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Archivos Mensuales: marzo 2016

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Siempre que tengo que imprimir algo voy a la misma copistería. No es especialmente barata (más bien especialmente cara), ni tampoco tardan especialmente poco en atenderte (alguna vez he tardado menos en salir de Urgencias de lo que se tarda en salir de esta copistería). Pero tiene algo que no tiene ninguna otra: El Señor de la Copistería.

El hombre, que tendrá entre 60 y 70 años, se hace llamar “El Melenas” porque, siempre según él mismo dice, es “el disfrute de las viejas y el terror de las nenas”. Como os podéis imaginar, ni siquiera tiene melena. El negocio lo llevan entre él y su hijo, y es una de esas tiendas de Indautxu que funcionan como un DeLorean: tú entras y de repente estás en los años 50. Notas manuscritas clavadas en un corcho, libros de los que tienen las páginas amarillas y desprenden ese dulce olor a moho de los libros viejos, una vitrina con archivadores que pasaron de moda cuando Steve Urkel ni siquiera lo estaba aún, un mostrador hecho a partir de la madera de unos árboles que murieron hace medio siglo, cajas misteriosas detrás del mostrador…

Si voy siempre a intercambiar mi dinero por su tinta a su tienda es por él. Si tienes suerte puede que saque su boquilla de corneta (“es que he perdido el resto de la corneta”) y te toque la Marcha Triunfal de Aida. Otros días puede sentirse más juguetón y dirigirse directamente a tí con la frase “Tú, que eres gordo como yo”. Eso sí, jamás le encontrarás un sábado. Dice que tiene una amiguita con la que se pasa el fin de semana follando y por eso nunca abre. Su hijo, al parecer, y siempre según sus palabras, es amiguito de la hija de su amiguita, por lo que tampoco puede abrir. Si tienes un encargo urgente, tendrás que esperar hasta el lunes. Eso siempre que no le pilles en pleno rodaje de una película porno, de las que él clama que es una estrella. ¿Su nombre de pornstar? El Melenas, claro.

Ésta mañana, antes de ir a la oficina, he pasado por allí. Mi colega el Dimi tiene una impresora en la oficina y ayer compró tinta, así que en el fondo también podría haber imprimido directamente aquí. Pero me apetecía meterme en el DeLorean.

Cuando me estaba acercando me ha adelantado con mucha prisa un repartidor de propaganda de los que siempre tienen prisa, el buzoneo, ya sabéis, es un trabajo que se hace tan largo como lento sea el buzoneador. Éste parecía de los rápidos.

Se ha parado en el portal inmediatamente al lado del de la copistería. Cuando me estaba acercando a la puerta he oído la voz de El Melenas saliendo desde dentro de su máquina del tiempo.

– ¡Eh! – le ha dicho – Oye, tú, si, tú, el de los folletos. – ha insistido.

– ¿A mí me dice? – le ha contestado el hombre.

– ¿Tú repartes folletos, no? ¡Pues claro que te lo digo a tí!

– Dígame.

– Ven, hombre, pero pasa, pasa que te quiero preguntar.

A éstas alturas, yo ya estaba dentro de la tienda. Siempre guardo el pendrive en la funda del ordenador, así que para sacarlo tengo que sacar antes la funda, abrirla, buscar el pen y dárselo. Podría llevarlo en el bolsillo, sí. Pero me gusta dejarle unos segundos de libertal al Melenas antes de ir a lo que es el puro negocio, que es la parte secundaria de mis visitas. Detrás de mí ha entrado el hombre del buzoneo, y la conversación ha seguido de la siguiente manera.

– ¿Qué quieres, chico?

– Imprimir un documento. Espera que busco el pen.

– Oye, tú – le ha dicho al repartidor – ¿Qué estás repartiendo?

– Pues…folletos. Reparto folletos.

– Sí, claro que repartes folletos, ya veo que repartes folletos. Pero, ¿de qué son los folletos?

– De una residencia de ancianos.

– ¿Me das uno?

– Hombre, usted todavía parece joven para una residencia de ancianos.

– ¡Pues claro que soy joven! – se ríe – ¡Si soy actor porno!

– Si no le importa, voy a seguir.

– Espera, espera, ven aquí. Dame un folleto.

– Señor, no puedo darle folletos, tengo que meterlos en los buzones.

– ¿Y quién os hace los folletos?

– No tengo ni idea, señor, yo sólo los reparto.

– Aquí hacemos folletos para diez residencias de ancianos por lo menos.

Aquí se ha producido un silencio, al parecer, al repartidor no le interesaba demasiado éste dato. Durante toda la escena ha mantenido su carrito fuera de la tienda, bien agarrado, como diciéndole al señor que no se iba a quedar mucho tiempo con él, que tenía prisa. Pero El Melenas nunca tiene prisa.

– Hacemos para una que hay ahí en Miribilla, y tenemos también de otra  – sacando folletos de sus cajones – , pero estos son muy feos. Los tenemos más bonitos también. Eso ya es más cosa de la residencia que nuestra. Nosotros hacemos lo que nos piden eh, que si vosotros queréis unos folletos bien feos para vuestra residencia os los podemos hacer también.

– Yo no trabajo para la residencia. Trabajo para la empresa de buzoneo.

– ¡Anda! Pues a ellos les podemos hacer los folletos también.

En este punto, una vez entregado el pen, siempre salgo a comprar el café durante los minutos que puede tardar el proceso de impresión. Hoy no le he avisado, porque tenía poco suelto y si se entera que voy a por café me pide que le invite a uno. Así que simplemente he salido.

– ¡Espera! ¡Oye, chaval! ¿Qué documento es?

– El único que hay en la carpeta Imprimir.

Y he vuelto a salir.

– ¡Espera! ¡Oye chaval! ¿Blanco y negro o color?

– Es solo texto, blanco y negro. – he dicho asomando la cabeza para volver a salir una vez más.

– ¡Espera! ¡Oye chaval! ¿Por una cara o por las dos?

– Por una cara. – he dicho metiendo la cabeza por última vez. Después, he salido, y el repartidor ha intentado hacer lo mismo. Pero el Melenas le ha informado de que aún no había terminado de hacerle preguntas y el ha resoplado un vale que no se si era más cansado o divertido.

Cuando he vuelto con el café, allí seguía.

– Pues ya te digo – le decía El Melenas – nosotros hacemos todo tipo de folletos. Lo que quieras.

– Yo sólo reparto, señor.

– ¿Y no me dejas ver como son?

– Ya le digo que no me dejan andar regalándonos por ahí. Pero bueno, si quiere uno.

En ese momento El Melenas se ha dado cuenta de su triunfo, se ha girado y se ha dirigido a la parte trasera de la tienda. Antes de desaparecer, con una sonrisa, se ha girado y le ha dicho.

– Nada, nada, llévatelo. Si algo me sobra a mí son folletos de residencias de ancianos.

El buzoneador, que no podía parar de alucinar, ha salido de la tienda con los ojos abiertos como platos y se ha ido. Juraría que incluso se ha olvidado de entrar en el portal de al lado.

A mí me ha atendido su hijo y, antes de irme, El Melenas ha vuelto a salir.

– Oye, ¿cómo te llamas? – me ha preguntado por vigésima vez desde que entré la primera.

– David.

– David, ¿te importaría hacerme un favor?

– Pues depende del favor.

– Es que te veo ahí, con un moño como el de la castañera de mi barrio, y tengo curiosidad. Suétate el pelo.

– Bufff, que va tío, que luego se me queda todo mondongo.

– Si te sueltas el pelo, la próxima vez que vengas te lo llevas todo de balde.

– Entonces, si no te importa, voy a esperar a hacerlo hasta que tenga algo muy gordo que imprimir. Si me saco 120 páginas gratis pues mejor que 10, ¿no?

– Tienes razón. – me ha tendido la mano – Hasta luego, amigo.

– Hasta luego, buen día Melenas.

– Seguro que lo es. Luego tengo un rodaje porno…

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