EL PEQUEÑO NICOLÁS VA A LA PANADERÍA

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Estaba a punto de irme a mi casa cuando vi pasar a todos aquellos coches por enfrente de la panadería. Primero pasaron dos coches negros, Mercedes Clase E. Después pasó otro igual, pero éste llevaba en la parte frontal dos banderitas, una de España y la otra del Imperio Romano. Fue éste el que se paró frente a mi tienda.

Del coche se bajó un hombre enorme con traje, gafas oscuras y pinganillo. Alguien cerró una persiana y el hombre sacó una pistola nervioso, mirando a su alrededor. Dios un paso hacia atrás y pisó unas hojas secas. El ruido le alarmó tanto que descerrajó un disparo a la acera. De repente, se cerraron todas las persianas de la calle. El hombre ya no sabía a donde apuntar. Su pinganillo sonó y el tipo guardó la pistola. Sacó un metro, midió el ancho de la acera y tocó en la ventanilla, que se bajó al instante. Le dijo algo al pasajero del asiento trasero y una sombra negó con la cabeza desde el interior. El coche dio marcha atrás y se subió a la acera. Se pegó tanto a mi puerta que apenas podía abrir la suya.

Del interior de aquel coche salió un joven con cara de niño que medía más o menos la mitad que sus guardaespaldas. Entró con tanta urgencia que el sensor de la puerta no se dio cuenta de su presencia. La primera imagen nítida que vi de aquel chaval fue la de su rostro estampado contra mi puerta de cristal. Le dijo algo a su guardaespaldas y volvió a entrar en el coche. El gorila entró en mi tienda.

– Tiene que desconectar ese sensor.

– Y una puta mierda. – le dije.

– ¿Pero usted sabe quién es mi cliente?

– Lo que se es que si quiere ser el mío va a tener que respetar mi sensor.

– Mi cliente odia los sensores.

– Pues quédese usted en la puerta para que se quede abierta.

El gorila comunicó la estrategia por su pinganillo y del coche empezaron a salir más gorilas. La imagen de aquellos forzudos entrando en mi tienda, cada uno acompañado del ding-dong correspondiente, era tan bizarra que no pude evitar la risa. Solo al llegar a la altura del mostrador, el grupo de guardaspaldas se separó y volvió a emerger entre ellos aquel joven con cara de niño.

– Quiero una chapata. – me dijo – Y un pastelito de arroz.

– Lo siento, a esta hora ya casi no nos queda nada. Puedes llevarte una barra de pan blanco si quieres.

– ¿Usted no sabe quién soy yo, no?

– Un cliente de los que llega justo a la hora de cerrar, supongo.

El chico empezó a reír. Miró a sus guardaespaldas, que empezaron a reír con él. De repente su rostro se tornó serio y gritó:

– ¡Soy Francisco Nicolás! Puedes llamarme Francisco, pero ni se te ocurra llamarme Nicolás.

– Bien, pues supongo que echas las presentaciones ya te puedes llevar tu barra de pan blanco.

– ¡Quiero una chapata! – y con un tono mucho más amable – Y un pastelito de arroz.

– Mira, Francisco…

– Ni se te ocurra decir Nicolás. – dijo uno de sus gorilas.

– Bueno, pues que no quedan chapatas. A estas horas solo quedan sobras. Las chapatas se terminaron como a las tres de la tarde.

– Señor, ¿usted cree que esa chapata es para mí?

Si hubiesen sido las tres de la tarde le hubiese mandado a tomar por culo, pero era jueves, a las ocho, no había liga ni champions y discutir con un joven con cara de niño era una perspectiva mucho más agradable que volver a casa con mi mujer. Así que le seguí la corriente.

– ¿No es para ti?

– No, señor, claro que no. Yo soy un simple testaferro.

– ¿Y quién es tan importante para que le tenga que conseguir una chapata a las ocho de la tarde?

– No olvide el pastelito de arroz.

– Eso, y el pastelito.

– ¿Le parece importante…- el chico hizo una pausa tan dramática que uno de los guardaespaldas salió llorando de la tienda. – …el rey de España?

– ¿Te tengo que decir lo que pienso o lo que quieres oír?

– No me importa en realidad. Quiero esa chapata.

– Pues chapata no me queda, pero siendo para quién es te puedo ofrecer este pan sin sal.

Le hizo un gesto con la cabeza a uno de sus gorilas, que sacó una balleta y limpió el mostrador. Cuando hubo terminado y se aseguró de que estaba limpio, el tal Francisco golpeó con todas sus fuerzas – que tampoco eran muchas – el cristal.

– ¡Lo que quiero es una maldita chapata! ¿Usted es panadero, no?

– Pues dentro de cinco minutos ya no. En un rato seré un panadero fuera del horario laboral. Así que olvídate de esa chapata.

El chaval empezó a canturrear la Cabalgata de las Valkyrias y sacó el móvil del bolsillo. Supuse que quería impresionarme, y me lo confirmó el hecho de que se refiriese a su interlocutor como “Su Altísima Majestad”. Colgó y me dijo:

– No quiere pan blanco. Más le vale hacer lo que le digo. Tengo contactos en las más altas esferas.

La situación empezaba a cabrearme. A esas alturas ya tenía ganas hasta de volver a casa con mi mujer.

– Mira, chaval. Tienes dos opciones. O te llevas el pan que tengo o no te llevas nada.

– Me voy a llevar una chapata.

– Te vas a llevar una hostia.

Los guardaespaldas sacaron sus armas y me apuntaron todos a la vez.

– Tiene usted dos opciones. O me consigue una chapata o alguno de mis jefes, y no se cual es el más malvado, terminará con su vida.

– Te hago una contraoferta. Como no tengo chapata, te regalo el pan blanco. Y el pastelillo de arroz te lo dejo a mitad de precio.

El chico me sonrió y le dijo a sus gorilas:

– Muchachos: Terminad con él.

Los gorilas amartillaron sus pistolas y me temí lo peor. Como panadero, jamás pensé que moriría por no tener una chapata. Pero cuando todo parecía perdido, cuando empezaba a ver mi vida pasar ante mis ojos, aquel sonido me salvó.

Ding-dong.

El pequeño Nicolás torció su gesto en una mueca de auténtico terror. Se quedó encogido en una esquina, junto a la puerta, mientras el sensor seguía sonando. Se balanceaba adelante y atrás como si fuese un péndulo hiperactivo. Los gorilas, confundidos, dejaron de apuntarme. Yo me acerqué y me arrodillé a su lado.

– ¿Qué pasa chaval? ¿Tienes miedo de que se enfaden tus jefes?

– El sensor…el sensor…

– ¿Qué le pasa al sensor?

– Odio los sensores. – dijo sin dejar de balancearse – Los sensores me hacen parecer una persona normal. Yo no quiero ser normal.

– Pues tranquilo, chico. Puedes estar seguro de que no lo eres. No todo el mundo tiene contactos en las altas esferas.

Se levantó y estalló en gritos.

– ¡No era verdad! ¡No soy el testaferro de nadie! ¡Ni siquiera me gustan las chapatas! ¡Solo he pedido chapata para hacerme el duro!

Y siguió sollozando.

– Tranquilo, chico, tranquilo. Toma, tu pastelillo de arroz. A éste invito yo.

Al chico se le iluminaron los ojos y empezó a masticarlo con ansiedad.

– Relájate, Francisco.

– Llámame Nicolás. – me rogó.

– Relájate, pequeño Nicolás.

– ¿Pero es que no lo entiende? Si no puedo convencer a un panadero, ni siquiera con todo este despliegue, de que soy una persona importante…¿A quién voy a convencer?

No tuve ni que pensarlo.

– ¿Has probado con los políticos?

El chico dejó de masticar y me miró a los ojos. Jamás olvidaré la sonrisa en su cara. Se arregló el traje y salió de la tienda con aire aún más resuelto del que tenía al entrar. Cuando el sensor hizo su ding-dong, el chico lo miró con todo el desprecio que se puede mirar a un sensor.

Cuando le detuvieron y empezó a hacerse famoso la policía vino a interrogarme. Me dijeron que había confesado el incidente y me preguntaron por mi opinión sobre el chaval. Me eché a reír y les dije:

– Solo era un chico que quería su pastelillo de arroz.

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