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Archivos Mensuales: octubre 2016

1422546006_152622_1422546711_noticia_normalYo trabajo en la Calle Particular de Costa. La Calle, al estar en el centro de Bilbao, no se puede considerar de Costa, pero desde luego sí que es muy Particular.

Puedes encontrar desde un tatami de kárate a una casa donde vive un grupo de transexuales latinas a las que les gusta mucho mirar por la ventana. Muy educadas, por cierto, siempre sujetan la puerta del ascensor. Hay incluso una sauna gay de la que en cualquier momento puede salir un grupo de seis perros, tan pequeños como hiperactivos y ruidosos, y correr hacia ti solo para demostrarte que esta calle es más suya que tuya. Muy educados, por cierto, siempre hacen cola para mear en el mismo pivote de la calle. Hay gimnasios (muy concurridos por hombres gigantescos y mujeres de mediana edad), talleres de electrónica (muy ruidosos) y una clínica dental. Hay un portero al que no le gusta mucho hablar, pero que tiene un amigo que viene cada día a las 17.30 al que le encanta hacerlo, ya sea sobre Aduriz o sobre la necesidad de que el propio portero, Fernando, empiece de una vez a ver The Wire.

Mi rutina es todos los días la misma. Me compro un café (solo, con un azucarillo, con hielos y para llevar) en un local frente al callejón (porque la Calle Particular de Costa solo tiene una entrada, por lo que nunca nadie está de paso), me lío un cigarrillo y camino hasta mi portal (hasta hoy, el número 12) para terminar de fumármelo frente a este y subir a mi oficina. Mi rutina, como la tuya, es todos los días lo mismo. Pero hay días que aparece alguien y te rompe esa rutina. A mí me ha ocurrido hoy, el día 31 de Octubre, la víspera del Día de los Muertos.

Como cada día, bebía mi café y fumaba mi cigarro en la puerta de mi edificio. Éste es un proceso que hago semidormido, porque el café aún no ha hecho efecto y tiendo a dormir pocas horas. Casi nunca interactúo con nadie, a excepción Fernando, al que siempre saludo con la cabeza.

Esta mañana, mientras fumaba mi cigarro después de pedir mi café (hoy con dos azucarillos) y de saludad a Fernando, alguien me ha llamado desde mi espalda.

  • Oye, perdona – me ha dicho – ¿éste es el portal 12 – 14?

Me he girado y lo que he visto es a un anciano tuerto. No tuerto de los que se ponen un ojo de cristal o tuerto de los que conservan el ojo pero no pueden ver por él, no. Tuerto de los que directamente no tienen ojo, tuerto de los que no les importa que tú sepas que son tuertos.

  • El 12. – le he contestado – este es el portal 12.
  • Ahí pone 12 – 14. – me ha dicho, señalando al cartel que corona el portal, en el que efectivamente se puede leer Portal 12 – 14.
  • Bueno, sí, el 12 – 14, vale.

Mientras le contestaba, inconscientemente, he mirado la mano con la que señalaba al cartel. Era una mano que consistía, únicamente, de una palma y un dedo. Al no tener los demás alrededor para orientarme no puedo estar seguro, pero juraría que era el pulgar. Por la composición de la mano (solo un dedo, con una especie de agujero en su base que hacía que el pulgar pareciese largo como un índice) me ha hecho gracia pensar que la única función posible para dicho dedo único es la de señalar. He llegado a pensar que el hombre solo había ido hasta allí para que yo viese su dedo de señalar. El hombre ha seguido hablando.

  • Claro, – me ha dicho – supongo que este es el 12 y el 14 está más hacia delante.

Como ya he dicho, la Calle Particular de Costa es un callejón sin salida. Mi portal es literalmente el último de la calle en el lado de los pares.

  • Eso es imposible. – le he contestado – Este es el último portal. No hay más portales hacia delante.
  • Aquí antes había una cooperativa farmaceútica. – me ha dicho.

Yo señalaba la evidencia, el hombre me contestaba con una evasiva (una extraña, además, nadie había utilizado nunca la fórmula “cooperativa farmaceútica” para evadir el hecho de que no tiene razón). La situación tomaba tintes extraños y yo solo quería terminar con ella.

  • ¿Que está buscando? ¿Puedo ayudarle? – le he preguntado mientras miraba los carteles del interior del portal a ver si encontraba uno que dijera “cooperativa farmaceútica”.
  • No, no te preocupes. Solo he venido porque me han dicho que aquí está el portal 12 – 14.
  • ¿Cómo?

Mi cigarro cada vez estaba más consumido, yo cada vez estaba más confundido.

  • Por aquí hay también un gimnasio, ¿no?
  • Sí – le contesto señalando al edificio de enfrente. – Esta ahí.
  • Vaya. Así que este es el portal 12 – 14. ¿Sabes por qué se llama así?

Mientras pensaba en como huir de la conversación vi la respuesta en la oficina del bajo junto a mi portal.

  • Mire – le he dicho señalando la puerta del bajo – Aquí hay un bajo. Es un coworking. Seguro que este es el 14.
  • No, no. – me ha dicho muy seguro – El 14  tiene que estar hacia allí – ha señalado al final de la calle. – Ahí delante.
  • Pero este es el último portal. Quiero decir, no existe un portal más hacia delante que este.
  • Entonces supongo que sí.
  • ¿Que sí qué?
  • Que este portal es el 12 – 14.
  • Bueno, para mí es el portal 12. La verdad es que nunca me había planteado por qué pone 12 – 14.
  • Ya.

El cigarro se ha consumido hace ya un par de minutos y quiero subir a mi oficina. No para trabajar, que también, sino para huir del hombre tuerto y de la situación extraña que está creando nada más empezar la jornada.

  • ¿Está buscando algo en concreto? Porque puedo ayudarle, si quiere.
  • El portal 12 – 14. – ha dicho como para sí mismo.
  • Puedo preguntarle al portero también.
  • Claro, porque esto es el final de la calle, los número empiezan al principio. – y ha empezado a señalar los portales – El 2, el 4, el 6, el 8, el 10 y el 12 – 14.
  • Supongo, sí.
  • Aunque el 14 igual está mas hacia delante.

Aquí me he tenido que rendir.

  • Supongo que sí.
  • Bueno, – me ha señalado con su dedo de señalar – no te entretengo más. Muchas gracias, ¿eh?

Y se ha marchado. Sí, el hombre tuerto tanto de ojos como de dedos se ha ido y ya está. Así acaba la historia. Mi profesor en esto de escribir, Pedro, me diría que esto no es una historia, porque no tiene progresión, no tiene giros, es una mera anécdota.

Pero yo creo que sí lo es. Porque el personaje principal, osea yo, ha sufrido un arco de transformación, ha cambiado. ¿En qué? Bueno, cuando he pedido mi café y he liado mi cigarro me he dirigido, sin duda alguna además, al portal número 12. Y ahora dudo de si estoy en el 12, en el 12 – 14, o si el 14 en realidad está más hacia delante y yo no lo puedo ver porque aún conservo mis dos ojos y mis diez dedos, y por tanto no estoy preparado para ver nada más de lo que se ve a simple vista.

Quien sabe. Puede que, siendo hoy día 31 de Octubre, ese hombre no solo sea tuerto. Puede que haya venido a avisarme de algo. O incluso peor. Puede que a lo mejor ni siquiera esté escribiendo esto y solo sea una trabajador de una cooperativa farmaceútica.

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