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PERSONAJES DE FICCIÓN

Jokin contó a sus amigos que el encuentro había sido corto pero muy intenso. Sus miradas se habían cruzado con la misma claridad que se habían cruzado sus destinos. Habían llegado a bailar juntos en medio de la calle. Ella solo le dijo una frase, una nada más, que Jokin no estaba dispuesto a contar por íntima.

Sus amigos no terminaban de creerle. A Jokin solo se le recordaba una novia, y era una de esas “novias del pueblo” que, existan de verdad o de mentira, siempre están amenazadas por la sospecha de ser una simple fanfarronería. Jokin insistía en que la conexión que había sentido con esta nueva chica iba más allá incluso que la de una relación amorosa o sexual. Ellos seguían dudando, la timidez de Jokin superaba en mucho los ocho grados en la escala Luismi (inspirada por el carácter de un personaje de la serie Compañeros). Pero el seguía insistiendo en lo romántico de su historia.

Jokin había salido de la Cruz Roja, en la calle Doctor Areilza, donde le habían practicado una ecografía, pues además de tímido Jokin era un tipo bastante hipocondríaco (superaba los 7 puntos en la escala Señora en la Peluquería). Recalcó el detalle del lugar, ya que él solía acudir siempre al ambulatorio de Deusto pero el Doctor Larrea estaba de vacaciones y había sido derivado allí. Insistía en que este detalle era la clave que demostraba que su encuentro con la chica no había sido azaroso, sino fruto del insondable destino.

Ya que estaba allí, había decidido ir a una librería en una plaza cercana. Pero no directo, claro. Jokin tenía miedo de que sus piernas se atrofiasen por su poco uso, así que decidió dar un rodeo (dato que utilizaba para afirmar, además de la existencia del destino, que él era el dueño del suyo propio).

A esa misma hora, ella salía de clase de inglés. Se dirigía a los Multicines de la calle Eskuza donde había quedado con una amiga. Iba rápido, ya que la sesión empezaba a las 5 y media y ya eran casi y cuarto.

Jokin la vio nada más girar la esquina. Venía desde el otro lado de la calle, por su misma acera, sujetando una carpeta sobre su pecho. Su pelo era castaño con las puntas más rubias (probablemente teñidas, añadía Jokin para demostrar hasta que punto se había podido fijar en ella).

Lo cierto es que Jokin, como cada vez que veía a una mujer por la que se sentía atraído, había bajado la cabeza, aunque solo lo justo para no producirse una tortícolis, cosa que le aterraba tanto como el cruzar miradas con una desconocida atractiva.

Ella siguió caminando sin prestar atención al chico que venía de frente. Escribía frenéticamente en su teléfono móvil, porque su amiga, que era bastante impaciente (en torno a los 7,5 puntos en la escala George W. Bush), no hacía más que enviarle mensajes metiéndole prisa.

El encuentro se produjo en la calle Licenciado Poza, a la altura de un restaurante de sushi para llevar (cosa que a Jokin le gustaba destacar para acompañar adecuadamente a lo exótico de su encuentro).

Al principio ni siquiera se miraron. Ella seguía con la vista plantada en el móvil, él miraba solamente a sus pies.

Durante unos segundos, realmente pareció que bailaban. Se movían rítmicamente, primero a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda otra vez. Ella levantó la mirada, buscando el contacto con sus ojos. Él lo evitaba, pero cuando veía que ella volvía a desviarla volvía a levantar la cabeza, sediento de detalles de su rostro (una pequita en el centro de la nariz, un aro colgando de la parte superior de su oreja, un mechón que tapaba su ojo izquierdo, en el que parecía empezar a salir un orzuelo).

Después de un baile de tres segundos, que para Jokin duró minutos y para ella duró horas, la chica volvió a levantar la cabeza decidida. Buscó los ojos de él, que seguía tratando de evitarlos, hasta que no pudo hacerlo más. La mirada de ella se clavó en la de él. En la boca de Jokin se dibujó una sonrisa. Y entonces, ella dijo la frase que los amigos de Jokin jamás llegarían a oír:

– A ver, chico, decídete. ¿Vas por la izquierda o por la derecha?

Sin perder la sonrisa, Jokin dio un paso a su izquierda. Ella dio un paso a su izquierda también, por donde Jokin le había dejado el paso libre, volvió a mirar a su móvil y, sin decir absolutamente nada, empezó a caminar.

Jokin la miró alejarse por la acera. Ella jamás volvió a girarse. Si le preguntarán, sería incapaz de describir al chico con el que, como tantas veces nos pasa a lo largo del día, había compartido un momento de indecisión a la hora de cruzarse en una acera.

Aunque los amigos de Jokin jamás sabrían nada de todo esto.

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escherLlevaba ya media hora entre el rellano del cuarto piso y el del tercero, dudando. ¿Saben ese dicho que dice que reza: Cuando te encuentras a un gallego en la escalera no sabes si sube o si baja? Pues ese era el problema de Jose Luis.

Jose Luis Gallego, como todos los Gallego, era un hombre que, básicamente, dudaba. Ya desde pequeño empezó a dudar, hasta el punto de que, a la hora de decididir entre el bachillerato de ciencias o de letras, se decidió por dejar el colegio. Por suerte, con el tiempo había conseguido sacar un rendimiento económico a su extraña cualidad. Jose Luis era el socio de Antonio el Judío, hombre relevante en el negocio de la compra-venta de vehículos de ocasión. Jose Luis acompañaba a Antonio a la hora de negociar y se encargaba, haciendo uso de su incomparable poder para dudar del precio y la calidad de los coches, de poner nervioso a los vendedores de manera que rebajasen al mínimo el precio de su producto por miedo a perder la venta. Aquel día, Jose Luis había quedado con Antonio para llevar a cabo una de aquellas negociaciones. Pero esta vez Jose Luis no llegaría jamás.

Ya en el rellano del cuarto piso le entraron las dudas. ¿Estoy subiendo o bajando? ¿Iba a la calle o a casa? Miró sus manos a ver si llevaba bolsas de la compra, lo que habría ayudado a disipar sus dudas, pero en su lugar encontró solo dedos, cosa que no iba a ayudarle con su problema.

Apoyó su espalda contra el ascensor mientras meditaba. En ello estaba cuando se abrió la puerta del 4ºA, y de ella salió su vecina.

– ¿Qué hace aquí? – le preguntó – ¿Espera a alguien?

¿Y si era eso? ¿A lo mejor estaba esperando a alguien? La pregunta de su vecina le confundió más todavía. Negó con la cabeza y bajó corriendo un tramo de escaleras.

Al llegar al tercero se frenó de golpe. ¿Y si lo que hacía era subir? Esperó a que la puerta de su vecina se cerrara y volvió a recorrer el mismo tramo de escaleras corriendo, aunque ahora en sentido contrario. Decidió llegar hasta su puerta, donde esperaba encontrar alguna señal. Lo único que encontró fue el felpudo que decía: Bienvenido. Si me dan la bienvenida será que vengo, ¿no? se preguntó Gallego. Convencido, entró a su casa y se sentó en el sofá.

Después de diez minutos, Gallego seguía incapaz de relajarse. Salió de nuevo y, cuando estaba a punto de bajar el primer escalón, vio a su espalda lo que el creía que sería la solución a su problema con las escaleras: el ascensor. Se dio la vuelta y pulsó el botón con la suficiencia de quién controla absolutamente su vida.

Lo que no esperaba Jose Luis era que del 5ºB saliese su vecino, y que se pusiese a su lado a esperar el ascensor. Gallego fijó su mirada en el piloto que indicaba que el ascensor se estaba acercando, tratando de evitar así cualquier atisbo de conversación que pudiese volver a llevarle a sus eternas dudas. Pero, inevitablemente, el momento llegó.

– Vaya día que ha salido, ¿eh, Gallego?

¿Y qué cojones significaba eso? ¿Que era bueno o era malo? ¿Y qué cojones hace que un día sea bueno? ¿Que haga sol? ¿Y si yo fuese alérgico al sol? ¿No debería preferir la lluvia? ¿O el cielo gris al menos? ¿Entonces, lo que es un día bueno para mi sería un día malo para él, no? Demasiadas dudas. Sin decir palabra, Jose Luis Gallego corrió escaleras arriba hacia la sexta planta, donde se encontraban los trasteros.

Una vez allí, la visión de aquel 6 metálico incrustado en la pared de gotelé le hizo sentirse tranquilo por primera vez en todo el día. Él vivía en el quinto, de manera que tanto para ir a la calle como para ir a su casa tenía que bajar. ¡Por fin una certeza! Una vez que oyó como su vecino subía en el ascensor y las puertas se cerraban, Gallego empezó el descenso.

El tramo entre el sexto y el quinto fue uno de los momentos más felices de su vida. Estaba claro, fuese a donde fuese estaba haciendo lo que tenía que hacer. No había dudas. Hasta que llegó de nuevo a su piso. Entonces volvió el infierno.

Jose Luis se sentó en la escalera junto a su puerta. Ahí empezó a meditar sobre su vida. Jamás había tenido pareja, porque jamás había sabido si la quería tener. Jamás había tenido una carrera profesional propia, porque jamás había sido capaz de saber a qué se quería dedicar. Había tantas cosas que había perdido por su falta de decisión… Amigos, aventuras, experiencias…¡Si ni siquiera sabía de qué equipo era! ¿Le gustaba el fútbol?

Jose Luis Gallego decidió que era el momento de terminar con esa vida incierta. Se levantó y empezó a bajar las escaleras. Aún no sabía a donde iba, pero no estaba dispuesto a sentarse a esperar. No, iba a moverse. Si no era capaz de decidirse, al menos dejaría que sus piernas decidiesen por él. Lo que no iba a hacer era quedarse quieto. Eso jamás.

Jose Luis sabía que cinco pisos eran demasiados como para resistir y que probablemente las dudas volverían a asaltarle antes de llegar abajo (o arriba). Así que, al llegar al cuarto piso, volvió a pulsar una vez más el botón del ascensor. Antes de hacerlo, puso la oreja en las dos puertas de aquella planta para asegurarse de que nigún vecino volvería a frustrar este nuevo intento. Satisfecho, esperó. Hasta que el ascensor llegó.

Cuando se abrieron las puertas, su sonrisa se congeló. Allí había un hombre, vestido de traje y con gesto serio, que clavaba su mirada en él. El hombre, ante el terror de Gallego, empezó a abrir su boca, y Jose Luis supo que estaba perdido. Y vaya si lo estaba. Lo que el hombre le dijo fue:

– ¿Vas pa’arriba o vas pa’abajo?

Y Gallego no supo que decir. Las puertas se cerraron y con ellas la oportunidad de tomar las riendas de su vida. Jose Luis Gallego pasó el resto del día en aquellas escaleras, incapaz de enfrentarse a la realidad y de tomar la más mínima decisión, mientras su socio Antonio el Judío le esperaba en el portal. Hay quien dice que terminó tirándose por una ventana. Otros dicen que se sentó en el rellano del segundo y ahora forma parte del mobiliario.

Si queréis saber que pasó, jamás se lo preguntéis a Jose Luis Gallego. Él no sabría contaroslo.

hombrenormalEl 14 de Enero de 1952, como cada año, se celebró en la localidad de Bizarreville el concurso Strange People para gente extraña. Como cada año, John “Normal” Commonson sentía los deseos de participar en la competición. En Bizarreville solo había dos concursos anuales, el de Strange People y el de Comer Tartas de Cereza, concurso en el que Commonson no podía participar dada su intolerancia al gluten. Hasta aquel año, el concurso Strange People siempre se le había resistido. Según el jurado, John era demasiado normal para participar en él. Pero ese año, algo había cambiado. John “Normal” Commonson se presentó ante el jurado…luciendo un bigote.

El jurado parecía confundido. Ante él se alineaban un enano disfrazado de pulpo (o un pulpo disfrazado de enano, era difícil adivinarlo), un hombre muy alto cuyas rodillas ladraban al jurado (nadie podía explicar el origen del fenómeno), un arzobispo del que decían que tenía un gusto inapropiado por los niños y los enanos disfrazados de pulpo (y que pronto sería eliminado dada su normalidad), una mujer barbuda recién afeitada (era extraña de verdad, porque las mujeres barbudas no se solían afeitar) y junto a todos ellos estaba él. John “Normal” Commonson” lucía su tímido bigote con un gran normalidad. El jurado se sintió inmediatamente atraído por él.

– ¡Un hombre con bigote!

– ¿Qué se ha creído este Commonson? ¿Cree que nos va a engañar con cuatro pelos mal puestos sobre los labios?

– Seguro que se ha hecho el bigote con los restos de la mujer barbuda.

– ¿Eso de ahí es un enano disfrazado de pulpo o un pul…

– ¡Disculpen! – interrumpió Commonson.

El jurado se sobresaltó.

– ¿Han visto? Eso es…

– Sí, no hay duda. Claro que lo es.

– Señor Commonson. ¡Es usted educado! La educación no suele ser normal en estos concursos.

– Eso…¿eso me convierte en una persona extraña? – preguntó John sin poder disimular la ilusión.

El jurado reflexionó en petit comité y se volvió a dirigir a él.

– Bueno, digamos que sí es extraño, pero bueno, tiene que entender que a ese hombre alto de allí le ladran las rodillas. No están ustedes en el mismo nivel, la verdad.

Commonson tenía que pensar con rapidez. Miró a sus pies y encontró un billete de dos dólares.

– ¡Miren, miren esto! ¿Ven este billete de dos dólares?

– Sí, claro, bueno, sí.

– ¿Saben que voy a hacer con él?

– Lo normal sería quedárselo.

– Aunque usted es educado, así que supongo que primero preguntará a ver si es de alguien.

– ¡Pues no! – Commonson sonrió con suficiencia – ¡Lo voy a romper! ¿A que eso no es nada…

– ¡Espera! – el hombre alto reconoció el billete – ¡Ese billete es mío!

– ¡Pues apártese, que lo voy a romper!

– Guau, guau – las rodillas del hombre empezaron a ladrar John. John tenía pánico a los perros, pero tenía más pánico si cabe a las rodillas. Pese a eso, mantuvo el tipo.

– ¡No pienso dártelo! ¡Lo voy a romper! ¡Quiero ser extraño!

– Guau, guau.

– ¡Dámelo! ¡Lo necesito!

– ¡Déselo, por Dios! ¡No aguanto esos ladridos!

La mirada del jurado no auguraba un buen resultado. John terminó por rendirse. El hombre alto cogió el billete y se lo enseñó orgulloso a sus rodillas. Una de ellas lo agarró con la boca y lo despedazó. El público al completo estalló en carcajadas. La competición se ponía difícil por momentos. Y más cuando el enano-pulpo decidió ponerse a bailar claqué. Ni corta ni perezosa, la mujer barbuda afeitada decidió que había llegado el momento de su traca final. De un tirón reventó su camisa dejando a la vista unos pechos preciosos aunque cubiertos de pelo. Ante el asombro de público y jurado, la mujer comenzó a afeitárselos también. John miraba a los ojos al fracaso una vez más. Hasta que entonces…se dio cuenta.

– ¡Esperen! ¡Ahora sí está claro! ¡Solo yo puedo ganar éste concurso!

El jurado murmulló durante unos segundos.

– Y díganos, Commonson. ¿Por qué es eso?

– ¡Miren a ésta gente! Uno es un pulpo disfrazado de enano…

– ¡Usted no sabe eso! A lo mejor es un en…

– ¡No me interrumpa! La otra es una mujer barbuda afeitada y al otro le ladran las rodillas. ¿Saben que creo yo? Que aquí soy el único normal.

– Desde luego, Commonson. Por eso le eliminamos cada año.

– ¡Pero no lo entienden! Todos mis compañeros son extraños, ¿no?

– Yo diría que sí. Aunque la mujer barbuda afeitada cada vez parece más una mujer sin más.

– Y yo soy normal, ¿a que sí?

– De ahí su apodo, Commonson.

– ¡Ahí está la cosa! Soy un hombre normal rodeado de extraños. Pero en este concurso lo normal es extraño. De manera que soy un hombre extraño rodeado de personas normales. Personas normales peculiares, que duda cabe, pero personas normales para este tipo de concurso.

El jurado lo entendió por fin. Empezaron a murmurar entre ellos mientras de fondo se oían los ladridos de las rodillas del hombre alto que cada vez estaban más nerviosas. Después de una larga deliberación, la decisión estaba tomada.

– Pueblo, de Bizarreville, ya tenemos ganador para la edición del Strange People de 1952.

El pueblo miraba expectante. Alguno tosió y empezó a mirar expectorante también.

– Y el ganador es…

Redoble de tambores.

– ¡El enano disfrazado de pulpo que parece un pulpo disfrazado de enano!

El pueblo estalló en vítores, por lo que no le oyeron decir que, en realidad, era un calamar disfrazado de niño. Pero daba igual, la decisión estaba tomada y Bizarreville tenía un nuevo rey de lo extraño. Tras los festejos, John “Normal” Commonson se acercó a pedir explicaciones al jurado.

– Valoramos mucho tu exposición, Commonson, y te hubiésemos dado el premio si no fuese por un pequeño detalle.

– ¿Cual?

– Ese bigote. Te hace parecer extraño, por lo que ya no serías normal. Pero tampoco es lo suficientemente extraño. Lo siento.

John no dejó que la derrota le hundiese. Decidido a participar en los festejos de su pueblo, dejó de lado el Strange People y se centró en el concurso de comer tartas. Para que la competición se adecuase a las oportunidades de un celíaco, convocó un concurso de no comer nada en absoluto. El Stay Day, o día de estar, celebrado el 11 de Junio de 1952 fue un gran éxito. Y gracias a él, al año siguiente ganaría el concurso Strange People por su idea, digna del pueblo de Bizarreville.

John “Normal” Commonson jamás volvió a dejarse bigote, y se casó con la mujer barbuda, que sí se lo dejó. Jamás tuvieron hijos, pero adoptaron como mascotas a las rodillas del hombre alto.

Ilustración: Cosme

Ilustración: Cosme

Publicado originalmente en No! Fanzine, número de Octubre de 2014.

Carlos Arrieta se bajó los pantalones, se sentó en la taza del váter y empezó a cagar.

Hasta ahí, todo normal.

El primer arreón fue bastante violento. Carlos se alegró de encontrarse a solas en la oficina. Con la urgencia, no había tenido tiempo de dejar en el fondo del retrete un poco de papel higiénico que sirviese para amortiguar el sonido, como acostumbraba. Por suerte, no hacía falta. Eran las ocho de la tarde y la oficina estaba desierta.

Carlos Arrieta era el Director Creativo de una agencia de publicidad especializada en Comunicación Política. Él había sido en gran parte el responsable de la elección por mayoría absoluta del actual presidente de gobierno de su país, como solía decir orgulloso a las chicas a las que se tiraba fuera de su aburrido matrimonio. En su despacho lucía la fotografía que se había sacado con el político aquel día. A su lado, más fotografías con más políticos de uno u otro signo, de izquierdas y de derechas, de los extremos y del centro. El trabajo de Carlos no entendía de ideologías.

Aunque lo que expulsaba era bastante líquido, Carlos tenía que hacer fuerza para dejar caer al fondo del baño todo lo aquello de lo que su cuerpo quería deshacerse.

En el hilo musical sonaba una versión instrumental de un disco de Los Beatles. A Carlos no le gustaban los Beatles, pero en su situación no podía elegir. Todo indicaba que iba a tener para rato. Desde que se había sentado, no había dejado de manar.

Tamborileó con los dedos en las rodillas mientras miraba a las paredes de contrachapado pintado de verde y al suelo de linóleo con su mosaico de formas absurdas. Dio un nuevo empujón y pensó que ojalá se hubiese llevado un libro.

A Carlos le gustaba leer mientras cagaba. Si hubiese estado en su casa, además de un retrete más confortable, habría tenido a su alcance un revistero de Bang & Olufsen lleno de números de Esquire, Harper’s Bazaar o incluso algún tebeo de su hijo. Miró a sus pies y echó mano de su cartera de cuero. Dentro de ella encontró su último trabajo, un voluminoso libreto que ensalzaba los valores de la Asociación Republicana Democrática e Independiente, o ARDI. Miró la portada orgulloso. Mereces ARDI era un lema que había tardado tres minutos en crear, aunque a su cliente le hubiese cobrado el equivalente a tres días.

Lo primero que le llamó la atención fue el olor. Desde luego, no olía a mierda. Carlos Arrieta hubiese pagado el sueldo de un año porque aquello oliese a mierda. No os imaginéis huevos pasados, no os imaginéis pescado de hace una semana, no os imaginéis una puta granja de cerdos. Aquello olía simple y llanamente a podrido. Carlos sacó el ambientador con aroma a lavanda que llevaba siempre en la cartera por si su chófer estaba ocupado y tenía que coger un taxi. Lo dejó sobre la cisterna y se puso una pinza para documentos en la nariz.

Y siguió descargando.

Cuando había leído ya la mitad de aquel libreto miró su opulento reloj. Marcaba las ocho y veinte. En los últimos minutos su esfínter no se había cerrado ni un solo segundo. Desde luego, la cantidad era tan poco normal como aquel olor que ni la lavanda podía enmascarar. Cerró su ano a la fuerza e intentó incorporarse, pero su sistema digestivo no estaba por la labor. Tuvo que tirar de la cisterna con el culo allí plantado, notando como el agua le salpicaba las nalgas, una sensación a menudo placentera que aquel día no lo era tanto.

A las nueve de la noche, el hilo musical dejó de funcionar. A aquellas horas ya no quedaba nadie en el edificio, aparte del vigilante de seguridad de la planta baja. A medida que Carlos Arrieta se iba vaciando por dentro, cada vez entendía menos aquel panfleto que tenía entre sus manos. No solo no estaba de acuerdo con lo que allí ponía. No lo había estado ni siquiera en el momento de redactarlo. Ahora ni siquiera comprendía aquellas palabras, y mucho menos las frases que formaban. Intentó levantarse de nuevo, y esta vez incluso llegó a abrocharse los pantalones. Pero tuvo que tirar de ellos tan fuerte que arrancó el botón de la cintura. Gracias a Dios que no me había abrochado el cinturón, pensó. Es carísimo.

La música empezó a sonar de nuevo. Los Beatles ya no tocaban para él, pero aquello no era un alivio. Ahora no hacían más que sonar sintonías políticas, canciones que él mismo había ayudado a componer. Y lo hacían mezcladas. La derecha con la izquierda, los extremos con el centro. Carlos Arrieta hubiera dado su sueldo de un año por poder quedarse sordo.

A las once de la noche estaba completamente desorientado. Una deposición así no era normal, ni siquiera cuando comes un menú del día en un bar de barrio, pensó Carlos. Se tocó la cara y le asustó notar perfectamente cada hueso. Sacó su teléfono y se sacó una foto. Ésta no la subiría a las redes sociales. La cara que le miraba desde la pantalla del móvil era tan blanca que la luz que desprendía le hacía daño en los ojos. Era horroroso. Cada hueso se marcaba en su rostro, los labios no eran más que una fina línea. Parecía…parecía un cadáver.

A las doce volvió a tirar de la cadena por décima vez. Cogió papel higiénico y se lo metió con fuerza en los oídos. Aún así, la música corporativa que no debería estar sonando seguía perforando sus tímpanos, clavándose en su cerebro, con la misma ferocidad con la que su estómago seguía vaciándose de contenido. Las paredes de contrachapado estaban cada vez más lejos. El mosaico absurdo del suelo parecía moverse ante sus ojos, cada vez más secos. Y aún quedaban seis horas para que llegase la primera persona a la oficina.

Carlos Arrieta decidió releer una vez más su panfleto, más por no pensar en lo que le estaba ocurriendo que por un interés real. Frente a sus ojos, las letras del lema de la portada empezaron a danzar.

 

Mereces ARDI

 

M                    a                      e                      r                      e         

            S                      i                       d                      r

                        C                                             e

 

E          r          e          s          m         i           e          r          d          a          c

 

Eres Mierda, C

El mensaje era muy claro. Y directo al público objetivo, además.  Eres Mierda, Carlos.

Entonces Carlos Arrieta entendió por fin lo que ocurría. El cuello de su camisa empezaba a resbalar por sus hombros. El reloj luchaba por escapar de su cada vez más delgada muñeca. Sus manos ya no podían soportar el escaso peso del panfleto, que resbaló hasta el suelo de azulejo. Carlos, ya sin fuerzas para soportar la fina piel que recubría sus huesos, se apoyó contra la cisterna y dejó que se vaciase todo su ser.

Las seis de la mañana. La primera persona en entrar a la oficina se pone su uniforme y se dirige al baño. Nada más abrir la puerta, a Doina, la mujer de la limpieza, le asalta una mezcla de ambientador a lavanda y el peor hedor que su nariz ha conocido jamás. Abre la puerta del retrete y se encuentra un traje de Armani en el suelo y una torre de mierda en el retrete. Putos ejecutivos, piensa Doina. No es la primera vez que se cagan fuera, pero destrozar de esa manera un traje tan caro…

Cuando termina de limpiar y sale del baño otro de esos ejecutivos choca con ella y, sin pedir siquiera disculpas, entra corriendo en la cabina del inodoro (ojala lo fuese, piensa Doina) y da un portazo. Se sorprende al oír la violencia con la que las heces golpean la porcelana y, con una mueca de asco, sale de allí.

En la puerta se empieza a formar una cola de más hombres trajeados y, al parecer, con mucha prisa por que llegue su turno. Será el café de la oficina, piensa Doina.

Hasta ahí, todo normal.

(4)ALGUACIL: Estamos aquí para el juicio del Estado de Wyoming contra la Ley de la Gravedad por el asesinato de Georges Faller. Va a hacer su entrada el juez Rolling. Por favor, pónganse de pie.

JUEZ: Pueden sentarse. Por favor, abogado de la defensa, comience con su alegato, a ver si terminamos pronto. No quiero que se me enfríen las lentejas.

ABOGADO: Esto va a ser sencillo. ¿Han comprobado lo fácil les ha resultado sentarse? Pues, señores, esto es nada más y nada menos que gracias a la fuerza de la gravedad. Ella es culpable, sí, pero no del asesinato de Georges Faller, que es por lo que estamos aquí hoy. Es culpable no solo de ayudarles a sentarse, sino de lo cómodos que están sentados. ¿En serio creen necesario juzgar a la ley universal que nos mantiene tumbados en la cama en vez de flotando por los aires?

FISCAL: ¡Protesto! Está condicionando al jurado.

JUEZ: Denegada. Se trata de condicionar al jurado. Para eso existen los juicios.

FISCAL: Con la venia, su señoría. El abogado de la defensa se limita a exponer los casos en la que la gravedad nos ayuda, pero ¿a quién no se le ha caído alguna vez su vaso favorito y se ha roto en pedazos? ¿Saben quién es la culpable de ello? Sí, señores. La gravedad.

ABOGADO: ¿Y si se ha caído porque tenían las manos mojadas?

JUEZ: ¿Podemos ir directos al caso que nos ocupa?

ABOGADO: Desde luego. Se acusa a mi cliente, la ley de la gravedad, de la muerte de George Faller. Recapitulemos los hechos. La muerte del señor Faller se produjo al chocar su cuerpo con el cemento tras una caída de veinte pisos.

FISCAL: Por favor, ¿pretende que juzguemos a un trozo de cemento? Eso es absurdo.

ABOGADO: ¿Acaso esto no lo es? Señoría, para esclarecer los hechos me gustaría llamar a mi primer testigo.

JUEZ: Adelante.

ABOGADO: Llamo al estrado a la señora Faller.

Público: (chillido de emoción)

ABOGADO: Señora Faller, ¿es cierto que en la noche del uno de marzo su marido y usted discutieron?

FALLER: Sí, es cierto.

ABOGADO: ¿Es cierto que usted le lanzó una taza de cereales a la cabeza?

FALLER: ¡Lo es, pero no le di!

ABOGADO: ¿Diría que fue gracias a la gravedad?

FALLER: No lo había pensado, pero puede ser.

ABOGADO: De modo que la gravedad le salvo la vida a su marido. No hay más preguntas, señoría.

JUEZ: Su turno, señor Fiscal.

FISCAL: Señora Faller. ¿Es cierto que empujó usted a su marido por la ventana?

FALLER: Es cierto, si señor.

FISCAL: ¿No cree, pues, que el asesinato pudo ocurrir por su culpa?

FALLER: ¡Pero como se atreve! Aquí no me están juzgando a mi.

FISCAL: Déjeme exponer mi idea, señora Faller.

FALLER: Señorita ahora.

FISCAL: Se que esto no fue culpa suya. Mi teoría es la siguiente. Si la Señora Faller hubiese empujado a su marido por la ventana en la luna nada hubiera ocurrido, porque ahí no tiene efecto la ley de la gravedad. Por lo tanto, la existencia de la gravedad fue la que lanzó a su marido al abismo, ¿verdad?

FALLER: Sí, mi pobre George.

FISCAL: ¿Por qué empujó usted a su marido?

FALLER: Estábamos discutiendo sobre el efecto de los agujeros de gusano en los viajes en el tiempo.

FISCAL: ¿Y qué dijo él?

FALLER: Que menos viajes en el tiempo y más viajes en el espacio, que nunca salíamos de casa.

FISCAL: Por lo tanto usted le empujó por la ventana como acto de bondad, para que viera mundo.

FALLER: Eso es, concretamente, para que viera el mundo muy de cerca.

FISCAL: Y esa ley traidora de la gravedad le hizo estamparse contra el suelo.

FALLER: Vaya que si lo hizo. Todavía no he podido limpiar el estropicio.

FISCAL: No hay más preguntas.

ABOGADO: ¡Protesto, señoría!

JUEZ: ¿Otra vez? ¿Usted sabe lo malas que están las lentejas cuando se quedan frías?

ABOGADO: Este juicio no debería ser contra mi cliente, sino contra la Señora Faller.

FALLER: Señorita ahora.

ABOGADO: Fue ella la que le mató. No es obra de la gravedad, es obra de Satán, que habita en esta Señorita Faller.

ESPONTÁNEO: ¡Pero cómo se atreve! ¡Este no es momento de juzgar ni a esta mujer ni al Anticristo!

JUEZ: Pero por Dios, ¿quién es usted?

ESPONTÁNEO: Yo soy el abogado del diablo. He venido aquí a comprobar que no se injurie a mi cliente.

JUEZ: ¿Abogado del diablo? ¿Le parece eso ético?

ESPONTÁNEO: Bueno, yo no quiero ser abogado del diablo pero…

PÚBLICO: (murmullo incontrolado)

JUEZ: ¡Silencio en la sala! Abogado, Fiscal, ¿tienen ustedes más testigos?

ABOGADO: ¡Sí! Llamo a Stephen Hawking.

JUEZ: Que pase, pues.

ABOGADO: Señor Hawking, ¿usted cree que la gravedad es necesaria para la existencia de nuestro universo?

HAWKING: (teclea durante varios minutos) S – I.

ABOGADO: No hay más preguntas.

FISCAL: ¡Llamo a declarar al Reverendo Adam Evelyn!

JUEZ: Ay, pues que pase también.

FISCAL: Reverendo Evelyn, ¿qué opinión le merece la gravedad? Y tenga en cuenta que es un concepto físico. Como la creación y la evolución, vaya.

REVERENDO: Ah, pues entonces fatal.

ABOGADO: ¡Está difamando a mi cliente!

ESPONTÁNEO: ¡Reverendo! ¿Necesita usted un abogado?

JUEZ: ¡Basta ya! Paren este sinsentido. Por favor, presidente del jurado, ¿cual es su veredicto?

JURADO: Declaramos a la gravedad…culpable del asesinato de George Faller.

PÚBLICO: (rugido de festejos)

JUEZ: ¡Silencio en la sala! Condeno a la gravedad a cadena perpetua, y no se hable más.

ESPONTÁNEO: ¿Va usted a permitir que siga acabando con las vidas de seres humanos desde dentro de la cárcel?

JUEZ: ¡Déjenme en paz! Ya está, condeno a la ley de la gravedad a muerte. ¿Contentos?

Todo en la sala empieza a flotar por los aires. Los bancos, el estrado, el juez, el público, hasta el abogado del diablo. Un tapper de lentejas estalla llenando todo de legumbres. Al de varios segundos de incredulidad, el universo explota.

STEPHEN HAWKING: (flotando en el limbo) S-E   L-O   A-D-V-E-R-T-Í

victorian-post-mortem-photography-skull-illusion-photographer-at-work

Alfred Velado llevaba toda la mañana fotografiando cadáveres. Era su oficio, y para él era algo de lo mñas placentero. Si algo le gustaba más que los donuts glaseados eso fotografiar cadáveres. Pero aquel iba a ser un día complicado. Y no sólo porque no encontraba su donuts glaseado.

AYUDANTE: ¡Señor Velado! El siguiente cliente está ya preparado.

ALFRED: ¿Dónde está mi donuts glaseado?

AYUDANTE: Señor Velado, creo que hay un problema. Debería usted ver esto.

ALFRED: ¿Ha encontrado mi donuts?

AYUDANTE: No, señor. Es su siguiente cliente.

ALFRED: ¿Qué pasa con él?

AYUDANTE: Está vivo.

ALFRED: ¿Cómo que está vivo? Por Dios, que locura. A ver. ¿Alguien ha visto mi puto donuts?

CLIENTE: ¿Señor Velado? Un placer conocerle. Soy Wolfgang Von Vivo.

ALFRED: Encantado, soy Alfred Velado. Usted debe ser el nuevo becario.

AYUDANTE: Se equivoca, señor. Es el próximo cliente.

ALFRED: ¿Cómo que el próximo cliente? ¿Y qué hace vivo aún?

AYUDANTE: Ya se lo he dicho, maestro.

ALFRED: ¿Se puede saber a qué viene esto?

CLIENTE: Verá, señor. Han llegado a mis oídos noticias sobre su gran capacidad para fotografiar cadáveres. El caso es que me gustaría ponerme en sus manos.

ALFRED: Pues va a tener que morirse, amigo.

CLIENTE: El caso es que soy un hombre bastante vanidoso. Quiero tener mi propia fotografía mortuoria, sí, pero no me fío. Necesito verla con mis propios ojos.

ALFRED: ¿A qué viene eso? ¿Desconfía de mi técnica?

CLIENTE: No, señor, ni mucho menos. Simplemente quiero asegurarme de que salgo bien en la foto.

AYUDANTE: Y eso sería imposible si ya estuviese muerto, señor.

ALFRED: Es usted realmente vanidoso, señor.

CLIENTE: Eso ya se lo he dicho.

ALFRED: Vaya, vaya. Ya sabe lo que dicen. La vanidad mató al gato.

AYUDANTE: Siento interrumpirle, señor, pero creo que fue la curiosidad.

ALFRED: ¡Cállese, y busque mi donuts! No se como vamos a hacer esto. Jamás he fotografiado a un vivo. Los vivos me dan repelús.

CLIENTE: Me pongo a su merced.

ALFRED: A ver, para empezar, siéntese en esa silla.

CLIENTE: Me da cosa. ¿Se han sentado muchos muertos ahí?

ALFRED: Desde luego. ¿Y sabe una cosa? Ninguno se ha quejado jamás. Siga su ejemplo, señor. Los muertos nunca se equivocan.

AYUDANTE: Lo siento, señor, pero creo que sí que lo hacen. Por lo menos, seguro que se equivocaron estando vivos.

ALFRED: Si las siguientes palabras que salgan de tu boca no son: “Aquí está su donuts” puedes darte por despedido.

CLIENTE: ¿Ésta silla?

ALFRED: Esa, si señor. Veamos…muevase un poco a la derecha…eso es…ahora un poco a la izquierda…muevase al centro.

CLIENTE: ¿El centro está a mi derecha o a mi izquierda?

ALFRED: ¡Malditos vivos! Quédese ahí, moveré la cámara. Tendremos que maquillarle. Solemos maquillar a los muertos para que parezcan vivos, supongo que con usted tendremos que hacer el camino contrario.

CLIENTE: Estoy a su merced.

AYUDANTE: ¡Aquí está su donuts!

ALFRED: ¡Perfecto! ¿Dónde?

AYUDANTE: Supongo que una vez dicho eso puedo decir lo que quiera sin que me despida, ¿no?

ALFRED: ¿Pero tú eres idiota o qué?

CLIENTE: Señor Velado, no hace falta ser psiquiatra para darle un diagnóstico. Pero vaya, da la casualidad de que soy psiquiatra, así que puedo decirle…

ALFRED: ¡Usted limítese a hacerse el muerto! Le maquillaré. Un poquito de talco por aquí…voy a hacerle las bolsas de los ojos si no le importa… así…bien, lo tenemos. Voy a mirar por el visor, a ver.

AYUDANTE: ¡Aquí está su donuts!

ALFRED: ¡Deja de molestarme!

AYUDANTE: ¿Ya no lo quiere? Pues lo tiraré a…

ALFRED: ¡Déjalo en la mesa! Ahora estoy ocupado, joder. A ver, aún se le notan las venillas en la cara, pero creo que se lo que tenemos que hacer.

AYUDANTE: Usted me dirá.

ALFRED: Vaciarle el cuerpo de sangre.

CLIENTE: ¿Está loco? ¡Me matará!

ALFRED: ¿Quiere su foto o no la quiere?

CLIENTE: Tanto como usted su donuts.

ALFRED: Vacíale el cuerpo.

AYUDANTE: Hecho, señor.

ALFRED: ¿Qué tal se siente?

CLIENTE: Eeeeebil…creeeeeo…morirrrrrr.

ALFRED: ¿Qué dice?

AYUDANTE: Creo que dice que ahora sí parece muerto.

ALFRED: Y que lo diga. Bien, ahora necesito que esté quieto durante media hora. Es lo que tarda en tomarse la foto. ¿Conforme con eso?

CLIENTE: Aaaaayuda…

ALFRED: Ayúdale a quedarse quieto.

AYUDANTE: ¿Qué hago?

ALFRED: Pues como si estuviese muerto. Clávale el tubo ese de metal en la cabeza para que no se le mueva.

AYUDANTE: ¡Pero está vivo!

ALFRED: ¡Pues yo que se! Clávaselo un poquito solo.

AYUDANTE: Hecho.

ALFRED: ¿Qué tal, Von Vivo?

CLIENTE: Aaaaaal.

ALFRED: ¿Qué?

AYUDANTE: Dice que genial. Creo.

ALFRED: ¡Maravilloso! Vaya, por el visor aún se le ve un poco vivo. Necesitamos la cara más blanca.

AYUDANTE: Señor, no queda talco.

ALFRED: ¡Pero qué me dices! Bueno, ya lo tengo. Restriégale el donuts por la cara.

AYUDANTE: ¡Pero es su donuts!

ALFRED: Esto es trabajo. Con trabajo se compran donuts. Es el ciclo del donuts, aprendiz.

AYUDANTE: De acuerdo.

CLIENTE: Aaaaaa.

AYUDANTE: ¿Qué?

CLIENTE: Aaaaaaleeergia.

AYUDANTE: ¿Alergia?

CLIENTE: Aaaaaaleeeeergiaaa. Azúuuuuuuucaaaar.

AYUDANTE: No entiendo lo que dice. Estese quieto, por favor, si se le mueve un poco el metal que tiene clavado en la nuca podría morirse.

CLIENTE: Aaaaaleeeeergiiaaaaaa.

ALFRED: ¡Claro que sí, alegría! Restriégale ese donuts y saquemos la foto.

 

30 minutos más tarde.

 

AYUDANTE: Señor Von Vivo, ya puede levantarse. Hemos terminado.

ALFRED: ¿No ha oído? ¡Tenemos más clientes! Vale que están muertos y no se quejan, pero uno quiere mantener el nivel de profesionalidad.

AYUDANTE: Señor, creo que está muerto.

ALFRED: Bueno, aquí vienen muchos muertos.

AYUDANTE: Pero este llegó vivo.

ALFRED: Y yo antes tenía un donuts glaseado, y no me ves quejarme.

AYUDANTE: No creo que sea lo mismo, señor.

ALFRED: Ya te digo yo que no. ¿Sabes por qué?

AYUDANTE: ¿Por qué?

ALFRED: Porque ahora vas a sacarle el dinero de los bolsillos y vas a ir a comprarme un donuts. ¿Ves como todo tiene solución?

AYUDANTE: Señor, lo de este hombre ya no la tiene.

ALFRED: Bueno, el quería una foto post mortem y le hemos matado, yo ya le avisé de que la vanidad mató al gato.

AYUDANTE: Señor, le repito que fue la curiosidad.

ALFRED: ¿Vas a ir a por mi donuts o quieres que te saque un foto?

254C86EC05284C1AB0CB2C4C1AB0C6Roberta siempre había imaginado que se casaría por la Iglesia. Cuando conoció a Emilio, tan ateo como hipocondríaco, se había resignado a casarse por el Juzgado. Lo que nunca imaginó es que acabaría casándose por el Hospital.

Se conocieron en un Seminario de Enfermedades Inventadas. Roberta había conseguido un trabajo temporal como repartidora de tarjetas de acreditación. Emilio había acudido a dar una ponencia sobre Síndrome de Tourette Inverso. La enfermedad consistía en una extraña mutación del Síndrome de Tourette Tradicional, solo que en vez de insultos y descalificaciones, Emilio repartía amor y respeto a voz en grito sin ser capaz de remediarlo. Su abuela estaba encantada.

Cuando Roberta se acercó a entregarle su acreditación, Emilio sufrió un brote severo de su enfermedad inventada. Incapaz de controlarse, empezó a gritarle “Guapa”, “Tía Buena” y “Rodapiés”. A Emilio siempre le habían gustado los rodapiés, sobre todo desde la escasez de rodapiés del 92, cuando había llegado a ahorrar cuarenta mil pesetas de su paga semanal para poder hacerse con el rodapiés neogótico que faltaba en su colección.

Mientras hablaba al público, desde el final de la sala, Roberta miraba a Emilio con una gran sonrisa. No solo nadie jamás se había dirigido a ella en aquellos términos, es que además era alguien con el que tenía algo en común. Roberta también había sido coleccionista de rodapiés en su infancia. Aquello había sido una señal. Tan ensimismada estaba que se olvidó de dar su acreditación al grupo de enfermos de Crisis de Identidad. Éstos, al verse sin una tarjeta con su nombre, se sumieron en tal confusión que adquirieron la identidad de Revolucionarios Chinos. Roberta y Emilio pudieron huir juntos de la sala antes de que proclamaran una dictadura militar.

Ya en su primera cita, Emilio confesó a Roberta que era ateo. En su opinión, la religión era una enfermedad. Al ver la cara de tristeza de Roberta, le confesó también que era hipocondríaco. Roberta recuperó la esperanza. Tal vez, algún día, Emilio se creyera enfermo de religión y accediese a casarse por la Iglesia. Pero el destino le iba a sorprender con algo muy diferente.

Emilio empezó a comportarse de manera extraña desde que surgió la Enfermedad de las Vacas Locas. En una ocasión invitó a Roberta a un picnic y, mientras ella disfrutaba de unos sándwiches de ketchup, Emilio se dedicó a lamer a todas las vacas que se encontró en el campo. Cuando Roberta le preguntó qué hacía, Roberto le confesó que no podía soportar la idea de que existiese una enfermedad nueva y él no la sufriera. Roberta le gritó que estaba loco, Emilio le contestó que no iba a dejar que le llamara loco alguien que se alimenta de sándwiches de ketchup. Aquella fue su primera gran discusión. Roberta lo pasó muy mal. Odiaba discutir tanto como amaba los rodapiés.

Eso no impidió que, cuando se anunció la existencia de la gripe porcina, Roberta prohibiese a Emilio los picnics. Se negaba a estar ahí, en el campo, disfrutando tranquilamente de su sándwich de ketchup mientras veía a su pareja lamiendo gorrinos. Con la gripe aviar lo tuvo más difícil. Emilio aprovechaba las horas en las que Roberta estaba en el trabajo (había conseguido un empleo temporal como repartidora de acreditaciones en un congreso de repartidores de acreditaciones) para bajar al parque y lamer palomas. No consiguió contagiarse de la gripe aviar, pero al menos consiguió creer que se había contagiado. Fue internado dos años en el Centro Placebo para Hipondríacos Severos. Allí, en los momentos previos a la cena, los internos discutían sobre la posibilidad de nuevas pandemias con las que contagiarse. Fue así con Emilio conoció la existencia del Ébola. Desde entonces su sueño fue convertirse en el paciente cero de la enfermedad en el mundo civilizado.

Años después, cuando fue traído a Madrid el primer español afectado por la enfermedad, Emilio cogió un tren a la capital. Al llegar saltó en marcha y se rompió una pierna. De esa manera consiguió ser ingresado en el mismo hospital que el enfermo. Cada noche intentaba colarse en su habitación, pero las medidas de seguridad eran muy estrictas. Incluso llegó a fundar la Asociación Estatal Contra el Ébola para poder acercarse a él, pero ni por esas le fue permitido el acceso. Los enfermeros y médicos ya estaban avisados de su presencia, y además, un hombre con pijama de hospital, con el culo al aire y una pierna escayolada que se saca fotos con los rodapiés es bastante llamativo.

Pero un buen día, Emilio se levantó con catarro. El aire acondicionado y el culo al aire había hecho su efecto. Para él fue una señal. Aquello no podía ser otra cosa. Emilio había conseguido por fin creerse que tenía Ébola. En aquel momento clave de su vida decidió que por fin era el momento de casarse.

El personal médico y todos los enfermos del hospital fueron invitados a la boda. En el hall de entrada, cubierto con una mascarilla como los novios y el resto de invitados, un cura unió en matrimonio a Roberta y Emilio. Cuando le dijo que podía besar a la novia, Emilio, que no quería contagiarla con su enfermedad inventada, se limitó a darle un cabezazo. Les regalaron rodapiés de todos los estilos, alguno de ellos incluso tenía la palabra rodapiés impresa sobre al madera. La noche de bodas tuvo lugar en la planta quinta del hospital. Allí, enfundados en trajes herméticos y sin quitarse sus máscaras de gas, Emilio y Roberta pasaron la noche más romántica de sus vidas. Roberta estaba feliz por ver a su marido tan realizado. Preferiría haberse casado en la Iglesia, pero le gustaba pensar que después de esta aventura su marido dejaría de chupar animales asquerosos cuando iban de picnic.

La luna de miel tuvo lugar en el Centro Placebo para Hipocondríacos Severos. Allí descansaron durante los siguientes diez años, él curándose de su enfermedad imaginaria, ella repartiendo acreditaciones para cualquier evento que se celebrase en el centro.

Cuando salieron descubrieron que la enfermedad había diezmado a la población. Todo aquel que se había contagiado había muerto. Emilio, ya rehabilitado, se alegró de ser hipocondríaco y se decidió a volver a dar charlas. Hoy en día organiza un seminario llamado: “Invéntate tu Enfermedad: la realidad es peligrosa, la imaginación es divertida” que ha tenido mucho éxito en un pueblo de Zamora. Roberta se dedica a repartir las tarjetas de acreditación.

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