TXIRIBUELTAK EMON

El final de los fuegos del último sábado de Aste Nagusi me pilla meando. En el baño no había demasiada cola, pero yo soy más de mear en la ría. Para mí es como pasar a formar parte de Bilbao, como inyectar una dosis de Alonso Iturriaga directamente en las arterias de mi ciudad.

De repente, empieza a sonar. Marijaia. Miro hacia la txosna y veo la reacción que esta canción sigue causando en la gente después de 8 días. Todos bailan, gritan y los de cerca de la barra se pelean por un sitio donde alojar su codo después del impass de los fuegos, durante el cual las txosnas han permanecido trágicamente cerradas. Sin poder evitarlo, me doy cuenta de que estoy llorando. La felicidad ajena me ha contagiado como la más implacable de las enfermedades venéreas.  Joder, ya ni me acuerdo de mi colega Txiki, al que he perdido hace una hora y al que seguro que no volveré a ver hasta que suene alguna canción de Gatibu. Pero me alegro de estar solo, sí, así puedo llorar agus…

  • ¡Hostia, Alonso! Espera, ¿estás llorando?

Ella. Otra vez. Me seco las lágrimas con el mono de peluche que me he comprado hace media hora, el tercero esta semana. Todos han terminado causando baja antes de llegar a mi casa. Al presionar el mono contra mi cara, sus ojos se iluminan de rojo y el animal, que debería estar muerto, porque todos los peluches lo están, empieza a gritarme con todas sus fuerzas al oído. Lo dejo caer, se sumerje en un charco marrón que no puede ser de lluvia porque no ha llovido. Las lágrimas vuelven a aparecer mientras veo como mi mejor amigo de los últimos minutos se sumerje para siempre en esa mezcla de kalimotxo, pis y vómito colaborativo.

  • ¡Alonso! ¿No te acuerdas de mí?

Intento ocultar la sorpresa porque Mercedes me haya reconocido después de tanto tiempo y el terror que invade a cualquier vasco cuando una mujer se acerca a él.

  • ¡Joder, claro! Tú eres Mercedes. Nos conocimos tal día como hoy hace dos años.
  • Siento lo de tu mono.
  • En todas las guerras tiene que haber mártires.
  • Bueno, ¿y qué? ¿como van las jaias? ¿Todavía no te ha vomitado nadie en los pies?
  • La noche es joven.
  • ¿Y qué hacías llorando? ¿Se te ha acabado el patxarán?
  • Bah, ya no bebo patxarán. Me he pasado al Gin Tonic.
  • ¿Para hacerte el moderno?
  • Para no cagarme encima.

Le cuento que en días anteriores la ingesta de Kalimotxo y Patxarán a discreción me había causado una galerna estomacal y el otro día desaté un huracán en un baño portátil. Me mira a los ojos y me pregunta si me he drogado. Le digo que claro.  Me veo obligado a interrumpirle antes de que termine su charla sobre las contraindicaciones de la anfetamina, le tranquilizo diciéndole que me he limitado al Ibuprofeno, el Omeprazol y un Fortasec de vez en cuando. Me pregunta si voy a salir hoy, le hago ver lo ridículo de preguntarle algo así a alguien que ya está en la calle. Se hace la ofendida, me hago el arrepentido. Me dice que le parecía más sexy cuando llevaba falda de arrantzale. Le digo que con la ola de calor que ha asolado Bilbao durante la última semana me he puesto un bañador, más rollito Bilbao Tropical.  Ella levanta su falda y me enseña los pololos y le digo que si estuviéramos en el Siglo XIX ahora mismo estaría muy cachondo. Me pregunta si no lo estoy en el Siglo XXI. No contesto porque no se mentir y la verdad a veces puede resultar ofensiva. Además, acaba de pasar un tío a mi lado con dos chupitos de Jagger y solo el olor ya me ha dado ganas de potar. Empieza a sonar Gatibu y Mercedes tira de mis brazos obligándome a dar txiribueltas.

Las txiribueltas son divertidas. Pero también son arriesgadas. En uno de sus giros Mercedes está a punto de tirarle a un tipo de unos dos metros su reluciente katxi de cerveza por encima. Yo le pido perdón, el tío me hace un corte de mangas. Mercedes le pide perdón, el tío le manda un beso, Mercedes le manda a la mierda. De repente, como siempre que suena esta puta canción, aparece Txiki. No aparece normal, no. Aparece golpeandome con su rodilla en el muslo, lo que en mi barrio se llama un Charlie y en otros se conoce como calmante o bocadillo. Reboto contra Mercedes y acabo golpeándome contra el tipo del katxi. El contenido del katxi pasa directamente a formar parte de la camisa de cuadros del amigo, que me agarra de la pechera y levanta el puño para golpearme. Txiki le placa y caen juntos al charco de kalimotxo, pis y vómito colaborativo. Él, que me había condenado, es también quien me salva la vida. Le miro a los ojos. No se que habrá estado tomando, pero su antiguo iris verde ahora ha sido completamente conquistado por sus pupilas desde el jueves. Mientras me pregunto si alguna vez volverá a tener iris, Mercedes tira de mí hacia el interior de la txosna. Txiki se despide con la mano, empieza a exhibir una sonrisa monstruosa y trata de hacerle aguadillas al gigante mientras un corro de gente empieza a rodearle haciéndome perderle de vista.

  • ¿Por qué tus colegas son siempre tan subnormales? – me pregunta ella.
  • Porque los que eran normales ya no me hablan. – le contesto.
  • ¿Te apetece un Gin Tonic? Yo un Ron Cola ya me tomaba.
  • Venga, va. Te invito.
  • ¿A un cubata? Menudo ricachón el Alonso Iturriaga.
  • Es lo que tiene jugar en el Athletic.
  • ¿Tú juegas en el Athletic?
  • No. Pero algún día jugaré.
  • ¿Cuantos años tienes?
  • 28.
  • Jajajaja. ¿Y aún tienes esperanzas de jugar en el Athletic?
  • Bueno, tú aún tienes esperanzas de que te pague un cubata.

Me pega un puñetazo en el brazo y se lo devuelvo. Me he pasado, me da otro. Se ha pasado, se me duerme el brazo. Le pego con el otro y se ríe de la poca fuerza que tengo en el brazo izquierdo. Me dice que vayamos hasta la barra.

Le digo que me siga, la verdad es que me muevo bastante bien en este tipo de barullos. Cuando no tenía vergüenza fingía que iba a vomitar para que la gente me hiciera pasillo. Ahora que he desarrollado un poco ese defecto que la sociedad tiene por virtud me veo obligado a ser más disimulado. Mi técnica es simple, Arquímedes style. Camino de perfil hasta que me veo bloqueado. Cuando eso ocurre, simplemente me limito a girar sobre mi propio eje. Mi cuerpo hace de palanca, apartando a la gente a ambos lados, y empiezo a caminar sobre mi otro perfil hasta que el problema reaparece, momento en el cual vuelvo a girar. Desde luego, es mucho más fácil cuando estás gordo. Y yo lo estoy.

Llego a la barra en tres minutos, es mi record personal. Mientras busco un hueco, una mano tira de mí. Es ella, me dice que ha llegado hace un minuto. Estoy empezando a admirarla tanto que va a dejar de ponerme cachondo. Me veo obligado a beber.

Ella llama la atención del camarero, va a pedir los cubatas. Me adelanto, quiero impresionarla con mi conocimiento de Aste Nagusi. Le pido al camarero dos güitos  y que nos eche un par de hielitos en cada vaso. Le explico a Mercedes que los güitos cuestan la mitad y es casi la misma cantidad. El camarero me interrumpe. Me dice que no sabe lo que es un güito y me veo obligado a explicárselo. Mercedes no puede aguantarse la risa. Cuando terminamos con el trámite, empezamos a hablar de nuevo.

  • Tengo un problema. – me sincero con ella.
  • Estoy aquí para escucharte. Hasta que tenga algo mejor que hacer, claro.
  • Verás: estoy empezando a admirarte tanto como compañera de fiesta que temo que se me pasen las ganas de querer follar contigo. ¿Te molesta que te diga que quiero follar contigo? ¿Te parece machista?
  • No lo es si yo también quiero follar contigo.
  • Vaya. ¿Y quieres?

La Bicicleta nos interrumpe. No puedo resistirme a La Bicicleta. Los ritmos latinos se apoderan de mis caderas sin remedio mientras Mercedes coge mis manos y las lleva hacia las suyas, limitándose a contestarme con una sonrisa. Nuestras caras se acercan. Dos años después, parece que por fin va a ocurrir. Cierro los ojos, abro la boca.

De repente, un sabor metálico inunda mi paladar. Abro los ojos, veo chiribitas de purpurina. Veo a Txiki, la camiseta blanca ahora es marrón, los pantalones vaqueros tienen pegado un trozo de pan mojado de, seguramente, pis. Tiene sangre en el labio inferior y un ojo medio cerrado y morado. Acaba de soplarme un puñado de purpurina directamente en la boca. Le digo que es un hijo de puta, que ahora tengo la boca llena de purpurina. Me dice que no va a parar hasta que tenga llena el alma. Quiero acercarme a la barra a pedir un katxi de agua, un txupito de Fairy y un estropajo de los que hacen daño.

  • Si prefieres te dejo que vayas a limpiarte a mi casa. Vivo ahí mismo, en Bidebarrieta.
  • No deberías habérmelo dicho. Ahora podría ir a acosarte.
  • No es acoso si quiero que vengas.

Txiki vuelve a interrumpirnos. Quiere que vayamos a Pinpilinpauxa, que es el nuevo Moskotarrak. Mercedes dice que vayamos mejor a Komantxe, que es el nuevo Kaskagorri. Yo no se que hacer, joder, ¿qué harías tú?

Vuelve a sonar Marijaia, la única canción del mundo que puede sonar 300 veces sin dejar de ser un temazo. Las lágrimas vuelven a escaparse de mis ojos. Soy tan feliz que tengo ganas de vomitar. Se lo digo a Mercedes.

Mercedes me sonríe y empieza a dar txiribueltas.

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