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Archivos Mensuales: mayo 2015

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Ayer me tocó ser presidente de mesa. Hoy, me ha tocado gastarme el dinero que gané ayer en pagar la fianza para salir del calabozo. Ayer no era más que un parado de larga duración que por fin tenía un trabajo, aunque fuese solo por un día, y también muy pocas ganas de llevarlo a cabo. Hoy soy un semidios.

La cosa empezó rara, ya desde las 9 de la mañana. Mi madre tuvo un conato de pelea con otra señora porque estaba empeñada en ser la primera en votar en la mesa de su hijo. Estaba tan empeñada que, por no perder tiempo eligiendo y arriesgarse a no ser la primera, votó en blanco. La otra mujer también parecía tener mucha prisa por votar. Cuando dejé que mi madre pasara primero, la mujer me acusó de fascista y pasó el resto del día en la entrada del colegio electoral avisando a los electores de que la mesa estaba presidida por la encarnación de Hitler. Yo, que soy calvo y gordito, siempre me he sentido más atraído por Mussolini, pero no era un tema que me apeteciese demasiado discutir.

A las 11 de la mañana llegó un señor con dudas. Se acercó a mí y me preguntó a quién tenía que votar. Yo le dije que hiciera lo que le diera la gana. Los interventores del PNV y del Partido Popular la rodearon enseguida y empezaron a atosigarle con sus programas electorales. Cuando los interventores empezaron a pelear me tocó a mi separarles, como no. La señora que me acusaba de fascista, cuando vio como los sacaba por la puerta, empezó a llamarme comunista y a compararme con Stalin.

La vecina de mi abuela, que siempre me ha llamado Jesús y a la que nunca me he atrevido a decir que en realidad me llamo David, llegó sobre las 12 y media.

– ¡Pero qué grande estás ya, Jesús!

– Señora, por favor, ¿no será porque ya tengo 48 años?

– Le conozco desde que era así – le dijo a sus amigas, que eran 15 y contaban a quién les quisiera escuchar que iban a votar a Podemos. – Y míralo ahora, ¡todo un presidente!

– Solo soy presidente de mesa, señora. No es demasiado…

– No te quites méritos, Jesús. ¿Sigues estudiando o ya has empezado a trabajar?

Me costó quince minutos que se fuese. En cuanto salieron, la señora de la entrada empezó a llamarlas colaboracionistas y a decirles que ya se acordarían de ella cuando yo las mandase al gulag.

A las cuatro de la tarde entró un joven muy apuesto y elegantemente vestido. Se metió en una cabina y no volvió a salir. Media hora más tarde, y en vista de que ninguno de mis vocales iba a tomar la iniciativa, me acerqué a la cabina. Me sentí muy reconfortado cuando hoy su respiración allá dentro. Seguía vivo, lo cual me alegró mucho, ya que no podía imaginar la reacción de la señora de la entrada si veía salir un cadáver.

Pero la respiración era muy entrecortada, como esforzada. Y había otro sonido. Un sonido muy parecido al de una bomba de aire hinchando una bicicleta. Pregunté al señor si estaba bien, pero no me contestó, así que tuve que abrir la cortina. Allí estaba, con la corbata aflojada y la espalda de la camisa llena de sudor, haciendo un movimiento de vaivén que solo podía significar una cosa. El desgraciado se estaba masturbando. En su mano, una papeleta de Ciudadanos. Cuando se sintió observado, se giró y, con surcos de sudor en su rostro, solo susurró una palabra.

– Cambiooooooooooooooo.

Pase la siguiente media hora limpiando la cabina. Me dio tanto asco que cuando mi madre llegó con un bocadillo de mortadela (con aceitunas) para que “merendase algo, que tanto trabajar no es bueno” no fui capaz de darle un solo bocado. Fueron mis vocales los que dieron buena cuenta del bocadillo. Los interventores también ayudaron, menos los del PSOE, que no querían que se asociase a ellos la imagen de pobreza y falta de ilusión que simboliza un bocadillo de mortadela.

Pero cuando la situación se torció de verdad fue a las 9 de la noche. Estábamos a punto de cerrar la votación cuando entró un joven a ejercer su derecho a voto. Me dio su DNI, lo leí en alto y los vocales no fueron capaces de encontrarlo en la lista. Al parecer, el joven no estaba empadronado. Intenté explicarle que si no aparecía en la lista no podía votar. Él se empeñaba en que aunque no apareciese en la lista existía, y que eso era innegable, y que como Doctor en Metafísica que era estaba dispuesto a discutir con cualquiera que se atreviese a negar su existencia. En un momento de distracción, el hombre metió su voto en la urna y salió corriendo.

Toda la sala se volvió loca. Los interventores se negaban a dar por válida la votación porque había un voto inválido. Los vocales solo querían irse a su casa y abogaban por darlo por válido. Yo solo quería salir de allí, y estaba dispuesto a quitar un voto al azar y llevar de una vez la urna al ayuntamiento. Me puse tan nervioso que tuve que encenderme un cigarro. Los interventores de derechas me gritaban que fumar en un colegio electoral no solo era ilegal, sino anticonstitucional. Los vocales me gritaban que a ver cuando iba a llegar mi madre para traerme la cena.

La señora de la entrada, alertada por el griterío, entro furiosa en la sala. Nervioso por su reacción, tiré el cigarro, con la mala suerte de que se coló en la urna. Todos los votos empezaron a arder. En ese momento llegó la Policía Nacional. Pese a que las elecciones eran municipales, todo el estado estaba esperando el recuento de mi mesa para hacer una valoración global de las elecciones. Casi al mismo tiempo que ellos, llegó la televisión. En todas las cadenas del Estado estaban restransmitiendo en directo como ardía una urna electoral mientras, de fondo, se veía como una mujer golpeaba con su bolso al presidente de la mesa.

Cuando he salido del calabozo las televisiones y los representantes de casi todos los partidos políticos estaban allí. Cada uno interpretó el incidente como le fue mejor para sus intereses. Los izquierda radical empezaron a vender mi imagen como la de un hombre hastiado por el bipartidismo que, en un acto de valentía, había cremado las papeletas como símbolo de una política muerta. Los partidos tradicionales decían que mi acto significaba el descontento popular ante una serie de partidos que trataban de engañar al ciudadano con incumplibles promesas populistas. La derecha más rancia dijo de mí que era la viva imagen del desencanto popular ante un sistema democrático que en ningún momento había conseguido mejorar las políticas que instauró el Gran Caudillo.

Por mi parte, sigo en el paro. Estoy planteándome que, para salir de esta situación, podría intentar fundar mi propio partido de cara a las próximas elecciones generales. Solo tengo que lanzar a cada sector de la población el mensaje que quiere oír.

Se que mi madre me apoyará. La vecina de mi abuela, la que me llama Jesús, ya me ha dicho que ella y sus amigas están dispuestas a ser mis ministras, siempre y cuando cree un Departamento de Ganchillo y Telenovela de Media Tarde.

El único problema es la señora de la puerta. No se como ha conseguido mi teléfono, pero me ha amenazado con un golpe de estado si es que alguna vez me hago con el poder. Puede que acabe fichándola para mi partido. Siempre está bien tener alguien que grite tan alto que nadie pueda darse cuenta de lo vacío que está su discurso.

Jokin contó a sus amigos que el encuentro había sido corto pero muy intenso. Sus miradas se habían cruzado con la misma claridad que se habían cruzado sus destinos. Habían llegado a bailar juntos en medio de la calle. Ella solo le dijo una frase, una nada más, que Jokin no estaba dispuesto a contar por íntima.

Sus amigos no terminaban de creerle. A Jokin solo se le recordaba una novia, y era una de esas “novias del pueblo” que, existan de verdad o de mentira, siempre están amenazadas por la sospecha de ser una simple fanfarronería. Jokin insistía en que la conexión que había sentido con esta nueva chica iba más allá incluso que la de una relación amorosa o sexual. Ellos seguían dudando, la timidez de Jokin superaba en mucho los ocho grados en la escala Luismi (inspirada por el carácter de un personaje de la serie Compañeros). Pero el seguía insistiendo en lo romántico de su historia.

Jokin había salido de la Cruz Roja, en la calle Doctor Areilza, donde le habían practicado una ecografía, pues además de tímido Jokin era un tipo bastante hipocondríaco (superaba los 7 puntos en la escala Señora en la Peluquería). Recalcó el detalle del lugar, ya que él solía acudir siempre al ambulatorio de Deusto pero el Doctor Larrea estaba de vacaciones y había sido derivado allí. Insistía en que este detalle era la clave que demostraba que su encuentro con la chica no había sido azaroso, sino fruto del insondable destino.

Ya que estaba allí, había decidido ir a una librería en una plaza cercana. Pero no directo, claro. Jokin tenía miedo de que sus piernas se atrofiasen por su poco uso, así que decidió dar un rodeo (dato que utilizaba para afirmar, además de la existencia del destino, que él era el dueño del suyo propio).

A esa misma hora, ella salía de clase de inglés. Se dirigía a los Multicines de la calle Eskuza donde había quedado con una amiga. Iba rápido, ya que la sesión empezaba a las 5 y media y ya eran casi y cuarto.

Jokin la vio nada más girar la esquina. Venía desde el otro lado de la calle, por su misma acera, sujetando una carpeta sobre su pecho. Su pelo era castaño con las puntas más rubias (probablemente teñidas, añadía Jokin para demostrar hasta que punto se había podido fijar en ella).

Lo cierto es que Jokin, como cada vez que veía a una mujer por la que se sentía atraído, había bajado la cabeza, aunque solo lo justo para no producirse una tortícolis, cosa que le aterraba tanto como el cruzar miradas con una desconocida atractiva.

Ella siguió caminando sin prestar atención al chico que venía de frente. Escribía frenéticamente en su teléfono móvil, porque su amiga, que era bastante impaciente (en torno a los 7,5 puntos en la escala George W. Bush), no hacía más que enviarle mensajes metiéndole prisa.

El encuentro se produjo en la calle Licenciado Poza, a la altura de un restaurante de sushi para llevar (cosa que a Jokin le gustaba destacar para acompañar adecuadamente a lo exótico de su encuentro).

Al principio ni siquiera se miraron. Ella seguía con la vista plantada en el móvil, él miraba solamente a sus pies.

Durante unos segundos, realmente pareció que bailaban. Se movían rítmicamente, primero a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda otra vez. Ella levantó la mirada, buscando el contacto con sus ojos. Él lo evitaba, pero cuando veía que ella volvía a desviarla volvía a levantar la cabeza, sediento de detalles de su rostro (una pequita en el centro de la nariz, un aro colgando de la parte superior de su oreja, un mechón que tapaba su ojo izquierdo, en el que parecía empezar a salir un orzuelo).

Después de un baile de tres segundos, que para Jokin duró minutos y para ella duró horas, la chica volvió a levantar la cabeza decidida. Buscó los ojos de él, que seguía tratando de evitarlos, hasta que no pudo hacerlo más. La mirada de ella se clavó en la de él. En la boca de Jokin se dibujó una sonrisa. Y entonces, ella dijo la frase que los amigos de Jokin jamás llegarían a oír:

– A ver, chico, decídete. ¿Vas por la izquierda o por la derecha?

Sin perder la sonrisa, Jokin dio un paso a su izquierda. Ella dio un paso a su izquierda también, por donde Jokin le había dejado el paso libre, volvió a mirar a su móvil y, sin decir absolutamente nada, empezó a caminar.

Jokin la miró alejarse por la acera. Ella jamás volvió a girarse. Si le preguntarán, sería incapaz de describir al chico con el que, como tantas veces nos pasa a lo largo del día, había compartido un momento de indecisión a la hora de cruzarse en una acera.

Aunque los amigos de Jokin jamás sabrían nada de todo esto.

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