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Archivos Mensuales: diciembre 2014

La HordaUrbano giró la esquina y allí estaba la horda. No eran más de seis o siete, pero estaban hambrientos, saltaba a la vista. La piel grisácea, erosionada por el constante sirimiri de Bilbao. Las ropas empezaban a estar raídas, los zapatos desgastados de recorrer constantemente el ancho de aquella calle. Tenían la mirada perdida, pero en cuanto un humano entraba en su campo de visión atacaban con fiereza. Urbano tomo aire y se dijo a sí mismo: Tranquilízate, Urbano. El Casco Viejo es un lugar infestado de estos seres. Evita el contacto visual, camina con seguridad y, si es necesario…

Si es necesario corre.

Se miró a las zapatillas para asegurarse de que tenía los cordones atados. Cualquier tropiezo podría ser fatal. Caminando rápido dejó atrás al primero de ellos. El segundo intentó que sus ojos se cruzasen, pero Urbano se subió el cuello de la gabardina. Esto le hizo distraerse con el pensamiento de por qué habría elegido una combinación tan hortera como zapatillas y gabardina. Aquel descuido fue fatal. Cuándo se quiso dar cuenta, el tercero ya tenía sus garras sobre él. Urbano intentó evitarlo pero ya no había escapatoria. Y entonces…aquel sonido. Casi un grito, una petición de auxilio desde lo más profundo del infierno.

– ¿Tendría cinco minutitos para una encuestilla rápid…rapidilla?

Urbano sabía a lo que se arriesgaba. Nadie escapa tan fácilmente de los encuestadores.

– Lo siento, voy con prisa. Tengo que ir al banco y…

– ¡Pero si los bancos por la tarde no abren! Son solo cinco minuti…

– Pues entonces…- piensa Urbano, piensa – Tengo que ir a comprar unos zapatos. Mire que mal quedan las zapatillas con la gabardina. Y me cierran ya.

– ¿A las seis de la tarde?

– ¿Hemos empezado ya con la encuesta?

– Mire, señor. Para usted son solo diez minutillos y para mí es poner pan en la mesa.

– ¿No eran cinco minutos?

– Bueno…ya sabe…minutillos.

– ¿No eran cinco jodidos minutillos?

– Mire, señor, usted sabe la tienda no va a cerrar a las seis y cuarto. ¿Qué le cuesta?

– Si no te vale esa excusa tengo más. ¿Mi mujer se está muriendo? ¿Esa es buena, no? Diez minutos de vida le quedan.

– Señor…

– Minutillos. Diez minutillos.

-Señor…

El encuestador esbozaba una sonrisa. Sus ojos se abrían cada vez más. Sus labios se plegaban dejando los dientes a la vista. La mueca era obscena. Urbano entendió al instante lo que significaba. Una…una pregunta de calentamiento.

– Si su mujercita ser muere supongo que su estado civil es casado, ¿verdad?

Urbano estaba perdido.

– Bueno, yo solo he dicho que…

Y entonces, aquel sonido. El lápiz trazó una cruz en el espacio destinado a los Casados. La encuesta había empezado.

– ¡Oye, te he dicho que no voy a hacer la puta encuesta!

– Ah, ¿no? ¿Y que diría usted si alguien le negase su derecho al trabajo por puro egoísmo?

Urbano estaba desconcertado. ¿Era aquello chantaje emocional?

– Pero qué dice si yo… yo ni siquiera tengo trabajo.

– Así que su Situación Laboral es parado, supongo.

Y el lápiz volvió a hacer su trabajo.

La situación se tornaba dramática. Aquel maldito encuestador no iba a dejarle marchar manteniendo los modales. Miró a su alrededor, a toda aquella gente que paseaba por la calle y pensó en como le juzgarían si le veían faltar al respeto a aquel hombre que, como el lápiz, solo hacía su trabajo. El encuestador sabía que Urbano estaba a su merced. Correr ya no era una solución. Solo quedaba una opción. La sonrisa del encuestador se oscureció al ver como la de Urbano resurgía con fuerza y empezaba a hablar de nuevo.

– Mira, voy a ser sincero contigo. Mi mujer es una pesada y…bueno, qué te voy a contar, ya sabes como son las mujeres. Igual con tu novia has tenido suerte, pero en general…

– Créame, se de lo que me habla. Mi mujer…

Entonces Urbano arrancó una fajo de papeles de la carpeta con pinza del encuestador y un bolígrafo de su amarillenta camisa. Con un gesto de karateka quitó el capuchón y trazó una equis en la casilla de Casados.

– ¡Pero qué hace! ¡Las encuestas no se pueden rellenar a boli! ¿Qué hará si comete un error?

Urbano apuntó con el bolígrafo a la frente del encuestador y le disparó su mejor sonrisa.

– Encuestilla.

– ¿Le hace gracia? Tengo que hablar con toda la amabilidad que pueda a la gente. ¡Y aún así pasan de mí, joder! ¡Odio los putos diminutivos! ¡Odio mi trabajo!

– Eso me recuerda que…

Con la mayor crueldad, trazó una equis en la casilla de sección Situación Laboral, casilla Empleado.

– ¡No puede hacer eso!

– Tranquilo, hombre…yo no cometo errorcillos. A no ser qué…

– No pienso contestar. Soy yo quien hace la encuesta.

– Fecha de nacimiento. O me la dices, o me la invento.

– No pienso…

– … a boli.

– Once del seis de mil novecientos ochenta y dos.

– Gracias…

– ¡Pero usted no entiende! Aunque fuese a lápiz, usted no puede encuestarme.

– Ahá, el encuestador encuestado no quiere que le encuesten…

El encuestador sabía que solo tenía una manera de escapar de aquella situación. Pero si la decía, perdería la oportunidad de encuestar a este hombre. Es más, le convertiría en un ser completamente inmune a los encuestadores, lo que en el sector se conoce como un SemiDios. No era demasiado original, pero nadie exige creatividad a los encuestadores.

– Venga, majo, dime un teléfono de contacto.

– No, señor, ¡déme usted un teléfono de contacto!

– Chaval, que me lo invento.

– ¡Atrévase!

El boli se acercó rápidamente a la hoja. El encuestador solo tenía una oportunidad.

– ¡Nooooooooooooooo!

– ¿Me lo vas a decir?

– Le diré algo mejor. No puede encuestarme porque…porque no se puede encuestar a otro encuestador. Está prohibido.

– ¿Cómo?

– Lo que oye. Por lo que una encuesta hecha a mi persona no tendría validez.

– Espera. ¿Estoy entendiendo bien?

El encuestador supo que estaba perdido.

– Si estoy entendiendo bien, lo único que tengo que hacer para que no me encuesten es decir que soy encuestador.

El encuestador bajó la cabeza abatido. Urbano ardió de pura felicidad. No literalmente, claro. Eso hubiera sido un triunfo para el encuestador. Pero aquel día había triunfado Urbano.

Consciente que era su día de suerte, se acercó a una tienda de la Gran Vía a comprarse unas zapatillas nuevas. Había decidido que no había mejor combinación para su gabardina que unas zapatillas con velcro y lucecillas traseras. Aquel día no se podía confundir. Era Urbano, el SemiDios.

Pero entonces, por su izquierda, antes de que pudiera darse cuenta…

– ¡Buenas tardes, señor! ¿Ha oído hablar de nuestra labor en Aldeas Infantiles?

Ilustración: Cosme

Ilustración: Cosme

Publicado originalmente en No! Fanzine, número de Octubre de 2014.

Carlos Arrieta se bajó los pantalones, se sentó en la taza del váter y empezó a cagar.

Hasta ahí, todo normal.

El primer arreón fue bastante violento. Carlos se alegró de encontrarse a solas en la oficina. Con la urgencia, no había tenido tiempo de dejar en el fondo del retrete un poco de papel higiénico que sirviese para amortiguar el sonido, como acostumbraba. Por suerte, no hacía falta. Eran las ocho de la tarde y la oficina estaba desierta.

Carlos Arrieta era el Director Creativo de una agencia de publicidad especializada en Comunicación Política. Él había sido en gran parte el responsable de la elección por mayoría absoluta del actual presidente de gobierno de su país, como solía decir orgulloso a las chicas a las que se tiraba fuera de su aburrido matrimonio. En su despacho lucía la fotografía que se había sacado con el político aquel día. A su lado, más fotografías con más políticos de uno u otro signo, de izquierdas y de derechas, de los extremos y del centro. El trabajo de Carlos no entendía de ideologías.

Aunque lo que expulsaba era bastante líquido, Carlos tenía que hacer fuerza para dejar caer al fondo del baño todo lo aquello de lo que su cuerpo quería deshacerse.

En el hilo musical sonaba una versión instrumental de un disco de Los Beatles. A Carlos no le gustaban los Beatles, pero en su situación no podía elegir. Todo indicaba que iba a tener para rato. Desde que se había sentado, no había dejado de manar.

Tamborileó con los dedos en las rodillas mientras miraba a las paredes de contrachapado pintado de verde y al suelo de linóleo con su mosaico de formas absurdas. Dio un nuevo empujón y pensó que ojalá se hubiese llevado un libro.

A Carlos le gustaba leer mientras cagaba. Si hubiese estado en su casa, además de un retrete más confortable, habría tenido a su alcance un revistero de Bang & Olufsen lleno de números de Esquire, Harper’s Bazaar o incluso algún tebeo de su hijo. Miró a sus pies y echó mano de su cartera de cuero. Dentro de ella encontró su último trabajo, un voluminoso libreto que ensalzaba los valores de la Asociación Republicana Democrática e Independiente, o ARDI. Miró la portada orgulloso. Mereces ARDI era un lema que había tardado tres minutos en crear, aunque a su cliente le hubiese cobrado el equivalente a tres días.

Lo primero que le llamó la atención fue el olor. Desde luego, no olía a mierda. Carlos Arrieta hubiese pagado el sueldo de un año porque aquello oliese a mierda. No os imaginéis huevos pasados, no os imaginéis pescado de hace una semana, no os imaginéis una puta granja de cerdos. Aquello olía simple y llanamente a podrido. Carlos sacó el ambientador con aroma a lavanda que llevaba siempre en la cartera por si su chófer estaba ocupado y tenía que coger un taxi. Lo dejó sobre la cisterna y se puso una pinza para documentos en la nariz.

Y siguió descargando.

Cuando había leído ya la mitad de aquel libreto miró su opulento reloj. Marcaba las ocho y veinte. En los últimos minutos su esfínter no se había cerrado ni un solo segundo. Desde luego, la cantidad era tan poco normal como aquel olor que ni la lavanda podía enmascarar. Cerró su ano a la fuerza e intentó incorporarse, pero su sistema digestivo no estaba por la labor. Tuvo que tirar de la cisterna con el culo allí plantado, notando como el agua le salpicaba las nalgas, una sensación a menudo placentera que aquel día no lo era tanto.

A las nueve de la noche, el hilo musical dejó de funcionar. A aquellas horas ya no quedaba nadie en el edificio, aparte del vigilante de seguridad de la planta baja. A medida que Carlos Arrieta se iba vaciando por dentro, cada vez entendía menos aquel panfleto que tenía entre sus manos. No solo no estaba de acuerdo con lo que allí ponía. No lo había estado ni siquiera en el momento de redactarlo. Ahora ni siquiera comprendía aquellas palabras, y mucho menos las frases que formaban. Intentó levantarse de nuevo, y esta vez incluso llegó a abrocharse los pantalones. Pero tuvo que tirar de ellos tan fuerte que arrancó el botón de la cintura. Gracias a Dios que no me había abrochado el cinturón, pensó. Es carísimo.

La música empezó a sonar de nuevo. Los Beatles ya no tocaban para él, pero aquello no era un alivio. Ahora no hacían más que sonar sintonías políticas, canciones que él mismo había ayudado a componer. Y lo hacían mezcladas. La derecha con la izquierda, los extremos con el centro. Carlos Arrieta hubiera dado su sueldo de un año por poder quedarse sordo.

A las once de la noche estaba completamente desorientado. Una deposición así no era normal, ni siquiera cuando comes un menú del día en un bar de barrio, pensó Carlos. Se tocó la cara y le asustó notar perfectamente cada hueso. Sacó su teléfono y se sacó una foto. Ésta no la subiría a las redes sociales. La cara que le miraba desde la pantalla del móvil era tan blanca que la luz que desprendía le hacía daño en los ojos. Era horroroso. Cada hueso se marcaba en su rostro, los labios no eran más que una fina línea. Parecía…parecía un cadáver.

A las doce volvió a tirar de la cadena por décima vez. Cogió papel higiénico y se lo metió con fuerza en los oídos. Aún así, la música corporativa que no debería estar sonando seguía perforando sus tímpanos, clavándose en su cerebro, con la misma ferocidad con la que su estómago seguía vaciándose de contenido. Las paredes de contrachapado estaban cada vez más lejos. El mosaico absurdo del suelo parecía moverse ante sus ojos, cada vez más secos. Y aún quedaban seis horas para que llegase la primera persona a la oficina.

Carlos Arrieta decidió releer una vez más su panfleto, más por no pensar en lo que le estaba ocurriendo que por un interés real. Frente a sus ojos, las letras del lema de la portada empezaron a danzar.

 

Mereces ARDI

 

M                    a                      e                      r                      e         

            S                      i                       d                      r

                        C                                             e

 

E          r          e          s          m         i           e          r          d          a          c

 

Eres Mierda, C

El mensaje era muy claro. Y directo al público objetivo, además.  Eres Mierda, Carlos.

Entonces Carlos Arrieta entendió por fin lo que ocurría. El cuello de su camisa empezaba a resbalar por sus hombros. El reloj luchaba por escapar de su cada vez más delgada muñeca. Sus manos ya no podían soportar el escaso peso del panfleto, que resbaló hasta el suelo de azulejo. Carlos, ya sin fuerzas para soportar la fina piel que recubría sus huesos, se apoyó contra la cisterna y dejó que se vaciase todo su ser.

Las seis de la mañana. La primera persona en entrar a la oficina se pone su uniforme y se dirige al baño. Nada más abrir la puerta, a Doina, la mujer de la limpieza, le asalta una mezcla de ambientador a lavanda y el peor hedor que su nariz ha conocido jamás. Abre la puerta del retrete y se encuentra un traje de Armani en el suelo y una torre de mierda en el retrete. Putos ejecutivos, piensa Doina. No es la primera vez que se cagan fuera, pero destrozar de esa manera un traje tan caro…

Cuando termina de limpiar y sale del baño otro de esos ejecutivos choca con ella y, sin pedir siquiera disculpas, entra corriendo en la cabina del inodoro (ojala lo fuese, piensa Doina) y da un portazo. Se sorprende al oír la violencia con la que las heces golpean la porcelana y, con una mueca de asco, sale de allí.

En la puerta se empieza a formar una cola de más hombres trajeados y, al parecer, con mucha prisa por que llegue su turno. Será el café de la oficina, piensa Doina.

Hasta ahí, todo normal.

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