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FOTOGRAFÍAS

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Alfred Velado llevaba toda la mañana fotografiando cadáveres. Era su oficio, y para él era algo de lo mñas placentero. Si algo le gustaba más que los donuts glaseados eso fotografiar cadáveres. Pero aquel iba a ser un día complicado. Y no sólo porque no encontraba su donuts glaseado.

AYUDANTE: ¡Señor Velado! El siguiente cliente está ya preparado.

ALFRED: ¿Dónde está mi donuts glaseado?

AYUDANTE: Señor Velado, creo que hay un problema. Debería usted ver esto.

ALFRED: ¿Ha encontrado mi donuts?

AYUDANTE: No, señor. Es su siguiente cliente.

ALFRED: ¿Qué pasa con él?

AYUDANTE: Está vivo.

ALFRED: ¿Cómo que está vivo? Por Dios, que locura. A ver. ¿Alguien ha visto mi puto donuts?

CLIENTE: ¿Señor Velado? Un placer conocerle. Soy Wolfgang Von Vivo.

ALFRED: Encantado, soy Alfred Velado. Usted debe ser el nuevo becario.

AYUDANTE: Se equivoca, señor. Es el próximo cliente.

ALFRED: ¿Cómo que el próximo cliente? ¿Y qué hace vivo aún?

AYUDANTE: Ya se lo he dicho, maestro.

ALFRED: ¿Se puede saber a qué viene esto?

CLIENTE: Verá, señor. Han llegado a mis oídos noticias sobre su gran capacidad para fotografiar cadáveres. El caso es que me gustaría ponerme en sus manos.

ALFRED: Pues va a tener que morirse, amigo.

CLIENTE: El caso es que soy un hombre bastante vanidoso. Quiero tener mi propia fotografía mortuoria, sí, pero no me fío. Necesito verla con mis propios ojos.

ALFRED: ¿A qué viene eso? ¿Desconfía de mi técnica?

CLIENTE: No, señor, ni mucho menos. Simplemente quiero asegurarme de que salgo bien en la foto.

AYUDANTE: Y eso sería imposible si ya estuviese muerto, señor.

ALFRED: Es usted realmente vanidoso, señor.

CLIENTE: Eso ya se lo he dicho.

ALFRED: Vaya, vaya. Ya sabe lo que dicen. La vanidad mató al gato.

AYUDANTE: Siento interrumpirle, señor, pero creo que fue la curiosidad.

ALFRED: ¡Cállese, y busque mi donuts! No se como vamos a hacer esto. Jamás he fotografiado a un vivo. Los vivos me dan repelús.

CLIENTE: Me pongo a su merced.

ALFRED: A ver, para empezar, siéntese en esa silla.

CLIENTE: Me da cosa. ¿Se han sentado muchos muertos ahí?

ALFRED: Desde luego. ¿Y sabe una cosa? Ninguno se ha quejado jamás. Siga su ejemplo, señor. Los muertos nunca se equivocan.

AYUDANTE: Lo siento, señor, pero creo que sí que lo hacen. Por lo menos, seguro que se equivocaron estando vivos.

ALFRED: Si las siguientes palabras que salgan de tu boca no son: “Aquí está su donuts” puedes darte por despedido.

CLIENTE: ¿Ésta silla?

ALFRED: Esa, si señor. Veamos…muevase un poco a la derecha…eso es…ahora un poco a la izquierda…muevase al centro.

CLIENTE: ¿El centro está a mi derecha o a mi izquierda?

ALFRED: ¡Malditos vivos! Quédese ahí, moveré la cámara. Tendremos que maquillarle. Solemos maquillar a los muertos para que parezcan vivos, supongo que con usted tendremos que hacer el camino contrario.

CLIENTE: Estoy a su merced.

AYUDANTE: ¡Aquí está su donuts!

ALFRED: ¡Perfecto! ¿Dónde?

AYUDANTE: Supongo que una vez dicho eso puedo decir lo que quiera sin que me despida, ¿no?

ALFRED: ¿Pero tú eres idiota o qué?

CLIENTE: Señor Velado, no hace falta ser psiquiatra para darle un diagnóstico. Pero vaya, da la casualidad de que soy psiquiatra, así que puedo decirle…

ALFRED: ¡Usted limítese a hacerse el muerto! Le maquillaré. Un poquito de talco por aquí…voy a hacerle las bolsas de los ojos si no le importa… así…bien, lo tenemos. Voy a mirar por el visor, a ver.

AYUDANTE: ¡Aquí está su donuts!

ALFRED: ¡Deja de molestarme!

AYUDANTE: ¿Ya no lo quiere? Pues lo tiraré a…

ALFRED: ¡Déjalo en la mesa! Ahora estoy ocupado, joder. A ver, aún se le notan las venillas en la cara, pero creo que se lo que tenemos que hacer.

AYUDANTE: Usted me dirá.

ALFRED: Vaciarle el cuerpo de sangre.

CLIENTE: ¿Está loco? ¡Me matará!

ALFRED: ¿Quiere su foto o no la quiere?

CLIENTE: Tanto como usted su donuts.

ALFRED: Vacíale el cuerpo.

AYUDANTE: Hecho, señor.

ALFRED: ¿Qué tal se siente?

CLIENTE: Eeeeebil…creeeeeo…morirrrrrr.

ALFRED: ¿Qué dice?

AYUDANTE: Creo que dice que ahora sí parece muerto.

ALFRED: Y que lo diga. Bien, ahora necesito que esté quieto durante media hora. Es lo que tarda en tomarse la foto. ¿Conforme con eso?

CLIENTE: Aaaaayuda…

ALFRED: Ayúdale a quedarse quieto.

AYUDANTE: ¿Qué hago?

ALFRED: Pues como si estuviese muerto. Clávale el tubo ese de metal en la cabeza para que no se le mueva.

AYUDANTE: ¡Pero está vivo!

ALFRED: ¡Pues yo que se! Clávaselo un poquito solo.

AYUDANTE: Hecho.

ALFRED: ¿Qué tal, Von Vivo?

CLIENTE: Aaaaaal.

ALFRED: ¿Qué?

AYUDANTE: Dice que genial. Creo.

ALFRED: ¡Maravilloso! Vaya, por el visor aún se le ve un poco vivo. Necesitamos la cara más blanca.

AYUDANTE: Señor, no queda talco.

ALFRED: ¡Pero qué me dices! Bueno, ya lo tengo. Restriégale el donuts por la cara.

AYUDANTE: ¡Pero es su donuts!

ALFRED: Esto es trabajo. Con trabajo se compran donuts. Es el ciclo del donuts, aprendiz.

AYUDANTE: De acuerdo.

CLIENTE: Aaaaaa.

AYUDANTE: ¿Qué?

CLIENTE: Aaaaaaleeergia.

AYUDANTE: ¿Alergia?

CLIENTE: Aaaaaaleeeeergiaaa. Azúuuuuuuucaaaar.

AYUDANTE: No entiendo lo que dice. Estese quieto, por favor, si se le mueve un poco el metal que tiene clavado en la nuca podría morirse.

CLIENTE: Aaaaaleeeeergiiaaaaaa.

ALFRED: ¡Claro que sí, alegría! Restriégale ese donuts y saquemos la foto.

 

30 minutos más tarde.

 

AYUDANTE: Señor Von Vivo, ya puede levantarse. Hemos terminado.

ALFRED: ¿No ha oído? ¡Tenemos más clientes! Vale que están muertos y no se quejan, pero uno quiere mantener el nivel de profesionalidad.

AYUDANTE: Señor, creo que está muerto.

ALFRED: Bueno, aquí vienen muchos muertos.

AYUDANTE: Pero este llegó vivo.

ALFRED: Y yo antes tenía un donuts glaseado, y no me ves quejarme.

AYUDANTE: No creo que sea lo mismo, señor.

ALFRED: Ya te digo yo que no. ¿Sabes por qué?

AYUDANTE: ¿Por qué?

ALFRED: Porque ahora vas a sacarle el dinero de los bolsillos y vas a ir a comprarme un donuts. ¿Ves como todo tiene solución?

AYUDANTE: Señor, lo de este hombre ya no la tiene.

ALFRED: Bueno, el quería una foto post mortem y le hemos matado, yo ya le avisé de que la vanidad mató al gato.

AYUDANTE: Señor, le repito que fue la curiosidad.

ALFRED: ¿Vas a ir a por mi donuts o quieres que te saque un foto?

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Estaba a punto de irme a mi casa cuando vi pasar a todos aquellos coches por enfrente de la panadería. Primero pasaron dos coches negros, Mercedes Clase E. Después pasó otro igual, pero éste llevaba en la parte frontal dos banderitas, una de España y la otra del Imperio Romano. Fue éste el que se paró frente a mi tienda.

Del coche se bajó un hombre enorme con traje, gafas oscuras y pinganillo. Alguien cerró una persiana y el hombre sacó una pistola nervioso, mirando a su alrededor. Dios un paso hacia atrás y pisó unas hojas secas. El ruido le alarmó tanto que descerrajó un disparo a la acera. De repente, se cerraron todas las persianas de la calle. El hombre ya no sabía a donde apuntar. Su pinganillo sonó y el tipo guardó la pistola. Sacó un metro, midió el ancho de la acera y tocó en la ventanilla, que se bajó al instante. Le dijo algo al pasajero del asiento trasero y una sombra negó con la cabeza desde el interior. El coche dio marcha atrás y se subió a la acera. Se pegó tanto a mi puerta que apenas podía abrir la suya.

Del interior de aquel coche salió un joven con cara de niño que medía más o menos la mitad que sus guardaespaldas. Entró con tanta urgencia que el sensor de la puerta no se dio cuenta de su presencia. La primera imagen nítida que vi de aquel chaval fue la de su rostro estampado contra mi puerta de cristal. Le dijo algo a su guardaespaldas y volvió a entrar en el coche. El gorila entró en mi tienda.

– Tiene que desconectar ese sensor.

– Y una puta mierda. – le dije.

– ¿Pero usted sabe quién es mi cliente?

– Lo que se es que si quiere ser el mío va a tener que respetar mi sensor.

– Mi cliente odia los sensores.

– Pues quédese usted en la puerta para que se quede abierta.

El gorila comunicó la estrategia por su pinganillo y del coche empezaron a salir más gorilas. La imagen de aquellos forzudos entrando en mi tienda, cada uno acompañado del ding-dong correspondiente, era tan bizarra que no pude evitar la risa. Solo al llegar a la altura del mostrador, el grupo de guardaspaldas se separó y volvió a emerger entre ellos aquel joven con cara de niño.

– Quiero una chapata. – me dijo – Y un pastelito de arroz.

– Lo siento, a esta hora ya casi no nos queda nada. Puedes llevarte una barra de pan blanco si quieres.

– ¿Usted no sabe quién soy yo, no?

– Un cliente de los que llega justo a la hora de cerrar, supongo.

El chico empezó a reír. Miró a sus guardaespaldas, que empezaron a reír con él. De repente su rostro se tornó serio y gritó:

– ¡Soy Francisco Nicolás! Puedes llamarme Francisco, pero ni se te ocurra llamarme Nicolás.

– Bien, pues supongo que echas las presentaciones ya te puedes llevar tu barra de pan blanco.

– ¡Quiero una chapata! – y con un tono mucho más amable – Y un pastelito de arroz.

– Mira, Francisco…

– Ni se te ocurra decir Nicolás. – dijo uno de sus gorilas.

– Bueno, pues que no quedan chapatas. A estas horas solo quedan sobras. Las chapatas se terminaron como a las tres de la tarde.

– Señor, ¿usted cree que esa chapata es para mí?

Si hubiesen sido las tres de la tarde le hubiese mandado a tomar por culo, pero era jueves, a las ocho, no había liga ni champions y discutir con un joven con cara de niño era una perspectiva mucho más agradable que volver a casa con mi mujer. Así que le seguí la corriente.

– ¿No es para ti?

– No, señor, claro que no. Yo soy un simple testaferro.

– ¿Y quién es tan importante para que le tenga que conseguir una chapata a las ocho de la tarde?

– No olvide el pastelito de arroz.

– Eso, y el pastelito.

– ¿Le parece importante…- el chico hizo una pausa tan dramática que uno de los guardaespaldas salió llorando de la tienda. – …el rey de España?

– ¿Te tengo que decir lo que pienso o lo que quieres oír?

– No me importa en realidad. Quiero esa chapata.

– Pues chapata no me queda, pero siendo para quién es te puedo ofrecer este pan sin sal.

Le hizo un gesto con la cabeza a uno de sus gorilas, que sacó una balleta y limpió el mostrador. Cuando hubo terminado y se aseguró de que estaba limpio, el tal Francisco golpeó con todas sus fuerzas – que tampoco eran muchas – el cristal.

– ¡Lo que quiero es una maldita chapata! ¿Usted es panadero, no?

– Pues dentro de cinco minutos ya no. En un rato seré un panadero fuera del horario laboral. Así que olvídate de esa chapata.

El chaval empezó a canturrear la Cabalgata de las Valkyrias y sacó el móvil del bolsillo. Supuse que quería impresionarme, y me lo confirmó el hecho de que se refiriese a su interlocutor como “Su Altísima Majestad”. Colgó y me dijo:

– No quiere pan blanco. Más le vale hacer lo que le digo. Tengo contactos en las más altas esferas.

La situación empezaba a cabrearme. A esas alturas ya tenía ganas hasta de volver a casa con mi mujer.

– Mira, chaval. Tienes dos opciones. O te llevas el pan que tengo o no te llevas nada.

– Me voy a llevar una chapata.

– Te vas a llevar una hostia.

Los guardaespaldas sacaron sus armas y me apuntaron todos a la vez.

– Tiene usted dos opciones. O me consigue una chapata o alguno de mis jefes, y no se cual es el más malvado, terminará con su vida.

– Te hago una contraoferta. Como no tengo chapata, te regalo el pan blanco. Y el pastelillo de arroz te lo dejo a mitad de precio.

El chico me sonrió y le dijo a sus gorilas:

– Muchachos: Terminad con él.

Los gorilas amartillaron sus pistolas y me temí lo peor. Como panadero, jamás pensé que moriría por no tener una chapata. Pero cuando todo parecía perdido, cuando empezaba a ver mi vida pasar ante mis ojos, aquel sonido me salvó.

Ding-dong.

El pequeño Nicolás torció su gesto en una mueca de auténtico terror. Se quedó encogido en una esquina, junto a la puerta, mientras el sensor seguía sonando. Se balanceaba adelante y atrás como si fuese un péndulo hiperactivo. Los gorilas, confundidos, dejaron de apuntarme. Yo me acerqué y me arrodillé a su lado.

– ¿Qué pasa chaval? ¿Tienes miedo de que se enfaden tus jefes?

– El sensor…el sensor…

– ¿Qué le pasa al sensor?

– Odio los sensores. – dijo sin dejar de balancearse – Los sensores me hacen parecer una persona normal. Yo no quiero ser normal.

– Pues tranquilo, chico. Puedes estar seguro de que no lo eres. No todo el mundo tiene contactos en las altas esferas.

Se levantó y estalló en gritos.

– ¡No era verdad! ¡No soy el testaferro de nadie! ¡Ni siquiera me gustan las chapatas! ¡Solo he pedido chapata para hacerme el duro!

Y siguió sollozando.

– Tranquilo, chico, tranquilo. Toma, tu pastelillo de arroz. A éste invito yo.

Al chico se le iluminaron los ojos y empezó a masticarlo con ansiedad.

– Relájate, Francisco.

– Llámame Nicolás. – me rogó.

– Relájate, pequeño Nicolás.

– ¿Pero es que no lo entiende? Si no puedo convencer a un panadero, ni siquiera con todo este despliegue, de que soy una persona importante…¿A quién voy a convencer?

No tuve ni que pensarlo.

– ¿Has probado con los políticos?

El chico dejó de masticar y me miró a los ojos. Jamás olvidaré la sonrisa en su cara. Se arregló el traje y salió de la tienda con aire aún más resuelto del que tenía al entrar. Cuando el sensor hizo su ding-dong, el chico lo miró con todo el desprecio que se puede mirar a un sensor.

Cuando le detuvieron y empezó a hacerse famoso la policía vino a interrogarme. Me dijeron que había confesado el incidente y me preguntaron por mi opinión sobre el chaval. Me eché a reír y les dije:

– Solo era un chico que quería su pastelillo de arroz.

254C86EC05284C1AB0CB2C4C1AB0C6Roberta siempre había imaginado que se casaría por la Iglesia. Cuando conoció a Emilio, tan ateo como hipocondríaco, se había resignado a casarse por el Juzgado. Lo que nunca imaginó es que acabaría casándose por el Hospital.

Se conocieron en un Seminario de Enfermedades Inventadas. Roberta había conseguido un trabajo temporal como repartidora de tarjetas de acreditación. Emilio había acudido a dar una ponencia sobre Síndrome de Tourette Inverso. La enfermedad consistía en una extraña mutación del Síndrome de Tourette Tradicional, solo que en vez de insultos y descalificaciones, Emilio repartía amor y respeto a voz en grito sin ser capaz de remediarlo. Su abuela estaba encantada.

Cuando Roberta se acercó a entregarle su acreditación, Emilio sufrió un brote severo de su enfermedad inventada. Incapaz de controlarse, empezó a gritarle “Guapa”, “Tía Buena” y “Rodapiés”. A Emilio siempre le habían gustado los rodapiés, sobre todo desde la escasez de rodapiés del 92, cuando había llegado a ahorrar cuarenta mil pesetas de su paga semanal para poder hacerse con el rodapiés neogótico que faltaba en su colección.

Mientras hablaba al público, desde el final de la sala, Roberta miraba a Emilio con una gran sonrisa. No solo nadie jamás se había dirigido a ella en aquellos términos, es que además era alguien con el que tenía algo en común. Roberta también había sido coleccionista de rodapiés en su infancia. Aquello había sido una señal. Tan ensimismada estaba que se olvidó de dar su acreditación al grupo de enfermos de Crisis de Identidad. Éstos, al verse sin una tarjeta con su nombre, se sumieron en tal confusión que adquirieron la identidad de Revolucionarios Chinos. Roberta y Emilio pudieron huir juntos de la sala antes de que proclamaran una dictadura militar.

Ya en su primera cita, Emilio confesó a Roberta que era ateo. En su opinión, la religión era una enfermedad. Al ver la cara de tristeza de Roberta, le confesó también que era hipocondríaco. Roberta recuperó la esperanza. Tal vez, algún día, Emilio se creyera enfermo de religión y accediese a casarse por la Iglesia. Pero el destino le iba a sorprender con algo muy diferente.

Emilio empezó a comportarse de manera extraña desde que surgió la Enfermedad de las Vacas Locas. En una ocasión invitó a Roberta a un picnic y, mientras ella disfrutaba de unos sándwiches de ketchup, Emilio se dedicó a lamer a todas las vacas que se encontró en el campo. Cuando Roberta le preguntó qué hacía, Roberto le confesó que no podía soportar la idea de que existiese una enfermedad nueva y él no la sufriera. Roberta le gritó que estaba loco, Emilio le contestó que no iba a dejar que le llamara loco alguien que se alimenta de sándwiches de ketchup. Aquella fue su primera gran discusión. Roberta lo pasó muy mal. Odiaba discutir tanto como amaba los rodapiés.

Eso no impidió que, cuando se anunció la existencia de la gripe porcina, Roberta prohibiese a Emilio los picnics. Se negaba a estar ahí, en el campo, disfrutando tranquilamente de su sándwich de ketchup mientras veía a su pareja lamiendo gorrinos. Con la gripe aviar lo tuvo más difícil. Emilio aprovechaba las horas en las que Roberta estaba en el trabajo (había conseguido un empleo temporal como repartidora de acreditaciones en un congreso de repartidores de acreditaciones) para bajar al parque y lamer palomas. No consiguió contagiarse de la gripe aviar, pero al menos consiguió creer que se había contagiado. Fue internado dos años en el Centro Placebo para Hipondríacos Severos. Allí, en los momentos previos a la cena, los internos discutían sobre la posibilidad de nuevas pandemias con las que contagiarse. Fue así con Emilio conoció la existencia del Ébola. Desde entonces su sueño fue convertirse en el paciente cero de la enfermedad en el mundo civilizado.

Años después, cuando fue traído a Madrid el primer español afectado por la enfermedad, Emilio cogió un tren a la capital. Al llegar saltó en marcha y se rompió una pierna. De esa manera consiguió ser ingresado en el mismo hospital que el enfermo. Cada noche intentaba colarse en su habitación, pero las medidas de seguridad eran muy estrictas. Incluso llegó a fundar la Asociación Estatal Contra el Ébola para poder acercarse a él, pero ni por esas le fue permitido el acceso. Los enfermeros y médicos ya estaban avisados de su presencia, y además, un hombre con pijama de hospital, con el culo al aire y una pierna escayolada que se saca fotos con los rodapiés es bastante llamativo.

Pero un buen día, Emilio se levantó con catarro. El aire acondicionado y el culo al aire había hecho su efecto. Para él fue una señal. Aquello no podía ser otra cosa. Emilio había conseguido por fin creerse que tenía Ébola. En aquel momento clave de su vida decidió que por fin era el momento de casarse.

El personal médico y todos los enfermos del hospital fueron invitados a la boda. En el hall de entrada, cubierto con una mascarilla como los novios y el resto de invitados, un cura unió en matrimonio a Roberta y Emilio. Cuando le dijo que podía besar a la novia, Emilio, que no quería contagiarla con su enfermedad inventada, se limitó a darle un cabezazo. Les regalaron rodapiés de todos los estilos, alguno de ellos incluso tenía la palabra rodapiés impresa sobre al madera. La noche de bodas tuvo lugar en la planta quinta del hospital. Allí, enfundados en trajes herméticos y sin quitarse sus máscaras de gas, Emilio y Roberta pasaron la noche más romántica de sus vidas. Roberta estaba feliz por ver a su marido tan realizado. Preferiría haberse casado en la Iglesia, pero le gustaba pensar que después de esta aventura su marido dejaría de chupar animales asquerosos cuando iban de picnic.

La luna de miel tuvo lugar en el Centro Placebo para Hipocondríacos Severos. Allí descansaron durante los siguientes diez años, él curándose de su enfermedad imaginaria, ella repartiendo acreditaciones para cualquier evento que se celebrase en el centro.

Cuando salieron descubrieron que la enfermedad había diezmado a la población. Todo aquel que se había contagiado había muerto. Emilio, ya rehabilitado, se alegró de ser hipocondríaco y se decidió a volver a dar charlas. Hoy en día organiza un seminario llamado: “Invéntate tu Enfermedad: la realidad es peligrosa, la imaginación es divertida” que ha tenido mucho éxito en un pueblo de Zamora. Roberta se dedica a repartir las tarjetas de acreditación.

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Cuando ella llegó yo estaba solo en mi despacho fumando un cigarrillo tras otro. Ya en primero de la escuela de detectives a uno le enseñan que para ser detective, más importante que resolver casos, es fumar un cigarrillo tras otro. Yo fumaba Ducados, que con su humo denso y azul me hacían parecer un tipo realmente duro. O eso pensaba yo.

Ella me miraba desde la silla plegable que tenía para los clientes. Si los clientes venían en pareja, uno tenía que quedarse de pie, o bien turnarse para estar sentados ambos. De todos modos, sentado tampoco se estaba mucho más cómodo. Ya en segundo de la escuela de detectives a uno le enseñan que para ser detective, más importante que resolver casos, es ser desagradable con tus clientes. Por suerte, ella había venido sola.

La luz se colaba por entre las persianas, mostrándome a una mujer misteriosa y atractiva. Las abrí para verla mejor. Descubrí que no era tan atractiva, así que volví a entornarlas. Le ofrecí un whisky y yo me preparé dos. El primero me lo bebí de un trago. El segundo lo usé para hacer resonar los hielos en su interior mientras la mujer me hablaba. Tercero de la escuela de detectives, ya saben.

– Quiero encontrar a La Muerte. – me dijo. – Ella se ha llevado a mi marido.

Le di una fuerte calada a mi cigarrillo, saqué otro del paquete y lo encendí con la colilla del anterior. Luego tiré ambos cigarros al cenicero para que siguiesen formando aquel humo que me hacía sentir tan profesional.

– Yo no puedo hacer eso, muñeca. No se ni siquiera donde empezar a buscar.

Entonces ella abrió las piernas, y lo que vi entre ellas me convenció.

– Un millón de dólares.

– ¿Cuánto es eso al cambio en euros? – le pregunté con sensualidad

– Averígüelo usted. ¿Acaso no es detective?

Yo sabía que aquella mujer no me iba a traer más que problemas. Me cegó aquello, lo que había entre sus piernas. Un millón de dólares…¿pueden imaginar algo más sexy? Le dije a aquella aspirante a mujer fatal que ya le informaría cuando tuviese algo y me puse mi gorra de detective. Ella se acercó a mí, rodeando la mesa, se puso a mi espalda y me la quitó. Luego empezó a quitarme la gabardina. Estaba dejándome llevar cuando ocurrió.

Ella sacó aquel disfraz del Pato Donald, yo no sabía que pensar. Me dijo que allá donde iba necesitaría la mayor discreción. Intenté explicarle que lo único menos discreto que se me ocurría era aparecer con la Filarmónica de Nueva York. Entonces me contó cual sería mi destino. Cuando cruzó la puerta de mi despacho supe que estaba perdido.

 

Llegué a aquella fiesta de carnaval sobre las diez de la noche. Además del disfraz había decidido pegarme plumas blancas por la cara para ocultar completamente mi identidad.

Desde la distancia, oculto tras un periódico, observaba a un hombre con disfraz de esqueleto. Si allí estaba La Muerte, tenía que ser él. Estaba vigilando cuando alguien se me acercó por la espalda. Noté el frío de aquel revolver contra mis riñones incluso a través del disfraz. Me giré. Nunca un disfraz de pirata sexy me había dado tanto miedo.

– ¿Qué haces aquí, Kowalski?

– Hay que ser muy poco hombre para apuntar a un dibujo animado con un revólver. – le dije con sensualidad. Cuando me pongo nervioso soy incapaz de no ser sensual.

– No engañas a nadie, Kowalski. Tu peste a Ducados te delata.

– Este trabajo es mío, Garthia. Tú ni siquiera aprobaste cuarto de la escuela de detectives.

– Supongo que esa mujer también fue a tu despacho. Como comprenderás, no pienso dejar que te lleves lo que tenía entre las piernas.

Volví a recordar a aquella mujer. Así que había contratado a más detectives para un mismo caso. Definitivamente, deberíamos montar un sindicato. Estoy harto de estas intromisiones.

– Siempre podemos repartirnoslo, Garthia.

– Ni lo sueñes, Kowalski. Voy a llenarte de plomo.

Esa frase me desconcertó. Yo no la aprendí hasta cuarto de la escuela de detectives. ¿Cómo podía él conocerla? Como si me hubiera leído los pensamientos, me dijo:

– ¿Has oído hablar de la universidad a distancia?

Después recuerdo un golpe con la culata del arma. Mi último pensamiento fue: Golpe con la culata. Este cabrón sí que debió terminar los estudios.

 

Cuando desperté, La Muerte estaba ante mí. Sin saberlo, Garthia me había ayudado a acercarme a mi objetivo. Me dijo que había venido a buscarme. Me costó contestarle sin sensualidad. Le dije que yo también le buscaba a ella. Para mi sorpresa, se empezó a reír a carcajadas. Su risa era tan agradable como el sonido de unas uñas rascando una pizarra.

– ¿Tengo tiempo para un último cigarro antes de morir?

– El tabaco mata, Kowalski. Deberías saber eso.

– Supongo que tú también. En esta situación no me hará demasiado daño.

Saqué uno de mis ducados y me lo metí en la boca. Le dije que no tenía mechero y La Muerte me ofreció unas cerillas que publicitaban una casa de citas. La Muerte tenía vicios también, al parecer.

Con una maniobra aprendida en la asignatura optativa “Maniobras Traicioneras I”, le doblé la muñeca y le esposé a los ornamentos metálicos del cabecero de la cama. Encendí un par de cigarros para ambientar la habitación, entorné las persianas y llamé a la policía.

– Esta es La Muerte, culpable de asesinato de miles de millones de personas. Y lo más importante: culpable de asesinato del marido de mi clienta.

– ¡Kowalski! ¿Pero por qué hostias va usted disfrazado de Pato Donald?

Para que me creyesen y no pensasen que solo era un borracho disfrazado de manera grotesca, obligué al detenido a que tocase con un dedo el pecho de un agente de tres al cuarto. Cayó fulminado al momento, mientras los demás aplaudían asombrados.

 

Salí de allí escoltado por aquellos agentes ante la mirada de odio de aquella pirata sexy en la que se había convertido el cobarde de Garthia.

– Toma universidad a distancia, Garthia. Así aprenderás a no infravalorar las clases presenciales y las tutorías personalizadas de la escuela de detectives.

 

Entre whiskys y Ducados, mi clienta me explicó que el encontronazo entre Garthia y yo estaba planeado desde un principio para acercarnos a uno de los dos a La Muerte. Astuta Mujer Fatal. Me dio lo que tenía entre las piernas y lo guardé en la caja fuerte. Bebimos más whisky. Sacó un puro y me ofreció otro a mi. Le dije que no me gustaban los símbolos fálicos.

– ¿Sabes qué me gusta más que un símbolo fálico?

– Dímelo tú, querida.

– Los falos de verdad.

Hicimos el amor toda la noche con la ventana abierta, oyendo los ruidos de la ciudad que tanto me preocupaba por liberar del mal. A la mañana siguiente me arrepentí de no haber entornado las persianas. Desde el otro lado de la cama, sin maquillaje y sin un millón de dólares entre las piernas, aquella mujer era todo un engendro. Y encima quería que le preparase el desayuno.

Acudí corriendo a la comisaría para suplicarle a La Muerte que acabase conmigo, con ella o con toda la raza mundial. Volvió a reírse de aquella manera que me recordaba tanto a un tenedor arañando un plato.

A la salida, allí estaba ella. Quería que la invitase a comer, que fuéramos al cine y luego hiciéramos el amor hasta que saliese el sol. Estábamos en la calle, y allí no había persianas que entornar. Me cogió del brazo y me obligó a caminar. Nos cruzamos con Garthia, que no pudo ni quiso reprimir una carcajada al verme con ella. Maldita escuela para detectives.

556294_409768885811246_1853604189_nEn 1944 no era extraño escuchar grandes ruidos, pero el de aquel día despertó a media ciudad. Un avión de la Luftwaffe se había visto forzado a realizar un aterrizaje de emergencia en plena ría de Bilbao. Mientras los vecinos le observaban desde la orilla, un hombre vestido con el uniforme de aviación nacionalsocialista se arrastraba hacia fuera del aparato y hacia dentro de la ría.

Algunos vecinos regresaron a sus casas y volvieron con palos, sartenes, tuberías y cualquier objeto susceptible de ser utilizado para abrir brechas profundas en cabezas nazis. El accidentado trataba de nadar hacia la orilla ante las miradas hostiles de los lugareños, que esperaban su llegada para darle su opinión sobre el imperialismo del Tercer Reich como se da la opinión en Bilbao. Cuando el hombre subió las mugrientas escalerillas y todos se iban a abalanzar sobre él, un vecino armado con un tablón de txalaparta frenó a sus convecinos.

– Dejadle – les dijo – que va al bar de Sabino.

El nazi miró a aquellos hombres con desdén. Pensó que le tenían tanto miedo que no osaban agredirle. Pero lo que ocurría en realidad era que todos sabían que allí dentro, en aquel bar, el nazi iba a sufrir más que con cualquier paliza con la que pudieran recibirle. No era porque Sabino tuviese nada contra los nazis, de hecho, los odiaba exactamente lo mismo que el resto de la ciudad. Sabino iba a hacerle sufrir por otra cosa. Porque era un camarero vasco en el turno de mañana.

– ¡Eh, figura! ¿A donde vas con tanta prisa? – la atronadora voz de Sabino en la oscuridad del bar hizo que el nazi se quedase parado en el mismo umbral de la puerta.

– Tengo que cambiarrrrme de uniforrrrme. – y acabada esta frase el nazi volvió a caminar.

– ¡Artista! ¡Que me manchas el bar, que tienes las botas empapadas! – Sabino hablaba sin sacarse el palillo de la boca.

– Porrrr eso tengo que cambiarrrrrme de uniforrrrrme. – el nazi se manejaba bastante bien con el castellano para ser un nazi.

– Límpiate con el felpudo antes. A ver si me voy a gastar el dinero en felpudos para que la gente venga y ni los pise. ¡Límpiate con el felpudo te he dicho!

El nazi obedeció, sonrió forzadamente a Sabino y entró al local. Se dirigió directamente al baño.

– Oye, fenómeno, ¿a donde te crees que vas?

– Ya se lo he dicho. Tengo que cambiarrrrme.

– El baño es solo para clientes, fenómeno.

El nazi sacó su Luger reglamentaria del bolsillo y apuntó a Sabino con ella.

– Mirrre, señorrr camarrrerrro. Si me deja usarrr su baño, me cambiarrré, saldrrrrré de aquí y nadie saldrrrá herrrrido.

Sabino se apoyó tranquilamente en la barra con las dos manos.

– Oye, fenómeno, si te dejo entrar al baño sin consumir luego todos van a querer hacer lo mismo. Tómate aunque sea un vino y ya está. O algo para comer. Estarás hambriento de tanto hacer cosas nazis.

– Tal vez luego.

El nazi empezó a caminar hacia el baño de espaldas, sin dejar de apuntar a Sabino, que le miraba con una sonrisa. Chocó contra una puerta metálica que tenía escrito con tiza las letras VC. Se dio la vuelta, giró el picaporte y…

– ¡Está cerrrada!

– Ya te lo he dicho, figura, solo para clientes. Si quieres la llave tendrás que consumir algo.

El nazi se acercó corriendo furioso hasta Sabino.

– ¡Abrrrreme la puerrrrrrta desgrrrraciado!

– Te doy la llave si consumes algo.

El nazi amartilló su arma. Sabino siguió hablándole con tranquilidad.

– Mira, figura, si me matas antes de que me de tiempo de hacer las tortillas esa gente que está ahí fuera se va a quedar sin sus pinchos. Y, bueno, nunca me he arriesgado a comprobarlo, pero no creo que les guste que nadie les deje sin pinchos a media mañana.

– ¡Me da igual esa gente! ¡Me dan igual los pinchos! !!¡Ábrrreme el puto baño o te reviento la cabeza!!!

– ¿Tinto o blanco?

– ¿¿¿Qué???

– Que si quieres el vino tinto o blanco. No vas a entrar al baño sin consumir.

– Mirrrra, ¿sabes que te digo? Me da igual, me cambiaré aquí.

El nazi sacó un uniforme envuelto en plásticos de su mochila y empezó a quitarse el mojado.

– Eh, eh, eh, artista, que este no es un bar de esos que la gente se desnuda. Es un bar de esos que la gente toma vinos calladita sin molestar al camarero. Porque, si no, el camarero les da de hostias hasta que les borra la cara entera.

– ¿Errres idiota? ¡Te estoy apuntando con una pistola, cállate de una vez!

Sabino, por primera vez en toda la mañana, perdió su sonrisa. Empezó a girar el palillo compulsivamente dentro de su boca.

– ¡Pero tú de que vas, listomierda! ¡Que este es mi bar! ¡Nadie me grita en mi bar!

– ¡Y yo soy un soldado del Tercer Reich! Nadie le dice a un soldado del Reich donde se puede cambiar y donde no.

– ¡Esto no es el Reich, fenómeno! Esto es el bar de Sabino.

El nazi, casi en calzoncillos, apuntaba con la pistola a Sabino, pero también con una sonrisa que a este no le gustaba nada.

– No me gusta tu sonrisa, granuja.

– Ni a mi tu taberna, camarrrrerrro.

– Mira, vamos a hacer una cosa. Te vas a tomar un vino que hacemos aquí en la casa. Te invito yo. Así, ya habrás consumido y podrás usar el baño. No quiero verte en calzoncillos en mi bar.

– No me vendrrrá mal un vino.

Sabino volvió tras la barra y le sirvió el vino. El nazi hizo un gesto de cortesía y se lo bebió de un trago. Luego, sin dejar de apuntarle, volvió de espaldas al baño. Sabino salió de detrás de la barra con la llave y se dirigió a abrirle la puerta. En cuanto el nazi estuvo dentro del baño, Sabino volvió a cerrar con llave. El nazi empezó a golpear la puerta, y así estuvo durante varios minutos, hasta que, al final, volvió a oírse el sonido de la llave. El nazi salió al bar en calzoncillos, furioso y con la pistola en la mano dispuesto a dispararle al camerero. Pero Sabino ya no estaba solo.

Más de cien personas, armadas con todo tipo de enseres del hogar, esperaban al nazi en el bar. Sabino, sonriente, volvió a colocarse el palillo en la boca.

– Me debes tres pelas del vino.

– Pe…perrro….perrrrro…usted me dijo que me invitaba.

– Me debes tres pelas de vino, figura.

– To…tome. Cinco marcos. – el nazi sacó un billete – Es mucho más que tres pelas.

– Me debes tres pelas de vino, fenómeno.

– ¡Marcos alemanes! ¡El dinero del Reich!

– ¡Esto no es Alemania! – Sabino se echó a reir – ¡Esto…es…Euskadi!

Sabino escupió el palillo con tanta fuerza que se le clavó al nazi en el ojo. Rápidamente, entre todos, lo ataron y lo volvieron a llevar hasta el avión, que todavía descansaba sobre las sucias aguas de la ría, donde lo ataron a uno de los patines. Arrastraron el barco hasta la bocana del puerto, y allí lo dejaron a merced de las corrientes.

Aún hoy, en Bilbao, sigue abierto el bar de Sabino, regentado ahora por sus nietos. No os diré cual es, pero sí que, en su interior, podeis encontrar un billete de cinco marcos enmarcado sobre la barra. El recuerdo de cuando un nazi quiso conquistar un bar de Bilbao.

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Las seis de la mañana. La hora en la que el barrillo kalimotxero del suelo de las txosnas deja de empaparte los pies para empezar a secarse y dejártelos pegados al suelo. Para mi es la hora mágica. Me llamo Alonso Iturriaga y acabo de entrar en horario de ligar.

Me acerco a la barra de Kaskagorri. Todo huele a vómito. Sé que éste es el lugar indicado para ligar porque una mujer capaz de soportar este olor será también capaz de soportar el mío. Mi compromiso con la higiene durante Aste Nagusi queda en un segundo plano en relación con mi compromiso con la fiesta. Mi camiseta tiene más lamparones que el puto Palacio de Versalles.

¿Pero yo que coño se, si no tengo ni puta idea de como es Versalles? Lo que se es como son las txosnas, y como moverme por ellas. A mi alrededor cientos de personas intentan mover sus caderas al ritmo de música latina. Yo intento esquivarlas, pero como he dicho, son las seis de la mañana, y si ya me cuesta coordinar mis movimientos, más me cuesta esquivar a toda esta turba danzante.

Para llegar antes a la barra me llevo las manos a la boca y empiezo a hacer ruidos de vómito. Siempre funciona. Cuando alguien va a vomitar se forma un pasillo de forma automática que le lleva allá donde quiera ir. Nadie quiere ser vomitado. Llego a la barra en cuestión de segundos.

Entonces la veo a ella. Lleva falda de arrantzale, y eso solo puede ser señal de dos cosas. En cuanto descarto que sea un gordo borracho, la primera opción, me imagino que seguramente sea una chica con respeto por las tradiciones, lo cual complica cualquier intento de ligar. De todas maneras, me veo con fuerzas para intentarlo. Y si me flaquean las fuerzas, seguro que en la barra tienen patxaran.

– Me gusta tu falda. ¿Dónde la has comprado?

– En Carrefour.

El primer contacto parece exitoso. Al fin y al cabo, tan tradicional no será si ha comprado su falda en Carrefour. Empiezo a temer que mis sentidos me hayan fallado y me encuentre, efectivamente, ante un gordo borracho. Trato de descartarlo. Le doy un pequeño empujón y parte de su cerveza se derrama en su brazo. Se limpia con un kleenex. El hecho de que no haya absorbido con la boca la bebida me ayuda a descartar que sea un gordo borracho.

– Anda con cuidado, joder, que me has tirado el trago.

Genial. Ha llegado mi momento.

– Te invito a uno, si quieres.

– No, gracias. Aún me queda.

Mi siguiente movimiento es arriesgado, pero tiene que funcionar. Le arrebato el vaso de entre las manos y tiro el contenido al suelo. Me pregunta que hago. Mojo mis pies en la cerveza y empiezo a bailar disco haciéndolos resbalar en el suelo. Me mete una bofetada que me hace ver las estrellas.

– Págame una cerveza, puto gordo borracho.

Vaya. Ahora soy consciente de que llevo una falda de arrantzale. No creo que esté tan gordo, pero estoy realmente borracho, así que supongo que si hacemos la media la chica tiene bastante razón. Gordo borracho o no, he conseguido la primera parte del plan.

Estamos en la barra, un patxaran para mi, una cerveza para la chica. Yo tengo que pagar además un vaso, cosa que llevo haciendo durante toda la Aste Nagusi porque soy incapaz de conservarlos para volver a rellenarlos. Llegan nuestras bebidas y me bebo la cerveza de un trago. La miro con una sonrisa, noto la espuma en mi bigotillo de cuatro días. Me mira con furia. No parece que le caiga demasiado bien.

Me dice que la cerveza era para ella, y que no le gusta el patxaran. No pasa nada, le digo. Me bebo el patxaran y pido otros dos tragos. Intento explicarle que aguanto muy bien el alcohol, pero mi lengua se traba y parece que hablo en hebreo. Para nada quiero que piense que soy judío, así que hago un chiste sobre los niños en el holocausto. Me mira horrorizada. Tengo que cambiar de táctica.

Le digo que aún no nos hemos presentado, que me llamo Alonso, que a ver como se llama ella y me acerco para darle los dos besos de rigor. Se aparta asqueada y me dice que no piensa besar a nadie con la cara llena de purpurina. Me quito las gafas de corazones que he conseguido que un vendedor ambulante me regalase después de media hora contándole mi opinión sobre la situación político-social en el África Subsahariana. Miro mi reflejo y veo que, efectivamente, tengo tantos pegotes de purpurina en la cara que parece que tenga una lepra muy brillante. He debido estar en Pinpilinpauxa, aunque no lo recuerdo. Le cojo la cerveza de la mano y me la tiro por la cara para después frotármela intentando rascar las ronchas de purpurina. Le hace gracia, así que también me tiro mi patxaran. La cara se me queda tan pegajosa que apenas puedo parpadear. Pero ella se está riendo. Vamos por buen camino.

Cuando voy a pedir la tercera ronda veo que un tío se acerca a la barra tapándose la boca con la mano, como si fuera a vomitar. Estoy seguro de que se me quiere colar. Esa técnica la inventé yo, y no pienso dejarme engañar por ella. Le corto el paso. Me vomita en los pies.

La chica ya no puede parar de reir. Meto los pies es un charco de barro indescriptible intentando quitarme al menos los tropezones. Ella me ofrece un kleenex. Al final va a resultar que es mi angel de la guarda.

– Que seas mi ángel de la guarda no va a hacer que quiera liarme menos contigo.

– ¿Perdón?

Vuelve a estar seria. Demasiado rápido, me digo. Empiezo a hablarle del destino, del big bang y de la existencia de agua en una luna de Júpiter. Ella me mira, en silencio, mientras bebe su cerveza con rapidez, temerosa de que vuelva a tirarla con cualquier excusa absurda. Le digo que tiene unos ojos preciosos mientras le miro fijamente a las tetas. Ella me dice que deje de mirarle las tetas mientras me mira fijamente a los ojos. Le hablo de magnetismo, de los polos norte y sur y de la influencia de los agujeros de gusano en los viajes espacio-temporales.

– Eres un tipo interesante. Para ser las siete de la mañana, quiero decir.

– Y tú eres muy guapa. Para ser del planeta tierra, quiero decir.

No tengo ni idea de que quiere decir eso. Ella tampoco, pero vuelve a reirse. Esto tiene buena pinta.

Tengo que acelerar, porque algo me dice que voy a terminar tocándole el culo. No es que quiera hacerlo, pero el patxaran parece convencido, y me está convenciendo a mi. Mi mano está ya en su cadera, y no parece importarle. Vuelve a sonar música latina. A mi lado una chica con camiseta de comparsa feminista baila al ritmo de una canción que, en mi opinión, es bastante ofensiva con las mujeres. Mi mano está bajando por la cintura de la chica. Sigue sin parecer importarle. Los camareros están subidos encima de la barra. Ya es de día.

Le toco el culo. Vuelve a darme un tortazo, y vuelvo a ver las estrellas. Descubro que no son estrellas, sino la purpurina que salta de mis mejillas y se me mete en los ojos. Se lo cuento. Se vuelve a reir. Me ofrece un kleenex. Le ofrezco otra cerveza y me pido otro patxaran.

Sus amigas se acercan. Le dicen que se van a Bilbi. Me dice que a ver si quiero ir con ellas. Le pregunto si vamos a follar. Me da otro tortazo y me tira la cerveza por la cara. Me ofrece otro kleenex.

– Primero quítate toda esa puta purpurina. Luego ya veremos si nos quitamos las faldas de arrantzale.

Segunda Parte: https://lahistoriameconfunde.wordpress.com/2014/09/22/aires-de-fiesta-en-el-antzoki/

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