EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL ÉBOLA

254C86EC05284C1AB0CB2C4C1AB0C6Roberta siempre había imaginado que se casaría por la Iglesia. Cuando conoció a Emilio, tan ateo como hipocondríaco, se había resignado a casarse por el Juzgado. Lo que nunca imaginó es que acabaría casándose por el Hospital.

Se conocieron en un Seminario de Enfermedades Inventadas. Roberta había conseguido un trabajo temporal como repartidora de tarjetas de acreditación. Emilio había acudido a dar una ponencia sobre Síndrome de Tourette Inverso. La enfermedad consistía en una extraña mutación del Síndrome de Tourette Tradicional, solo que en vez de insultos y descalificaciones, Emilio repartía amor y respeto a voz en grito sin ser capaz de remediarlo. Su abuela estaba encantada.

Cuando Roberta se acercó a entregarle su acreditación, Emilio sufrió un brote severo de su enfermedad inventada. Incapaz de controlarse, empezó a gritarle “Guapa”, “Tía Buena” y “Rodapiés”. A Emilio siempre le habían gustado los rodapiés, sobre todo desde la escasez de rodapiés del 92, cuando había llegado a ahorrar cuarenta mil pesetas de su paga semanal para poder hacerse con el rodapiés neogótico que faltaba en su colección.

Mientras hablaba al público, desde el final de la sala, Roberta miraba a Emilio con una gran sonrisa. No solo nadie jamás se había dirigido a ella en aquellos términos, es que además era alguien con el que tenía algo en común. Roberta también había sido coleccionista de rodapiés en su infancia. Aquello había sido una señal. Tan ensimismada estaba que se olvidó de dar su acreditación al grupo de enfermos de Crisis de Identidad. Éstos, al verse sin una tarjeta con su nombre, se sumieron en tal confusión que adquirieron la identidad de Revolucionarios Chinos. Roberta y Emilio pudieron huir juntos de la sala antes de que proclamaran una dictadura militar.

Ya en su primera cita, Emilio confesó a Roberta que era ateo. En su opinión, la religión era una enfermedad. Al ver la cara de tristeza de Roberta, le confesó también que era hipocondríaco. Roberta recuperó la esperanza. Tal vez, algún día, Emilio se creyera enfermo de religión y accediese a casarse por la Iglesia. Pero el destino le iba a sorprender con algo muy diferente.

Emilio empezó a comportarse de manera extraña desde que surgió la Enfermedad de las Vacas Locas. En una ocasión invitó a Roberta a un picnic y, mientras ella disfrutaba de unos sándwiches de ketchup, Emilio se dedicó a lamer a todas las vacas que se encontró en el campo. Cuando Roberta le preguntó qué hacía, Roberto le confesó que no podía soportar la idea de que existiese una enfermedad nueva y él no la sufriera. Roberta le gritó que estaba loco, Emilio le contestó que no iba a dejar que le llamara loco alguien que se alimenta de sándwiches de ketchup. Aquella fue su primera gran discusión. Roberta lo pasó muy mal. Odiaba discutir tanto como amaba los rodapiés.

Eso no impidió que, cuando se anunció la existencia de la gripe porcina, Roberta prohibiese a Emilio los picnics. Se negaba a estar ahí, en el campo, disfrutando tranquilamente de su sándwich de ketchup mientras veía a su pareja lamiendo gorrinos. Con la gripe aviar lo tuvo más difícil. Emilio aprovechaba las horas en las que Roberta estaba en el trabajo (había conseguido un empleo temporal como repartidora de acreditaciones en un congreso de repartidores de acreditaciones) para bajar al parque y lamer palomas. No consiguió contagiarse de la gripe aviar, pero al menos consiguió creer que se había contagiado. Fue internado dos años en el Centro Placebo para Hipondríacos Severos. Allí, en los momentos previos a la cena, los internos discutían sobre la posibilidad de nuevas pandemias con las que contagiarse. Fue así con Emilio conoció la existencia del Ébola. Desde entonces su sueño fue convertirse en el paciente cero de la enfermedad en el mundo civilizado.

Años después, cuando fue traído a Madrid el primer español afectado por la enfermedad, Emilio cogió un tren a la capital. Al llegar saltó en marcha y se rompió una pierna. De esa manera consiguió ser ingresado en el mismo hospital que el enfermo. Cada noche intentaba colarse en su habitación, pero las medidas de seguridad eran muy estrictas. Incluso llegó a fundar la Asociación Estatal Contra el Ébola para poder acercarse a él, pero ni por esas le fue permitido el acceso. Los enfermeros y médicos ya estaban avisados de su presencia, y además, un hombre con pijama de hospital, con el culo al aire y una pierna escayolada que se saca fotos con los rodapiés es bastante llamativo.

Pero un buen día, Emilio se levantó con catarro. El aire acondicionado y el culo al aire había hecho su efecto. Para él fue una señal. Aquello no podía ser otra cosa. Emilio había conseguido por fin creerse que tenía Ébola. En aquel momento clave de su vida decidió que por fin era el momento de casarse.

El personal médico y todos los enfermos del hospital fueron invitados a la boda. En el hall de entrada, cubierto con una mascarilla como los novios y el resto de invitados, un cura unió en matrimonio a Roberta y Emilio. Cuando le dijo que podía besar a la novia, Emilio, que no quería contagiarla con su enfermedad inventada, se limitó a darle un cabezazo. Les regalaron rodapiés de todos los estilos, alguno de ellos incluso tenía la palabra rodapiés impresa sobre al madera. La noche de bodas tuvo lugar en la planta quinta del hospital. Allí, enfundados en trajes herméticos y sin quitarse sus máscaras de gas, Emilio y Roberta pasaron la noche más romántica de sus vidas. Roberta estaba feliz por ver a su marido tan realizado. Preferiría haberse casado en la Iglesia, pero le gustaba pensar que después de esta aventura su marido dejaría de chupar animales asquerosos cuando iban de picnic.

La luna de miel tuvo lugar en el Centro Placebo para Hipocondríacos Severos. Allí descansaron durante los siguientes diez años, él curándose de su enfermedad imaginaria, ella repartiendo acreditaciones para cualquier evento que se celebrase en el centro.

Cuando salieron descubrieron que la enfermedad había diezmado a la población. Todo aquel que se había contagiado había muerto. Emilio, ya rehabilitado, se alegró de ser hipocondríaco y se decidió a volver a dar charlas. Hoy en día organiza un seminario llamado: “Invéntate tu Enfermedad: la realidad es peligrosa, la imaginación es divertida” que ha tenido mucho éxito en un pueblo de Zamora. Roberta se dedica a repartir las tarjetas de acreditación.

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