UN HOMBRE NORMAL

hombrenormalEl 14 de Enero de 1952, como cada año, se celebró en la localidad de Bizarreville el concurso Strange People para gente extraña. Como cada año, John “Normal” Commonson sentía los deseos de participar en la competición. En Bizarreville solo había dos concursos anuales, el de Strange People y el de Comer Tartas de Cereza, concurso en el que Commonson no podía participar dada su intolerancia al gluten. Hasta aquel año, el concurso Strange People siempre se le había resistido. Según el jurado, John era demasiado normal para participar en él. Pero ese año, algo había cambiado. John “Normal” Commonson se presentó ante el jurado…luciendo un bigote.

El jurado parecía confundido. Ante él se alineaban un enano disfrazado de pulpo (o un pulpo disfrazado de enano, era difícil adivinarlo), un hombre muy alto cuyas rodillas ladraban al jurado (nadie podía explicar el origen del fenómeno), un arzobispo del que decían que tenía un gusto inapropiado por los niños y los enanos disfrazados de pulpo (y que pronto sería eliminado dada su normalidad), una mujer barbuda recién afeitada (era extraña de verdad, porque las mujeres barbudas no se solían afeitar) y junto a todos ellos estaba él. John “Normal” Commonson” lucía su tímido bigote con un gran normalidad. El jurado se sintió inmediatamente atraído por él.

– ¡Un hombre con bigote!

– ¿Qué se ha creído este Commonson? ¿Cree que nos va a engañar con cuatro pelos mal puestos sobre los labios?

– Seguro que se ha hecho el bigote con los restos de la mujer barbuda.

– ¿Eso de ahí es un enano disfrazado de pulpo o un pul…

– ¡Disculpen! – interrumpió Commonson.

El jurado se sobresaltó.

– ¿Han visto? Eso es…

– Sí, no hay duda. Claro que lo es.

– Señor Commonson. ¡Es usted educado! La educación no suele ser normal en estos concursos.

– Eso…¿eso me convierte en una persona extraña? – preguntó John sin poder disimular la ilusión.

El jurado reflexionó en petit comité y se volvió a dirigir a él.

– Bueno, digamos que sí es extraño, pero bueno, tiene que entender que a ese hombre alto de allí le ladran las rodillas. No están ustedes en el mismo nivel, la verdad.

Commonson tenía que pensar con rapidez. Miró a sus pies y encontró un billete de dos dólares.

– ¡Miren, miren esto! ¿Ven este billete de dos dólares?

– Sí, claro, bueno, sí.

– ¿Saben que voy a hacer con él?

– Lo normal sería quedárselo.

– Aunque usted es educado, así que supongo que primero preguntará a ver si es de alguien.

– ¡Pues no! – Commonson sonrió con suficiencia – ¡Lo voy a romper! ¿A que eso no es nada…

– ¡Espera! – el hombre alto reconoció el billete – ¡Ese billete es mío!

– ¡Pues apártese, que lo voy a romper!

– Guau, guau – las rodillas del hombre empezaron a ladrar John. John tenía pánico a los perros, pero tenía más pánico si cabe a las rodillas. Pese a eso, mantuvo el tipo.

– ¡No pienso dártelo! ¡Lo voy a romper! ¡Quiero ser extraño!

– Guau, guau.

– ¡Dámelo! ¡Lo necesito!

– ¡Déselo, por Dios! ¡No aguanto esos ladridos!

La mirada del jurado no auguraba un buen resultado. John terminó por rendirse. El hombre alto cogió el billete y se lo enseñó orgulloso a sus rodillas. Una de ellas lo agarró con la boca y lo despedazó. El público al completo estalló en carcajadas. La competición se ponía difícil por momentos. Y más cuando el enano-pulpo decidió ponerse a bailar claqué. Ni corta ni perezosa, la mujer barbuda afeitada decidió que había llegado el momento de su traca final. De un tirón reventó su camisa dejando a la vista unos pechos preciosos aunque cubiertos de pelo. Ante el asombro de público y jurado, la mujer comenzó a afeitárselos también. John miraba a los ojos al fracaso una vez más. Hasta que entonces…se dio cuenta.

– ¡Esperen! ¡Ahora sí está claro! ¡Solo yo puedo ganar éste concurso!

El jurado murmulló durante unos segundos.

– Y díganos, Commonson. ¿Por qué es eso?

– ¡Miren a ésta gente! Uno es un pulpo disfrazado de enano…

– ¡Usted no sabe eso! A lo mejor es un en…

– ¡No me interrumpa! La otra es una mujer barbuda afeitada y al otro le ladran las rodillas. ¿Saben que creo yo? Que aquí soy el único normal.

– Desde luego, Commonson. Por eso le eliminamos cada año.

– ¡Pero no lo entienden! Todos mis compañeros son extraños, ¿no?

– Yo diría que sí. Aunque la mujer barbuda afeitada cada vez parece más una mujer sin más.

– Y yo soy normal, ¿a que sí?

– De ahí su apodo, Commonson.

– ¡Ahí está la cosa! Soy un hombre normal rodeado de extraños. Pero en este concurso lo normal es extraño. De manera que soy un hombre extraño rodeado de personas normales. Personas normales peculiares, que duda cabe, pero personas normales para este tipo de concurso.

El jurado lo entendió por fin. Empezaron a murmurar entre ellos mientras de fondo se oían los ladridos de las rodillas del hombre alto que cada vez estaban más nerviosas. Después de una larga deliberación, la decisión estaba tomada.

– Pueblo, de Bizarreville, ya tenemos ganador para la edición del Strange People de 1952.

El pueblo miraba expectante. Alguno tosió y empezó a mirar expectorante también.

– Y el ganador es…

Redoble de tambores.

– ¡El enano disfrazado de pulpo que parece un pulpo disfrazado de enano!

El pueblo estalló en vítores, por lo que no le oyeron decir que, en realidad, era un calamar disfrazado de niño. Pero daba igual, la decisión estaba tomada y Bizarreville tenía un nuevo rey de lo extraño. Tras los festejos, John “Normal” Commonson se acercó a pedir explicaciones al jurado.

– Valoramos mucho tu exposición, Commonson, y te hubiésemos dado el premio si no fuese por un pequeño detalle.

– ¿Cual?

– Ese bigote. Te hace parecer extraño, por lo que ya no serías normal. Pero tampoco es lo suficientemente extraño. Lo siento.

John no dejó que la derrota le hundiese. Decidido a participar en los festejos de su pueblo, dejó de lado el Strange People y se centró en el concurso de comer tartas. Para que la competición se adecuase a las oportunidades de un celíaco, convocó un concurso de no comer nada en absoluto. El Stay Day, o día de estar, celebrado el 11 de Junio de 1952 fue un gran éxito. Y gracias a él, al año siguiente ganaría el concurso Strange People por su idea, digna del pueblo de Bizarreville.

John “Normal” Commonson jamás volvió a dejarse bigote, y se casó con la mujer barbuda, que sí se lo dejó. Jamás tuvieron hijos, pero adoptaron como mascotas a las rodillas del hombre alto.

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