archivo

Archivos Mensuales: septiembre 2015

bizarre-historical-photos-11

En los últimos meses he mandado mi curriculum a setenta empresas, he realizado cuarenta entrevistas de trabajo y la respuesta siempre ha sido la misma

  • Ya te llamaremos.

Siempre me pareció una respuesta sospechosa, sobre todo porque estamos en Nueva York, en el año 1929 y casi ningún hogar tiene su propio teléfono. El mío, la quinta colchoneta con derecho a cartones aislantes debajo del puente de Brooklyn (cartón corrugado, por supuesto, que la clase no se pierde ni viviendo debajo de un puente) desde luego que tampoco lo tiene. No se como pretenden llamarme, aunque empiezo a sospechar que en realidad ni siquiera tienen esa intención.

Vivimos la mayor crisis económica que verá la historia jamás. Por eso, mientras miraba la sección de ofertas de empleo el miércoles pasado, me sorprendió el siguiente anuncio.

SE BUSCA NOVIO

Mujer atractiva, rica y bien formada, con todas sus extremidades y órganos vitales intactos,
busca novio para pasarla bien y, en caso de compatibilidad, posible matrimonio

REMUNERADO

Me llamó la atención porque me gusta pasarla bien, mi tipo de mujer es aquella que conserva todas sus extremidades intactas y, sobre todo, porque me gusta que me paguen. En ningún momento me resultó extraño que se ofreciera a pagar por la compañía, aunque luego entendería muy bien por qué.

La entrevista fue aquel mismo viernes. Nos citamos en un banco de Central Park. El banco estaba a punto de quebrar, había sido un invierno excepcionalmente lluvioso y la madera se había visto dañada, así que la chica (que era muy atractiva y tenía todas sus extremidades como prometía el anuncio) me propuso ir a desayunar a una pajarería. Yo le dije que era más de café y tostadas que de agua y alpiste, pero ella insistió y, como era la que pagaba, allí fuimos.

El hombre nos sirvió unos vasos de licor de contrabando y nos preparó una mesa en la jaula de las cacatúas. Tras un par de vasos de aquel apestoso brebaje (los controles de calidad no son muy exhaustivos cuando el alcohol está prohibido), la chica me propuso la primera tontería del día:

– Vamos a hacer un sinpa.

– Para mí eso es fácil. No tengo dinero.

– No te preocupes, invito yo.

– ¿Pero no dices que no vamos a pagar?

– Pues eso.

Salimos corriendo del local con el dueño y las cacatúas persiguiéndonos. Paré en la 21 con Broadway sediento de aire mientras ella me miraba sin parar de reírse. Le dije que llevaba cuatro días sin comer y no estaba para esas carreras. Me dijo que si no quería correr tendríamos que volar.

He de decir que siempre he tenido bastante vértigo, pero el vértigo que había tenido hasta entonces me pareció poco como el que tenía ahora, colgado de un cable entre el Empire State y el Edificio Chrisler deslizándome por aquella tirolina. Ella, sin embargo, se reía. Solo dejó de reirse cuando aparecieron las cacatúas, que empezaron a perseguirnos y, mientras volaban pegadas a nuestros culos, gritaban: “Ladrón, Ladrón”. Volvió a reirse de nuevo cuando empezaron a picotearme el culo. Yo le gritaba que aquello era por su culpa, pero ella insistía en que si me dañaban el culo ya me compraría uno nuevo.

Llegó la hora de comer y fuimos a un pizzeria. Cuando se acercó el camarero, sacó un billete de cinco de los grandes (por aquella época llamábamos “los grandes” a los billetes de dólar) que hizo que el camarero salivase de pura avaricia. Después pidió dos hamburguesas al estilo Texas. El camarero, que apenas sabía ingles, trató de explicarle que aquello era un restaurante italiano y que no contaban con ese plato en su menú. Ella insistió apoyándose en el mantra de “El Cliente siempre tiene la razón”. Al final comimos las hamburguesas, que el camarero tuvo que salir a comprar a un McDonalds cercano, y le dejamos otros cinco de los grandes de propina.

La chica me preguntó que me gustaba hacer después de comer y yo le dije que no solía hacer nada, porque tampoco solía comer. Ella me dijo que le gustaba ir de compras, así que fuimos a un mercadillo cercano. Me explicó que a la noche íbamos a ir a una cena de etiqueta, así que necesitaríamos máscaras de gas. ¿Máscaras de gas?, pregunté yo. Nos probamos un par de modelos importados desde la República de Weimar, pero ella insistió en asegurarse de que funcionaban bien. Por supuesto, la prueba sería conmigo. Yo me negaba, pero ella me dio un dólar e insistió apoyándose en el mantra de “El Cliente siempre tiene la razón”. El empleado me metió en un retrete portátil con una bomba de gas mostaza y un timbre de bicicleta por si me sentía mal. Resultó que las máscaras era defectuosas (putos alemanes) y que pasé la noche en el hospital. La chica se congratulaba por haberlas probado antes de comprarlas, imagínate que desgracia, decía. Yo le contestaba que podríamos haber acabado en el hospital mientras reclinaba la camilla para que me pusieran el orinal bajo el trasero, que también me tuvieron que coser por los picotazos de las cacatúas.

Cuando salimos del hospital quiso invitarme a desayunar de nuevo, pero yo decliné su invitación y le dije que ya encontraría algún resto de perrito caliente en alguna papelera, que no se preocupara. Ella insistió en que le dejase llevarme en su coche hasta mi hogar y yo le dije que tranquila, que ya si eso me agarraría a la parte de abajo de un autobús que me llevara hasta allí. Ella dijo que eso me desgarraría la piel de la espalda y yo le contesté que lo otro me desgarraría el alma.

Cuando nos despedimos, acercó su cara a la mía, intentó besarme (aunque lo que hizo fue darme un golpe con su máscara de gas, que no se había quitado desde que estuvimos en el mercadillo) y, mientras me limpiaba con su pañuelo de seda la brecha que me acababa de hacer en la ceja, me preguntó:

– ¿Cuándo volveré a verte?

Me metí rápidamente bajo un autobús que ya partía hacia el puente de Brooklyn y, desde la distancia, le grité la única respuesta posible:

– Ya te llamaré.

entrega_peque1.0

Estimado Señor RBA

Les escribo con la intención de elevar una queja a las más altas esferas de su organización.

Le pongo en contexto. Mi nombre es Platón y nací en lo que ustedes han tenido a bien llamar “La Antigua Grecia”, aunque para mi es “La Grecia de la Actualidad”. El caso es que el otro día, después de disfrutar de unos hongos extremadamente potentes, me sumí en un profundo sueño del que no he despertado hasta lo que ustedes han tenido a bien llamar “Septiembre de 2015”. No estoy familiarizado con esos términos, pero doy por hecho que han pasado unos 4000 años desde que me dormí. Una buena siesta, si señor.

Entiendo que éste hecho les parezca un tanto extraño. Pero más extraño me pareció a mi cuando, el otro día, caminando por lo que ustedes han tenido a bien llamar “Gran Vía de Bilbao”, me encontré con un libro que llevaba mi nombre. Al abrirlo pude leer una serie de pensamientos que, al parecer, ustedes han tenido a bien poner en mi boca, o más bien en mi pluma. Sepa, para empezar, que en los tiempos en que yo viví no existían las plumas, pero eso sólo es un error minúsculo en comparación con su interpretación de lo que han tenido a bien llamar “El Mito de la Caverna”.

He de decirles que su lectura de mis discursos no podría estar más confundida. Me temo que, en caso de no corregirlos, me veré obligado a interponer lo que ustedes han tenido a bien llamar “Una Querella Criminal” por difamación y por falso testimonio.

Espero que se pongan en contacto conmigo para ayudarles a enmendar su error.

Un saludo.

PLATÓN, filósofo airado

PD: He probado sus hongos, esos que llaman “Champiñones Rellenos”. Muy ricos, aunque para mi gusto les falta droga.

Estimado Señor Platón

En primer lugar, expresarle nuestra sorpresa por su carta, estábamos bastante seguros, tanto por cuestiones estadísticas como meramente físicas, de que usted estaba muerto. Nos complace poder contar con una mente tan preclara entre nosotros.

En segundo lugar, nos gustaría conocer su versión, de primera mano, del tan manido “Mito de la Caverna”. Si tuviese a bien iluminarnos con su sabiduría no tendríamos ningún reparo en corregir nuestros fascículos para contentarle e iluminar al resto del mundo.

Sobre lo de la demanda, le rogamos que lo reconsidere. Nos ponemos a su disposición para subsanar este terrible fallo de interpretación.

Esperando su respuesta.

El Director de RBA

PD: Si le gustaron los champiñones, prueben los perretxikos. Bocado di cardinale.

PD2: Mi secretaria me confirma que en su época no existían los cardenales, así que podemos llamarle “Bocado di Oraculo” o “Bocado di Sumo Sacerdote”.

Estimado señor RBA

Debo informarle que, dado el retraso de su carta de respuesta, he tenido a bien secuestrar todos los ejemplares de mi libro de lo que han tenido a bien llamar “Kioskos”. En los últimos días me he rodeado de un grupo de Macedonios que me han explicado gustosos el concepto “Secuestro Express”. Si quiere sus libros de vuelta, ingrese 500.000 Euros en el numero de cuenta impreso al fondo de este documento.

Sobre el tema de “El Mito de la Caverna”, mis amigos macedonios me han hablado de la figura fiscal “Pago por Adelantado y en Negro para que Hacienda no pille cacho”. Les ruego que me envíen por correo postal otro millón y medio de euros antes de hacerles ninguna revelación acerca de mis sabios y, al parecer, muy caros pensamientos.

Esperando su respuesta y su dinero.

PLATÓN, filósofo por dinero

PD: He probado los perretxikos. En serio, ¿por qué comen todos esos hongos si ninguno tiene droga?

Estimado Señor Platón

Nos sorprende enormemente su petición económica, teníamos entendido que era usted un asceta liberado por completo de las cargas que trae consigo el dinero. Supongo que esa parte también la traducimos mal.

Hemos ingresado en su número de cuenta un millón adicional al dinero que nos pedía en su anterior carta. Esperamos esto le anime a contarnos la versión inicial de “El Mito de la Caverna”.

Aprovechamos para recomendarle que vea la película “Matrix”. Mucha gente dice que está basada en dicho mito. La parte mala es que sale Keanu Reeves. Esperamos que no le importe y sea capaz de disfrutar de la influencia que ha causado su obra.

Esperando ansiosamente una explicación por su parte.

El Director de RBA

PD: Mi secretaria ha encontrado en Internet una especie de hongos que si parecen tener droga. Le envío una muestra.

Estimado señor RBA

Tiene usted razón, antes era un filósofo asceta despegado de todo lo material. El caso es que ahora he visto lo fácil que es ganar dinero diciendo lo que ustedes han tenido a bien llamar “chorradas” y no pienso dejar escapar la oportunidad. He aprendido mucho últimamente sobre eso que llaman “Capitalismo” y, la verdad, como diría el sobrino de mi casera, “Mola Mazo”.

Vamos con “El Mito de la Caverna”.

Para empezar, decirles que me sorprende mucho lo impreciso de su lectura. Intenté ser muy claro en mi exposición y al parecer no lo conseguí en absoluto. Esperemos que esta vez sea la buena.

La idea es que los humanos vivimos en lo que parece una cueva. No vemos el exterior, solo su reflejo en la pared frente a nosotros. Hasta ahí todo bien.

Lo que sigue son errores cuyo tamaño me supera. Que si “liberarse”. “Escapar de la falsa realidad”. “Ver la vida con los propios ojos”. En serio, basura. O, como dicen ustedes ahora, Keanu Reeves.

Se lo diré de la manera más directa que conozco para que no haya dudas. Osea, como el sobrino de mi casera.

La movida es que vivimos en una cueva donde hace calorcito en invierno y fresquito en verano y se está de la hostia. Encima hay peñita buena, colegas y tal, así que para qué quieres más, ¿no? En la pared de la cueva se reflejan las sombras del mundo exterior, vaya, que es como si estuviésemos en el cine o viendo la tele. Mucho más guapo que la realidad, porque las sombras se mueven y tal y te lo pasas teta sin tener que levantar el culo de la jodida cueva. Y mucho más tranqui.

La movida es que, a veces, vemos sombras de otros pavos fuera de la cueva. Esos son los que llamamos “pringaos”. Peña que se pasa el día en la calle, currando o lo que sea, mientras nosotros podemos estar aquí de tranqui con los colegas viendo la tele y comiendo unos hongos.

A veces, alguno de nosotros sale de la cueva. Si vuelve con patatas fritas o más hongos, puto amo. Si se queda fuera se convierte en un pringao, y cuando vemos su sombra en la pared, le señalamos y nos partimos el tanaca.

Osea, si estás fuera, pringao, si estás dentro, puto amo.

Como ven, es una lectura completamente opuesta a la suya. Espero que lo corrijan o les pediré más pasta.

Atentamente

PLATÓN, el puto amo

PD: Los hongos que mandaron no estaban mal. Pero ahora soy más de coca.

Estimado Señor Platón

Lamento comunicarle que no podemos publicar eso. Causaría un cambio de paradigma brutal que no es interesante para el funcionamiento de lo que llamamos “sistema capitalista”. Esperemos que no se lo tome a mal y le ingresamos otro par de milloncejos por las molestias.

Esperamos que no se ralle

El Director de RBA

PD: Ojo con la coca, que a veces la cortan con laxante para bebés y te pasas el día yéndote por la pata abajo.

Estimado Señor RBA

Viendo el interés (sobre todo a nivel de inversión) que tienen en conservar mi palabra tal como estaba no me queda más remedio que aceptar.

En cuanto deje de comer techo pienso echarme una siesta que espero no despertarme en otros 4000 años. Será entonces cuando intente enmendar todo esto. No hay prisa. Como dice uno de los protagonistas de “El Mito de la Caverna”: De tranquis, tío.

Con respeto

PLATÓN, filósofo insomne

PD: Tenía razón con el tema de la coca. Lo barato sale caro.

1306728240912francodn

Era 23 de Junio de 1982 y los Camisas Azules esperaban que llegara su turno en la cola para comprar las entradas. Llevaban unas semanas muy emocionados por el acontecimiento, aunque en el fondo, pese a su devoción por el caudillo, estaban sorprendidos de la afluencia de público que había congregada en el lugar.

Había sido el cabo Ciruelez el que les había avisado. Que sí, que lo he oído bien. Franco está de vuelta. Va a dar un mitin en la Plaza de las Ventas para anunciar la recuperación del cargo de Jefe de Estado que legítimamente le pertenece. Los brigadistas se preguntaban por qué no habían recibido una confirmación oficial por parte de la Falange, o de Alianza Popular, que pa’l caso patatas. De todas maneras, en pocos días el evento estaba anunciado por todas las paredes de la capital. Franco, en concierto. No podían fallar.

El día anunciado, todos quedaron en el Valle de los Caídos, vistiendo su uniforme de la División Azul. El plan era bajar andando desde allí a la plaza de toros para mostrar sus respetos al dictador. Los problemas empezaron cuando Gálvez, Oficial al Cargo de Tiritas y Agua de Azahar, anunció que se había dejado el botiquín en casa. A puntito estuvieron de pasarle por el garrote vil, pero su compañero Jiménez le salvó en el último momento proponiendo curar las heridas con pañuelos y saliva. La saliva, claro, tendría que ser española. Todos escupieron en la gorra de Gálvez, que fue propuesto por unanimidad como Oficial al Cargo de Pañuelos y Escupitajos y se pasó el viaje frotándole los pies a sus compañeros cada vez que alguno se encontraba una ampolla.

Una vez llegados a la plaza de toros, lo primero que les sorprendió fue la gran mayoría de público joven que atestaba los aledaños. Ciruelez, satisfecho, se congratuló de que por fin la dictadura tuviera el apoyo de los jovenes, aquellos destinados a cuidar de la España del futuro. Ya habría tiempo de cambiarles la indumentaria, cortarles las greñas y cambiar las camisetas sucias por relucientes camisas nuevas con las que mirar cara al sol.

Al entrar, un dulzón aroma a porro llenó sus fosas nasales. Esto no puede ser, se dijeron. Franco se merece el mayor de nuestros respetos y no podemos permitir que, así, por las buenas, la gente fume drogas. Gálvez trató de calmar los ánimos, al fin y al cabo, la gente estaba confundida por el hecho de que el dictador no estuviese muerto. Ciruélez, furioso como si le hubieran dicho que su yerno era negro, le ordenó como Oficial al mando de Apagado de Porros y Escupitajos. Gálvez, cabizbajo, empezó a recorrer el recinto ganándose la enemistad de todo aquel al que tiraba su droga. Por suerte, Jiménez no dudó en acompañarle.

Aturdidos por el humo de la droga y la emoción de recuperar al dictador perdido, los Camisas Azules empezaron a disfrutar del ambiente juvenil que allí se congregaba. Era cierto que la ausencia de yugos y flechas era preocupante, pero, al fin y al cabo, Franco siempre había sido un hombre muy humilde y poco dado a llamar la atención. Se decía que había medido 1,90 metros toda su vida pero que, a la hora de convertirse en dictador, decidió someterse a una operación de reducción de fémur para no acomplejar a sus súbditos.

Aquel iba a ser un día inolvidable, sin duda.

A la hora indicada, el telón se levantó. Los falangistas se encontraban lejos del escenario, pero en cuanto vieron una figura salir supieron que era él. Tenía el pelo largo, sí, pero siempre supieron que se lo había rapado para tener un look más acorde al del resto de ciudadanos. Además, más raro era que estuviera vivo, ¿no? Desde luego, esos siete años de ausencia le habían sentado genial. Parecía haber recuperado incluso sus fémures perdidos. Todo parecía como un sueño. Hasta que la música empezó a sonar.

El capitán Ciruelez se acercó al joven que tenía a su lado, le tiró el porro de un gorrazo y le preguntó que clase de música era esa. Es Franco, tío, le contestó este. Franco Battiato. ¿Oye, esos de allí no son tus amigos?

Sobre el escenario, Gálvez y Jiménez, con sus uniformes de la falange y visiblemente colocados, giraban tutto en torno a la stanza ante la mirada atónita de todos los jóvenes congregados allí. El capitán Ciruélez, enloquecido, sacó su pistola y empezó a gritarles que bajaran. Pero desde allí no podían escucharle.

Ciruélez empezó a abrirse paso hasta el escenario a base de amenazas con la pistola y golpes de gorra. Llegó justo a tiempo para ser testigo de excepción del beso de tornillo que Gálvez le plantó a Jiménez, que le contestó con más pasión si cabe. Ciruélez se puso la pistola en la cabeza y quitó el seguro. Pero esas notas, esa voz rota, ese sintetizador, el violín eléctrico…

Hoy, más de 30 años más tarde, y con una edad de 90, Ciruélez es el Presidente del Club de Fans de Franco Battiato en España.

Gálvez y Jiménez cambiaron las camisas azules por camisas rosas y hace tres años dieron el pregón del día del Orgullo Gay.

Y todo, todo, por la verdadera arma definitiva para el cambio en el mundo.

Que viva el Pop Italiano.

A %d blogueros les gusta esto: