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1422546006_152622_1422546711_noticia_normalYo trabajo en la Calle Particular de Costa. La Calle, al estar en el centro de Bilbao, no se puede considerar de Costa, pero desde luego sí que es muy Particular.

Puedes encontrar desde un tatami de kárate a una casa donde vive un grupo de transexuales latinas a las que les gusta mucho mirar por la ventana. Muy educadas, por cierto, siempre sujetan la puerta del ascensor. Hay incluso una sauna gay de la que en cualquier momento puede salir un grupo de seis perros, tan pequeños como hiperactivos y ruidosos, y correr hacia ti solo para demostrarte que esta calle es más suya que tuya. Muy educados, por cierto, siempre hacen cola para mear en el mismo pivote de la calle. Hay gimnasios (muy concurridos por hombres gigantescos y mujeres de mediana edad), talleres de electrónica (muy ruidosos) y una clínica dental. Hay un portero al que no le gusta mucho hablar, pero que tiene un amigo que viene cada día a las 17.30 al que le encanta hacerlo, ya sea sobre Aduriz o sobre la necesidad de que el propio portero, Fernando, empiece de una vez a ver The Wire.

Mi rutina es todos los días la misma. Me compro un café (solo, con un azucarillo, con hielos y para llevar) en un local frente al callejón (porque la Calle Particular de Costa solo tiene una entrada, por lo que nunca nadie está de paso), me lío un cigarrillo y camino hasta mi portal (hasta hoy, el número 12) para terminar de fumármelo frente a este y subir a mi oficina. Mi rutina, como la tuya, es todos los días lo mismo. Pero hay días que aparece alguien y te rompe esa rutina. A mí me ha ocurrido hoy, el día 31 de Octubre, la víspera del Día de los Muertos.

Como cada día, bebía mi café y fumaba mi cigarro en la puerta de mi edificio. Éste es un proceso que hago semidormido, porque el café aún no ha hecho efecto y tiendo a dormir pocas horas. Casi nunca interactúo con nadie, a excepción Fernando, al que siempre saludo con la cabeza.

Esta mañana, mientras fumaba mi cigarro después de pedir mi café (hoy con dos azucarillos) y de saludad a Fernando, alguien me ha llamado desde mi espalda.

  • Oye, perdona – me ha dicho – ¿éste es el portal 12 – 14?

Me he girado y lo que he visto es a un anciano tuerto. No tuerto de los que se ponen un ojo de cristal o tuerto de los que conservan el ojo pero no pueden ver por él, no. Tuerto de los que directamente no tienen ojo, tuerto de los que no les importa que tú sepas que son tuertos.

  • El 12. – le he contestado – este es el portal 12.
  • Ahí pone 12 – 14. – me ha dicho, señalando al cartel que corona el portal, en el que efectivamente se puede leer Portal 12 – 14.
  • Bueno, sí, el 12 – 14, vale.

Mientras le contestaba, inconscientemente, he mirado la mano con la que señalaba al cartel. Era una mano que consistía, únicamente, de una palma y un dedo. Al no tener los demás alrededor para orientarme no puedo estar seguro, pero juraría que era el pulgar. Por la composición de la mano (solo un dedo, con una especie de agujero en su base que hacía que el pulgar pareciese largo como un índice) me ha hecho gracia pensar que la única función posible para dicho dedo único es la de señalar. He llegado a pensar que el hombre solo había ido hasta allí para que yo viese su dedo de señalar. El hombre ha seguido hablando.

  • Claro, – me ha dicho – supongo que este es el 12 y el 14 está más hacia delante.

Como ya he dicho, la Calle Particular de Costa es un callejón sin salida. Mi portal es literalmente el último de la calle en el lado de los pares.

  • Eso es imposible. – le he contestado – Este es el último portal. No hay más portales hacia delante.
  • Aquí antes había una cooperativa farmaceútica. – me ha dicho.

Yo señalaba la evidencia, el hombre me contestaba con una evasiva (una extraña, además, nadie había utilizado nunca la fórmula “cooperativa farmaceútica” para evadir el hecho de que no tiene razón). La situación tomaba tintes extraños y yo solo quería terminar con ella.

  • ¿Que está buscando? ¿Puedo ayudarle? – le he preguntado mientras miraba los carteles del interior del portal a ver si encontraba uno que dijera “cooperativa farmaceútica”.
  • No, no te preocupes. Solo he venido porque me han dicho que aquí está el portal 12 – 14.
  • ¿Cómo?

Mi cigarro cada vez estaba más consumido, yo cada vez estaba más confundido.

  • Por aquí hay también un gimnasio, ¿no?
  • Sí – le contesto señalando al edificio de enfrente. – Esta ahí.
  • Vaya. Así que este es el portal 12 – 14. ¿Sabes por qué se llama así?

Mientras pensaba en como huir de la conversación vi la respuesta en la oficina del bajo junto a mi portal.

  • Mire – le he dicho señalando la puerta del bajo – Aquí hay un bajo. Es un coworking. Seguro que este es el 14.
  • No, no. – me ha dicho muy seguro – El 14  tiene que estar hacia allí – ha señalado al final de la calle. – Ahí delante.
  • Pero este es el último portal. Quiero decir, no existe un portal más hacia delante que este.
  • Entonces supongo que sí.
  • ¿Que sí qué?
  • Que este portal es el 12 – 14.
  • Bueno, para mí es el portal 12. La verdad es que nunca me había planteado por qué pone 12 – 14.
  • Ya.

El cigarro se ha consumido hace ya un par de minutos y quiero subir a mi oficina. No para trabajar, que también, sino para huir del hombre tuerto y de la situación extraña que está creando nada más empezar la jornada.

  • ¿Está buscando algo en concreto? Porque puedo ayudarle, si quiere.
  • El portal 12 – 14. – ha dicho como para sí mismo.
  • Puedo preguntarle al portero también.
  • Claro, porque esto es el final de la calle, los número empiezan al principio. – y ha empezado a señalar los portales – El 2, el 4, el 6, el 8, el 10 y el 12 – 14.
  • Supongo, sí.
  • Aunque el 14 igual está mas hacia delante.

Aquí me he tenido que rendir.

  • Supongo que sí.
  • Bueno, – me ha señalado con su dedo de señalar – no te entretengo más. Muchas gracias, ¿eh?

Y se ha marchado. Sí, el hombre tuerto tanto de ojos como de dedos se ha ido y ya está. Así acaba la historia. Mi profesor en esto de escribir, Pedro, me diría que esto no es una historia, porque no tiene progresión, no tiene giros, es una mera anécdota.

Pero yo creo que sí lo es. Porque el personaje principal, osea yo, ha sufrido un arco de transformación, ha cambiado. ¿En qué? Bueno, cuando he pedido mi café y he liado mi cigarro me he dirigido, sin duda alguna además, al portal número 12. Y ahora dudo de si estoy en el 12, en el 12 – 14, o si el 14 en realidad está más hacia delante y yo no lo puedo ver porque aún conservo mis dos ojos y mis diez dedos, y por tanto no estoy preparado para ver nada más de lo que se ve a simple vista.

Quien sabe. Puede que, siendo hoy día 31 de Octubre, ese hombre no solo sea tuerto. Puede que haya venido a avisarme de algo. O incluso peor. Puede que a lo mejor ni siquiera esté escribiendo esto y solo sea una trabajador de una cooperativa farmaceútica.

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El final de los fuegos del último sábado de Aste Nagusi me pilla meando. En el baño no había demasiada cola, pero yo soy más de mear en la ría. Para mí es como pasar a formar parte de Bilbao, como inyectar una dosis de Alonso Iturriaga directamente en las arterias de mi ciudad.

De repente, empieza a sonar. Marijaia. Miro hacia la txosna y veo la reacción que esta canción sigue causando en la gente después de 8 días. Todos bailan, gritan y los de cerca de la barra se pelean por un sitio donde alojar su codo después del impass de los fuegos, durante el cual las txosnas han permanecido trágicamente cerradas. Sin poder evitarlo, me doy cuenta de que estoy llorando. La felicidad ajena me ha contagiado como la más implacable de las enfermedades venéreas.  Joder, ya ni me acuerdo de mi colega Txiki, al que he perdido hace una hora y al que seguro que no volveré a ver hasta que suene alguna canción de Gatibu. Pero me alegro de estar solo, sí, así puedo llorar agus…

  • ¡Hostia, Alonso! Espera, ¿estás llorando?

Ella. Otra vez. Me seco las lágrimas con el mono de peluche que me he comprado hace media hora, el tercero esta semana. Todos han terminado causando baja antes de llegar a mi casa. Al presionar el mono contra mi cara, sus ojos se iluminan de rojo y el animal, que debería estar muerto, porque todos los peluches lo están, empieza a gritarme con todas sus fuerzas al oído. Lo dejo caer, se sumerje en un charco marrón que no puede ser de lluvia porque no ha llovido. Las lágrimas vuelven a aparecer mientras veo como mi mejor amigo de los últimos minutos se sumerje para siempre en esa mezcla de kalimotxo, pis y vómito colaborativo.

  • ¡Alonso! ¿No te acuerdas de mí?

Intento ocultar la sorpresa porque Mercedes me haya reconocido después de tanto tiempo y el terror que invade a cualquier vasco cuando una mujer se acerca a él.

  • ¡Joder, claro! Tú eres Mercedes. Nos conocimos tal día como hoy hace dos años.
  • Siento lo de tu mono.
  • En todas las guerras tiene que haber mártires.
  • Bueno, ¿y qué? ¿como van las jaias? ¿Todavía no te ha vomitado nadie en los pies?
  • La noche es joven.
  • ¿Y qué hacías llorando? ¿Se te ha acabado el patxarán?
  • Bah, ya no bebo patxarán. Me he pasado al Gin Tonic.
  • ¿Para hacerte el moderno?
  • Para no cagarme encima.

Le cuento que en días anteriores la ingesta de Kalimotxo y Patxarán a discreción me había causado una galerna estomacal y el otro día desaté un huracán en un baño portátil. Me mira a los ojos y me pregunta si me he drogado. Le digo que claro.  Me veo obligado a interrumpirle antes de que termine su charla sobre las contraindicaciones de la anfetamina, le tranquilizo diciéndole que me he limitado al Ibuprofeno, el Omeprazol y un Fortasec de vez en cuando. Me pregunta si voy a salir hoy, le hago ver lo ridículo de preguntarle algo así a alguien que ya está en la calle. Se hace la ofendida, me hago el arrepentido. Me dice que le parecía más sexy cuando llevaba falda de arrantzale. Le digo que con la ola de calor que ha asolado Bilbao durante la última semana me he puesto un bañador, más rollito Bilbao Tropical.  Ella levanta su falda y me enseña los pololos y le digo que si estuviéramos en el Siglo XIX ahora mismo estaría muy cachondo. Me pregunta si no lo estoy en el Siglo XXI. No contesto porque no se mentir y la verdad a veces puede resultar ofensiva. Además, acaba de pasar un tío a mi lado con dos chupitos de Jagger y solo el olor ya me ha dado ganas de potar. Empieza a sonar Gatibu y Mercedes tira de mis brazos obligándome a dar txiribueltas.

Las txiribueltas son divertidas. Pero también son arriesgadas. En uno de sus giros Mercedes está a punto de tirarle a un tipo de unos dos metros su reluciente katxi de cerveza por encima. Yo le pido perdón, el tío me hace un corte de mangas. Mercedes le pide perdón, el tío le manda un beso, Mercedes le manda a la mierda. De repente, como siempre que suena esta puta canción, aparece Txiki. No aparece normal, no. Aparece golpeandome con su rodilla en el muslo, lo que en mi barrio se llama un Charlie y en otros se conoce como calmante o bocadillo. Reboto contra Mercedes y acabo golpeándome contra el tipo del katxi. El contenido del katxi pasa directamente a formar parte de la camisa de cuadros del amigo, que me agarra de la pechera y levanta el puño para golpearme. Txiki le placa y caen juntos al charco de kalimotxo, pis y vómito colaborativo. Él, que me había condenado, es también quien me salva la vida. Le miro a los ojos. No se que habrá estado tomando, pero su antiguo iris verde ahora ha sido completamente conquistado por sus pupilas desde el jueves. Mientras me pregunto si alguna vez volverá a tener iris, Mercedes tira de mí hacia el interior de la txosna. Txiki se despide con la mano, empieza a exhibir una sonrisa monstruosa y trata de hacerle aguadillas al gigante mientras un corro de gente empieza a rodearle haciéndome perderle de vista.

  • ¿Por qué tus colegas son siempre tan subnormales? – me pregunta ella.
  • Porque los que eran normales ya no me hablan. – le contesto.
  • ¿Te apetece un Gin Tonic? Yo un Ron Cola ya me tomaba.
  • Venga, va. Te invito.
  • ¿A un cubata? Menudo ricachón el Alonso Iturriaga.
  • Es lo que tiene jugar en el Athletic.
  • ¿Tú juegas en el Athletic?
  • No. Pero algún día jugaré.
  • ¿Cuantos años tienes?
  • 28.
  • Jajajaja. ¿Y aún tienes esperanzas de jugar en el Athletic?
  • Bueno, tú aún tienes esperanzas de que te pague un cubata.

Me pega un puñetazo en el brazo y se lo devuelvo. Me he pasado, me da otro. Se ha pasado, se me duerme el brazo. Le pego con el otro y se ríe de la poca fuerza que tengo en el brazo izquierdo. Me dice que vayamos hasta la barra.

Le digo que me siga, la verdad es que me muevo bastante bien en este tipo de barullos. Cuando no tenía vergüenza fingía que iba a vomitar para que la gente me hiciera pasillo. Ahora que he desarrollado un poco ese defecto que la sociedad tiene por virtud me veo obligado a ser más disimulado. Mi técnica es simple, Arquímedes style. Camino de perfil hasta que me veo bloqueado. Cuando eso ocurre, simplemente me limito a girar sobre mi propio eje. Mi cuerpo hace de palanca, apartando a la gente a ambos lados, y empiezo a caminar sobre mi otro perfil hasta que el problema reaparece, momento en el cual vuelvo a girar. Desde luego, es mucho más fácil cuando estás gordo. Y yo lo estoy.

Llego a la barra en tres minutos, es mi record personal. Mientras busco un hueco, una mano tira de mí. Es ella, me dice que ha llegado hace un minuto. Estoy empezando a admirarla tanto que va a dejar de ponerme cachondo. Me veo obligado a beber.

Ella llama la atención del camarero, va a pedir los cubatas. Me adelanto, quiero impresionarla con mi conocimiento de Aste Nagusi. Le pido al camarero dos güitos  y que nos eche un par de hielitos en cada vaso. Le explico a Mercedes que los güitos cuestan la mitad y es casi la misma cantidad. El camarero me interrumpe. Me dice que no sabe lo que es un güito y me veo obligado a explicárselo. Mercedes no puede aguantarse la risa. Cuando terminamos con el trámite, empezamos a hablar de nuevo.

  • Tengo un problema. – me sincero con ella.
  • Estoy aquí para escucharte. Hasta que tenga algo mejor que hacer, claro.
  • Verás: estoy empezando a admirarte tanto como compañera de fiesta que temo que se me pasen las ganas de querer follar contigo. ¿Te molesta que te diga que quiero follar contigo? ¿Te parece machista?
  • No lo es si yo también quiero follar contigo.
  • Vaya. ¿Y quieres?

La Bicicleta nos interrumpe. No puedo resistirme a La Bicicleta. Los ritmos latinos se apoderan de mis caderas sin remedio mientras Mercedes coge mis manos y las lleva hacia las suyas, limitándose a contestarme con una sonrisa. Nuestras caras se acercan. Dos años después, parece que por fin va a ocurrir. Cierro los ojos, abro la boca.

De repente, un sabor metálico inunda mi paladar. Abro los ojos, veo chiribitas de purpurina. Veo a Txiki, la camiseta blanca ahora es marrón, los pantalones vaqueros tienen pegado un trozo de pan mojado de, seguramente, pis. Tiene sangre en el labio inferior y un ojo medio cerrado y morado. Acaba de soplarme un puñado de purpurina directamente en la boca. Le digo que es un hijo de puta, que ahora tengo la boca llena de purpurina. Me dice que no va a parar hasta que tenga llena el alma. Quiero acercarme a la barra a pedir un katxi de agua, un txupito de Fairy y un estropajo de los que hacen daño.

  • Si prefieres te dejo que vayas a limpiarte a mi casa. Vivo ahí mismo, en Bidebarrieta.
  • No deberías habérmelo dicho. Ahora podría ir a acosarte.
  • No es acoso si quiero que vengas.

Txiki vuelve a interrumpirnos. Quiere que vayamos a Pinpilinpauxa, que es el nuevo Moskotarrak. Mercedes dice que vayamos mejor a Komantxe, que es el nuevo Kaskagorri. Yo no se que hacer, joder, ¿qué harías tú?

Vuelve a sonar Marijaia, la única canción del mundo que puede sonar 300 veces sin dejar de ser un temazo. Las lágrimas vuelven a escaparse de mis ojos. Soy tan feliz que tengo ganas de vomitar. Se lo digo a Mercedes.

Mercedes me sonríe y empieza a dar txiribueltas.

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Tengo tres opciones para llegar a mi oficina. Una es andando, decisión que tomo muy poco a menudo porque es incompatible con mi pereza crónica. La segunda es en metro, que me deja como a cinco minutos del estudio. La tercera es el Bilbobus 18, San Ignacio-Zorroza, que me deja en la puerta del curro. Supongo que a estas alturas ya te puedes imaginar cual es mi medio de transporte favorito. Si tienes dudas, piensa en mi pereza crónica.

El otro día cogí el 18 y, como cada día que lo cojo, empecé a liarme un cigarrillo nada más sentarme en los asientos de cuatro plazas. Siempre que están libres me siento allí, ya que por mi apariencia de vagabundo maloliente (solo la apariencia, puedo ser un vagabundo pero me ducho cada día) nadie suele sentarme a mi lado. Esto me proporciona confort, un espacio para estirar las piernas y un punto de vista privilegiado del resto del autobús.

Mientras me liaba el cigarrillo, concentrado en vencer el temblor de mis manos para hacer el mejor trabajo posible, debió entrar ÉL. Yo no lo vi pasar, pero se sentó justo detrás mío. Iba con una chica, a la que no llamaremos ELLA ya que, a falta de nombres mejores, prefiero que ese se lo lleve la otra protagonista de esta historia. Llamémosle Acompañante.

Cuando salí de mi trance nicotinoso empecé a estirar la oreja para prácticar uno de mis deportes favoritos: asistir a entierros a los que nadie me ha dado vela. Tengo un talento bastante increíble para escuchar conversaciones a las que nadie me ha invitado, seleccionar la más interesante y aprender un poco más de las vidas de personas a las que no volveré a ver jamás. Ese día me centré en ÉL. ÉL tiene una voz rota, como si hubiera fumado dos paquetes de tabaco al día desde que tenía dos años hasta que cumplió sesenta. De hecho, en un momento dado, su Acompañante le preguntó:

  • Oye, ¿y esa voz? ¿No has pensado en ir a mirártelo o algo?

A lo que ÉL, con toda la calma, le contestó:

  • Ya te digo. He pensado que puedo tener cáncer.

En ese momento, su Acompañante sacó esa oncóloga que todos llevamos dentro y le realizó un diagnóstico realmente tranquilizador:

  • Bah, no creo, tranquilo. Yo no te he notado ningún bulto.

¡Yo no te he notado ningún bulto! Años y años de investigación para tratar el cáncer y la Acompañante de este señor ya ha desarrollado un método infalible y, además, tremendamente barato, para realizar un diagnóstico. A la espera de ponerse en contacto con el  Hospital de Houston para hacerles llegar sus avances, todavía tuvo tiempo para inventar una cura, que supongo igual de infalible:

  • De todas maneras, toma, creo que tengo un caramelo.

Bueno, ya estaba hecho. Esta pareja es peculiar. Y a mí la palabra peculiar me atrae tanto como las palabras tetona ignorante a un tronista. De todas maneras, para redondear, al llegar a Deusto se subieron unos cuantos negros. En ese momento, ÉL no pudo reprimirse:

  • Joder, esto está siempre lleno de putos negros.

No le juzguéis. Alguien que cree que puede curar el cáncer con un caramelo no puede ser racista, ni xenófobo, ni nada parecido. Solo puede ser idiota, y eso le exime del resto de defectos. Tenía que mirarle. Tiré el cigarro al suelo y me agaché a recogerlo. Ahí le ví. Gafas tan gruesas como su ignorancia, chaqueta vieja, rostro marcado por una explosión de viruela que debió tener lugar hace tantos años como los que lleva fumando. Un personaje de alta calidad. Pero esto no había hecho más que empezar.

En la siguiente parada subió una señora. O una chica. Yo que se. ¿Edad? Entre 30 y 60. ¿Pinta? Parte de arriba de un chándal rosa y parte de abajo de un chándal marrón. Su cara exhibía varias rojeces propias de una enfermedad que, si bien no parecía grave, si era bastante fea. Estaba además en pleno proceso de engorde. Era de estas personas a las que la boca empieza a desaparecerles entre los carrilos y la papada. Juraría que cuando salí del autobús su boca ya era más pequeña que cuando entró. Todo eso y un teléfono. Obviamente, esta mujer se merecía el nombre de ELLA.

Sorprendentemente, decidió sentarse delante del vagabundo maloliente que aparento ser. Por mi genial, así podía escuchar su conversación al teléfono. Aunque de hecho, podría haberla escuchado desde cualquier parte del autobús. Juraría que no hablaba con nadie, que el teléfono era una mera excusa para que el resto del 18 estuviese al tanto del gran problema, causado por una aún mayor injusticia, que estaba pasando. Y es que vaya problema.

  • Pues sí, chica, sí, lo que oye. Cuatro meses llevamos ya con el retrete jodido. Y es que no se puede, no se puede vivir sin retrete. Además el casero nos da largas, y el del seguro dice que nanai. Y yo llamo a mi abogada, y le digo que tenemos que denunciar, pero ella me dice que nah, que mejor que esperemos un poco más. Yo creo que me da largas también.

No me lo podía creer. ¿Cuatro meses sin retrete? ¿Y qué hace? ¿Va a cagar donde la vecina?

Quiero dejar claro que yo sólo lo pensé. Pero claro, ELLA y yo no estábamos sólos en el autobús. Ni siquiera estamos solos en esta historia. ¿Os habíais olvidado de Él? Pues ÉL no se iba a limitar con pensarlo.

  • Oye, chica, perdona.
  • Que sí, que sí, que ya se yo que no puede ser, si es lo que digo yo, pero la abogada…
  • ¡Oye! Oye, chica, tú, la del teléfono, perdona.
  • Espera – tapó el auricular del teléfono – ¿Qué pasa?
  • ¿Dices que llevas cuatro meses sin que te funcione el baño?
  • Pues sí, señor, ya ve.
  • Vaya. ¿Y a cagar dónde vas, donde la vecina?

Como os podréis imaginar, perdí todo contacto visual en este momento. Es muy difícil tratar de aguantarse la risa cuando oyes algo así, y cuando ves la cara que se le quedó a ELLA al oír la pregunta de ÉL. Me pasé el resto del viaje mirando por la ventana, con la parte inferior de la mandíbula temblando y amenazando con estallar en una carcajada en cualquier momento.

Durante el resto del camino, ELLA siguió contando por teléfono la “retrete situation” mientras recibía constantemente consejos de ÉL, tanto en el terreno de lo legal, como de lo moral, y si me apuras incluso alguna referencia religiosa. La Acompañante no volvió a hablar, y yo me tuve que bajar dos paradas antes para poder reírme un rato agusto.

Así que eso os digo. Que no vuelve a coger el metro en mi puta vida.

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Siempre que tengo que imprimir algo voy a la misma copistería. No es especialmente barata (más bien especialmente cara), ni tampoco tardan especialmente poco en atenderte (alguna vez he tardado menos en salir de Urgencias de lo que se tarda en salir de esta copistería). Pero tiene algo que no tiene ninguna otra: El Señor de la Copistería.

El hombre, que tendrá entre 60 y 70 años, se hace llamar “El Melenas” porque, siempre según él mismo dice, es “el disfrute de las viejas y el terror de las nenas”. Como os podéis imaginar, ni siquiera tiene melena. El negocio lo llevan entre él y su hijo, y es una de esas tiendas de Indautxu que funcionan como un DeLorean: tú entras y de repente estás en los años 50. Notas manuscritas clavadas en un corcho, libros de los que tienen las páginas amarillas y desprenden ese dulce olor a moho de los libros viejos, una vitrina con archivadores que pasaron de moda cuando Steve Urkel ni siquiera lo estaba aún, un mostrador hecho a partir de la madera de unos árboles que murieron hace medio siglo, cajas misteriosas detrás del mostrador…

Si voy siempre a intercambiar mi dinero por su tinta a su tienda es por él. Si tienes suerte puede que saque su boquilla de corneta (“es que he perdido el resto de la corneta”) y te toque la Marcha Triunfal de Aida. Otros días puede sentirse más juguetón y dirigirse directamente a tí con la frase “Tú, que eres gordo como yo”. Eso sí, jamás le encontrarás un sábado. Dice que tiene una amiguita con la que se pasa el fin de semana follando y por eso nunca abre. Su hijo, al parecer, y siempre según sus palabras, es amiguito de la hija de su amiguita, por lo que tampoco puede abrir. Si tienes un encargo urgente, tendrás que esperar hasta el lunes. Eso siempre que no le pilles en pleno rodaje de una película porno, de las que él clama que es una estrella. ¿Su nombre de pornstar? El Melenas, claro.

Ésta mañana, antes de ir a la oficina, he pasado por allí. Mi colega el Dimi tiene una impresora en la oficina y ayer compró tinta, así que en el fondo también podría haber imprimido directamente aquí. Pero me apetecía meterme en el DeLorean.

Cuando me estaba acercando me ha adelantado con mucha prisa un repartidor de propaganda de los que siempre tienen prisa, el buzoneo, ya sabéis, es un trabajo que se hace tan largo como lento sea el buzoneador. Éste parecía de los rápidos.

Se ha parado en el portal inmediatamente al lado del de la copistería. Cuando me estaba acercando a la puerta he oído la voz de El Melenas saliendo desde dentro de su máquina del tiempo.

– ¡Eh! – le ha dicho – Oye, tú, si, tú, el de los folletos. – ha insistido.

– ¿A mí me dice? – le ha contestado el hombre.

– ¿Tú repartes folletos, no? ¡Pues claro que te lo digo a tí!

– Dígame.

– Ven, hombre, pero pasa, pasa que te quiero preguntar.

A éstas alturas, yo ya estaba dentro de la tienda. Siempre guardo el pendrive en la funda del ordenador, así que para sacarlo tengo que sacar antes la funda, abrirla, buscar el pen y dárselo. Podría llevarlo en el bolsillo, sí. Pero me gusta dejarle unos segundos de libertal al Melenas antes de ir a lo que es el puro negocio, que es la parte secundaria de mis visitas. Detrás de mí ha entrado el hombre del buzoneo, y la conversación ha seguido de la siguiente manera.

– ¿Qué quieres, chico?

– Imprimir un documento. Espera que busco el pen.

– Oye, tú – le ha dicho al repartidor – ¿Qué estás repartiendo?

– Pues…folletos. Reparto folletos.

– Sí, claro que repartes folletos, ya veo que repartes folletos. Pero, ¿de qué son los folletos?

– De una residencia de ancianos.

– ¿Me das uno?

– Hombre, usted todavía parece joven para una residencia de ancianos.

– ¡Pues claro que soy joven! – se ríe – ¡Si soy actor porno!

– Si no le importa, voy a seguir.

– Espera, espera, ven aquí. Dame un folleto.

– Señor, no puedo darle folletos, tengo que meterlos en los buzones.

– ¿Y quién os hace los folletos?

– No tengo ni idea, señor, yo sólo los reparto.

– Aquí hacemos folletos para diez residencias de ancianos por lo menos.

Aquí se ha producido un silencio, al parecer, al repartidor no le interesaba demasiado éste dato. Durante toda la escena ha mantenido su carrito fuera de la tienda, bien agarrado, como diciéndole al señor que no se iba a quedar mucho tiempo con él, que tenía prisa. Pero El Melenas nunca tiene prisa.

– Hacemos para una que hay ahí en Miribilla, y tenemos también de otra  – sacando folletos de sus cajones – , pero estos son muy feos. Los tenemos más bonitos también. Eso ya es más cosa de la residencia que nuestra. Nosotros hacemos lo que nos piden eh, que si vosotros queréis unos folletos bien feos para vuestra residencia os los podemos hacer también.

– Yo no trabajo para la residencia. Trabajo para la empresa de buzoneo.

– ¡Anda! Pues a ellos les podemos hacer los folletos también.

En este punto, una vez entregado el pen, siempre salgo a comprar el café durante los minutos que puede tardar el proceso de impresión. Hoy no le he avisado, porque tenía poco suelto y si se entera que voy a por café me pide que le invite a uno. Así que simplemente he salido.

– ¡Espera! ¡Oye, chaval! ¿Qué documento es?

– El único que hay en la carpeta Imprimir.

Y he vuelto a salir.

– ¡Espera! ¡Oye chaval! ¿Blanco y negro o color?

– Es solo texto, blanco y negro. – he dicho asomando la cabeza para volver a salir una vez más.

– ¡Espera! ¡Oye chaval! ¿Por una cara o por las dos?

– Por una cara. – he dicho metiendo la cabeza por última vez. Después, he salido, y el repartidor ha intentado hacer lo mismo. Pero el Melenas le ha informado de que aún no había terminado de hacerle preguntas y el ha resoplado un vale que no se si era más cansado o divertido.

Cuando he vuelto con el café, allí seguía.

– Pues ya te digo – le decía El Melenas – nosotros hacemos todo tipo de folletos. Lo que quieras.

– Yo sólo reparto, señor.

– ¿Y no me dejas ver como son?

– Ya le digo que no me dejan andar regalándonos por ahí. Pero bueno, si quiere uno.

En ese momento El Melenas se ha dado cuenta de su triunfo, se ha girado y se ha dirigido a la parte trasera de la tienda. Antes de desaparecer, con una sonrisa, se ha girado y le ha dicho.

– Nada, nada, llévatelo. Si algo me sobra a mí son folletos de residencias de ancianos.

El buzoneador, que no podía parar de alucinar, ha salido de la tienda con los ojos abiertos como platos y se ha ido. Juraría que incluso se ha olvidado de entrar en el portal de al lado.

A mí me ha atendido su hijo y, antes de irme, El Melenas ha vuelto a salir.

– Oye, ¿cómo te llamas? – me ha preguntado por vigésima vez desde que entré la primera.

– David.

– David, ¿te importaría hacerme un favor?

– Pues depende del favor.

– Es que te veo ahí, con un moño como el de la castañera de mi barrio, y tengo curiosidad. Suétate el pelo.

– Bufff, que va tío, que luego se me queda todo mondongo.

– Si te sueltas el pelo, la próxima vez que vengas te lo llevas todo de balde.

– Entonces, si no te importa, voy a esperar a hacerlo hasta que tenga algo muy gordo que imprimir. Si me saco 120 páginas gratis pues mejor que 10, ¿no?

– Tienes razón. – me ha tendido la mano – Hasta luego, amigo.

– Hasta luego, buen día Melenas.

– Seguro que lo es. Luego tengo un rodaje porno…

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“Después, se nos hizo tarde. Los dos teníamos que irnos, pero fue magnífico ver a Annie otra vez, ¿verdad? Comprendí que era una persona estupenda y, y lo agradable que había sido conocerla y…y me acordé de aquel viejo chiste, ya saben, el del tipo que va a ver al psiquiatra y le dice: “Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree una gallina.” Y el médico le contesta: “Bueno, ¿y por qué no hace que lo encierren?”. Y el tipo le replica: “Lo haría, pero es que necesito los huevos” En fin, yo creo que eso expresa muy bien lo que siento acerca de las relaciones entre las personas. ¿Saben? Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas y… pero, ah, creo que las seguimos manteniendo porque, ah, la mayor parte de nosotros necesitamos los huevos.”

El cine es un medio que, por su corta historia, ha pecado en muchas ocasiones de utilizar recursos de otras artes, como el diálogo teatral o la voz en off introspectiva de la literatura, en vez de apostar por la creación de un lenguaje propio. Precisamente Woody Allen suele pecar de esto, aunque con divertidos resultados. Pero en este caso, el plano final de Annie Hall, Woody nos dice: Hago eso porque me gusta así, pero ojo, que yo sé hacer cine. Y esto no lo dice de palabra, con su típica voz entrecortada y un monólogo divertido, no. Nos lo dice sin una palabra, utilizando el más puro lenguaje audiovisual.

Para analizar el cine, como cualquier obra de cualquier arte, hay que tener en cuenta que los elementos que aparecen en la imagen han tenido que ser dispuestos voluntariamente ante la cámara. Se podría hacer el símil con el folio en blanco de un escritor o la roca maciza que trabaja el escultor. Al principio no hay nada. Todo es creado. Esto, que puede parecer una obviedad, no lo es tanto. No hablo de saberlo. Hablo de entenderlo, de tener esto en cuenta a la hora de ver una película.

Una vez interiorizado esto podemos pasar a analizar todos los elementos que forman este plano, partiendo de la base de que están orquestados de esa manera por la voluntad del director, esto es, nada de lo que aparece ante nuestros ojos es aleatorio.

EL CRISTAL

Para evitarlo hubiera sido tan fácil como no rodar desde el interior de un bar, al que seguramente habría que pedir permiso e incluso pagar. Pero Woody Allen decide contarnos esto desde detrás del ventanal de un bar. Eso significa que le da un valor a ese cristal.

Woody Allen se ha cansado de repetir que la historia de Annie Hall nada tiene que ver con sus vidas reales, que está en gran parte inspirada en acontecimientos de la vida de su co-guionista Marshall Brickman y que para nada es una representación de la realidad, como la que Alvy realiza con dos actores una vez que Annie le ha dejado. Pero la verdad es que hay una serie de paralelismos entre realidad y ficción que son innegables.

El nombre de pila de Diane Keaton es Diane Hall, Annie para sus amigos más próximos. Es actriz y cantante, como Annie Hall. Los llamativos estilismos que luce son las propias prendas de Diane Keaton, que Woody Allen autorizó a lucir ante la cámara pese a las protestas de su encargada de vestuario. Como vemos, no hay demasiadas diferencias entre intérprete y personaje.

Vamos a Alvy. Alvy Singer es guionista y cómico de televisión y stand-up. Adora New York sobre todas las cosas, es un hombre de costumbres y muy dado a dudar sobre sí mismo y sus relaciones con los demás, lo que le lleva en ocasiones al psicoanalista. Es culto hasta llegar a la pedantería en algunas ocasiones, aunque disfruta de placeres mundanos cómo un partido de tenis o una copa en un bar de jazz. ¿A quién os recuerda Alvy Singer?

Además de sus propias personalidades, oficios y modos de vestir, hay otras similitudes con la vida real. Cuando Alvy empezaba a hacerse un nombre como director de comedias contrató a una chica para participar en una representación de su obra de teatro Play it again, Sam, que luego se convertiría en película: Sueños de seductor. La chica cantaba muy bien, actuaba mejor y tenía una personalidad arrolladora. Se llamaba Diane Keaton. Tuvieron una corta e intensa relación de la que ambos salieron escaldados, pero mantuvieron su amistad y siguieron colaborando profesionalmente. La relación entre Diane y Woody no debió ser muy diferente a la que vemos entre Alvy y Annie.

Para mí, el cristal tiene un doble significado en este plano. Creo que uno de ellos es más consciente y el otro más inconsciente. Para empezar, creo que Woody utiliza el cristal como una manera de avisarnos: es un filtro, algo que utiliza para que tengamos claro que lo que vemos no es lo que ocurrió realmente entre ellos. No vemos la historia real, vemos una dramatización. No vemos la imagen a simple vista, la vemos a través de un cristal.

Inconscientemente, creo que el cristal también funciona como una manera de decirnos a los espectadores que somos unos voyeurs. Nos hemos asomado por la ventana a ver la relación de dos personas sin que nadie nos invitase.

Según el libro Conversaciones con Woody Allen iba a existir una trama de un asesinato que se dejó fuera finalmente, para ser recuperada 20 años más tarde en Misterioso asesinato en Manhattan, con idénticos protagonistas. También según la misma fuente, la película iba a llamarse Anhedonia, la incapacidad de sentir placer, pero acabó descartándose esa idea. Ninguna de estas dos cosas pasó. Esta película no es lo que Woody quería contar, es lo que necesitaba contar, y a nosotros nadie nos ha invitado. Por eso tenemos que limitarnos a espiar a través del cristal.

EL TRÁFICO

Para crear un plano final más canónico, lo adecuado pudiera haber sido centrar a los personajes en pantalla, acercarnos a ellos y escuchar cómo se despiden. De nuevo, la inclusión del tráfico es voluntaria.

El tráfico de una avenida, con coches y taxis amarillos en seguida nos traslada a una ciudad en concreto: New York. Pero esto no es Manhattan. Woody Allen no quiere enseñarnos New York para que veamos lo bonita y dinámica que es la ciudad. Quiere que vemos, precisamente, que estamos en New York.

Después de muchos altibajos, la relación entre Alvy y Annie se resiente definitivamente cuando ella decide viajar a Los Ángeles para grabar un disco con un productor, curiosamente Paul Simon, la mitad de Simon & Garfunkel. Al parecer, las discrepancias en cuanto al cambio de residencia son la gota que colma el vaso de la historia de amor.

En la penúltima escena de la película, sin contar la secuencia de montaje anterior a este último plano, Alvy nos cuenta en voice over que al parecer Annie ha vuelto a vivir a New York con otra pareja.

Woody nos muestra en este último plano que Annie y Alvy están charlando… en New York, la ciudad de residencia de ambos. ¿Qué quiere decir con esto? Que New York no era el problema. El final de la relación de ambos no ha venido por el cambio de residencia de ella, sino por la incompatibilidad de caracteres de los dos. Por eso quiere que tengamos muy en cuenta que lo que estamos viendo sucede en New York.

Estos dos elementos juntos nos sirven para otra cosa más. Por culpa de ellos no podemos escuchar el diálogo de los protagonistas. Lo que debería ser la conversación más importante de todas, Woody nos lo oculta. ¿Por qué? Porque a Woody no le interesa para nada lo que se dice. Nos basta con ver cómo se dice.

Dos escenas dan la clave para esto. La primera escena es la de las langostas. Woody se preocupa porque veamos la escena con dos acompañantes diferentes, Annie y una novia posterior. El diálogo es bastante cotidiano en ambas ocasiones, pero la diferencia entre ambas secuencias radica no tanto en el contenido sino en la actitud de los personajes.

La otra escena es su primera conversación en casa de Annie. Alvy y ella hablan de tonterías, pero en los subtítulos que aparecen en pantalla podemos leer lo que quieren decir realmente. A Woody Allen no le importa que los subtítulos distraigan del diálogo real de la escena. El diálogo real, lo que oímos, no va a ser importante en esta película, nos está diciendo. Y lo cumple dejando a los protagonistas mudos en su última escena juntos.

ALVY Y ANNIE

Se supone que deberían ser los elementos principales de la escena. Se supone que nos interesa saber qué se dicen ahora que han decidido ser sólo amigos. Se supone que deberíamos estar cerca de ellos para ver su expresión, sus gestos, en una conversación tan definitiva para las vidas de ambos.

No hay nada de eso. Los personajes se ven lejos, en un plano general amplísimo que no nos permite apenas ver si se están moviendo sus labios.

Si estuviésemos viendo cualquier otra película, el director aprovecharía para ponernos los pelos de punta con primeros planos de ambos, llorándose el uno al otro en su adiós.

Nada de eso. Woody Allen necesita un plano general, y necesita a sus personajes tan lejos por algo muy concreto. Porque nos va a contar la conclusión de esta historia en una sola imagen.

Terminan de charlar y cada uno se va por su lado. La clave está en el lado por el que se va cada uno.

En este plano, Diane Keaton sale por la izquierda y Woody Allen por la derecha.

En lenguaje cinematográfico, en una clara influencia de las artes plásticas, la parte izquierda del cuadro simboliza el pasado y la derecha el futuro, teniendo en cuenta que lo que vemos siempre es el presente.

Para entender este simbolismo podemos ir al plano final de El Padrino 3. Un Michael Corleone torturado por su pasado se desploma frente a nuestros ojos. Está colocado en la parte izquierda de la pantalla, mirando hacia fuera, dejando todo el cuadro a su espalda vacío. Está mirando a su pasado fijamente. No puede quitárselo de la mente. Da directamente la espalda a un futuro. Es por eso que acaba sucumbiendo.

Bien, pues en este plano final de Anniel Hall, Alvy y Annie se despiden, y Annie se marcha primero. Sale por la izquierda del cuadro mientras Alvy sigue mirando cómo se va.

Lo que está viendo Alvy es cómo Annie se va hacia su pasado. La relación ha terminado, y él es consciente cuando la ve salir. ¿Qué hace entonces? Empieza a caminar hacia la parte derecha de la imagen. Una vez que ha conseguido aceptar que Annie Hall es parte de su pasado, y solo en ese momento, es capaz de intentar caminar hacia su futuro.

Estos son los elementos que utiliza Woody Allen para resumirnos la historia. Pero hay un elemento que se diferencia de los demás en la función. No lo utiliza para resumir la historia, sino para que entendamos el mensaje.

EL SEMÁFORO

Es posible que pase desapercibido por ser algo tan frecuente en todas las ciudades, pero el hecho es que también es voluntario introducir un semáforo en el plano.

La voice over de Alvy, el texto que inicia este artículo, y que es la única voz que oímos en esta secuencia, nos cuenta un chiste.

“Y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina’. Y el doctor responde: ‘¿Pues por qué no lo mete en un manicomio?’. A lo que el tipo le dice: ‘Lo haría, pero necesito los huevos’. Pues eso es más o menos lo que pienso sobre las relaciones humanas, saben, son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos.”

El chiste habla de un hombre que tiene un problema. El médico le da la clave para deshacerse de ese problema y él le contesta que, en el fondo, necesita ese problema. La palabra “huevos”, cómo Woody Allen admite en su libro de conversaciones con Eric Lax, tampoco es involuntaria.

En el caso del chiste, Woody sería el hombre que va al médico, su hermano serían las relaciones sentimentales y el hecho de que se crea una gallina, los problemas que dan.

Mientras Alvy habla, en un monólogo bastante pesimista, el semáforo se mantiene en rojo. Se pasa en rojo todo el tiempo que dura el plano, y no es un plano corto. Solo cuando termina el monólogo, los personajes se han separado y Alvy ha llegado a la conclusión de que los humanos necesitamos tener relaciones, el semáforo cambia a verde. Woody quiere que tengamos claro que, pese a todo lo que ha sufrido, pese a lo mucho que le ha costado sobrellevar la ausencia de Annie, hay que tener una cosa muy clara: esto no nos puede parar. Debemos seguir caminando.

Con esta última escena, con el cristal, el tráfico, los personajes, el semáforo y la voice over Woody Allen no solo te quiere contar la película en un solo plano. Quiere que la entiendas correctamente. Quiere decirte que él sabe que las relaciones no son perfectas, que nos dan problemas y quebraderos de cabeza innecesarios, y que, como en este caso, muchas veces acaban mal. Pero tampoco quiere que te olvides de una cosa muy importante. Pese a todo esto, necesitamos los huevos.

Bonus Track

Durante toda la escena nos acompaña la interpretación de Diane Keaton de “Seems like old times”. Esta no solo habla de los recuerdos, sino que se utiliza en una secuencia de montaje con recuerdos y se trata de un recuerdo para la pareja en sí misma. Más que cine. Metacine. Que metafísico te pones, Woody.

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Como Licenciado en Publicidad me interesan mucho los orígenes de lo que llamamos “Día de…(la madre, el padre, la cuñada o el zurullito de plástico)” Esos que mucha gente suele decir “Los inventó el Corte Inglés para vender…(corbatas, perfumes, bozales o zurullitos de plástico)”. Eh aquí, pues, el origen de la última excentricidad comercial importada desde Estados Unidos: El Black Friday.

Todo comienza el 25 de Noviembre de 1932. De hecho, comienza el día anterior, jueves 24, cuando el New York Post publica en su segunda página:

“[…] In adittion to the Magic Stairs debut, the Poughkeepsie City Mall will offer 10 percent discounts in all the toasters and cigar-umbrellas”

(traducción)

“[…] Además de la presentación de las Escaleras Mágicas, el Centro Comercial de Poughkeepsie (ciudad situada en el estado de Nueva York) ofrecerá un 10 por ciento de descuento en tostadoras y paraguas para cigarrillos.”

Las escaleras mágicas a las que se refiere el artículo son lo que ahora llamamos escaleras mecánicas. El 25 de Noviembre vieron la luz por primera vez estos monstruos metálicos patentados por Nestle y Warner Brothers “para fomentar la obesidad y las caídas graciosas.” (Washington Post, Página 4 del 23 de Noviembre de 1932). Por si la expectación no fuera suficiente, el centro comercial ofreció un descuento del diez por ciento en tostadoras y paraguas para cigarrillos, invento del que Einstein dijo: “Es una puta mierda” y, una vez más, tenía razón.

En las puertas del comercio se formaron colas kilométricas, dando lugar a discusiones, conatos de pelea y la invención de la expresión “mazo de peña” (del inglés “Hammer of Boulder”). Pese a las presiones de la policía (y de Albert Einstein), los dueños del negocio no dudaron en abrir la puerta.

Lo que se encontraron los clientes nada más cruzar el umbral fue nada más y nada menos que el rutilante y metalizado futuro: Unas escaleras dentadas rugían en dirección a una tostadora que, subida en un pedestal, parecía ser una creación del mismo Dios. Hay que entender que, en aquella época, una tostadora era lo que para nosotros un IWatch. Por supuesto, la clientela no podía esperar por subirse en ese aparato mecánico para alcanzar lo que para ellos era el mismísimo Edén.

Centrémonos en la figura de Charlie. Charlie, que ha ido a Poughkeepsie desde New York acompañado de sus padres, tiene 9 años y es una apasionado de las tostadoras desde que metió su lengua en una de ellas a la edad de 5. Perdió la capacidad de pronunciar la R y la C, pero ganó un amor para toda la vida.

Treinta segundos después de la apertura de las puertas, la cara de Charlie está pegada a las escaleras mecánicas. No es voluntario, es la masa de gente que tiene sobre él la que le obliga a mantener esa postura. Si no llega a ser por la sangre del resto de clientes, probablemente las escaleras mágicas hubieran acabado con su vida. Por suerte, las escaleras dejaron de funcionar. Igual que hicieron sus piernas cuando una ama de casa asustada intentó huir corriendo encima de su columna. Con los ojos rojos por laa ausencia de aire y la abundancia de sangre (propia y ajena), Charlie pudo ver, antes de cerrar los ojos, aquella tostadora que, desde lo alto de las escaleras, veía como más de 200 personas perdían la vida en una amalgama de cuerpos mutilados, gritos ahogados y chirridos metálicos.

Por supuesto, nada de esto salió a la luz. Los medios trataron incluso de convertir la situación en un evento positivo, como demuestra el siguiente texto del Herald Tribune del 27 de Noviembre.

“[…] In an American Pride Orgy, customers where so overwhelmed by the creative power of their country that they started to hug each other. Some of then where hugged so strongly that they even bleeded a bit. 182 white people ceased to be and 30 Niggas died.”

(traducción)

“[…] En una Orgía de Orgullo Americano, los clientes estaban tan impresionados por el poder creativo de su país que empezaron a abrazarse unos a otros. Algunos fueron tan fuertemente abrazados que incluso sangraron un poco. 182 personas blancas dejaron de existir y 30 negratas murieron”.

Vayamos ahora a 20 años más tarde. Charlie ahora se hace llamar Charles, utiliza una silla de ruedas para desplazarse y es el dueño de un imperio de tostadoras de todos los tipos. Pero Charles quiere ir más allá. ¿Por qué solo de una en una? ¿Y si pudiéramos meter los bocadillos completos? ¿Qué le parecería a ese chulo de Einstein?

Para la inauguración de su célebre invento, lo que ahora llamamos Sandwichera y el Chronicle de San Francisco llamó “Tostadora de los deseos fundidos”, Charles eligió el aniversario de su accidente. Pero necesitaba un nombre. Lo primero que le vino a la cabeza fue la Sangre, y pensó en Red Friday. Su agente de prensa le dijo que, si su invento fueran compresas, no estaría mal pensado, pero que había que darle una vueltita. Lo segundo que le vino a la cabeza fue La Muerte. Y de ahí, Black Friday.

El primero, en 1954, coincidió con el estreno de otro nuevo invento: las puertas de cristal automáticas. El centro comercial estuvo a punto de no abrir sus puertas, ya que la masa de gente no era capaz de colocarse correctamente frente al sensor. Una vez se abrieron, la gente entró a tropel. Al día siguiente, el New York Observer titulaba en portada:

“10.000 Melted Dreams Toasters Sold…and Only 50 Dead! (most of them Black, so, who cares?)”

(traducción)

“10.000 Tostadoras de los Deseos Fundidos vendidas…¡y sólo 50 muertos! (¿la mayoría de ellos negros, así que a quién le importa?)

Los descuentos se fueron repitiendo con los años, con cada vez menos muertos y cada vez más artículos innecesarios vendidos, hasta llegar al día de hoy, cuando apenas mueren 3 personas en cada ciudad durante el Black Friday, convertido ya en un evento internacional. Con la excepción, claro, de la llamada “Crisis de las Croquetas”, durante la cual, en una exposición de freidoras con descuento en 1984, 400 personas perdieron la vida al tratar de usar el aceite hirviendo como crema hidratante.

Así que ya sabes, cuando vayas al Black Friday, se fiel a la tradición de esta bella historia y al sueño de aquel niño con la columna aplastada y conviértete en alguien capaz de cualquier cosa por conseguir un objeto que no necesitas ¡pero con descuento!.

carrero2

Con la reciente inclusión de nuevos archivos en la Filmoteca Española ha salido a la luz un interesante documento que me dispongo a transcribir. Es cierto que podría poner directamente un enlace al documento en cuestión, pero entonces os daríais cuenta de que es mentira.

La siguiente situación transcurre durante una visita de Franco al Trono de Roca, y no me refiero al Valle de Los Caídos. Franco ha ido a cagar. Carrero Blanco aprovecha su ausencia para dejar claras las cosas con el futuro Rey Juan Carlos (futuro para él, porque para nosotros es pasado. ¿Como vuela el tiempo, eh? Pues más voló el coche de Carrero)

JUANCAR: A mí también me pasaba. Por eso dejé de comer carne de venado.

CARRERO: Escucha, Juan Carlos. Tenemos que hablar de un tema importante.

JUANCAR: Como ciervo, reno, alce…Pero venado nunca, nunca.

CARRERO: Es importante de verdad, Juan Carlos. Escucha:

JUANCAR: Y tanto que es importante. Lo primero es la salud.

CARRERO: No hablo de venado.

JUANCAR: Hombre, yo hablar si hablo, que no por hablar de él me va a entrar la pirrilera, ¿no?

CARRERO: Hablo de la sucesión del Generalísimo.

JUANCAR: Ni que fuera delito comer venado.

CARRERO: Cuando se jubile, digo. O, Dios no lo quiera, se muera.

JUANCAR: ¿Usted o yo?

CARRERO: El Caudillo.

JUANCAR: Ya decía yo. Aún soy joven para jubilarme.

CARRERO: El caso es que, llegado el momento, tendremos que tomar una difícil decisión. ¿Monarquía o Dictadura?

JUANCAR: Vaya preguntita. ¿Cuenta para nota?

CARRERO: Esto no es un examen, Juan Carlos.

JUANCAR: Menos mal.

CARRERO: Supongo que se habrá dado cuenta usted de que a nuestro líder no le queda demasiado tiempo de vida.

JUANCAR: Y menos si sigue comiendo de esa forma.

CARRERO: Y supongo que coincidiremos en que su padre ya está mayor como para acceder al trono, ¿no es cierto?

JUANCAR: Hombre, supongo que…

CARRERO: Antes de que me conteste, tenga en cuenta que me refiero al padre de usted y no al de Don Francisco.

JUANCAR: Menos mal que me lo aclara. Pensaba que se refería al del venado. Y ya sabe cual es mi política acerca del venado.

CARRERO: No se preocupe. No me queda ninguna duda al respecto.

JUANCAR: Falta, falta. Al respecto se falta, no se duda.

CARRERO: Creo que esta decisión se toma sola.

JUANCAR: Estoy de acuerdo.

CARRERO: Entonces le comunicaré al Señor que usted me da su bendición como sustituto al frente de…

JUANCAR: Espere, espere. No recuerdo haber dicho eso.

CARRERO: Usted ha dicho que estaba de acuerdo en que la decisión se toma sola.

JUANCAR: Porque no me apetece trabajar. Pero si la va a tomar usted yo también quiero.

CARRERO: Señor, no quiero importunarle, pero me parece una actitud bastante caprichosa.

JUANCAR: Normal. Soy hijo único.

CARRERO: Eso es mentira. Usted tenía un hermano.

JUANCAR: Usted lo ha dicho: tenía.

CARRERO: No me parece excusa para…

JUANCAR: Mire, señor Carrero. Yo tengo sangre azul y usted cejas gordas. ¿A quién cree que preferirá la gente?

CARRERO: No creo que sea una decisión que se deba tomar en términos físicos.

JUANCAR: No hablo de ciencia, hablo de su aspecto.

CARRERO: Yo también…

JUANCAR: Escuche. Sus cejas se parecen sospechosamente a las de Stalin, ¿quiere que España se convierta en un país comunista?

CARRERO: ¿No le parece que eso es un poco sacar de contexto las cosas?

JUANCAR: No se equivoque. Si las sacase de contexto se parecerían al bigote de Hitler. Así que usted me dirá.

CARRERO: No creo que esté siendo usted objetivo en esto.

JUANCAR: Es como el tema del venado y las otras carnes.

CARRERO: No volvamos a eso, por favor.

JUANCAR: Si usted, sabiendo que le sienta mal el venado, entra a un restaurante, o a un parador, o lo que sea, y pide venado. ¿Qué cree que le va a ocurrir?

CARRERO: Estoy seguro de que el Caudillo preferiría una línea continuista que…

JUANCAR: A eso me refiero. El Caudillo sabe que le sienta mal el venado y aún así ¡Zas! Se lo come. Y luego ¡Zas! Directo al baño.

CARRERO: Pero el Jefe de Estado es él y…

JUANCAR: ¡Zas!

CARRERO: ¿Qué?

JUANCAR: ¡Cacahué! ¿Lo ve? Si es incapaz de ganar una guerra estúpida con un Borbón imagínese una real con un…bueno, como sea que se apelliden los otros reyes.

CARRERO: No todos los sitios tienen monarquía.

JUANCAR: ¡Yo no hablo de monarquía, hablo de reyes!

CARRERO: ¡Pero si es lo mismo! Mire, voy a intentar ser claro con usted. Es un hombre cuya característica más notable es la estupidez, fruto sin duda de generaciones y generaciones de sexo entre primos o hermanos . No puede gobernar.

JUANCAR: Y usted es un hombre profundamente feo cuya característica más notable es la crueldad, fruto sin duda de generaciones y generaciones de tolerancia por parte del pueblo al que oprimen y ya ni se atreve a quejarse de ustedes.

CARRERO: Pues a ver que hacemos.

JUANCAR: Lo que se suele hacer en estas ocasiones importantes, ¿no? Jugarlo a suertes.

CARRERO: ¿Pares o nones?

JUANCAR: Piedra papel o tijera.

CARRERO: De acuerdo. Pues vamos a ello.

JUANCAR Y CARRERO: ¡Piedra, papel o tijera!

CARRERO: ¡Piedra!

JUANCAR: ¡Pistola!

CARRERO: ¡Eh! Eso es trampa.

JUANCAR: Lo mismo dijo mi hermano. ¿Quiere acabar como él?

FRANCO: ¡Chicos, chicos, chicos! ¿Se puede saber que hacer?

CARRERO: Tratamos de decidir quien es el más adecuado para sustituirle.

FRANCO: ¿Sustituirme? Yo no me voy a morir, hombre, solo era pirrilera.

JUANCAR: Eso le decía yo.

FRANCO: Es que me sienta fatal el venado, ¿saben?

JUANCAR: Exactamente eso le decía yo.

CARRERO: Esto me parece algo importante y que hay que hablar cuanto antes.

FRANCO: Pues hablemos.

JUANCAR: Estoy de acuerdo.

FRANCO: Empiezo yo. Mira, en esta vida puedes comer de todo: Reno, Alce, Ciervo…¿pero venado? Ni se os ocurra.

 

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