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FOTOGRAFÍAS DE DESCONOCIDOS

hombrenormalEl 14 de Enero de 1952, como cada año, se celebró en la localidad de Bizarreville el concurso Strange People para gente extraña. Como cada año, John “Normal” Commonson sentía los deseos de participar en la competición. En Bizarreville solo había dos concursos anuales, el de Strange People y el de Comer Tartas de Cereza, concurso en el que Commonson no podía participar dada su intolerancia al gluten. Hasta aquel año, el concurso Strange People siempre se le había resistido. Según el jurado, John era demasiado normal para participar en él. Pero ese año, algo había cambiado. John “Normal” Commonson se presentó ante el jurado…luciendo un bigote.

El jurado parecía confundido. Ante él se alineaban un enano disfrazado de pulpo (o un pulpo disfrazado de enano, era difícil adivinarlo), un hombre muy alto cuyas rodillas ladraban al jurado (nadie podía explicar el origen del fenómeno), un arzobispo del que decían que tenía un gusto inapropiado por los niños y los enanos disfrazados de pulpo (y que pronto sería eliminado dada su normalidad), una mujer barbuda recién afeitada (era extraña de verdad, porque las mujeres barbudas no se solían afeitar) y junto a todos ellos estaba él. John “Normal” Commonson” lucía su tímido bigote con un gran normalidad. El jurado se sintió inmediatamente atraído por él.

– ¡Un hombre con bigote!

– ¿Qué se ha creído este Commonson? ¿Cree que nos va a engañar con cuatro pelos mal puestos sobre los labios?

– Seguro que se ha hecho el bigote con los restos de la mujer barbuda.

– ¿Eso de ahí es un enano disfrazado de pulpo o un pul…

– ¡Disculpen! – interrumpió Commonson.

El jurado se sobresaltó.

– ¿Han visto? Eso es…

– Sí, no hay duda. Claro que lo es.

– Señor Commonson. ¡Es usted educado! La educación no suele ser normal en estos concursos.

– Eso…¿eso me convierte en una persona extraña? – preguntó John sin poder disimular la ilusión.

El jurado reflexionó en petit comité y se volvió a dirigir a él.

– Bueno, digamos que sí es extraño, pero bueno, tiene que entender que a ese hombre alto de allí le ladran las rodillas. No están ustedes en el mismo nivel, la verdad.

Commonson tenía que pensar con rapidez. Miró a sus pies y encontró un billete de dos dólares.

– ¡Miren, miren esto! ¿Ven este billete de dos dólares?

– Sí, claro, bueno, sí.

– ¿Saben que voy a hacer con él?

– Lo normal sería quedárselo.

– Aunque usted es educado, así que supongo que primero preguntará a ver si es de alguien.

– ¡Pues no! – Commonson sonrió con suficiencia – ¡Lo voy a romper! ¿A que eso no es nada…

– ¡Espera! – el hombre alto reconoció el billete – ¡Ese billete es mío!

– ¡Pues apártese, que lo voy a romper!

– Guau, guau – las rodillas del hombre empezaron a ladrar John. John tenía pánico a los perros, pero tenía más pánico si cabe a las rodillas. Pese a eso, mantuvo el tipo.

– ¡No pienso dártelo! ¡Lo voy a romper! ¡Quiero ser extraño!

– Guau, guau.

– ¡Dámelo! ¡Lo necesito!

– ¡Déselo, por Dios! ¡No aguanto esos ladridos!

La mirada del jurado no auguraba un buen resultado. John terminó por rendirse. El hombre alto cogió el billete y se lo enseñó orgulloso a sus rodillas. Una de ellas lo agarró con la boca y lo despedazó. El público al completo estalló en carcajadas. La competición se ponía difícil por momentos. Y más cuando el enano-pulpo decidió ponerse a bailar claqué. Ni corta ni perezosa, la mujer barbuda afeitada decidió que había llegado el momento de su traca final. De un tirón reventó su camisa dejando a la vista unos pechos preciosos aunque cubiertos de pelo. Ante el asombro de público y jurado, la mujer comenzó a afeitárselos también. John miraba a los ojos al fracaso una vez más. Hasta que entonces…se dio cuenta.

– ¡Esperen! ¡Ahora sí está claro! ¡Solo yo puedo ganar éste concurso!

El jurado murmulló durante unos segundos.

– Y díganos, Commonson. ¿Por qué es eso?

– ¡Miren a ésta gente! Uno es un pulpo disfrazado de enano…

– ¡Usted no sabe eso! A lo mejor es un en…

– ¡No me interrumpa! La otra es una mujer barbuda afeitada y al otro le ladran las rodillas. ¿Saben que creo yo? Que aquí soy el único normal.

– Desde luego, Commonson. Por eso le eliminamos cada año.

– ¡Pero no lo entienden! Todos mis compañeros son extraños, ¿no?

– Yo diría que sí. Aunque la mujer barbuda afeitada cada vez parece más una mujer sin más.

– Y yo soy normal, ¿a que sí?

– De ahí su apodo, Commonson.

– ¡Ahí está la cosa! Soy un hombre normal rodeado de extraños. Pero en este concurso lo normal es extraño. De manera que soy un hombre extraño rodeado de personas normales. Personas normales peculiares, que duda cabe, pero personas normales para este tipo de concurso.

El jurado lo entendió por fin. Empezaron a murmurar entre ellos mientras de fondo se oían los ladridos de las rodillas del hombre alto que cada vez estaban más nerviosas. Después de una larga deliberación, la decisión estaba tomada.

– Pueblo, de Bizarreville, ya tenemos ganador para la edición del Strange People de 1952.

El pueblo miraba expectante. Alguno tosió y empezó a mirar expectorante también.

– Y el ganador es…

Redoble de tambores.

– ¡El enano disfrazado de pulpo que parece un pulpo disfrazado de enano!

El pueblo estalló en vítores, por lo que no le oyeron decir que, en realidad, era un calamar disfrazado de niño. Pero daba igual, la decisión estaba tomada y Bizarreville tenía un nuevo rey de lo extraño. Tras los festejos, John “Normal” Commonson se acercó a pedir explicaciones al jurado.

– Valoramos mucho tu exposición, Commonson, y te hubiésemos dado el premio si no fuese por un pequeño detalle.

– ¿Cual?

– Ese bigote. Te hace parecer extraño, por lo que ya no serías normal. Pero tampoco es lo suficientemente extraño. Lo siento.

John no dejó que la derrota le hundiese. Decidido a participar en los festejos de su pueblo, dejó de lado el Strange People y se centró en el concurso de comer tartas. Para que la competición se adecuase a las oportunidades de un celíaco, convocó un concurso de no comer nada en absoluto. El Stay Day, o día de estar, celebrado el 11 de Junio de 1952 fue un gran éxito. Y gracias a él, al año siguiente ganaría el concurso Strange People por su idea, digna del pueblo de Bizarreville.

John “Normal” Commonson jamás volvió a dejarse bigote, y se casó con la mujer barbuda, que sí se lo dejó. Jamás tuvieron hijos, pero adoptaron como mascotas a las rodillas del hombre alto.

(4)ALGUACIL: Estamos aquí para el juicio del Estado de Wyoming contra la Ley de la Gravedad por el asesinato de Georges Faller. Va a hacer su entrada el juez Rolling. Por favor, pónganse de pie.

JUEZ: Pueden sentarse. Por favor, abogado de la defensa, comience con su alegato, a ver si terminamos pronto. No quiero que se me enfríen las lentejas.

ABOGADO: Esto va a ser sencillo. ¿Han comprobado lo fácil les ha resultado sentarse? Pues, señores, esto es nada más y nada menos que gracias a la fuerza de la gravedad. Ella es culpable, sí, pero no del asesinato de Georges Faller, que es por lo que estamos aquí hoy. Es culpable no solo de ayudarles a sentarse, sino de lo cómodos que están sentados. ¿En serio creen necesario juzgar a la ley universal que nos mantiene tumbados en la cama en vez de flotando por los aires?

FISCAL: ¡Protesto! Está condicionando al jurado.

JUEZ: Denegada. Se trata de condicionar al jurado. Para eso existen los juicios.

FISCAL: Con la venia, su señoría. El abogado de la defensa se limita a exponer los casos en la que la gravedad nos ayuda, pero ¿a quién no se le ha caído alguna vez su vaso favorito y se ha roto en pedazos? ¿Saben quién es la culpable de ello? Sí, señores. La gravedad.

ABOGADO: ¿Y si se ha caído porque tenían las manos mojadas?

JUEZ: ¿Podemos ir directos al caso que nos ocupa?

ABOGADO: Desde luego. Se acusa a mi cliente, la ley de la gravedad, de la muerte de George Faller. Recapitulemos los hechos. La muerte del señor Faller se produjo al chocar su cuerpo con el cemento tras una caída de veinte pisos.

FISCAL: Por favor, ¿pretende que juzguemos a un trozo de cemento? Eso es absurdo.

ABOGADO: ¿Acaso esto no lo es? Señoría, para esclarecer los hechos me gustaría llamar a mi primer testigo.

JUEZ: Adelante.

ABOGADO: Llamo al estrado a la señora Faller.

Público: (chillido de emoción)

ABOGADO: Señora Faller, ¿es cierto que en la noche del uno de marzo su marido y usted discutieron?

FALLER: Sí, es cierto.

ABOGADO: ¿Es cierto que usted le lanzó una taza de cereales a la cabeza?

FALLER: ¡Lo es, pero no le di!

ABOGADO: ¿Diría que fue gracias a la gravedad?

FALLER: No lo había pensado, pero puede ser.

ABOGADO: De modo que la gravedad le salvo la vida a su marido. No hay más preguntas, señoría.

JUEZ: Su turno, señor Fiscal.

FISCAL: Señora Faller. ¿Es cierto que empujó usted a su marido por la ventana?

FALLER: Es cierto, si señor.

FISCAL: ¿No cree, pues, que el asesinato pudo ocurrir por su culpa?

FALLER: ¡Pero como se atreve! Aquí no me están juzgando a mi.

FISCAL: Déjeme exponer mi idea, señora Faller.

FALLER: Señorita ahora.

FISCAL: Se que esto no fue culpa suya. Mi teoría es la siguiente. Si la Señora Faller hubiese empujado a su marido por la ventana en la luna nada hubiera ocurrido, porque ahí no tiene efecto la ley de la gravedad. Por lo tanto, la existencia de la gravedad fue la que lanzó a su marido al abismo, ¿verdad?

FALLER: Sí, mi pobre George.

FISCAL: ¿Por qué empujó usted a su marido?

FALLER: Estábamos discutiendo sobre el efecto de los agujeros de gusano en los viajes en el tiempo.

FISCAL: ¿Y qué dijo él?

FALLER: Que menos viajes en el tiempo y más viajes en el espacio, que nunca salíamos de casa.

FISCAL: Por lo tanto usted le empujó por la ventana como acto de bondad, para que viera mundo.

FALLER: Eso es, concretamente, para que viera el mundo muy de cerca.

FISCAL: Y esa ley traidora de la gravedad le hizo estamparse contra el suelo.

FALLER: Vaya que si lo hizo. Todavía no he podido limpiar el estropicio.

FISCAL: No hay más preguntas.

ABOGADO: ¡Protesto, señoría!

JUEZ: ¿Otra vez? ¿Usted sabe lo malas que están las lentejas cuando se quedan frías?

ABOGADO: Este juicio no debería ser contra mi cliente, sino contra la Señora Faller.

FALLER: Señorita ahora.

ABOGADO: Fue ella la que le mató. No es obra de la gravedad, es obra de Satán, que habita en esta Señorita Faller.

ESPONTÁNEO: ¡Pero cómo se atreve! ¡Este no es momento de juzgar ni a esta mujer ni al Anticristo!

JUEZ: Pero por Dios, ¿quién es usted?

ESPONTÁNEO: Yo soy el abogado del diablo. He venido aquí a comprobar que no se injurie a mi cliente.

JUEZ: ¿Abogado del diablo? ¿Le parece eso ético?

ESPONTÁNEO: Bueno, yo no quiero ser abogado del diablo pero…

PÚBLICO: (murmullo incontrolado)

JUEZ: ¡Silencio en la sala! Abogado, Fiscal, ¿tienen ustedes más testigos?

ABOGADO: ¡Sí! Llamo a Stephen Hawking.

JUEZ: Que pase, pues.

ABOGADO: Señor Hawking, ¿usted cree que la gravedad es necesaria para la existencia de nuestro universo?

HAWKING: (teclea durante varios minutos) S – I.

ABOGADO: No hay más preguntas.

FISCAL: ¡Llamo a declarar al Reverendo Adam Evelyn!

JUEZ: Ay, pues que pase también.

FISCAL: Reverendo Evelyn, ¿qué opinión le merece la gravedad? Y tenga en cuenta que es un concepto físico. Como la creación y la evolución, vaya.

REVERENDO: Ah, pues entonces fatal.

ABOGADO: ¡Está difamando a mi cliente!

ESPONTÁNEO: ¡Reverendo! ¿Necesita usted un abogado?

JUEZ: ¡Basta ya! Paren este sinsentido. Por favor, presidente del jurado, ¿cual es su veredicto?

JURADO: Declaramos a la gravedad…culpable del asesinato de George Faller.

PÚBLICO: (rugido de festejos)

JUEZ: ¡Silencio en la sala! Condeno a la gravedad a cadena perpetua, y no se hable más.

ESPONTÁNEO: ¿Va usted a permitir que siga acabando con las vidas de seres humanos desde dentro de la cárcel?

JUEZ: ¡Déjenme en paz! Ya está, condeno a la ley de la gravedad a muerte. ¿Contentos?

Todo en la sala empieza a flotar por los aires. Los bancos, el estrado, el juez, el público, hasta el abogado del diablo. Un tapper de lentejas estalla llenando todo de legumbres. Al de varios segundos de incredulidad, el universo explota.

STEPHEN HAWKING: (flotando en el limbo) S-E   L-O   A-D-V-E-R-T-Í

victorian-post-mortem-photography-skull-illusion-photographer-at-work

Alfred Velado llevaba toda la mañana fotografiando cadáveres. Era su oficio, y para él era algo de lo mñas placentero. Si algo le gustaba más que los donuts glaseados eso fotografiar cadáveres. Pero aquel iba a ser un día complicado. Y no sólo porque no encontraba su donuts glaseado.

AYUDANTE: ¡Señor Velado! El siguiente cliente está ya preparado.

ALFRED: ¿Dónde está mi donuts glaseado?

AYUDANTE: Señor Velado, creo que hay un problema. Debería usted ver esto.

ALFRED: ¿Ha encontrado mi donuts?

AYUDANTE: No, señor. Es su siguiente cliente.

ALFRED: ¿Qué pasa con él?

AYUDANTE: Está vivo.

ALFRED: ¿Cómo que está vivo? Por Dios, que locura. A ver. ¿Alguien ha visto mi puto donuts?

CLIENTE: ¿Señor Velado? Un placer conocerle. Soy Wolfgang Von Vivo.

ALFRED: Encantado, soy Alfred Velado. Usted debe ser el nuevo becario.

AYUDANTE: Se equivoca, señor. Es el próximo cliente.

ALFRED: ¿Cómo que el próximo cliente? ¿Y qué hace vivo aún?

AYUDANTE: Ya se lo he dicho, maestro.

ALFRED: ¿Se puede saber a qué viene esto?

CLIENTE: Verá, señor. Han llegado a mis oídos noticias sobre su gran capacidad para fotografiar cadáveres. El caso es que me gustaría ponerme en sus manos.

ALFRED: Pues va a tener que morirse, amigo.

CLIENTE: El caso es que soy un hombre bastante vanidoso. Quiero tener mi propia fotografía mortuoria, sí, pero no me fío. Necesito verla con mis propios ojos.

ALFRED: ¿A qué viene eso? ¿Desconfía de mi técnica?

CLIENTE: No, señor, ni mucho menos. Simplemente quiero asegurarme de que salgo bien en la foto.

AYUDANTE: Y eso sería imposible si ya estuviese muerto, señor.

ALFRED: Es usted realmente vanidoso, señor.

CLIENTE: Eso ya se lo he dicho.

ALFRED: Vaya, vaya. Ya sabe lo que dicen. La vanidad mató al gato.

AYUDANTE: Siento interrumpirle, señor, pero creo que fue la curiosidad.

ALFRED: ¡Cállese, y busque mi donuts! No se como vamos a hacer esto. Jamás he fotografiado a un vivo. Los vivos me dan repelús.

CLIENTE: Me pongo a su merced.

ALFRED: A ver, para empezar, siéntese en esa silla.

CLIENTE: Me da cosa. ¿Se han sentado muchos muertos ahí?

ALFRED: Desde luego. ¿Y sabe una cosa? Ninguno se ha quejado jamás. Siga su ejemplo, señor. Los muertos nunca se equivocan.

AYUDANTE: Lo siento, señor, pero creo que sí que lo hacen. Por lo menos, seguro que se equivocaron estando vivos.

ALFRED: Si las siguientes palabras que salgan de tu boca no son: “Aquí está su donuts” puedes darte por despedido.

CLIENTE: ¿Ésta silla?

ALFRED: Esa, si señor. Veamos…muevase un poco a la derecha…eso es…ahora un poco a la izquierda…muevase al centro.

CLIENTE: ¿El centro está a mi derecha o a mi izquierda?

ALFRED: ¡Malditos vivos! Quédese ahí, moveré la cámara. Tendremos que maquillarle. Solemos maquillar a los muertos para que parezcan vivos, supongo que con usted tendremos que hacer el camino contrario.

CLIENTE: Estoy a su merced.

AYUDANTE: ¡Aquí está su donuts!

ALFRED: ¡Perfecto! ¿Dónde?

AYUDANTE: Supongo que una vez dicho eso puedo decir lo que quiera sin que me despida, ¿no?

ALFRED: ¿Pero tú eres idiota o qué?

CLIENTE: Señor Velado, no hace falta ser psiquiatra para darle un diagnóstico. Pero vaya, da la casualidad de que soy psiquiatra, así que puedo decirle…

ALFRED: ¡Usted limítese a hacerse el muerto! Le maquillaré. Un poquito de talco por aquí…voy a hacerle las bolsas de los ojos si no le importa… así…bien, lo tenemos. Voy a mirar por el visor, a ver.

AYUDANTE: ¡Aquí está su donuts!

ALFRED: ¡Deja de molestarme!

AYUDANTE: ¿Ya no lo quiere? Pues lo tiraré a…

ALFRED: ¡Déjalo en la mesa! Ahora estoy ocupado, joder. A ver, aún se le notan las venillas en la cara, pero creo que se lo que tenemos que hacer.

AYUDANTE: Usted me dirá.

ALFRED: Vaciarle el cuerpo de sangre.

CLIENTE: ¿Está loco? ¡Me matará!

ALFRED: ¿Quiere su foto o no la quiere?

CLIENTE: Tanto como usted su donuts.

ALFRED: Vacíale el cuerpo.

AYUDANTE: Hecho, señor.

ALFRED: ¿Qué tal se siente?

CLIENTE: Eeeeebil…creeeeeo…morirrrrrr.

ALFRED: ¿Qué dice?

AYUDANTE: Creo que dice que ahora sí parece muerto.

ALFRED: Y que lo diga. Bien, ahora necesito que esté quieto durante media hora. Es lo que tarda en tomarse la foto. ¿Conforme con eso?

CLIENTE: Aaaaayuda…

ALFRED: Ayúdale a quedarse quieto.

AYUDANTE: ¿Qué hago?

ALFRED: Pues como si estuviese muerto. Clávale el tubo ese de metal en la cabeza para que no se le mueva.

AYUDANTE: ¡Pero está vivo!

ALFRED: ¡Pues yo que se! Clávaselo un poquito solo.

AYUDANTE: Hecho.

ALFRED: ¿Qué tal, Von Vivo?

CLIENTE: Aaaaaal.

ALFRED: ¿Qué?

AYUDANTE: Dice que genial. Creo.

ALFRED: ¡Maravilloso! Vaya, por el visor aún se le ve un poco vivo. Necesitamos la cara más blanca.

AYUDANTE: Señor, no queda talco.

ALFRED: ¡Pero qué me dices! Bueno, ya lo tengo. Restriégale el donuts por la cara.

AYUDANTE: ¡Pero es su donuts!

ALFRED: Esto es trabajo. Con trabajo se compran donuts. Es el ciclo del donuts, aprendiz.

AYUDANTE: De acuerdo.

CLIENTE: Aaaaaa.

AYUDANTE: ¿Qué?

CLIENTE: Aaaaaaleeergia.

AYUDANTE: ¿Alergia?

CLIENTE: Aaaaaaleeeeergiaaa. Azúuuuuuuucaaaar.

AYUDANTE: No entiendo lo que dice. Estese quieto, por favor, si se le mueve un poco el metal que tiene clavado en la nuca podría morirse.

CLIENTE: Aaaaaleeeeergiiaaaaaa.

ALFRED: ¡Claro que sí, alegría! Restriégale ese donuts y saquemos la foto.

 

30 minutos más tarde.

 

AYUDANTE: Señor Von Vivo, ya puede levantarse. Hemos terminado.

ALFRED: ¿No ha oído? ¡Tenemos más clientes! Vale que están muertos y no se quejan, pero uno quiere mantener el nivel de profesionalidad.

AYUDANTE: Señor, creo que está muerto.

ALFRED: Bueno, aquí vienen muchos muertos.

AYUDANTE: Pero este llegó vivo.

ALFRED: Y yo antes tenía un donuts glaseado, y no me ves quejarme.

AYUDANTE: No creo que sea lo mismo, señor.

ALFRED: Ya te digo yo que no. ¿Sabes por qué?

AYUDANTE: ¿Por qué?

ALFRED: Porque ahora vas a sacarle el dinero de los bolsillos y vas a ir a comprarme un donuts. ¿Ves como todo tiene solución?

AYUDANTE: Señor, lo de este hombre ya no la tiene.

ALFRED: Bueno, el quería una foto post mortem y le hemos matado, yo ya le avisé de que la vanidad mató al gato.

AYUDANTE: Señor, le repito que fue la curiosidad.

ALFRED: ¿Vas a ir a por mi donuts o quieres que te saque un foto?

254C86EC05284C1AB0CB2C4C1AB0C6Roberta siempre había imaginado que se casaría por la Iglesia. Cuando conoció a Emilio, tan ateo como hipocondríaco, se había resignado a casarse por el Juzgado. Lo que nunca imaginó es que acabaría casándose por el Hospital.

Se conocieron en un Seminario de Enfermedades Inventadas. Roberta había conseguido un trabajo temporal como repartidora de tarjetas de acreditación. Emilio había acudido a dar una ponencia sobre Síndrome de Tourette Inverso. La enfermedad consistía en una extraña mutación del Síndrome de Tourette Tradicional, solo que en vez de insultos y descalificaciones, Emilio repartía amor y respeto a voz en grito sin ser capaz de remediarlo. Su abuela estaba encantada.

Cuando Roberta se acercó a entregarle su acreditación, Emilio sufrió un brote severo de su enfermedad inventada. Incapaz de controlarse, empezó a gritarle “Guapa”, “Tía Buena” y “Rodapiés”. A Emilio siempre le habían gustado los rodapiés, sobre todo desde la escasez de rodapiés del 92, cuando había llegado a ahorrar cuarenta mil pesetas de su paga semanal para poder hacerse con el rodapiés neogótico que faltaba en su colección.

Mientras hablaba al público, desde el final de la sala, Roberta miraba a Emilio con una gran sonrisa. No solo nadie jamás se había dirigido a ella en aquellos términos, es que además era alguien con el que tenía algo en común. Roberta también había sido coleccionista de rodapiés en su infancia. Aquello había sido una señal. Tan ensimismada estaba que se olvidó de dar su acreditación al grupo de enfermos de Crisis de Identidad. Éstos, al verse sin una tarjeta con su nombre, se sumieron en tal confusión que adquirieron la identidad de Revolucionarios Chinos. Roberta y Emilio pudieron huir juntos de la sala antes de que proclamaran una dictadura militar.

Ya en su primera cita, Emilio confesó a Roberta que era ateo. En su opinión, la religión era una enfermedad. Al ver la cara de tristeza de Roberta, le confesó también que era hipocondríaco. Roberta recuperó la esperanza. Tal vez, algún día, Emilio se creyera enfermo de religión y accediese a casarse por la Iglesia. Pero el destino le iba a sorprender con algo muy diferente.

Emilio empezó a comportarse de manera extraña desde que surgió la Enfermedad de las Vacas Locas. En una ocasión invitó a Roberta a un picnic y, mientras ella disfrutaba de unos sándwiches de ketchup, Emilio se dedicó a lamer a todas las vacas que se encontró en el campo. Cuando Roberta le preguntó qué hacía, Roberto le confesó que no podía soportar la idea de que existiese una enfermedad nueva y él no la sufriera. Roberta le gritó que estaba loco, Emilio le contestó que no iba a dejar que le llamara loco alguien que se alimenta de sándwiches de ketchup. Aquella fue su primera gran discusión. Roberta lo pasó muy mal. Odiaba discutir tanto como amaba los rodapiés.

Eso no impidió que, cuando se anunció la existencia de la gripe porcina, Roberta prohibiese a Emilio los picnics. Se negaba a estar ahí, en el campo, disfrutando tranquilamente de su sándwich de ketchup mientras veía a su pareja lamiendo gorrinos. Con la gripe aviar lo tuvo más difícil. Emilio aprovechaba las horas en las que Roberta estaba en el trabajo (había conseguido un empleo temporal como repartidora de acreditaciones en un congreso de repartidores de acreditaciones) para bajar al parque y lamer palomas. No consiguió contagiarse de la gripe aviar, pero al menos consiguió creer que se había contagiado. Fue internado dos años en el Centro Placebo para Hipondríacos Severos. Allí, en los momentos previos a la cena, los internos discutían sobre la posibilidad de nuevas pandemias con las que contagiarse. Fue así con Emilio conoció la existencia del Ébola. Desde entonces su sueño fue convertirse en el paciente cero de la enfermedad en el mundo civilizado.

Años después, cuando fue traído a Madrid el primer español afectado por la enfermedad, Emilio cogió un tren a la capital. Al llegar saltó en marcha y se rompió una pierna. De esa manera consiguió ser ingresado en el mismo hospital que el enfermo. Cada noche intentaba colarse en su habitación, pero las medidas de seguridad eran muy estrictas. Incluso llegó a fundar la Asociación Estatal Contra el Ébola para poder acercarse a él, pero ni por esas le fue permitido el acceso. Los enfermeros y médicos ya estaban avisados de su presencia, y además, un hombre con pijama de hospital, con el culo al aire y una pierna escayolada que se saca fotos con los rodapiés es bastante llamativo.

Pero un buen día, Emilio se levantó con catarro. El aire acondicionado y el culo al aire había hecho su efecto. Para él fue una señal. Aquello no podía ser otra cosa. Emilio había conseguido por fin creerse que tenía Ébola. En aquel momento clave de su vida decidió que por fin era el momento de casarse.

El personal médico y todos los enfermos del hospital fueron invitados a la boda. En el hall de entrada, cubierto con una mascarilla como los novios y el resto de invitados, un cura unió en matrimonio a Roberta y Emilio. Cuando le dijo que podía besar a la novia, Emilio, que no quería contagiarla con su enfermedad inventada, se limitó a darle un cabezazo. Les regalaron rodapiés de todos los estilos, alguno de ellos incluso tenía la palabra rodapiés impresa sobre al madera. La noche de bodas tuvo lugar en la planta quinta del hospital. Allí, enfundados en trajes herméticos y sin quitarse sus máscaras de gas, Emilio y Roberta pasaron la noche más romántica de sus vidas. Roberta estaba feliz por ver a su marido tan realizado. Preferiría haberse casado en la Iglesia, pero le gustaba pensar que después de esta aventura su marido dejaría de chupar animales asquerosos cuando iban de picnic.

La luna de miel tuvo lugar en el Centro Placebo para Hipocondríacos Severos. Allí descansaron durante los siguientes diez años, él curándose de su enfermedad imaginaria, ella repartiendo acreditaciones para cualquier evento que se celebrase en el centro.

Cuando salieron descubrieron que la enfermedad había diezmado a la población. Todo aquel que se había contagiado había muerto. Emilio, ya rehabilitado, se alegró de ser hipocondríaco y se decidió a volver a dar charlas. Hoy en día organiza un seminario llamado: “Invéntate tu Enfermedad: la realidad es peligrosa, la imaginación es divertida” que ha tenido mucho éxito en un pueblo de Zamora. Roberta se dedica a repartir las tarjetas de acreditación.

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Cuando ella llegó yo estaba solo en mi despacho fumando un cigarrillo tras otro. Ya en primero de la escuela de detectives a uno le enseñan que para ser detective, más importante que resolver casos, es fumar un cigarrillo tras otro. Yo fumaba Ducados, que con su humo denso y azul me hacían parecer un tipo realmente duro. O eso pensaba yo.

Ella me miraba desde la silla plegable que tenía para los clientes. Si los clientes venían en pareja, uno tenía que quedarse de pie, o bien turnarse para estar sentados ambos. De todos modos, sentado tampoco se estaba mucho más cómodo. Ya en segundo de la escuela de detectives a uno le enseñan que para ser detective, más importante que resolver casos, es ser desagradable con tus clientes. Por suerte, ella había venido sola.

La luz se colaba por entre las persianas, mostrándome a una mujer misteriosa y atractiva. Las abrí para verla mejor. Descubrí que no era tan atractiva, así que volví a entornarlas. Le ofrecí un whisky y yo me preparé dos. El primero me lo bebí de un trago. El segundo lo usé para hacer resonar los hielos en su interior mientras la mujer me hablaba. Tercero de la escuela de detectives, ya saben.

– Quiero encontrar a La Muerte. – me dijo. – Ella se ha llevado a mi marido.

Le di una fuerte calada a mi cigarrillo, saqué otro del paquete y lo encendí con la colilla del anterior. Luego tiré ambos cigarros al cenicero para que siguiesen formando aquel humo que me hacía sentir tan profesional.

– Yo no puedo hacer eso, muñeca. No se ni siquiera donde empezar a buscar.

Entonces ella abrió las piernas, y lo que vi entre ellas me convenció.

– Un millón de dólares.

– ¿Cuánto es eso al cambio en euros? – le pregunté con sensualidad

– Averígüelo usted. ¿Acaso no es detective?

Yo sabía que aquella mujer no me iba a traer más que problemas. Me cegó aquello, lo que había entre sus piernas. Un millón de dólares…¿pueden imaginar algo más sexy? Le dije a aquella aspirante a mujer fatal que ya le informaría cuando tuviese algo y me puse mi gorra de detective. Ella se acercó a mí, rodeando la mesa, se puso a mi espalda y me la quitó. Luego empezó a quitarme la gabardina. Estaba dejándome llevar cuando ocurrió.

Ella sacó aquel disfraz del Pato Donald, yo no sabía que pensar. Me dijo que allá donde iba necesitaría la mayor discreción. Intenté explicarle que lo único menos discreto que se me ocurría era aparecer con la Filarmónica de Nueva York. Entonces me contó cual sería mi destino. Cuando cruzó la puerta de mi despacho supe que estaba perdido.

 

Llegué a aquella fiesta de carnaval sobre las diez de la noche. Además del disfraz había decidido pegarme plumas blancas por la cara para ocultar completamente mi identidad.

Desde la distancia, oculto tras un periódico, observaba a un hombre con disfraz de esqueleto. Si allí estaba La Muerte, tenía que ser él. Estaba vigilando cuando alguien se me acercó por la espalda. Noté el frío de aquel revolver contra mis riñones incluso a través del disfraz. Me giré. Nunca un disfraz de pirata sexy me había dado tanto miedo.

– ¿Qué haces aquí, Kowalski?

– Hay que ser muy poco hombre para apuntar a un dibujo animado con un revólver. – le dije con sensualidad. Cuando me pongo nervioso soy incapaz de no ser sensual.

– No engañas a nadie, Kowalski. Tu peste a Ducados te delata.

– Este trabajo es mío, Garthia. Tú ni siquiera aprobaste cuarto de la escuela de detectives.

– Supongo que esa mujer también fue a tu despacho. Como comprenderás, no pienso dejar que te lleves lo que tenía entre las piernas.

Volví a recordar a aquella mujer. Así que había contratado a más detectives para un mismo caso. Definitivamente, deberíamos montar un sindicato. Estoy harto de estas intromisiones.

– Siempre podemos repartirnoslo, Garthia.

– Ni lo sueñes, Kowalski. Voy a llenarte de plomo.

Esa frase me desconcertó. Yo no la aprendí hasta cuarto de la escuela de detectives. ¿Cómo podía él conocerla? Como si me hubiera leído los pensamientos, me dijo:

– ¿Has oído hablar de la universidad a distancia?

Después recuerdo un golpe con la culata del arma. Mi último pensamiento fue: Golpe con la culata. Este cabrón sí que debió terminar los estudios.

 

Cuando desperté, La Muerte estaba ante mí. Sin saberlo, Garthia me había ayudado a acercarme a mi objetivo. Me dijo que había venido a buscarme. Me costó contestarle sin sensualidad. Le dije que yo también le buscaba a ella. Para mi sorpresa, se empezó a reír a carcajadas. Su risa era tan agradable como el sonido de unas uñas rascando una pizarra.

– ¿Tengo tiempo para un último cigarro antes de morir?

– El tabaco mata, Kowalski. Deberías saber eso.

– Supongo que tú también. En esta situación no me hará demasiado daño.

Saqué uno de mis ducados y me lo metí en la boca. Le dije que no tenía mechero y La Muerte me ofreció unas cerillas que publicitaban una casa de citas. La Muerte tenía vicios también, al parecer.

Con una maniobra aprendida en la asignatura optativa “Maniobras Traicioneras I”, le doblé la muñeca y le esposé a los ornamentos metálicos del cabecero de la cama. Encendí un par de cigarros para ambientar la habitación, entorné las persianas y llamé a la policía.

– Esta es La Muerte, culpable de asesinato de miles de millones de personas. Y lo más importante: culpable de asesinato del marido de mi clienta.

– ¡Kowalski! ¿Pero por qué hostias va usted disfrazado de Pato Donald?

Para que me creyesen y no pensasen que solo era un borracho disfrazado de manera grotesca, obligué al detenido a que tocase con un dedo el pecho de un agente de tres al cuarto. Cayó fulminado al momento, mientras los demás aplaudían asombrados.

 

Salí de allí escoltado por aquellos agentes ante la mirada de odio de aquella pirata sexy en la que se había convertido el cobarde de Garthia.

– Toma universidad a distancia, Garthia. Así aprenderás a no infravalorar las clases presenciales y las tutorías personalizadas de la escuela de detectives.

 

Entre whiskys y Ducados, mi clienta me explicó que el encontronazo entre Garthia y yo estaba planeado desde un principio para acercarnos a uno de los dos a La Muerte. Astuta Mujer Fatal. Me dio lo que tenía entre las piernas y lo guardé en la caja fuerte. Bebimos más whisky. Sacó un puro y me ofreció otro a mi. Le dije que no me gustaban los símbolos fálicos.

– ¿Sabes qué me gusta más que un símbolo fálico?

– Dímelo tú, querida.

– Los falos de verdad.

Hicimos el amor toda la noche con la ventana abierta, oyendo los ruidos de la ciudad que tanto me preocupaba por liberar del mal. A la mañana siguiente me arrepentí de no haber entornado las persianas. Desde el otro lado de la cama, sin maquillaje y sin un millón de dólares entre las piernas, aquella mujer era todo un engendro. Y encima quería que le preparase el desayuno.

Acudí corriendo a la comisaría para suplicarle a La Muerte que acabase conmigo, con ella o con toda la raza mundial. Volvió a reírse de aquella manera que me recordaba tanto a un tenedor arañando un plato.

A la salida, allí estaba ella. Quería que la invitase a comer, que fuéramos al cine y luego hiciéramos el amor hasta que saliese el sol. Estábamos en la calle, y allí no había persianas que entornar. Me cogió del brazo y me obligó a caminar. Nos cruzamos con Garthia, que no pudo ni quiso reprimir una carcajada al verme con ella. Maldita escuela para detectives.

556294_409768885811246_1853604189_nEn 1944 no era extraño escuchar grandes ruidos, pero el de aquel día despertó a media ciudad. Un avión de la Luftwaffe se había visto forzado a realizar un aterrizaje de emergencia en plena ría de Bilbao. Mientras los vecinos le observaban desde la orilla, un hombre vestido con el uniforme de aviación nacionalsocialista se arrastraba hacia fuera del aparato y hacia dentro de la ría.

Algunos vecinos regresaron a sus casas y volvieron con palos, sartenes, tuberías y cualquier objeto susceptible de ser utilizado para abrir brechas profundas en cabezas nazis. El accidentado trataba de nadar hacia la orilla ante las miradas hostiles de los lugareños, que esperaban su llegada para darle su opinión sobre el imperialismo del Tercer Reich como se da la opinión en Bilbao. Cuando el hombre subió las mugrientas escalerillas y todos se iban a abalanzar sobre él, un vecino armado con un tablón de txalaparta frenó a sus convecinos.

– Dejadle – les dijo – que va al bar de Sabino.

El nazi miró a aquellos hombres con desdén. Pensó que le tenían tanto miedo que no osaban agredirle. Pero lo que ocurría en realidad era que todos sabían que allí dentro, en aquel bar, el nazi iba a sufrir más que con cualquier paliza con la que pudieran recibirle. No era porque Sabino tuviese nada contra los nazis, de hecho, los odiaba exactamente lo mismo que el resto de la ciudad. Sabino iba a hacerle sufrir por otra cosa. Porque era un camarero vasco en el turno de mañana.

– ¡Eh, figura! ¿A donde vas con tanta prisa? – la atronadora voz de Sabino en la oscuridad del bar hizo que el nazi se quedase parado en el mismo umbral de la puerta.

– Tengo que cambiarrrrme de uniforrrrme. – y acabada esta frase el nazi volvió a caminar.

– ¡Artista! ¡Que me manchas el bar, que tienes las botas empapadas! – Sabino hablaba sin sacarse el palillo de la boca.

– Porrrr eso tengo que cambiarrrrrme de uniforrrrrme. – el nazi se manejaba bastante bien con el castellano para ser un nazi.

– Límpiate con el felpudo antes. A ver si me voy a gastar el dinero en felpudos para que la gente venga y ni los pise. ¡Límpiate con el felpudo te he dicho!

El nazi obedeció, sonrió forzadamente a Sabino y entró al local. Se dirigió directamente al baño.

– Oye, fenómeno, ¿a donde te crees que vas?

– Ya se lo he dicho. Tengo que cambiarrrrme.

– El baño es solo para clientes, fenómeno.

El nazi sacó su Luger reglamentaria del bolsillo y apuntó a Sabino con ella.

– Mirrre, señorrr camarrrerrro. Si me deja usarrr su baño, me cambiarrré, saldrrrrré de aquí y nadie saldrrrá herrrrido.

Sabino se apoyó tranquilamente en la barra con las dos manos.

– Oye, fenómeno, si te dejo entrar al baño sin consumir luego todos van a querer hacer lo mismo. Tómate aunque sea un vino y ya está. O algo para comer. Estarás hambriento de tanto hacer cosas nazis.

– Tal vez luego.

El nazi empezó a caminar hacia el baño de espaldas, sin dejar de apuntar a Sabino, que le miraba con una sonrisa. Chocó contra una puerta metálica que tenía escrito con tiza las letras VC. Se dio la vuelta, giró el picaporte y…

– ¡Está cerrrada!

– Ya te lo he dicho, figura, solo para clientes. Si quieres la llave tendrás que consumir algo.

El nazi se acercó corriendo furioso hasta Sabino.

– ¡Abrrrreme la puerrrrrrta desgrrrraciado!

– Te doy la llave si consumes algo.

El nazi amartilló su arma. Sabino siguió hablándole con tranquilidad.

– Mira, figura, si me matas antes de que me de tiempo de hacer las tortillas esa gente que está ahí fuera se va a quedar sin sus pinchos. Y, bueno, nunca me he arriesgado a comprobarlo, pero no creo que les guste que nadie les deje sin pinchos a media mañana.

– ¡Me da igual esa gente! ¡Me dan igual los pinchos! !!¡Ábrrreme el puto baño o te reviento la cabeza!!!

– ¿Tinto o blanco?

– ¿¿¿Qué???

– Que si quieres el vino tinto o blanco. No vas a entrar al baño sin consumir.

– Mirrrra, ¿sabes que te digo? Me da igual, me cambiaré aquí.

El nazi sacó un uniforme envuelto en plásticos de su mochila y empezó a quitarse el mojado.

– Eh, eh, eh, artista, que este no es un bar de esos que la gente se desnuda. Es un bar de esos que la gente toma vinos calladita sin molestar al camarero. Porque, si no, el camarero les da de hostias hasta que les borra la cara entera.

– ¿Errres idiota? ¡Te estoy apuntando con una pistola, cállate de una vez!

Sabino, por primera vez en toda la mañana, perdió su sonrisa. Empezó a girar el palillo compulsivamente dentro de su boca.

– ¡Pero tú de que vas, listomierda! ¡Que este es mi bar! ¡Nadie me grita en mi bar!

– ¡Y yo soy un soldado del Tercer Reich! Nadie le dice a un soldado del Reich donde se puede cambiar y donde no.

– ¡Esto no es el Reich, fenómeno! Esto es el bar de Sabino.

El nazi, casi en calzoncillos, apuntaba con la pistola a Sabino, pero también con una sonrisa que a este no le gustaba nada.

– No me gusta tu sonrisa, granuja.

– Ni a mi tu taberna, camarrrrerrro.

– Mira, vamos a hacer una cosa. Te vas a tomar un vino que hacemos aquí en la casa. Te invito yo. Así, ya habrás consumido y podrás usar el baño. No quiero verte en calzoncillos en mi bar.

– No me vendrrrá mal un vino.

Sabino volvió tras la barra y le sirvió el vino. El nazi hizo un gesto de cortesía y se lo bebió de un trago. Luego, sin dejar de apuntarle, volvió de espaldas al baño. Sabino salió de detrás de la barra con la llave y se dirigió a abrirle la puerta. En cuanto el nazi estuvo dentro del baño, Sabino volvió a cerrar con llave. El nazi empezó a golpear la puerta, y así estuvo durante varios minutos, hasta que, al final, volvió a oírse el sonido de la llave. El nazi salió al bar en calzoncillos, furioso y con la pistola en la mano dispuesto a dispararle al camerero. Pero Sabino ya no estaba solo.

Más de cien personas, armadas con todo tipo de enseres del hogar, esperaban al nazi en el bar. Sabino, sonriente, volvió a colocarse el palillo en la boca.

– Me debes tres pelas del vino.

– Pe…perrro….perrrrro…usted me dijo que me invitaba.

– Me debes tres pelas de vino, figura.

– To…tome. Cinco marcos. – el nazi sacó un billete – Es mucho más que tres pelas.

– Me debes tres pelas de vino, fenómeno.

– ¡Marcos alemanes! ¡El dinero del Reich!

– ¡Esto no es Alemania! – Sabino se echó a reir – ¡Esto…es…Euskadi!

Sabino escupió el palillo con tanta fuerza que se le clavó al nazi en el ojo. Rápidamente, entre todos, lo ataron y lo volvieron a llevar hasta el avión, que todavía descansaba sobre las sucias aguas de la ría, donde lo ataron a uno de los patines. Arrastraron el barco hasta la bocana del puerto, y allí lo dejaron a merced de las corrientes.

Aún hoy, en Bilbao, sigue abierto el bar de Sabino, regentado ahora por sus nietos. No os diré cual es, pero sí que, en su interior, podeis encontrar un billete de cinco marcos enmarcado sobre la barra. El recuerdo de cuando un nazi quiso conquistar un bar de Bilbao.

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