archivo

Archivos Mensuales: abril 2015

escherLlevaba ya media hora entre el rellano del cuarto piso y el del tercero, dudando. ¿Saben ese dicho que dice que reza: Cuando te encuentras a un gallego en la escalera no sabes si sube o si baja? Pues ese era el problema de Jose Luis.

Jose Luis Gallego, como todos los Gallego, era un hombre que, básicamente, dudaba. Ya desde pequeño empezó a dudar, hasta el punto de que, a la hora de decididir entre el bachillerato de ciencias o de letras, se decidió por dejar el colegio. Por suerte, con el tiempo había conseguido sacar un rendimiento económico a su extraña cualidad. Jose Luis era el socio de Antonio el Judío, hombre relevante en el negocio de la compra-venta de vehículos de ocasión. Jose Luis acompañaba a Antonio a la hora de negociar y se encargaba, haciendo uso de su incomparable poder para dudar del precio y la calidad de los coches, de poner nervioso a los vendedores de manera que rebajasen al mínimo el precio de su producto por miedo a perder la venta. Aquel día, Jose Luis había quedado con Antonio para llevar a cabo una de aquellas negociaciones. Pero esta vez Jose Luis no llegaría jamás.

Ya en el rellano del cuarto piso le entraron las dudas. ¿Estoy subiendo o bajando? ¿Iba a la calle o a casa? Miró sus manos a ver si llevaba bolsas de la compra, lo que habría ayudado a disipar sus dudas, pero en su lugar encontró solo dedos, cosa que no iba a ayudarle con su problema.

Apoyó su espalda contra el ascensor mientras meditaba. En ello estaba cuando se abrió la puerta del 4ºA, y de ella salió su vecina.

– ¿Qué hace aquí? – le preguntó – ¿Espera a alguien?

¿Y si era eso? ¿A lo mejor estaba esperando a alguien? La pregunta de su vecina le confundió más todavía. Negó con la cabeza y bajó corriendo un tramo de escaleras.

Al llegar al tercero se frenó de golpe. ¿Y si lo que hacía era subir? Esperó a que la puerta de su vecina se cerrara y volvió a recorrer el mismo tramo de escaleras corriendo, aunque ahora en sentido contrario. Decidió llegar hasta su puerta, donde esperaba encontrar alguna señal. Lo único que encontró fue el felpudo que decía: Bienvenido. Si me dan la bienvenida será que vengo, ¿no? se preguntó Gallego. Convencido, entró a su casa y se sentó en el sofá.

Después de diez minutos, Gallego seguía incapaz de relajarse. Salió de nuevo y, cuando estaba a punto de bajar el primer escalón, vio a su espalda lo que el creía que sería la solución a su problema con las escaleras: el ascensor. Se dio la vuelta y pulsó el botón con la suficiencia de quién controla absolutamente su vida.

Lo que no esperaba Jose Luis era que del 5ºB saliese su vecino, y que se pusiese a su lado a esperar el ascensor. Gallego fijó su mirada en el piloto que indicaba que el ascensor se estaba acercando, tratando de evitar así cualquier atisbo de conversación que pudiese volver a llevarle a sus eternas dudas. Pero, inevitablemente, el momento llegó.

– Vaya día que ha salido, ¿eh, Gallego?

¿Y qué cojones significaba eso? ¿Que era bueno o era malo? ¿Y qué cojones hace que un día sea bueno? ¿Que haga sol? ¿Y si yo fuese alérgico al sol? ¿No debería preferir la lluvia? ¿O el cielo gris al menos? ¿Entonces, lo que es un día bueno para mi sería un día malo para él, no? Demasiadas dudas. Sin decir palabra, Jose Luis Gallego corrió escaleras arriba hacia la sexta planta, donde se encontraban los trasteros.

Una vez allí, la visión de aquel 6 metálico incrustado en la pared de gotelé le hizo sentirse tranquilo por primera vez en todo el día. Él vivía en el quinto, de manera que tanto para ir a la calle como para ir a su casa tenía que bajar. ¡Por fin una certeza! Una vez que oyó como su vecino subía en el ascensor y las puertas se cerraban, Gallego empezó el descenso.

El tramo entre el sexto y el quinto fue uno de los momentos más felices de su vida. Estaba claro, fuese a donde fuese estaba haciendo lo que tenía que hacer. No había dudas. Hasta que llegó de nuevo a su piso. Entonces volvió el infierno.

Jose Luis se sentó en la escalera junto a su puerta. Ahí empezó a meditar sobre su vida. Jamás había tenido pareja, porque jamás había sabido si la quería tener. Jamás había tenido una carrera profesional propia, porque jamás había sido capaz de saber a qué se quería dedicar. Había tantas cosas que había perdido por su falta de decisión… Amigos, aventuras, experiencias…¡Si ni siquiera sabía de qué equipo era! ¿Le gustaba el fútbol?

Jose Luis Gallego decidió que era el momento de terminar con esa vida incierta. Se levantó y empezó a bajar las escaleras. Aún no sabía a donde iba, pero no estaba dispuesto a sentarse a esperar. No, iba a moverse. Si no era capaz de decidirse, al menos dejaría que sus piernas decidiesen por él. Lo que no iba a hacer era quedarse quieto. Eso jamás.

Jose Luis sabía que cinco pisos eran demasiados como para resistir y que probablemente las dudas volverían a asaltarle antes de llegar abajo (o arriba). Así que, al llegar al cuarto piso, volvió a pulsar una vez más el botón del ascensor. Antes de hacerlo, puso la oreja en las dos puertas de aquella planta para asegurarse de que nigún vecino volvería a frustrar este nuevo intento. Satisfecho, esperó. Hasta que el ascensor llegó.

Cuando se abrieron las puertas, su sonrisa se congeló. Allí había un hombre, vestido de traje y con gesto serio, que clavaba su mirada en él. El hombre, ante el terror de Gallego, empezó a abrir su boca, y Jose Luis supo que estaba perdido. Y vaya si lo estaba. Lo que el hombre le dijo fue:

– ¿Vas pa’arriba o vas pa’abajo?

Y Gallego no supo que decir. Las puertas se cerraron y con ellas la oportunidad de tomar las riendas de su vida. Jose Luis Gallego pasó el resto del día en aquellas escaleras, incapaz de enfrentarse a la realidad y de tomar la más mínima decisión, mientras su socio Antonio el Judío le esperaba en el portal. Hay quien dice que terminó tirándose por una ventana. Otros dicen que se sentó en el rellano del segundo y ahora forma parte del mobiliario.

Si queréis saber que pasó, jamás se lo preguntéis a Jose Luis Gallego. Él no sabría contaroslo.

A %d blogueros les gusta esto: