LA MUJER Y LA PEONZA

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Hoy, para variar, voy a contar una historia que me ha sucedido de verdad.

Uribarri, 10 de Marzo. 18:00. Tienda de golosinas.

Los que me conocen sabrán que, entre mis múltiples adicciones, destaca por inusual y por constante, la del regaliz de palo. Pues bien, el martes a la tarde me quedé sin mi regaliz, así que me dirige a una tienda de golosinas en la plaza que llaman Panera, en el barrio de Uribarri.

Las tiendas de golosinas son por definición lugares dulces hasta lo empalagoso. Podríamos dividir a las dependientes en dos clases: aquellas que adoran a los niños y que por deformación profesional tratan a todos los clientes como si lo fuesen y, por otro lado, aquellas que aborrecen a los niños, aborrecen su trabajo y, por extensión, también su vida.

Ya antes de entrar a la tienda oí un griterío terrible desde el interior. Una dependienta de las de segunda clase, supuse. Ni  siquiera presté atención a lo que decía. Entré directo a por mi  regaliz de palo importándome una mierda lo que estuviese pasando a mi alrededor. Al fin y al cabo, lo único que quería, como buen adicto, era mi puto regaliz.

Pronto me di cuenta de que no lo iba a encontrar. No me quedaba otra que preguntar a la dependienta. Me dirigí hacia el mostrador y allí me encontré la siguiente situación.

A mi lado del mostrador estaban  una mujer mayor, una mujer de mediana edad, una niña que parecía ser su hija y otra niña, vestida de uniforme, con una bolsa de tronquitos en la mano, que saltaba a la vista que no tenía nada que ver con el resto. Al otro lado, la dependienta estaba en silencio.

La que gritaba era la que parecía la madre. Era una de esas personas con una edad indefinida entre los cuarenta y los sesenta. Ni lo suficientemente guapa para llamarla guapa, ni lo suficientemente gorda para llamarla gorda. Su identidad comprometida por su gran lista de defectos en los que no destacaba suficientemente como para que tapasen a los demás. Llevaba pelo corto y un jersey con una cremallera corta en el  cuello que podríamos decir que era de lana, aunque seguramente sería de un material bastante más barato. La que había oído gritar durante todo este tiempo era ella. La que parecía su hija la miraba avergonzada y la que parecía su madre la miraba con una sonrisa, que yo interpreté que quería decir: “Ya te dije que cuando fueses madre me entenderías”. La niña del uniforme miraba la escena con curiosidad. No curiosidad sobre la propia escena, sino curiosidad sobre a ver cuando terminarían y ella se podría comer sus putos tronquitos.

La disputa, agria y verbalmente violenta, giraba en torno a un tema capital para el desarrollo personal de la hija: una peonza con lucecitas.

La conversación evolucionaba más o menos como sigue.

MADRE: ¿Y cómo se abre esto ahora, eh?

DEPENDIENTA: No se señora, yo solo las vendo.

MADRE: ¡Si es que las hacéis para que se rompan! Lo que no es justo es que le compre la peonza a la niña y al de dos días ya esté jodida. ¡Me cago en lo más barrido!

HIJA: Mamá, si da igual.

MADRE: ¡No! ¡No da igual! Me he gastado cinco euros en la puta peonza. ¡No da igual!

La sonrisa de suficiencia de la abuela iba creciendo poco a poco. Era una sonrisa de venganza. Venganza hacia su hija, que cuando era pequeña no entendía sus enfados absurdos y ahora por fin le tocaba sufrirlos. Una sonrisa cruel que no hacía más que encender a su hija.

MADRE: ¡Devuélveme los cinco euros!

DEPENDIENTA: Tranquila, a ver, ¿qué es lo que no funciona?

MADRE: Las lucecitas de arriba, mira.

DEPENDIENTA: Si es que aquí tiene un golpe que…

MADRE: ¡Y como no iba a tenerlo! ¡Es una peonza! Sirven para tirarlas al suelo.

DEPENDIENTA: Ya, pero son muy resistentes, no se deberían romper tan…

MADRE: ¡Y tanto que no! ¡Eso es lo que digo! Las hacen de plástico y pasa lo que pasa.

DEPENDIENTA: Tenemos de madera también.

MADRE: ¡Mi hija la quiere de las que tienen lucecitas! ¿Eh, hija?

HIJA: Bueno, pero ya me da igual.

MADRE: Nada de eso. La quieres con lucecitas.

HIJA: Vale.

MADRE: Deme una nueva.

DEPENDIENTA: No puedo hacer eso, señora. Se ha roto por el uso.

MADRE: ¡Mecaguen…

HIJA: ¡Amá!

DEPENDIENTA: (a la niña) ¿Te voy cobrando, cariño?

MADRE: ¡Espera! ¿Un destornillador tienes por ahí?

DEPENDIENTA: ¿Un destornillador para qué?

YO: Perdona, ¿teneís regaliz de…

MADRE: ¿Te importa? Estamos nosotras antes.

YO: Sí, disculpe.

MADRE: A ver ese destornillador.

DEPENDIENTA: Señora, esto es una tienda de chucherías. No tenemos destornillador.

MADRE: Pues a ver como abro esto.

DEPENDIENTA: ¿Para que lo quiere abrir?

MADRE: ¡Las lucecitas, joder! Para arreglar las lucecitas.

HIJA: Ama, si da igual, si con que gire ya…

MADRE: ¡Cinco euros me he gastado! (mirando a su jersey, como haciendo ver que no le sobraban esos cinco euros) ¡Cinco euros! ¿Y ahora te dan igual las lucecitas?

HIJA: Me dan igual, ama.

MADRE: ¿Si; eh? Pues a mi no, ale.

Entonces empezó a forcejear con la peonza, ante la diversión de su madre, la vergüenza de su hija, la incomprensión de la dependienta, la sorpresa de la niña del uniforme y mis prisas por saber si iba a irme de allí con mi puto regaliz de palo.

Después de una corta pelea con la peonza, la mujer se dio por vencida. Parecía que iba a dejarlo. Aquella peonza había podido con ella. En ese momento, se giró. Allí, frente a ella, su única esperanza, en la forma de una niña de unos 10 años vestida de uniforme. Moduló su voz de una manera increíblemente dulce para lo que había visto hasta ese momento y le dijo:

MADRE: ¿Tú sabes como se abre esta peonza?

Como si arreglando la peonza pudiese arreglar también su vida.

La niña negó con la cabeza y dejó el dinero sobre el mostrador. Se fue, y  con ella, la última esperanza de aquella mujer que seguía peleando con una peonza que, como ella misma, había perdido  la luz.

A quién le interese, al final ni siquiera tenían regaliz de palo. Me fui de allí con unos regalices a cinco céntimos por llevarme algo, aunque también me llevé un aprendizaje.  Cuando sea mayor y tenga hijos solo les compraré peonzas de madera. Por si acaso.

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