en la planta quinta del hospital. Allí, enfundados en trajes herméticos y sin quitarse sus máscaras de gas, Emilio y Roberta pasaron la noche más romántica de sus vidas. Roberta estaba feliz por ver a su marido tan realizado. Preferiría haberse casado en la Iglesia, pero le gustaba pensar que después de esta aventura su marido dejaría de chupar animales asquerosos cuando iban de picnic.

La luna de miel tuvo lugar en el Centro Placebo para Hipocondríacos Severos. Allí descansaron durante los siguientes diez años, él curándose de su enfermedad imaginaria, ella repartiendo acreditaciones para cualquier evento que se celebrase en el centro.

Cuando salieron descubrieron que la enfermedad había diezmado a la población. Todo aquel que se había contagiado había muerto. Emilio, ya rehabilitado, se alegró de ser hipocondríaco y se decidió a volver a dar charlas. Hoy en día organiza un seminario llamado: “Invéntate tu Enfermedad: la realidad es peligrosa, la imaginación es divertida” que ha tenido mucho éxito en un pueblo de Zamora. Roberta se dedica a repartir las tarjetas de acreditación.

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Siempre que surge una conversación sobre Forrest Gump hay alguien que grita, deformando su voz como si tuviese un moco gigante que llegara desde la nariz hasta la garganta: “¡Jenny!”. Automáticamente después, siempre hay alguien que declara: “Jenny era una zorra”. Automáticamente después, yo siempre me pregunto: “¿Y tú quién coño eres para juzgar a Jenny Gump?”.

Jenny Gump (Curran era su apellido de soltera) nació en Greenbow, Alabama, en la misma época que Forrest Gump. Víctima como él de aquella época, su infancia fue bastante difícil. Pero no lo digo yo, lo dicen Zemeckis, director de la película, y Winston Groom, autor del libro en el que se basa. La cruz de Jenny es que su historia, al igual que todas las que ocurren en la película, la narra Forrest, y el pobre Forrest se muestra incapaz de comprender lo que le sucede a su amiga.

Vayamos por pasos.

En la escena que conocemos a Jenny, Forrest ha subido al autobús del colegio y ningún niño le deja sentarse a su lado. Una guapa niña rubia le hace un hueco. Se llama Jenny, y es la única que se muestra dispuesta a ser la amiga de Forrest. En la frase anterior, la palabra clave es amiga.

La siguiente escena importante de Jenny (Curran por aquel entonces), unos matones en bicicleta tiran piedras a Forrest y este tiene que huir corriendo, pese a que lleva unos aparatos ortopédicos para corregir sus piernas. Jenny, aunque a ti te parezca mentira, en esa escena puede elegir dos cosas. La habitual sería ponerse del lado de los matones, de los guays del colegio, para así formar parte de su grupo y quitarse el sambenito de amiga del rarito. Y digo habitual porque muchos hubiésemos obrado de esa manera. Sin embargo, lo normal es que ayude a su amigo. Y lo hace. Le anima a correr por primera vez, y todos sabemos lo importante que acabará siendo correr para Forrest.

En la siguiente escena llega la bomba. Forrest nos cuenta, siempre a la manera en que Forrest cuenta las cosas, que Jenny sufre abusos sexuales por parte del señor Curran, su padre. Esto le afecta de tal manera (como no iba a hacerlo) que huye por un campo de maiz hasta arrodillarse pidiéndole a Dios que le de unas alas para escapar de él. Su padre es encarcelado y pasa a vivir con su abuela. En las noches de tormenta, Jenny huye de su casa para ir a meterse en la cama de Forrest. Su infancia ha sido destrozada, su manera de relacionarse con otros hombres también. Que Forrest no te lo narre no quiere decir que no sea así.

Pero por si acaso las circunstancias infantiles de Jenny Curran no te convencen de que no eres nadie para juzgar sus actos, sigamos hablando.

En al siguiente escena, son ya adolescentes. Los matones vuelven a por Forrest. Esta escena, aparte de introducirnos a la parte de la película en la que Forrest se hace jugador de fútbol americano, sirve para otra cosa. Y es tan simple como que, en la adolescencia, la etapa más rebelde de nuestra vida, aquella en la que somos más egoístas, Jenny sigue conservando a Forrest como amigo. No debemos olvidar que Forrest Gump tiene retraso mental, aunque no sea tonto (“Tonto es el que hace tonterías”) Para que quede claro, con esto no quiero decir que Jenny no debiera conservar su amistad con él. De hecho, es lo normal. Pero, siendo sincero contigo mismo ¿es lo habitual?

En este momento de la película las cosas se ponen difíciles para Jenny Curran. Quiere a Forrest, pero también quiere vivir su vida como a ella le da la gana. Esto es incompatible, como demuestra la escena en la que Jenny está follando en un coche y Forrest llega y saca al tipo a hostias de allí. Aquí conocemos algo más sobre Jenny Curran: su relación con el sexo. Jenny ya sabe que no va a ver a Forrest en mucho tiempo, se quiere despedir y está confundida por su actitud. Ella piensa que lo que Forrest quiere de ella es sexo. Nada más lejos de la realidad, él lo que quiere es amor, pero ella no es capaz de entender que los hombres quieran de ella algo más que eso. ¿Será por su circunstancia anterior? Su despedida de Forrest, para espanto de su compañera de habitación, es puramente sexual. Y no será la última.

Cuando Forrest vuelve de Vietnam como veterano Jenny Curran es una hippie que está en contra de la guerra. Sus amigos hippies también lo están. Y su novio Pantera Negra (aunque es blanco), también. Pero eso no le impide, cuando ve a Forrest, gritar su nombre y abrazarle. Forrest y ella pasean y charlan. Más tarde, Forrest ve como su novio la golpea y se lanza a por él. Más tarde le grita “¡Tú deberías estar en Greenbow, Alabama!”. Pero Jenny Curran no quiere estar en Greenbow Alabama. Todos sabemos en ese momento que su decisión es equivocada. Pero ella no está de acuerdo. Y la decisión es solo suya.

Forrest pesca gambas y se hace multimillonario. Jenny consume heroína y tontea con el suicidio. No es que Jenny no quiera estar cerca de la vida de Forrest. Es que no quiere que Forrest esté cerca de la suya. Pero llega un momento en el que no puede más, y vuelve, como en aquellas noches de tormenta, a refugiarse de su vida en casa de Forrest. El que dice “Jenny es una zorra” piensa que está provocándole sexualmente. Lo que está haciendo realmente es apoyarse en él, porque en ese punto sin retorno de su vida, Forrest es la única unión que le queda con un mundo que no está sucio y corrompido por las drogas.

Por si alguien no ha entendido lo que lo vivido en su infancia a afectado al resto de su vida, Zemeckis nos muestra una escena en la que Jenny tira piedras e incluso sus zapatos a la casa donde pasó su niñez, que no fue habitual, ni tampoco normal.

Son felices juntos en aquella casa. Pero entonces Forrest, confundido por esa felicidad, le pide matrimonio. Se miran. No hace falta hablar. Jenny sabe que no puede seguir en esa casa, porque Forrest es incapaz de verla solamente como una amiga. Está enamorado de ella, pero ella no se puede enamorar de él. En ese mismo momento decide marcharse de allí. Pero no sin despedirse. Y la despedida vuelve a ser, una vez más, puramente sexual, la manera que su padre le enseñó desde la más tierna infancia para relacionarse.

Forrest corre, ella se hace camarera. El tiempo con Forrest le ha servido para aclarar sus ideas. Cuando le ve por la televisión, vuelve a comunicarse con él, y Forrest vuelve a acudir a su llamada. Le presenta a su hijo en una escena que demuestra lo difícil que hubiera sido una vida en común entre alguien tan avispado como ella y una persona como Forrest Gump:

– Se llama Forrest.

– Se llama como yo.

– Se llama como su padre.

– ¿Su padre también se llama como yo?

– Forrest, tu eres su padre.

Y se casan. Y Jenny muere. Muere como Jenny Gump, y no como Jenny Curran.

Forrest es un personaje fuerte que no tiene ningún problema para enfrentarse a los problemas de su vida. Jenny no es un personaje fuerte. Jenny está profundamente afectada por su pasado. El hecho de que veamos la historia desde el punto de vista de Forrest Gump es lo que nos hace pensar que Jenny se está comportando mal. Pero Jenny no está enamorada de él. Forrest es capaz de entender perfectamente que el hecho de no corresponder al amor de alguien no te convierte en una mala persona. Alguien deberían explicárselo al tío que dice que “Jenny es una zorra”.

Jenny es un personaje secundario, pero no por eso deja de tener sus propias motivaciones. Por eso Jenny es un personaje incluso más interesante que el propio Forrest Gump. El día que entiendas a Jenny Gump, al teniente Dan, a la madre de Forrest, entenderás la película.

Y seguro que entonces dejas de pensar que “Jenny es una zorra”.

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