FRANCO EN CONCIERTO

1306728240912francodn

Era 23 de Junio de 1982 y los Camisas Azules esperaban que llegara su turno en la cola para comprar las entradas. Llevaban unas semanas muy emocionados por el acontecimiento, aunque en el fondo, pese a su devoción por el caudillo, estaban sorprendidos de la afluencia de público que había congregada en el lugar.

Había sido el cabo Ciruelez el que les había avisado. Que sí, que lo he oído bien. Franco está de vuelta. Va a dar un mitin en la Plaza de las Ventas para anunciar la recuperación del cargo de Jefe de Estado que legítimamente le pertenece. Los brigadistas se preguntaban por qué no habían recibido una confirmación oficial por parte de la Falange, o de Alianza Popular, que pa’l caso patatas. De todas maneras, en pocos días el evento estaba anunciado por todas las paredes de la capital. Franco, en concierto. No podían fallar.

El día anunciado, todos quedaron en el Valle de los Caídos, vistiendo su uniforme de la División Azul. El plan era bajar andando desde allí a la plaza de toros para mostrar sus respetos al dictador. Los problemas empezaron cuando Gálvez, Oficial al Cargo de Tiritas y Agua de Azahar, anunció que se había dejado el botiquín en casa. A puntito estuvieron de pasarle por el garrote vil, pero su compañero Jiménez le salvó en el último momento proponiendo curar las heridas con pañuelos y saliva. La saliva, claro, tendría que ser española. Todos escupieron en la gorra de Gálvez, que fue propuesto por unanimidad como Oficial al Cargo de Pañuelos y Escupitajos y se pasó el viaje frotándole los pies a sus compañeros cada vez que alguno se encontraba una ampolla.

Una vez llegados a la plaza de toros, lo primero que les sorprendió fue la gran mayoría de público joven que atestaba los aledaños. Ciruelez, satisfecho, se congratuló de que por fin la dictadura tuviera el apoyo de los jovenes, aquellos destinados a cuidar de la España del futuro. Ya habría tiempo de cambiarles la indumentaria, cortarles las greñas y cambiar las camisetas sucias por relucientes camisas nuevas con las que mirar cara al sol.

Al entrar, un dulzón aroma a porro llenó sus fosas nasales. Esto no puede ser, se dijeron. Franco se merece el mayor de nuestros respetos y no podemos permitir que, así, por las buenas, la gente fume drogas. Gálvez trató de calmar los ánimos, al fin y al cabo, la gente estaba confundida por el hecho de que el dictador no estuviese muerto. Ciruélez, furioso como si le hubieran dicho que su yerno era negro, le ordenó como Oficial al mando de Apagado de Porros y Escupitajos. Gálvez, cabizbajo, empezó a recorrer el recinto ganándose la enemistad de todo aquel al que tiraba su droga. Por suerte, Jiménez no dudó en acompañarle.

Aturdidos por el humo de la droga y la emoción de recuperar al dictador perdido, los Camisas Azules empezaron a disfrutar del ambiente juvenil que allí se congregaba. Era cierto que la ausencia de yugos y flechas era preocupante, pero, al fin y al cabo, Franco siempre había sido un hombre muy humilde y poco dado a llamar la atención. Se decía que había medido 1,90 metros toda su vida pero que, a la hora de convertirse en dictador, decidió someterse a una operación de reducción de fémur para no acomplejar a sus súbditos.

Aquel iba a ser un día inolvidable, sin duda.

A la hora indicada, el telón se levantó. Los falangistas se encontraban lejos del escenario, pero en cuanto vieron una figura salir supieron que era él. Tenía el pelo largo, sí, pero siempre supieron que se lo había rapado para tener un look más acorde al del resto de ciudadanos. Además, más raro era que estuviera vivo, ¿no? Desde luego, esos siete años de ausencia le habían sentado genial. Parecía haber recuperado incluso sus fémures perdidos. Todo parecía como un sueño. Hasta que la música empezó a sonar.

El capitán Ciruelez se acercó al joven que tenía a su lado, le tiró el porro de un gorrazo y le preguntó que clase de música era esa. Es Franco, tío, le contestó este. Franco Battiato. ¿Oye, esos de allí no son tus amigos?

Sobre el escenario, Gálvez y Jiménez, con sus uniformes de la falange y visiblemente colocados, giraban tutto en torno a la stanza ante la mirada atónita de todos los jóvenes congregados allí. El capitán Ciruélez, enloquecido, sacó su pistola y empezó a gritarles que bajaran. Pero desde allí no podían escucharle.

Ciruélez empezó a abrirse paso hasta el escenario a base de amenazas con la pistola y golpes de gorra. Llegó justo a tiempo para ser testigo de excepción del beso de tornillo que Gálvez le plantó a Jiménez, que le contestó con más pasión si cabe. Ciruélez se puso la pistola en la cabeza y quitó el seguro. Pero esas notas, esa voz rota, ese sintetizador, el violín eléctrico…

Hoy, más de 30 años más tarde, y con una edad de 90, Ciruélez es el Presidente del Club de Fans de Franco Battiato en España.

Gálvez y Jiménez cambiaron las camisas azules por camisas rosas y hace tres años dieron el pregón del día del Orgullo Gay.

Y todo, todo, por la verdadera arma definitiva para el cambio en el mundo.

Que viva el Pop Italiano.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: