BILBAO POR LA MIRILLA: LA HORDA DE LA CALLE CORREO

La HordaUrbano giró la esquina y allí estaba la horda. No eran más de seis o siete, pero estaban hambrientos, saltaba a la vista. La piel grisácea, erosionada por el constante sirimiri de Bilbao. Las ropas empezaban a estar raídas, los zapatos desgastados de recorrer constantemente el ancho de aquella calle. Tenían la mirada perdida, pero en cuanto un humano entraba en su campo de visión atacaban con fiereza. Urbano tomo aire y se dijo a sí mismo: Tranquilízate, Urbano. El Casco Viejo es un lugar infestado de estos seres. Evita el contacto visual, camina con seguridad y, si es necesario…

Si es necesario corre.

Se miró a las zapatillas para asegurarse de que tenía los cordones atados. Cualquier tropiezo podría ser fatal. Caminando rápido dejó atrás al primero de ellos. El segundo intentó que sus ojos se cruzasen, pero Urbano se subió el cuello de la gabardina. Esto le hizo distraerse con el pensamiento de por qué habría elegido una combinación tan hortera como zapatillas y gabardina. Aquel descuido fue fatal. Cuándo se quiso dar cuenta, el tercero ya tenía sus garras sobre él. Urbano intentó evitarlo pero ya no había escapatoria. Y entonces…aquel sonido. Casi un grito, una petición de auxilio desde lo más profundo del infierno.

– ¿Tendría cinco minutitos para una encuestilla rápid…rapidilla?

Urbano sabía a lo que se arriesgaba. Nadie escapa tan fácilmente de los encuestadores.

– Lo siento, voy con prisa. Tengo que ir al banco y…

– ¡Pero si los bancos por la tarde no abren! Son solo cinco minuti…

– Pues entonces…- piensa Urbano, piensa – Tengo que ir a comprar unos zapatos. Mire que mal quedan las zapatillas con la gabardina. Y me cierran ya.

– ¿A las seis de la tarde?

– ¿Hemos empezado ya con la encuesta?

– Mire, señor. Para usted son solo diez minutillos y para mí es poner pan en la mesa.

– ¿No eran cinco minutos?

– Bueno…ya sabe…minutillos.

– ¿No eran cinco jodidos minutillos?

– Mire, señor, usted sabe la tienda no va a cerrar a las seis y cuarto. ¿Qué le cuesta?

– Si no te vale esa excusa tengo más. ¿Mi mujer se está muriendo? ¿Esa es buena, no? Diez minutos de vida le quedan.

– Señor…

– Minutillos. Diez minutillos.

-Señor…

El encuestador esbozaba una sonrisa. Sus ojos se abrían cada vez más. Sus labios se plegaban dejando los dientes a la vista. La mueca era obscena. Urbano entendió al instante lo que significaba. Una…una pregunta de calentamiento.

– Si su mujercita ser muere supongo que su estado civil es casado, ¿verdad?

Urbano estaba perdido.

– Bueno, yo solo he dicho que…

Y entonces, aquel sonido. El lápiz trazó una cruz en el espacio destinado a los Casados. La encuesta había empezado.

– ¡Oye, te he dicho que no voy a hacer la puta encuesta!

– Ah, ¿no? ¿Y que diría usted si alguien le negase su derecho al trabajo por puro egoísmo?

Urbano estaba desconcertado. ¿Era aquello chantaje emocional?

– Pero qué dice si yo… yo ni siquiera tengo trabajo.

– Así que su Situación Laboral es parado, supongo.

Y el lápiz volvió a hacer su trabajo.

La situación se tornaba dramática. Aquel maldito encuestador no iba a dejarle marchar manteniendo los modales. Miró a su alrededor, a toda aquella gente que paseaba por la calle y pensó en como le juzgarían si le veían faltar al respeto a aquel hombre que, como el lápiz, solo hacía su trabajo. El encuestador sabía que Urbano estaba a su merced. Correr ya no era una solución. Solo quedaba una opción. La sonrisa del encuestador se oscureció al ver como la de Urbano resurgía con fuerza y empezaba a hablar de nuevo.

– Mira, voy a ser sincero contigo. Mi mujer es una pesada y…bueno, qué te voy a contar, ya sabes como son las mujeres. Igual con tu novia has tenido suerte, pero en general…

– Créame, se de lo que me habla. Mi mujer…

Entonces Urbano arrancó una fajo de papeles de la carpeta con pinza del encuestador y un bolígrafo de su amarillenta camisa. Con un gesto de karateka quitó el capuchón y trazó una equis en la casilla de Casados.

– ¡Pero qué hace! ¡Las encuestas no se pueden rellenar a boli! ¿Qué hará si comete un error?

Urbano apuntó con el bolígrafo a la frente del encuestador y le disparó su mejor sonrisa.

– Encuestilla.

– ¿Le hace gracia? Tengo que hablar con toda la amabilidad que pueda a la gente. ¡Y aún así pasan de mí, joder! ¡Odio los putos diminutivos! ¡Odio mi trabajo!

– Eso me recuerda que…

Con la mayor crueldad, trazó una equis en la casilla de sección Situación Laboral, casilla Empleado.

– ¡No puede hacer eso!

– Tranquilo, hombre…yo no cometo errorcillos. A no ser qué…

– No pienso contestar. Soy yo quien hace la encuesta.

– Fecha de nacimiento. O me la dices, o me la invento.

– No pienso…

– … a boli.

– Once del seis de mil novecientos ochenta y dos.

– Gracias…

– ¡Pero usted no entiende! Aunque fuese a lápiz, usted no puede encuestarme.

– Ahá, el encuestador encuestado no quiere que le encuesten…

El encuestador sabía que solo tenía una manera de escapar de aquella situación. Pero si la decía, perdería la oportunidad de encuestar a este hombre. Es más, le convertiría en un ser completamente inmune a los encuestadores, lo que en el sector se conoce como un SemiDios. No era demasiado original, pero nadie exige creatividad a los encuestadores.

– Venga, majo, dime un teléfono de contacto.

– No, señor, ¡déme usted un teléfono de contacto!

– Chaval, que me lo invento.

– ¡Atrévase!

El boli se acercó rápidamente a la hoja. El encuestador solo tenía una oportunidad.

– ¡Nooooooooooooooo!

– ¿Me lo vas a decir?

– Le diré algo mejor. No puede encuestarme porque…porque no se puede encuestar a otro encuestador. Está prohibido.

– ¿Cómo?

– Lo que oye. Por lo que una encuesta hecha a mi persona no tendría validez.

– Espera. ¿Estoy entendiendo bien?

El encuestador supo que estaba perdido.

– Si estoy entendiendo bien, lo único que tengo que hacer para que no me encuesten es decir que soy encuestador.

El encuestador bajó la cabeza abatido. Urbano ardió de pura felicidad. No literalmente, claro. Eso hubiera sido un triunfo para el encuestador. Pero aquel día había triunfado Urbano.

Consciente que era su día de suerte, se acercó a una tienda de la Gran Vía a comprarse unas zapatillas nuevas. Había decidido que no había mejor combinación para su gabardina que unas zapatillas con velcro y lucecillas traseras. Aquel día no se podía confundir. Era Urbano, el SemiDios.

Pero entonces, por su izquierda, antes de que pudiera darse cuenta…

– ¡Buenas tardes, señor! ¿Ha oído hablar de nuestra labor en Aldeas Infantiles?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: