YA TE LLAMAREMOS

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En los últimos meses he mandado mi curriculum a setenta empresas, he realizado cuarenta entrevistas de trabajo y la respuesta siempre ha sido la misma

  • Ya te llamaremos.

Siempre me pareció una respuesta sospechosa, sobre todo porque estamos en Nueva York, en el año 1929 y casi ningún hogar tiene su propio teléfono. El mío, la quinta colchoneta con derecho a cartones aislantes debajo del puente de Brooklyn (cartón corrugado, por supuesto, que la clase no se pierde ni viviendo debajo de un puente) desde luego que tampoco lo tiene. No se como pretenden llamarme, aunque empiezo a sospechar que en realidad ni siquiera tienen esa intención.

Vivimos la mayor crisis económica que verá la historia jamás. Por eso, mientras miraba la sección de ofertas de empleo el miércoles pasado, me sorprendió el siguiente anuncio.

SE BUSCA NOVIO

Mujer atractiva, rica y bien formada, con todas sus extremidades y órganos vitales intactos,
busca novio para pasarla bien y, en caso de compatibilidad, posible matrimonio

REMUNERADO

Me llamó la atención porque me gusta pasarla bien, mi tipo de mujer es aquella que conserva todas sus extremidades intactas y, sobre todo, porque me gusta que me paguen. En ningún momento me resultó extraño que se ofreciera a pagar por la compañía, aunque luego entendería muy bien por qué.

La entrevista fue aquel mismo viernes. Nos citamos en un banco de Central Park. El banco estaba a punto de quebrar, había sido un invierno excepcionalmente lluvioso y la madera se había visto dañada, así que la chica (que era muy atractiva y tenía todas sus extremidades como prometía el anuncio) me propuso ir a desayunar a una pajarería. Yo le dije que era más de café y tostadas que de agua y alpiste, pero ella insistió y, como era la que pagaba, allí fuimos.

El hombre nos sirvió unos vasos de licor de contrabando y nos preparó una mesa en la jaula de las cacatúas. Tras un par de vasos de aquel apestoso brebaje (los controles de calidad no son muy exhaustivos cuando el alcohol está prohibido), la chica me propuso la primera tontería del día:

– Vamos a hacer un sinpa.

– Para mí eso es fácil. No tengo dinero.

– No te preocupes, invito yo.

– ¿Pero no dices que no vamos a pagar?

– Pues eso.

Salimos corriendo del local con el dueño y las cacatúas persiguiéndonos. Paré en la 21 con Broadway sediento de aire mientras ella me miraba sin parar de reírse. Le dije que llevaba cuatro días sin comer y no estaba para esas carreras. Me dijo que si no quería correr tendríamos que volar.

He de decir que siempre he tenido bastante vértigo, pero el vértigo que había tenido hasta entonces me pareció poco como el que tenía ahora, colgado de un cable entre el Empire State y el Edificio Chrisler deslizándome por aquella tirolina. Ella, sin embargo, se reía. Solo dejó de reirse cuando aparecieron las cacatúas, que empezaron a perseguirnos y, mientras volaban pegadas a nuestros culos, gritaban: “Ladrón, Ladrón”. Volvió a reirse de nuevo cuando empezaron a picotearme el culo. Yo le gritaba que aquello era por su culpa, pero ella insistía en que si me dañaban el culo ya me compraría uno nuevo.

Llegó la hora de comer y fuimos a un pizzeria. Cuando se acercó el camarero, sacó un billete de cinco de los grandes (por aquella época llamábamos “los grandes” a los billetes de dólar) que hizo que el camarero salivase de pura avaricia. Después pidió dos hamburguesas al estilo Texas. El camarero, que apenas sabía ingles, trató de explicarle que aquello era un restaurante italiano y que no contaban con ese plato en su menú. Ella insistió apoyándose en el mantra de “El Cliente siempre tiene la razón”. Al final comimos las hamburguesas, que el camarero tuvo que salir a comprar a un McDonalds cercano, y le dejamos otros cinco de los grandes de propina.

La chica me preguntó que me gustaba hacer después de comer y yo le dije que no solía hacer nada, porque tampoco solía comer. Ella me dijo que le gustaba ir de compras, así que fuimos a un mercadillo cercano. Me explicó que a la noche íbamos a ir a una cena de etiqueta, así que necesitaríamos máscaras de gas. ¿Máscaras de gas?, pregunté yo. Nos probamos un par de modelos importados desde la República de Weimar, pero ella insistió en asegurarse de que funcionaban bien. Por supuesto, la prueba sería conmigo. Yo me negaba, pero ella me dio un dólar e insistió apoyándose en el mantra de “El Cliente siempre tiene la razón”. El empleado me metió en un retrete portátil con una bomba de gas mostaza y un timbre de bicicleta por si me sentía mal. Resultó que las máscaras era defectuosas (putos alemanes) y que pasé la noche en el hospital. La chica se congratulaba por haberlas probado antes de comprarlas, imagínate que desgracia, decía. Yo le contestaba que podríamos haber acabado en el hospital mientras reclinaba la camilla para que me pusieran el orinal bajo el trasero, que también me tuvieron que coser por los picotazos de las cacatúas.

Cuando salimos del hospital quiso invitarme a desayunar de nuevo, pero yo decliné su invitación y le dije que ya encontraría algún resto de perrito caliente en alguna papelera, que no se preocupara. Ella insistió en que le dejase llevarme en su coche hasta mi hogar y yo le dije que tranquila, que ya si eso me agarraría a la parte de abajo de un autobús que me llevara hasta allí. Ella dijo que eso me desgarraría la piel de la espalda y yo le contesté que lo otro me desgarraría el alma.

Cuando nos despedimos, acercó su cara a la mía, intentó besarme (aunque lo que hizo fue darme un golpe con su máscara de gas, que no se había quitado desde que estuvimos en el mercadillo) y, mientras me limpiaba con su pañuelo de seda la brecha que me acababa de hacer en la ceja, me preguntó:

– ¿Cuándo volveré a verte?

Me metí rápidamente bajo un autobús que ya partía hacia el puente de Brooklyn y, desde la distancia, le grité la única respuesta posible:

– Ya te llamaré.

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