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POLÍTICOS

Ilustración: Cosme

Ilustración: Cosme

Publicado originalmente en No! Fanzine, número de Octubre de 2014.

Carlos Arrieta se bajó los pantalones, se sentó en la taza del váter y empezó a cagar.

Hasta ahí, todo normal.

El primer arreón fue bastante violento. Carlos se alegró de encontrarse a solas en la oficina. Con la urgencia, no había tenido tiempo de dejar en el fondo del retrete un poco de papel higiénico que sirviese para amortiguar el sonido, como acostumbraba. Por suerte, no hacía falta. Eran las ocho de la tarde y la oficina estaba desierta.

Carlos Arrieta era el Director Creativo de una agencia de publicidad especializada en Comunicación Política. Él había sido en gran parte el responsable de la elección por mayoría absoluta del actual presidente de gobierno de su país, como solía decir orgulloso a las chicas a las que se tiraba fuera de su aburrido matrimonio. En su despacho lucía la fotografía que se había sacado con el político aquel día. A su lado, más fotografías con más políticos de uno u otro signo, de izquierdas y de derechas, de los extremos y del centro. El trabajo de Carlos no entendía de ideologías.

Aunque lo que expulsaba era bastante líquido, Carlos tenía que hacer fuerza para dejar caer al fondo del baño todo lo aquello de lo que su cuerpo quería deshacerse.

En el hilo musical sonaba una versión instrumental de un disco de Los Beatles. A Carlos no le gustaban los Beatles, pero en su situación no podía elegir. Todo indicaba que iba a tener para rato. Desde que se había sentado, no había dejado de manar.

Tamborileó con los dedos en las rodillas mientras miraba a las paredes de contrachapado pintado de verde y al suelo de linóleo con su mosaico de formas absurdas. Dio un nuevo empujón y pensó que ojalá se hubiese llevado un libro.

A Carlos le gustaba leer mientras cagaba. Si hubiese estado en su casa, además de un retrete más confortable, habría tenido a su alcance un revistero de Bang & Olufsen lleno de números de Esquire, Harper’s Bazaar o incluso algún tebeo de su hijo. Miró a sus pies y echó mano de su cartera de cuero. Dentro de ella encontró su último trabajo, un voluminoso libreto que ensalzaba los valores de la Asociación Republicana Democrática e Independiente, o ARDI. Miró la portada orgulloso. Mereces ARDI era un lema que había tardado tres minutos en crear, aunque a su cliente le hubiese cobrado el equivalente a tres días.

Lo primero que le llamó la atención fue el olor. Desde luego, no olía a mierda. Carlos Arrieta hubiese pagado el sueldo de un año porque aquello oliese a mierda. No os imaginéis huevos pasados, no os imaginéis pescado de hace una semana, no os imaginéis una puta granja de cerdos. Aquello olía simple y llanamente a podrido. Carlos sacó el ambientador con aroma a lavanda que llevaba siempre en la cartera por si su chófer estaba ocupado y tenía que coger un taxi. Lo dejó sobre la cisterna y se puso una pinza para documentos en la nariz.

Y siguió descargando.

Cuando había leído ya la mitad de aquel libreto miró su opulento reloj. Marcaba las ocho y veinte. En los últimos minutos su esfínter no se había cerrado ni un solo segundo. Desde luego, la cantidad era tan poco normal como aquel olor que ni la lavanda podía enmascarar. Cerró su ano a la fuerza e intentó incorporarse, pero su sistema digestivo no estaba por la labor. Tuvo que tirar de la cisterna con el culo allí plantado, notando como el agua le salpicaba las nalgas, una sensación a menudo placentera que aquel día no lo era tanto.

A las nueve de la noche, el hilo musical dejó de funcionar. A aquellas horas ya no quedaba nadie en el edificio, aparte del vigilante de seguridad de la planta baja. A medida que Carlos Arrieta se iba vaciando por dentro, cada vez entendía menos aquel panfleto que tenía entre sus manos. No solo no estaba de acuerdo con lo que allí ponía. No lo había estado ni siquiera en el momento de redactarlo. Ahora ni siquiera comprendía aquellas palabras, y mucho menos las frases que formaban. Intentó levantarse de nuevo, y esta vez incluso llegó a abrocharse los pantalones. Pero tuvo que tirar de ellos tan fuerte que arrancó el botón de la cintura. Gracias a Dios que no me había abrochado el cinturón, pensó. Es carísimo.

La música empezó a sonar de nuevo. Los Beatles ya no tocaban para él, pero aquello no era un alivio. Ahora no hacían más que sonar sintonías políticas, canciones que él mismo había ayudado a componer. Y lo hacían mezcladas. La derecha con la izquierda, los extremos con el centro. Carlos Arrieta hubiera dado su sueldo de un año por poder quedarse sordo.

A las once de la noche estaba completamente desorientado. Una deposición así no era normal, ni siquiera cuando comes un menú del día en un bar de barrio, pensó Carlos. Se tocó la cara y le asustó notar perfectamente cada hueso. Sacó su teléfono y se sacó una foto. Ésta no la subiría a las redes sociales. La cara que le miraba desde la pantalla del móvil era tan blanca que la luz que desprendía le hacía daño en los ojos. Era horroroso. Cada hueso se marcaba en su rostro, los labios no eran más que una fina línea. Parecía…parecía un cadáver.

A las doce volvió a tirar de la cadena por décima vez. Cogió papel higiénico y se lo metió con fuerza en los oídos. Aún así, la música corporativa que no debería estar sonando seguía perforando sus tímpanos, clavándose en su cerebro, con la misma ferocidad con la que su estómago seguía vaciándose de contenido. Las paredes de contrachapado estaban cada vez más lejos. El mosaico absurdo del suelo parecía moverse ante sus ojos, cada vez más secos. Y aún quedaban seis horas para que llegase la primera persona a la oficina.

Carlos Arrieta decidió releer una vez más su panfleto, más por no pensar en lo que le estaba ocurriendo que por un interés real. Frente a sus ojos, las letras del lema de la portada empezaron a danzar.

 

Mereces ARDI

 

M                    a                      e                      r                      e         

            S                      i                       d                      r

                        C                                             e

 

E          r          e          s          m         i           e          r          d          a          c

 

Eres Mierda, C

El mensaje era muy claro. Y directo al público objetivo, además.  Eres Mierda, Carlos.

Entonces Carlos Arrieta entendió por fin lo que ocurría. El cuello de su camisa empezaba a resbalar por sus hombros. El reloj luchaba por escapar de su cada vez más delgada muñeca. Sus manos ya no podían soportar el escaso peso del panfleto, que resbaló hasta el suelo de azulejo. Carlos, ya sin fuerzas para soportar la fina piel que recubría sus huesos, se apoyó contra la cisterna y dejó que se vaciase todo su ser.

Las seis de la mañana. La primera persona en entrar a la oficina se pone su uniforme y se dirige al baño. Nada más abrir la puerta, a Doina, la mujer de la limpieza, le asalta una mezcla de ambientador a lavanda y el peor hedor que su nariz ha conocido jamás. Abre la puerta del retrete y se encuentra un traje de Armani en el suelo y una torre de mierda en el retrete. Putos ejecutivos, piensa Doina. No es la primera vez que se cagan fuera, pero destrozar de esa manera un traje tan caro…

Cuando termina de limpiar y sale del baño otro de esos ejecutivos choca con ella y, sin pedir siquiera disculpas, entra corriendo en la cabina del inodoro (ojala lo fuese, piensa Doina) y da un portazo. Se sorprende al oír la violencia con la que las heces golpean la porcelana y, con una mueca de asco, sale de allí.

En la puerta se empieza a formar una cola de más hombres trajeados y, al parecer, con mucha prisa por que llegue su turno. Será el café de la oficina, piensa Doina.

Hasta ahí, todo normal.

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Estaba a punto de irme a mi casa cuando vi pasar a todos aquellos coches por enfrente de la panadería. Primero pasaron dos coches negros, Mercedes Clase E. Después pasó otro igual, pero éste llevaba en la parte frontal dos banderitas, una de España y la otra del Imperio Romano. Fue éste el que se paró frente a mi tienda.

Del coche se bajó un hombre enorme con traje, gafas oscuras y pinganillo. Alguien cerró una persiana y el hombre sacó una pistola nervioso, mirando a su alrededor. Dios un paso hacia atrás y pisó unas hojas secas. El ruido le alarmó tanto que descerrajó un disparo a la acera. De repente, se cerraron todas las persianas de la calle. El hombre ya no sabía a donde apuntar. Su pinganillo sonó y el tipo guardó la pistola. Sacó un metro, midió el ancho de la acera y tocó en la ventanilla, que se bajó al instante. Le dijo algo al pasajero del asiento trasero y una sombra negó con la cabeza desde el interior. El coche dio marcha atrás y se subió a la acera. Se pegó tanto a mi puerta que apenas podía abrir la suya.

Del interior de aquel coche salió un joven con cara de niño que medía más o menos la mitad que sus guardaespaldas. Entró con tanta urgencia que el sensor de la puerta no se dio cuenta de su presencia. La primera imagen nítida que vi de aquel chaval fue la de su rostro estampado contra mi puerta de cristal. Le dijo algo a su guardaespaldas y volvió a entrar en el coche. El gorila entró en mi tienda.

– Tiene que desconectar ese sensor.

– Y una puta mierda. – le dije.

– ¿Pero usted sabe quién es mi cliente?

– Lo que se es que si quiere ser el mío va a tener que respetar mi sensor.

– Mi cliente odia los sensores.

– Pues quédese usted en la puerta para que se quede abierta.

El gorila comunicó la estrategia por su pinganillo y del coche empezaron a salir más gorilas. La imagen de aquellos forzudos entrando en mi tienda, cada uno acompañado del ding-dong correspondiente, era tan bizarra que no pude evitar la risa. Solo al llegar a la altura del mostrador, el grupo de guardaspaldas se separó y volvió a emerger entre ellos aquel joven con cara de niño.

– Quiero una chapata. – me dijo – Y un pastelito de arroz.

– Lo siento, a esta hora ya casi no nos queda nada. Puedes llevarte una barra de pan blanco si quieres.

– ¿Usted no sabe quién soy yo, no?

– Un cliente de los que llega justo a la hora de cerrar, supongo.

El chico empezó a reír. Miró a sus guardaespaldas, que empezaron a reír con él. De repente su rostro se tornó serio y gritó:

– ¡Soy Francisco Nicolás! Puedes llamarme Francisco, pero ni se te ocurra llamarme Nicolás.

– Bien, pues supongo que echas las presentaciones ya te puedes llevar tu barra de pan blanco.

– ¡Quiero una chapata! – y con un tono mucho más amable – Y un pastelito de arroz.

– Mira, Francisco…

– Ni se te ocurra decir Nicolás. – dijo uno de sus gorilas.

– Bueno, pues que no quedan chapatas. A estas horas solo quedan sobras. Las chapatas se terminaron como a las tres de la tarde.

– Señor, ¿usted cree que esa chapata es para mí?

Si hubiesen sido las tres de la tarde le hubiese mandado a tomar por culo, pero era jueves, a las ocho, no había liga ni champions y discutir con un joven con cara de niño era una perspectiva mucho más agradable que volver a casa con mi mujer. Así que le seguí la corriente.

– ¿No es para ti?

– No, señor, claro que no. Yo soy un simple testaferro.

– ¿Y quién es tan importante para que le tenga que conseguir una chapata a las ocho de la tarde?

– No olvide el pastelito de arroz.

– Eso, y el pastelito.

– ¿Le parece importante…- el chico hizo una pausa tan dramática que uno de los guardaespaldas salió llorando de la tienda. – …el rey de España?

– ¿Te tengo que decir lo que pienso o lo que quieres oír?

– No me importa en realidad. Quiero esa chapata.

– Pues chapata no me queda, pero siendo para quién es te puedo ofrecer este pan sin sal.

Le hizo un gesto con la cabeza a uno de sus gorilas, que sacó una balleta y limpió el mostrador. Cuando hubo terminado y se aseguró de que estaba limpio, el tal Francisco golpeó con todas sus fuerzas – que tampoco eran muchas – el cristal.

– ¡Lo que quiero es una maldita chapata! ¿Usted es panadero, no?

– Pues dentro de cinco minutos ya no. En un rato seré un panadero fuera del horario laboral. Así que olvídate de esa chapata.

El chaval empezó a canturrear la Cabalgata de las Valkyrias y sacó el móvil del bolsillo. Supuse que quería impresionarme, y me lo confirmó el hecho de que se refiriese a su interlocutor como “Su Altísima Majestad”. Colgó y me dijo:

– No quiere pan blanco. Más le vale hacer lo que le digo. Tengo contactos en las más altas esferas.

La situación empezaba a cabrearme. A esas alturas ya tenía ganas hasta de volver a casa con mi mujer.

– Mira, chaval. Tienes dos opciones. O te llevas el pan que tengo o no te llevas nada.

– Me voy a llevar una chapata.

– Te vas a llevar una hostia.

Los guardaespaldas sacaron sus armas y me apuntaron todos a la vez.

– Tiene usted dos opciones. O me consigue una chapata o alguno de mis jefes, y no se cual es el más malvado, terminará con su vida.

– Te hago una contraoferta. Como no tengo chapata, te regalo el pan blanco. Y el pastelillo de arroz te lo dejo a mitad de precio.

El chico me sonrió y le dijo a sus gorilas:

– Muchachos: Terminad con él.

Los gorilas amartillaron sus pistolas y me temí lo peor. Como panadero, jamás pensé que moriría por no tener una chapata. Pero cuando todo parecía perdido, cuando empezaba a ver mi vida pasar ante mis ojos, aquel sonido me salvó.

Ding-dong.

El pequeño Nicolás torció su gesto en una mueca de auténtico terror. Se quedó encogido en una esquina, junto a la puerta, mientras el sensor seguía sonando. Se balanceaba adelante y atrás como si fuese un péndulo hiperactivo. Los gorilas, confundidos, dejaron de apuntarme. Yo me acerqué y me arrodillé a su lado.

– ¿Qué pasa chaval? ¿Tienes miedo de que se enfaden tus jefes?

– El sensor…el sensor…

– ¿Qué le pasa al sensor?

– Odio los sensores. – dijo sin dejar de balancearse – Los sensores me hacen parecer una persona normal. Yo no quiero ser normal.

– Pues tranquilo, chico. Puedes estar seguro de que no lo eres. No todo el mundo tiene contactos en las altas esferas.

Se levantó y estalló en gritos.

– ¡No era verdad! ¡No soy el testaferro de nadie! ¡Ni siquiera me gustan las chapatas! ¡Solo he pedido chapata para hacerme el duro!

Y siguió sollozando.

– Tranquilo, chico, tranquilo. Toma, tu pastelillo de arroz. A éste invito yo.

Al chico se le iluminaron los ojos y empezó a masticarlo con ansiedad.

– Relájate, Francisco.

– Llámame Nicolás. – me rogó.

– Relájate, pequeño Nicolás.

– ¿Pero es que no lo entiende? Si no puedo convencer a un panadero, ni siquiera con todo este despliegue, de que soy una persona importante…¿A quién voy a convencer?

No tuve ni que pensarlo.

– ¿Has probado con los políticos?

El chico dejó de masticar y me miró a los ojos. Jamás olvidaré la sonrisa en su cara. Se arregló el traje y salió de la tienda con aire aún más resuelto del que tenía al entrar. Cuando el sensor hizo su ding-dong, el chico lo miró con todo el desprecio que se puede mirar a un sensor.

Cuando le detuvieron y empezó a hacerse famoso la policía vino a interrogarme. Me dijeron que había confesado el incidente y me preguntaron por mi opinión sobre el chaval. Me eché a reír y les dije:

– Solo era un chico que quería su pastelillo de arroz.

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