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Archivos Mensuales: mayo 2016

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Tengo tres opciones para llegar a mi oficina. Una es andando, decisión que tomo muy poco a menudo porque es incompatible con mi pereza crónica. La segunda es en metro, que me deja como a cinco minutos del estudio. La tercera es el Bilbobus 18, San Ignacio-Zorroza, que me deja en la puerta del curro. Supongo que a estas alturas ya te puedes imaginar cual es mi medio de transporte favorito. Si tienes dudas, piensa en mi pereza crónica.

El otro día cogí el 18 y, como cada día que lo cojo, empecé a liarme un cigarrillo nada más sentarme en los asientos de cuatro plazas. Siempre que están libres me siento allí, ya que por mi apariencia de vagabundo maloliente (solo la apariencia, puedo ser un vagabundo pero me ducho cada día) nadie suele sentarme a mi lado. Esto me proporciona confort, un espacio para estirar las piernas y un punto de vista privilegiado del resto del autobús.

Mientras me liaba el cigarrillo, concentrado en vencer el temblor de mis manos para hacer el mejor trabajo posible, debió entrar ÉL. Yo no lo vi pasar, pero se sentó justo detrás mío. Iba con una chica, a la que no llamaremos ELLA ya que, a falta de nombres mejores, prefiero que ese se lo lleve la otra protagonista de esta historia. Llamémosle Acompañante.

Cuando salí de mi trance nicotinoso empecé a estirar la oreja para prácticar uno de mis deportes favoritos: asistir a entierros a los que nadie me ha dado vela. Tengo un talento bastante increíble para escuchar conversaciones a las que nadie me ha invitado, seleccionar la más interesante y aprender un poco más de las vidas de personas a las que no volveré a ver jamás. Ese día me centré en ÉL. ÉL tiene una voz rota, como si hubiera fumado dos paquetes de tabaco al día desde que tenía dos años hasta que cumplió sesenta. De hecho, en un momento dado, su Acompañante le preguntó:

  • Oye, ¿y esa voz? ¿No has pensado en ir a mirártelo o algo?

A lo que ÉL, con toda la calma, le contestó:

  • Ya te digo. He pensado que puedo tener cáncer.

En ese momento, su Acompañante sacó esa oncóloga que todos llevamos dentro y le realizó un diagnóstico realmente tranquilizador:

  • Bah, no creo, tranquilo. Yo no te he notado ningún bulto.

¡Yo no te he notado ningún bulto! Años y años de investigación para tratar el cáncer y la Acompañante de este señor ya ha desarrollado un método infalible y, además, tremendamente barato, para realizar un diagnóstico. A la espera de ponerse en contacto con el  Hospital de Houston para hacerles llegar sus avances, todavía tuvo tiempo para inventar una cura, que supongo igual de infalible:

  • De todas maneras, toma, creo que tengo un caramelo.

Bueno, ya estaba hecho. Esta pareja es peculiar. Y a mí la palabra peculiar me atrae tanto como las palabras tetona ignorante a un tronista. De todas maneras, para redondear, al llegar a Deusto se subieron unos cuantos negros. En ese momento, ÉL no pudo reprimirse:

  • Joder, esto está siempre lleno de putos negros.

No le juzguéis. Alguien que cree que puede curar el cáncer con un caramelo no puede ser racista, ni xenófobo, ni nada parecido. Solo puede ser idiota, y eso le exime del resto de defectos. Tenía que mirarle. Tiré el cigarro al suelo y me agaché a recogerlo. Ahí le ví. Gafas tan gruesas como su ignorancia, chaqueta vieja, rostro marcado por una explosión de viruela que debió tener lugar hace tantos años como los que lleva fumando. Un personaje de alta calidad. Pero esto no había hecho más que empezar.

En la siguiente parada subió una señora. O una chica. Yo que se. ¿Edad? Entre 30 y 60. ¿Pinta? Parte de arriba de un chándal rosa y parte de abajo de un chándal marrón. Su cara exhibía varias rojeces propias de una enfermedad que, si bien no parecía grave, si era bastante fea. Estaba además en pleno proceso de engorde. Era de estas personas a las que la boca empieza a desaparecerles entre los carrilos y la papada. Juraría que cuando salí del autobús su boca ya era más pequeña que cuando entró. Todo eso y un teléfono. Obviamente, esta mujer se merecía el nombre de ELLA.

Sorprendentemente, decidió sentarse delante del vagabundo maloliente que aparento ser. Por mi genial, así podía escuchar su conversación al teléfono. Aunque de hecho, podría haberla escuchado desde cualquier parte del autobús. Juraría que no hablaba con nadie, que el teléfono era una mera excusa para que el resto del 18 estuviese al tanto del gran problema, causado por una aún mayor injusticia, que estaba pasando. Y es que vaya problema.

  • Pues sí, chica, sí, lo que oye. Cuatro meses llevamos ya con el retrete jodido. Y es que no se puede, no se puede vivir sin retrete. Además el casero nos da largas, y el del seguro dice que nanai. Y yo llamo a mi abogada, y le digo que tenemos que denunciar, pero ella me dice que nah, que mejor que esperemos un poco más. Yo creo que me da largas también.

No me lo podía creer. ¿Cuatro meses sin retrete? ¿Y qué hace? ¿Va a cagar donde la vecina?

Quiero dejar claro que yo sólo lo pensé. Pero claro, ELLA y yo no estábamos sólos en el autobús. Ni siquiera estamos solos en esta historia. ¿Os habíais olvidado de Él? Pues ÉL no se iba a limitar con pensarlo.

  • Oye, chica, perdona.
  • Que sí, que sí, que ya se yo que no puede ser, si es lo que digo yo, pero la abogada…
  • ¡Oye! Oye, chica, tú, la del teléfono, perdona.
  • Espera – tapó el auricular del teléfono – ¿Qué pasa?
  • ¿Dices que llevas cuatro meses sin que te funcione el baño?
  • Pues sí, señor, ya ve.
  • Vaya. ¿Y a cagar dónde vas, donde la vecina?

Como os podréis imaginar, perdí todo contacto visual en este momento. Es muy difícil tratar de aguantarse la risa cuando oyes algo así, y cuando ves la cara que se le quedó a ELLA al oír la pregunta de ÉL. Me pasé el resto del viaje mirando por la ventana, con la parte inferior de la mandíbula temblando y amenazando con estallar en una carcajada en cualquier momento.

Durante el resto del camino, ELLA siguió contando por teléfono la “retrete situation” mientras recibía constantemente consejos de ÉL, tanto en el terreno de lo legal, como de lo moral, y si me apuras incluso alguna referencia religiosa. La Acompañante no volvió a hablar, y yo me tuve que bajar dos paradas antes para poder reírme un rato agusto.

Así que eso os digo. Que no vuelve a coger el metro en mi puta vida.

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