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Archivos Mensuales: noviembre 2015

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Como Licenciado en Publicidad me interesan mucho los orígenes de lo que llamamos “Día de…(la madre, el padre, la cuñada o el zurullito de plástico)” Esos que mucha gente suele decir “Los inventó el Corte Inglés para vender…(corbatas, perfumes, bozales o zurullitos de plástico)”. Eh aquí, pues, el origen de la última excentricidad comercial importada desde Estados Unidos: El Black Friday.

Todo comienza el 25 de Noviembre de 1932. De hecho, comienza el día anterior, jueves 24, cuando el New York Post publica en su segunda página:

“[…] In adittion to the Magic Stairs debut, the Poughkeepsie City Mall will offer 10 percent discounts in all the toasters and cigar-umbrellas”

(traducción)

“[…] Además de la presentación de las Escaleras Mágicas, el Centro Comercial de Poughkeepsie (ciudad situada en el estado de Nueva York) ofrecerá un 10 por ciento de descuento en tostadoras y paraguas para cigarrillos.”

Las escaleras mágicas a las que se refiere el artículo son lo que ahora llamamos escaleras mecánicas. El 25 de Noviembre vieron la luz por primera vez estos monstruos metálicos patentados por Nestle y Warner Brothers “para fomentar la obesidad y las caídas graciosas.” (Washington Post, Página 4 del 23 de Noviembre de 1932). Por si la expectación no fuera suficiente, el centro comercial ofreció un descuento del diez por ciento en tostadoras y paraguas para cigarrillos, invento del que Einstein dijo: “Es una puta mierda” y, una vez más, tenía razón.

En las puertas del comercio se formaron colas kilométricas, dando lugar a discusiones, conatos de pelea y la invención de la expresión “mazo de peña” (del inglés “Hammer of Boulder”). Pese a las presiones de la policía (y de Albert Einstein), los dueños del negocio no dudaron en abrir la puerta.

Lo que se encontraron los clientes nada más cruzar el umbral fue nada más y nada menos que el rutilante y metalizado futuro: Unas escaleras dentadas rugían en dirección a una tostadora que, subida en un pedestal, parecía ser una creación del mismo Dios. Hay que entender que, en aquella época, una tostadora era lo que para nosotros un IWatch. Por supuesto, la clientela no podía esperar por subirse en ese aparato mecánico para alcanzar lo que para ellos era el mismísimo Edén.

Centrémonos en la figura de Charlie. Charlie, que ha ido a Poughkeepsie desde New York acompañado de sus padres, tiene 9 años y es una apasionado de las tostadoras desde que metió su lengua en una de ellas a la edad de 5. Perdió la capacidad de pronunciar la R y la C, pero ganó un amor para toda la vida.

Treinta segundos después de la apertura de las puertas, la cara de Charlie está pegada a las escaleras mecánicas. No es voluntario, es la masa de gente que tiene sobre él la que le obliga a mantener esa postura. Si no llega a ser por la sangre del resto de clientes, probablemente las escaleras mágicas hubieran acabado con su vida. Por suerte, las escaleras dejaron de funcionar. Igual que hicieron sus piernas cuando una ama de casa asustada intentó huir corriendo encima de su columna. Con los ojos rojos por laa ausencia de aire y la abundancia de sangre (propia y ajena), Charlie pudo ver, antes de cerrar los ojos, aquella tostadora que, desde lo alto de las escaleras, veía como más de 200 personas perdían la vida en una amalgama de cuerpos mutilados, gritos ahogados y chirridos metálicos.

Por supuesto, nada de esto salió a la luz. Los medios trataron incluso de convertir la situación en un evento positivo, como demuestra el siguiente texto del Herald Tribune del 27 de Noviembre.

“[…] In an American Pride Orgy, customers where so overwhelmed by the creative power of their country that they started to hug each other. Some of then where hugged so strongly that they even bleeded a bit. 182 white people ceased to be and 30 Niggas died.”

(traducción)

“[…] En una Orgía de Orgullo Americano, los clientes estaban tan impresionados por el poder creativo de su país que empezaron a abrazarse unos a otros. Algunos fueron tan fuertemente abrazados que incluso sangraron un poco. 182 personas blancas dejaron de existir y 30 negratas murieron”.

Vayamos ahora a 20 años más tarde. Charlie ahora se hace llamar Charles, utiliza una silla de ruedas para desplazarse y es el dueño de un imperio de tostadoras de todos los tipos. Pero Charles quiere ir más allá. ¿Por qué solo de una en una? ¿Y si pudiéramos meter los bocadillos completos? ¿Qué le parecería a ese chulo de Einstein?

Para la inauguración de su célebre invento, lo que ahora llamamos Sandwichera y el Chronicle de San Francisco llamó “Tostadora de los deseos fundidos”, Charles eligió el aniversario de su accidente. Pero necesitaba un nombre. Lo primero que le vino a la cabeza fue la Sangre, y pensó en Red Friday. Su agente de prensa le dijo que, si su invento fueran compresas, no estaría mal pensado, pero que había que darle una vueltita. Lo segundo que le vino a la cabeza fue La Muerte. Y de ahí, Black Friday.

El primero, en 1954, coincidió con el estreno de otro nuevo invento: las puertas de cristal automáticas. El centro comercial estuvo a punto de no abrir sus puertas, ya que la masa de gente no era capaz de colocarse correctamente frente al sensor. Una vez se abrieron, la gente entró a tropel. Al día siguiente, el New York Observer titulaba en portada:

“10.000 Melted Dreams Toasters Sold…and Only 50 Dead! (most of them Black, so, who cares?)”

(traducción)

“10.000 Tostadoras de los Deseos Fundidos vendidas…¡y sólo 50 muertos! (¿la mayoría de ellos negros, así que a quién le importa?)

Los descuentos se fueron repitiendo con los años, con cada vez menos muertos y cada vez más artículos innecesarios vendidos, hasta llegar al día de hoy, cuando apenas mueren 3 personas en cada ciudad durante el Black Friday, convertido ya en un evento internacional. Con la excepción, claro, de la llamada “Crisis de las Croquetas”, durante la cual, en una exposición de freidoras con descuento en 1984, 400 personas perdieron la vida al tratar de usar el aceite hirviendo como crema hidratante.

Así que ya sabes, cuando vayas al Black Friday, se fiel a la tradición de esta bella historia y al sueño de aquel niño con la columna aplastada y conviértete en alguien capaz de cualquier cosa por conseguir un objeto que no necesitas ¡pero con descuento!.

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Con la reciente inclusión de nuevos archivos en la Filmoteca Española ha salido a la luz un interesante documento que me dispongo a transcribir. Es cierto que podría poner directamente un enlace al documento en cuestión, pero entonces os daríais cuenta de que es mentira.

La siguiente situación transcurre durante una visita de Franco al Trono de Roca, y no me refiero al Valle de Los Caídos. Franco ha ido a cagar. Carrero Blanco aprovecha su ausencia para dejar claras las cosas con el futuro Rey Juan Carlos (futuro para él, porque para nosotros es pasado. ¿Como vuela el tiempo, eh? Pues más voló el coche de Carrero)

JUANCAR: A mí también me pasaba. Por eso dejé de comer carne de venado.

CARRERO: Escucha, Juan Carlos. Tenemos que hablar de un tema importante.

JUANCAR: Como ciervo, reno, alce…Pero venado nunca, nunca.

CARRERO: Es importante de verdad, Juan Carlos. Escucha:

JUANCAR: Y tanto que es importante. Lo primero es la salud.

CARRERO: No hablo de venado.

JUANCAR: Hombre, yo hablar si hablo, que no por hablar de él me va a entrar la pirrilera, ¿no?

CARRERO: Hablo de la sucesión del Generalísimo.

JUANCAR: Ni que fuera delito comer venado.

CARRERO: Cuando se jubile, digo. O, Dios no lo quiera, se muera.

JUANCAR: ¿Usted o yo?

CARRERO: El Caudillo.

JUANCAR: Ya decía yo. Aún soy joven para jubilarme.

CARRERO: El caso es que, llegado el momento, tendremos que tomar una difícil decisión. ¿Monarquía o Dictadura?

JUANCAR: Vaya preguntita. ¿Cuenta para nota?

CARRERO: Esto no es un examen, Juan Carlos.

JUANCAR: Menos mal.

CARRERO: Supongo que se habrá dado cuenta usted de que a nuestro líder no le queda demasiado tiempo de vida.

JUANCAR: Y menos si sigue comiendo de esa forma.

CARRERO: Y supongo que coincidiremos en que su padre ya está mayor como para acceder al trono, ¿no es cierto?

JUANCAR: Hombre, supongo que…

CARRERO: Antes de que me conteste, tenga en cuenta que me refiero al padre de usted y no al de Don Francisco.

JUANCAR: Menos mal que me lo aclara. Pensaba que se refería al del venado. Y ya sabe cual es mi política acerca del venado.

CARRERO: No se preocupe. No me queda ninguna duda al respecto.

JUANCAR: Falta, falta. Al respecto se falta, no se duda.

CARRERO: Creo que esta decisión se toma sola.

JUANCAR: Estoy de acuerdo.

CARRERO: Entonces le comunicaré al Señor que usted me da su bendición como sustituto al frente de…

JUANCAR: Espere, espere. No recuerdo haber dicho eso.

CARRERO: Usted ha dicho que estaba de acuerdo en que la decisión se toma sola.

JUANCAR: Porque no me apetece trabajar. Pero si la va a tomar usted yo también quiero.

CARRERO: Señor, no quiero importunarle, pero me parece una actitud bastante caprichosa.

JUANCAR: Normal. Soy hijo único.

CARRERO: Eso es mentira. Usted tenía un hermano.

JUANCAR: Usted lo ha dicho: tenía.

CARRERO: No me parece excusa para…

JUANCAR: Mire, señor Carrero. Yo tengo sangre azul y usted cejas gordas. ¿A quién cree que preferirá la gente?

CARRERO: No creo que sea una decisión que se deba tomar en términos físicos.

JUANCAR: No hablo de ciencia, hablo de su aspecto.

CARRERO: Yo también…

JUANCAR: Escuche. Sus cejas se parecen sospechosamente a las de Stalin, ¿quiere que España se convierta en un país comunista?

CARRERO: ¿No le parece que eso es un poco sacar de contexto las cosas?

JUANCAR: No se equivoque. Si las sacase de contexto se parecerían al bigote de Hitler. Así que usted me dirá.

CARRERO: No creo que esté siendo usted objetivo en esto.

JUANCAR: Es como el tema del venado y las otras carnes.

CARRERO: No volvamos a eso, por favor.

JUANCAR: Si usted, sabiendo que le sienta mal el venado, entra a un restaurante, o a un parador, o lo que sea, y pide venado. ¿Qué cree que le va a ocurrir?

CARRERO: Estoy seguro de que el Caudillo preferiría una línea continuista que…

JUANCAR: A eso me refiero. El Caudillo sabe que le sienta mal el venado y aún así ¡Zas! Se lo come. Y luego ¡Zas! Directo al baño.

CARRERO: Pero el Jefe de Estado es él y…

JUANCAR: ¡Zas!

CARRERO: ¿Qué?

JUANCAR: ¡Cacahué! ¿Lo ve? Si es incapaz de ganar una guerra estúpida con un Borbón imagínese una real con un…bueno, como sea que se apelliden los otros reyes.

CARRERO: No todos los sitios tienen monarquía.

JUANCAR: ¡Yo no hablo de monarquía, hablo de reyes!

CARRERO: ¡Pero si es lo mismo! Mire, voy a intentar ser claro con usted. Es un hombre cuya característica más notable es la estupidez, fruto sin duda de generaciones y generaciones de sexo entre primos o hermanos . No puede gobernar.

JUANCAR: Y usted es un hombre profundamente feo cuya característica más notable es la crueldad, fruto sin duda de generaciones y generaciones de tolerancia por parte del pueblo al que oprimen y ya ni se atreve a quejarse de ustedes.

CARRERO: Pues a ver que hacemos.

JUANCAR: Lo que se suele hacer en estas ocasiones importantes, ¿no? Jugarlo a suertes.

CARRERO: ¿Pares o nones?

JUANCAR: Piedra papel o tijera.

CARRERO: De acuerdo. Pues vamos a ello.

JUANCAR Y CARRERO: ¡Piedra, papel o tijera!

CARRERO: ¡Piedra!

JUANCAR: ¡Pistola!

CARRERO: ¡Eh! Eso es trampa.

JUANCAR: Lo mismo dijo mi hermano. ¿Quiere acabar como él?

FRANCO: ¡Chicos, chicos, chicos! ¿Se puede saber que hacer?

CARRERO: Tratamos de decidir quien es el más adecuado para sustituirle.

FRANCO: ¿Sustituirme? Yo no me voy a morir, hombre, solo era pirrilera.

JUANCAR: Eso le decía yo.

FRANCO: Es que me sienta fatal el venado, ¿saben?

JUANCAR: Exactamente eso le decía yo.

CARRERO: Esto me parece algo importante y que hay que hablar cuanto antes.

FRANCO: Pues hablemos.

JUANCAR: Estoy de acuerdo.

FRANCO: Empiezo yo. Mira, en esta vida puedes comer de todo: Reno, Alce, Ciervo…¿pero venado? Ni se os ocurra.

 

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