BREVE ENCUENTRO EN LA CALLE POZAS

Jokin contó a sus amigos que el encuentro había sido corto pero muy intenso. Sus miradas se habían cruzado con la misma claridad que se habían cruzado sus destinos. Habían llegado a bailar juntos en medio de la calle. Ella solo le dijo una frase, una nada más, que Jokin no estaba dispuesto a contar por íntima.

Sus amigos no terminaban de creerle. A Jokin solo se le recordaba una novia, y era una de esas “novias del pueblo” que, existan de verdad o de mentira, siempre están amenazadas por la sospecha de ser una simple fanfarronería. Jokin insistía en que la conexión que había sentido con esta nueva chica iba más allá incluso que la de una relación amorosa o sexual. Ellos seguían dudando, la timidez de Jokin superaba en mucho los ocho grados en la escala Luismi (inspirada por el carácter de un personaje de la serie Compañeros). Pero el seguía insistiendo en lo romántico de su historia.

Jokin había salido de la Cruz Roja, en la calle Doctor Areilza, donde le habían practicado una ecografía, pues además de tímido Jokin era un tipo bastante hipocondríaco (superaba los 7 puntos en la escala Señora en la Peluquería). Recalcó el detalle del lugar, ya que él solía acudir siempre al ambulatorio de Deusto pero el Doctor Larrea estaba de vacaciones y había sido derivado allí. Insistía en que este detalle era la clave que demostraba que su encuentro con la chica no había sido azaroso, sino fruto del insondable destino.

Ya que estaba allí, había decidido ir a una librería en una plaza cercana. Pero no directo, claro. Jokin tenía miedo de que sus piernas se atrofiasen por su poco uso, así que decidió dar un rodeo (dato que utilizaba para afirmar, además de la existencia del destino, que él era el dueño del suyo propio).

A esa misma hora, ella salía de clase de inglés. Se dirigía a los Multicines de la calle Eskuza donde había quedado con una amiga. Iba rápido, ya que la sesión empezaba a las 5 y media y ya eran casi y cuarto.

Jokin la vio nada más girar la esquina. Venía desde el otro lado de la calle, por su misma acera, sujetando una carpeta sobre su pecho. Su pelo era castaño con las puntas más rubias (probablemente teñidas, añadía Jokin para demostrar hasta que punto se había podido fijar en ella).

Lo cierto es que Jokin, como cada vez que veía a una mujer por la que se sentía atraído, había bajado la cabeza, aunque solo lo justo para no producirse una tortícolis, cosa que le aterraba tanto como el cruzar miradas con una desconocida atractiva.

Ella siguió caminando sin prestar atención al chico que venía de frente. Escribía frenéticamente en su teléfono móvil, porque su amiga, que era bastante impaciente (en torno a los 7,5 puntos en la escala George W. Bush), no hacía más que enviarle mensajes metiéndole prisa.

El encuentro se produjo en la calle Licenciado Poza, a la altura de un restaurante de sushi para llevar (cosa que a Jokin le gustaba destacar para acompañar adecuadamente a lo exótico de su encuentro).

Al principio ni siquiera se miraron. Ella seguía con la vista plantada en el móvil, él miraba solamente a sus pies.

Durante unos segundos, realmente pareció que bailaban. Se movían rítmicamente, primero a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda otra vez. Ella levantó la mirada, buscando el contacto con sus ojos. Él lo evitaba, pero cuando veía que ella volvía a desviarla volvía a levantar la cabeza, sediento de detalles de su rostro (una pequita en el centro de la nariz, un aro colgando de la parte superior de su oreja, un mechón que tapaba su ojo izquierdo, en el que parecía empezar a salir un orzuelo).

Después de un baile de tres segundos, que para Jokin duró minutos y para ella duró horas, la chica volvió a levantar la cabeza decidida. Buscó los ojos de él, que seguía tratando de evitarlos, hasta que no pudo hacerlo más. La mirada de ella se clavó en la de él. En la boca de Jokin se dibujó una sonrisa. Y entonces, ella dijo la frase que los amigos de Jokin jamás llegarían a oír:

– A ver, chico, decídete. ¿Vas por la izquierda o por la derecha?

Sin perder la sonrisa, Jokin dio un paso a su izquierda. Ella dio un paso a su izquierda también, por donde Jokin le había dejado el paso libre, volvió a mirar a su móvil y, sin decir absolutamente nada, empezó a caminar.

Jokin la miró alejarse por la acera. Ella jamás volvió a girarse. Si le preguntarán, sería incapaz de describir al chico con el que, como tantas veces nos pasa a lo largo del día, había compartido un momento de indecisión a la hora de cruzarse en una acera.

Aunque los amigos de Jokin jamás sabrían nada de todo esto.

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