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En los últimos meses he mandado mi curriculum a setenta empresas, he realizado cuarenta entrevistas de trabajo y la respuesta siempre ha sido la misma

  • Ya te llamaremos.

Siempre me pareció una respuesta sospechosa, sobre todo porque estamos en Nueva York, en el año 1929 y casi ningún hogar tiene su propio teléfono. El mío, la quinta colchoneta con derecho a cartones aislantes debajo del puente de Brooklyn (cartón corrugado, por supuesto, que la clase no se pierde ni viviendo debajo de un puente) desde luego que tampoco lo tiene. No se como pretenden llamarme, aunque empiezo a sospechar que en realidad ni siquiera tienen esa intención.

Vivimos la mayor crisis económica que verá la historia jamás. Por eso, mientras miraba la sección de ofertas de empleo el miércoles pasado, me sorprendió el siguiente anuncio.

SE BUSCA NOVIO

Mujer atractiva, rica y bien formada, con todas sus extremidades y órganos vitales intactos,
busca novio para pasarla bien y, en caso de compatibilidad, posible matrimonio

REMUNERADO

Me llamó la atención porque me gusta pasarla bien, mi tipo de mujer es aquella que conserva todas sus extremidades intactas y, sobre todo, porque me gusta que me paguen. En ningún momento me resultó extraño que se ofreciera a pagar por la compañía, aunque luego entendería muy bien por qué.

La entrevista fue aquel mismo viernes. Nos citamos en un banco de Central Park. El banco estaba a punto de quebrar, había sido un invierno excepcionalmente lluvioso y la madera se había visto dañada, así que la chica (que era muy atractiva y tenía todas sus extremidades como prometía el anuncio) me propuso ir a desayunar a una pajarería. Yo le dije que era más de café y tostadas que de agua y alpiste, pero ella insistió y, como era la que pagaba, allí fuimos.

El hombre nos sirvió unos vasos de licor de contrabando y nos preparó una mesa en la jaula de las cacatúas. Tras un par de vasos de aquel apestoso brebaje (los controles de calidad no son muy exhaustivos cuando el alcohol está prohibido), la chica me propuso la primera tontería del día:

– Vamos a hacer un sinpa.

– Para mí eso es fácil. No tengo dinero.

– No te preocupes, invito yo.

– ¿Pero no dices que no vamos a pagar?

– Pues eso.

Salimos corriendo del local con el dueño y las cacatúas persiguiéndonos. Paré en la 21 con Broadway sediento de aire mientras ella me miraba sin parar de reírse. Le dije que llevaba cuatro días sin comer y no estaba para esas carreras. Me dijo que si no quería correr tendríamos que volar.

He de decir que siempre he tenido bastante vértigo, pero el vértigo que había tenido hasta entonces me pareció poco como el que tenía ahora, colgado de un cable entre el Empire State y el Edificio Chrisler deslizándome por aquella tirolina. Ella, sin embargo, se reía. Solo dejó de reirse cuando aparecieron las cacatúas, que empezaron a perseguirnos y, mientras volaban pegadas a nuestros culos, gritaban: “Ladrón, Ladrón”. Volvió a reirse de nuevo cuando empezaron a picotearme el culo. Yo le gritaba que aquello era por su culpa, pero ella insistía en que si me dañaban el culo ya me compraría uno nuevo.

Llegó la hora de comer y fuimos a un pizzeria. Cuando se acercó el camarero, sacó un billete de cinco de los grandes (por aquella época llamábamos “los grandes” a los billetes de dólar) que hizo que el camarero salivase de pura avaricia. Después pidió dos hamburguesas al estilo Texas. El camarero, que apenas sabía ingles, trató de explicarle que aquello era un restaurante italiano y que no contaban con ese plato en su menú. Ella insistió apoyándose en el mantra de “El Cliente siempre tiene la razón”. Al final comimos las hamburguesas, que el camarero tuvo que salir a comprar a un McDonalds cercano, y le dejamos otros cinco de los grandes de propina.

La chica me preguntó que me gustaba hacer después de comer y yo le dije que no solía hacer nada, porque tampoco solía comer. Ella me dijo que le gustaba ir de compras, así que fuimos a un mercadillo cercano. Me explicó que a la noche íbamos a ir a una cena de etiqueta, así que necesitaríamos máscaras de gas. ¿Máscaras de gas?, pregunté yo. Nos probamos un par de modelos importados desde la República de Weimar, pero ella insistió en asegurarse de que funcionaban bien. Por supuesto, la prueba sería conmigo. Yo me negaba, pero ella me dio un dólar e insistió apoyándose en el mantra de “El Cliente siempre tiene la razón”. El empleado me metió en un retrete portátil con una bomba de gas mostaza y un timbre de bicicleta por si me sentía mal. Resultó que las máscaras era defectuosas (putos alemanes) y que pasé la noche en el hospital. La chica se congratulaba por haberlas probado antes de comprarlas, imagínate que desgracia, decía. Yo le contestaba que podríamos haber acabado en el hospital mientras reclinaba la camilla para que me pusieran el orinal bajo el trasero, que también me tuvieron que coser por los picotazos de las cacatúas.

Cuando salimos del hospital quiso invitarme a desayunar de nuevo, pero yo decliné su invitación y le dije que ya encontraría algún resto de perrito caliente en alguna papelera, que no se preocupara. Ella insistió en que le dejase llevarme en su coche hasta mi hogar y yo le dije que tranquila, que ya si eso me agarraría a la parte de abajo de un autobús que me llevara hasta allí. Ella dijo que eso me desgarraría la piel de la espalda y yo le contesté que lo otro me desgarraría el alma.

Cuando nos despedimos, acercó su cara a la mía, intentó besarme (aunque lo que hizo fue darme un golpe con su máscara de gas, que no se había quitado desde que estuvimos en el mercadillo) y, mientras me limpiaba con su pañuelo de seda la brecha que me acababa de hacer en la ceja, me preguntó:

– ¿Cuándo volveré a verte?

Me metí rápidamente bajo un autobús que ya partía hacia el puente de Brooklyn y, desde la distancia, le grité la única respuesta posible:

– Ya te llamaré.

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Estimado Señor RBA

Les escribo con la intención de elevar una queja a las más altas esferas de su organización.

Le pongo en contexto. Mi nombre es Platón y nací en lo que ustedes han tenido a bien llamar “La Antigua Grecia”, aunque para mi es “La Grecia de la Actualidad”. El caso es que el otro día, después de disfrutar de unos hongos extremadamente potentes, me sumí en un profundo sueño del que no he despertado hasta lo que ustedes han tenido a bien llamar “Septiembre de 2015”. No estoy familiarizado con esos términos, pero doy por hecho que han pasado unos 4000 años desde que me dormí. Una buena siesta, si señor.

Entiendo que éste hecho les parezca un tanto extraño. Pero más extraño me pareció a mi cuando, el otro día, caminando por lo que ustedes han tenido a bien llamar “Gran Vía de Bilbao”, me encontré con un libro que llevaba mi nombre. Al abrirlo pude leer una serie de pensamientos que, al parecer, ustedes han tenido a bien poner en mi boca, o más bien en mi pluma. Sepa, para empezar, que en los tiempos en que yo viví no existían las plumas, pero eso sólo es un error minúsculo en comparación con su interpretación de lo que han tenido a bien llamar “El Mito de la Caverna”.

He de decirles que su lectura de mis discursos no podría estar más confundida. Me temo que, en caso de no corregirlos, me veré obligado a interponer lo que ustedes han tenido a bien llamar “Una Querella Criminal” por difamación y por falso testimonio.

Espero que se pongan en contacto conmigo para ayudarles a enmendar su error.

Un saludo.

PLATÓN, filósofo airado

PD: He probado sus hongos, esos que llaman “Champiñones Rellenos”. Muy ricos, aunque para mi gusto les falta droga.

Estimado Señor Platón

En primer lugar, expresarle nuestra sorpresa por su carta, estábamos bastante seguros, tanto por cuestiones estadísticas como meramente físicas, de que usted estaba muerto. Nos complace poder contar con una mente tan preclara entre nosotros.

En segundo lugar, nos gustaría conocer su versión, de primera mano, del tan manido “Mito de la Caverna”. Si tuviese a bien iluminarnos con su sabiduría no tendríamos ningún reparo en corregir nuestros fascículos para contentarle e iluminar al resto del mundo.

Sobre lo de la demanda, le rogamos que lo reconsidere. Nos ponemos a su disposición para subsanar este terrible fallo de interpretación.

Esperando su respuesta.

El Director de RBA

PD: Si le gustaron los champiñones, prueben los perretxikos. Bocado di cardinale.

PD2: Mi secretaria me confirma que en su época no existían los cardenales, así que podemos llamarle “Bocado di Oraculo” o “Bocado di Sumo Sacerdote”.

Estimado señor RBA

Debo informarle que, dado el retraso de su carta de respuesta, he tenido a bien secuestrar todos los ejemplares de mi libro de lo que han tenido a bien llamar “Kioskos”. En los últimos días me he rodeado de un grupo de Macedonios que me han explicado gustosos el concepto “Secuestro Express”. Si quiere sus libros de vuelta, ingrese 500.000 Euros en el numero de cuenta impreso al fondo de este documento.

Sobre el tema de “El Mito de la Caverna”, mis amigos macedonios me han hablado de la figura fiscal “Pago por Adelantado y en Negro para que Hacienda no pille cacho”. Les ruego que me envíen por correo postal otro millón y medio de euros antes de hacerles ninguna revelación acerca de mis sabios y, al parecer, muy caros pensamientos.

Esperando su respuesta y su dinero.

PLATÓN, filósofo por dinero

PD: He probado los perretxikos. En serio, ¿por qué comen todos esos hongos si ninguno tiene droga?

Estimado Señor Platón

Nos sorprende enormemente su petición económica, teníamos entendido que era usted un asceta liberado por completo de las cargas que trae consigo el dinero. Supongo que esa parte también la traducimos mal.

Hemos ingresado en su número de cuenta un millón adicional al dinero que nos pedía en su anterior carta. Esperamos esto le anime a contarnos la versión inicial de “El Mito de la Caverna”.

Aprovechamos para recomendarle que vea la película “Matrix”. Mucha gente dice que está basada en dicho mito. La parte mala es que sale Keanu Reeves. Esperamos que no le importe y sea capaz de disfrutar de la influencia que ha causado su obra.

Esperando ansiosamente una explicación por su parte.

El Director de RBA

PD: Mi secretaria ha encontrado en Internet una especie de hongos que si parecen tener droga. Le envío una muestra.

Estimado señor RBA

Tiene usted razón, antes era un filósofo asceta despegado de todo lo material. El caso es que ahora he visto lo fácil que es ganar dinero diciendo lo que ustedes han tenido a bien llamar “chorradas” y no pienso dejar escapar la oportunidad. He aprendido mucho últimamente sobre eso que llaman “Capitalismo” y, la verdad, como diría el sobrino de mi casera, “Mola Mazo”.

Vamos con “El Mito de la Caverna”.

Para empezar, decirles que me sorprende mucho lo impreciso de su lectura. Intenté ser muy claro en mi exposición y al parecer no lo conseguí en absoluto. Esperemos que esta vez sea la buena.

La idea es que los humanos vivimos en lo que parece una cueva. No vemos el exterior, solo su reflejo en la pared frente a nosotros. Hasta ahí todo bien.

Lo que sigue son errores cuyo tamaño me supera. Que si “liberarse”. “Escapar de la falsa realidad”. “Ver la vida con los propios ojos”. En serio, basura. O, como dicen ustedes ahora, Keanu Reeves.

Se lo diré de la manera más directa que conozco para que no haya dudas. Osea, como el sobrino de mi casera.

La movida es que vivimos en una cueva donde hace calorcito en invierno y fresquito en verano y se está de la hostia. Encima hay peñita buena, colegas y tal, así que para qué quieres más, ¿no? En la pared de la cueva se reflejan las sombras del mundo exterior, vaya, que es como si estuviésemos en el cine o viendo la tele. Mucho más guapo que la realidad, porque las sombras se mueven y tal y te lo pasas teta sin tener que levantar el culo de la jodida cueva. Y mucho más tranqui.

La movida es que, a veces, vemos sombras de otros pavos fuera de la cueva. Esos son los que llamamos “pringaos”. Peña que se pasa el día en la calle, currando o lo que sea, mientras nosotros podemos estar aquí de tranqui con los colegas viendo la tele y comiendo unos hongos.

A veces, alguno de nosotros sale de la cueva. Si vuelve con patatas fritas o más hongos, puto amo. Si se queda fuera se convierte en un pringao, y cuando vemos su sombra en la pared, le señalamos y nos partimos el tanaca.

Osea, si estás fuera, pringao, si estás dentro, puto amo.

Como ven, es una lectura completamente opuesta a la suya. Espero que lo corrijan o les pediré más pasta.

Atentamente

PLATÓN, el puto amo

PD: Los hongos que mandaron no estaban mal. Pero ahora soy más de coca.

Estimado Señor Platón

Lamento comunicarle que no podemos publicar eso. Causaría un cambio de paradigma brutal que no es interesante para el funcionamiento de lo que llamamos “sistema capitalista”. Esperemos que no se lo tome a mal y le ingresamos otro par de milloncejos por las molestias.

Esperamos que no se ralle

El Director de RBA

PD: Ojo con la coca, que a veces la cortan con laxante para bebés y te pasas el día yéndote por la pata abajo.

Estimado Señor RBA

Viendo el interés (sobre todo a nivel de inversión) que tienen en conservar mi palabra tal como estaba no me queda más remedio que aceptar.

En cuanto deje de comer techo pienso echarme una siesta que espero no despertarme en otros 4000 años. Será entonces cuando intente enmendar todo esto. No hay prisa. Como dice uno de los protagonistas de “El Mito de la Caverna”: De tranquis, tío.

Con respeto

PLATÓN, filósofo insomne

PD: Tenía razón con el tema de la coca. Lo barato sale caro.

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Era 23 de Junio de 1982 y los Camisas Azules esperaban que llegara su turno en la cola para comprar las entradas. Llevaban unas semanas muy emocionados por el acontecimiento, aunque en el fondo, pese a su devoción por el caudillo, estaban sorprendidos de la afluencia de público que había congregada en el lugar.

Había sido el cabo Ciruelez el que les había avisado. Que sí, que lo he oído bien. Franco está de vuelta. Va a dar un mitin en la Plaza de las Ventas para anunciar la recuperación del cargo de Jefe de Estado que legítimamente le pertenece. Los brigadistas se preguntaban por qué no habían recibido una confirmación oficial por parte de la Falange, o de Alianza Popular, que pa’l caso patatas. De todas maneras, en pocos días el evento estaba anunciado por todas las paredes de la capital. Franco, en concierto. No podían fallar.

El día anunciado, todos quedaron en el Valle de los Caídos, vistiendo su uniforme de la División Azul. El plan era bajar andando desde allí a la plaza de toros para mostrar sus respetos al dictador. Los problemas empezaron cuando Gálvez, Oficial al Cargo de Tiritas y Agua de Azahar, anunció que se había dejado el botiquín en casa. A puntito estuvieron de pasarle por el garrote vil, pero su compañero Jiménez le salvó en el último momento proponiendo curar las heridas con pañuelos y saliva. La saliva, claro, tendría que ser española. Todos escupieron en la gorra de Gálvez, que fue propuesto por unanimidad como Oficial al Cargo de Pañuelos y Escupitajos y se pasó el viaje frotándole los pies a sus compañeros cada vez que alguno se encontraba una ampolla.

Una vez llegados a la plaza de toros, lo primero que les sorprendió fue la gran mayoría de público joven que atestaba los aledaños. Ciruelez, satisfecho, se congratuló de que por fin la dictadura tuviera el apoyo de los jovenes, aquellos destinados a cuidar de la España del futuro. Ya habría tiempo de cambiarles la indumentaria, cortarles las greñas y cambiar las camisetas sucias por relucientes camisas nuevas con las que mirar cara al sol.

Al entrar, un dulzón aroma a porro llenó sus fosas nasales. Esto no puede ser, se dijeron. Franco se merece el mayor de nuestros respetos y no podemos permitir que, así, por las buenas, la gente fume drogas. Gálvez trató de calmar los ánimos, al fin y al cabo, la gente estaba confundida por el hecho de que el dictador no estuviese muerto. Ciruélez, furioso como si le hubieran dicho que su yerno era negro, le ordenó como Oficial al mando de Apagado de Porros y Escupitajos. Gálvez, cabizbajo, empezó a recorrer el recinto ganándose la enemistad de todo aquel al que tiraba su droga. Por suerte, Jiménez no dudó en acompañarle.

Aturdidos por el humo de la droga y la emoción de recuperar al dictador perdido, los Camisas Azules empezaron a disfrutar del ambiente juvenil que allí se congregaba. Era cierto que la ausencia de yugos y flechas era preocupante, pero, al fin y al cabo, Franco siempre había sido un hombre muy humilde y poco dado a llamar la atención. Se decía que había medido 1,90 metros toda su vida pero que, a la hora de convertirse en dictador, decidió someterse a una operación de reducción de fémur para no acomplejar a sus súbditos.

Aquel iba a ser un día inolvidable, sin duda.

A la hora indicada, el telón se levantó. Los falangistas se encontraban lejos del escenario, pero en cuanto vieron una figura salir supieron que era él. Tenía el pelo largo, sí, pero siempre supieron que se lo había rapado para tener un look más acorde al del resto de ciudadanos. Además, más raro era que estuviera vivo, ¿no? Desde luego, esos siete años de ausencia le habían sentado genial. Parecía haber recuperado incluso sus fémures perdidos. Todo parecía como un sueño. Hasta que la música empezó a sonar.

El capitán Ciruelez se acercó al joven que tenía a su lado, le tiró el porro de un gorrazo y le preguntó que clase de música era esa. Es Franco, tío, le contestó este. Franco Battiato. ¿Oye, esos de allí no son tus amigos?

Sobre el escenario, Gálvez y Jiménez, con sus uniformes de la falange y visiblemente colocados, giraban tutto en torno a la stanza ante la mirada atónita de todos los jóvenes congregados allí. El capitán Ciruélez, enloquecido, sacó su pistola y empezó a gritarles que bajaran. Pero desde allí no podían escucharle.

Ciruélez empezó a abrirse paso hasta el escenario a base de amenazas con la pistola y golpes de gorra. Llegó justo a tiempo para ser testigo de excepción del beso de tornillo que Gálvez le plantó a Jiménez, que le contestó con más pasión si cabe. Ciruélez se puso la pistola en la cabeza y quitó el seguro. Pero esas notas, esa voz rota, ese sintetizador, el violín eléctrico…

Hoy, más de 30 años más tarde, y con una edad de 90, Ciruélez es el Presidente del Club de Fans de Franco Battiato en España.

Gálvez y Jiménez cambiaron las camisas azules por camisas rosas y hace tres años dieron el pregón del día del Orgullo Gay.

Y todo, todo, por la verdadera arma definitiva para el cambio en el mundo.

Que viva el Pop Italiano.

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No hay nada como quedarse en Agosto en Bilbao. Nada tan asqueroso, quiero decir.

Hay veces que pienso que es la propia ciudad la que conspira: Voy a convertir estas tres primeras semanas en el tedio más absoluto para que luego, cuando llegue Aste Nagusi, a la gente le parezca más la hostia todavía, aunque solo sea por contraste.

No me malinterpretéis, amo mi ciudad y tal, sobre todo durante once meses al año. Pero Agosto no lo llevo nada bien. Y más después de lo del otro día.

Antes de nada, me presento: Alonso Iturriaga, ingeniero de carrera y dependiente de profesión, no soy un Jon Kortajarena pero tampoco soy un Gabino Diego, no soy un Albert Einstein pero tampoco soy un Mariano Rajoy. Pero mi característica más notable es que atraigo al ridículo como un pararrayos a…bueno, os dejo adivinar.

El caso es que era martes, 4 de Agosto y ya me aburría. Puede que no me aburriese una bañada, pero me imagino lo que me voy a aburrir las próximas dos semanas y me aturullo. Estoy de vacaciones, pero soy una de esas personas que no tienen pueblo (ni casa en Noja), al contrario que toda mi puta cuadrilla. Así que estoy solo.

Mi plan A era intentar quedar con una tía que conocí en Aste Nagusi del año pasado. Nos caímos bien y tal. Bueno, a mí me cayó bien ella y ella me soportó. Le hablé por el Feisbuk y me dijo que ya tenía planes. ¿Planes? ¿En Bilbao? ¿En Agosto? Indudablemente, me estaba dando plantón. Así que pasé al plan B: quedar con cualquier otra persona. Conseguí quedar con un antiguo compañero de la Uni que nos caía a todos como el culo, lo que probablemente explique que no tuviera plan. Da igual, no me pienso pasar Agosto metido en mi puta casa.

Me asomé a la calle a ver que tiempo hacía. Normalmente, si llueve, veo pasar a la gente con paraguas. Pero para eso hace falta gente. Estuve mirando durante cinco minutos, mientras me lavaba los dientes, hasta que por fin pasó una señora, que no hacía más que sacar la mano del paraguas a ver si seguía lloviendo, lo que no me ayudaba mucho, porque si ella que estaba en la calle dudaba, yo, bajo techo, ya me dirás tú. Pese a mi claustrofobia, me puse pantalón largo y que sea lo que Dios quiera.

Llovía. Su puta madre si llovía. No se que coño andaba esa señora, porque se notaba bastante que llovía, joder. Cuando llegué al metro me tuve que escurrir la camiseta.

Entré en el metro y estaba vacío. ¿Sabes cuando vas a fiestas de algún pueblo, va el metro petado y no está puesto el aire acondicionado y sudas como un cerdo? Pues debe ser porque reservan el aire acondicionado para cuando llueve. Menos mal que hasta el Casco Viejo son solo seis paradas y solo me dio tiempo a coger catarro. Si llego a vivir en Algorta me pillo una pulmonía.

Llego a la salida de Unamuno y Bilbao me da otra sorpresa de las suyas: ya no llueve. Ahora hace treinta grados y un sol de la hostia. Entre el calor, la humedad ambiental y la mía propia empiezo a sudar como un jueves en el Antzoki. Como llevo pantalón largo, me sudan hasta las rodillas. No se si alguna vez os han sudado las rodillas, pero es como si se convirtiesen en velcro, los pantalones se pegan…

– ¡Hombre, Iturriaga! Que bien te veo.

Ahí está mi compañero de la Uni.

– ¿Lo dices por los mocos, por el sudor o por la ropa empapada?

El tío se me queda mirando raro, con la mirada fija en un punto entre la boca y la barbilla. Se pasa un par de segundos con esa expresión tan idiota como misteriosa hasta que vuelve a hablar.

– Jajaja. Es verdad, estás mojado no…

Que no diga lo siguiente, por favor, solo pido eso.

– … lo siguiente.

Definitivamente, esto va a salir mal.

– ¿Vamos a tomar unos zuritos?

-Escúchame, tío. Estoy mojado, sudado, acatarrado y, sobre todo, aburrido. No vamos a tomar zuritos. Vamos a emborracharnos como si no hubiese un mañana.

– Pero mañana es martes…

– Pero es Agosto. ¿No estás de vacaciones?

-Bueno, pero quiero hacer cosas.

-Pues estás en la ciudad equivocada. Así que vamos a emborracharnos.

Al principio me cuesta convencerle, pero en un par de rondas los zuritos se convierten en cañas, otro par y vamos a por los cañones… Cuando llegamos al final de Somera ya estamos bebiendo patxarán.

Resulta que al hijoputa le fue bien. Que conste que le llamo hijoputa, única y exclusivamente, porque le fue bien. Curra de ingeniero en Idom (“cojonudo no, lo siguiente”, tiene una novia que está con una beca Leonardo en Berlín, y además está yendo a clases de Paddle Surf en Sopelana. No le odio tanto por el trabajo o por la pareja como por estarse divirtiendo mientras yo me aburro.

Me pide que le cuente mi vida, pero yo lo único que pido son patxaranes. Sigo mojado, de esta mezcla que ya no sabes si es lluvia o sudor, pero como he perdido la vergüenza no me importa llevar dos kleenex en la nariz para que no se me salgan los mocos. Total, Bilbao está vacío, ¿quién me va a ver?

-¿Qué pasa, Alonso? – golpe terrible en la espalda – ¿Al final has encontrado plan, eh?

Ella. Y no va sola, va con un él.

Me hace un gesto como para que me limpie algo en la barba. Pasta de dientes. El puto Unai lleva tres horas conmigo y ha sido incapaz de decirme que tenía pasta de dientes en la barba. Menudo hijo de puta.

– ¿Eso que es, Alonso? ¿Lefa? Jajaja¿Y qué llevas en la tocha? Jaja ¿Qué andáis, tomando algo?

– Pues… tengo mocos.

-Mira, éste es Jon. Jon, Alonso. Alonso, Jon.

– ¿A patxaranes a las siete de la tarde de un lunes, eh? Menudo figura está hecho tu colega. – dice el puto Jon.

– Yo ya le he dicho, que así íbamos a acabar borrachos no, lo…

– ¡Cállate! Éste es Unai, un colega de la Uni.

– De la uni, ¿eh? – habla el puto Jon ese – ¿Qué estáis, con algún proyecto o algo?

– Sí, con el proyecto de pillarnos una mierda como un campano.

– Pues me estáis dando envidia. ¿Nos unimos, Jon?

-¿No prefieres ir a ver una peli o algo a mi casa?

– No.

Por fin algo positivo en esta mierda de día. Mientras tomamos unos cuantos patxaranes más, ella me cuenta que estaba super aburrida y que han quedado por el Tinder. Me cuenta que al principio le ha caído bien, pero ha empezado a sospechar de él cuando ha pedido un mosto.

El chico se acerca, visiblemente celoso, y nos pregunta a ver de qué nos conocemos. Ella le cuenta que me conoció con una falda de arrantzale y la cara llena de purpurina. Él me pregunta si soy adicto al ridículo, yo le contesto que soy adicto al patxarán y una cosa lleva a la otra, ella se ríe, él se pone más celoso. La cosa pinta bien.

Hasta que el puto Unai recibe una llamada de teléfono. Una llamada mala no, lo siguiente. Su novia, la de la beca Leonardo, lo está pasando muy bien en Berlín. Vaya, que ahora lo está pasando mal, porque se siente muy culpable y mierdas así, pero lo ha pasado muy bien la noche anterior. Que le ha puesto los cuernos, joder. Cuando cuelga, echa la pota. Pero una pota no…

Me lo tengo que llevar a casa. Nos acerca Jon en coche, nos deja en el portal y se marchan antes de que empiece a jarrear. Ella me dice que se va mañana a Laredo, pero que a ver si nos vemos en Aste Nagusi, que le encanta como me queda la falda. Yo solo puedo pensar en las dos semanas que me quedan por delante hasta entonces, dos semanas de aburrimiento, de lluvia, de hartarme de esta puta ciudad para luego amarla como nunca otra vezde nuevo.

Dejo a Unai en casa y empieza a llover. Otra vez.

No hay nada como quedarse en Agosto en Bilbao.

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El psiquiatra, desde su sillón, observa a su paciente Jose María (Chema), tumbado en el diván. Imaginen al psiquiatra vestido como el clásico psiquiatra: gafas que se enganchan por el puente sobre la nariz, un cuaderno en el que toma notas con una estilográfica, camisa, chaleco y pantalón con la ralla bien marcada. Imaginen a Chema vestido como el clásico gilipollas: camiseta que trata de contar un chiste (Fuma, con el logo de Puma modificado), pantalones pirata y calcetines blancos con rayas de dos colores (probablemente rojo y azul), además de zapatillas con lucecitas.

Entramos con la escena ya empezada.

PSIQUIATRA: Así que tiene usted un problema para comunicarse con el resto del mundo.

CHEMA: Pues ya ves truz.

PSIQUIATRA: Vaya. ¿Cree que puede ser debido a su particular modo de hablar?

CHEMA: Efestiviwonder. Creo que la cosa va por ahí.

PSIQUIATRA: Durante estos años, ¿ha desarrollado alguna teoría que pueda explicar su…peculiar forma de expresarse?

CHEMA: El problema es que yo creo que hablo guay del paraguay. Es la gente la que me juzga sin tener derecho. Yo me expreso así y, si no te gusta, te jodes, como dijo Herodes.

PSIQUIATRA: Entiendo. De todas maneras, debería entender que la gente pueda sentirse incómoda con su problema.

CHEMA: Parece menterio, pero es así.

PSIQUIATRA: Vayamos más allá. ¿Como era su relación con su padre?

CHEMA: ¿Digamelón?

PSIQUIATRA: Su padre. ¿Le pegaba? ¿Ha sufrido vejaciones por su parte?

CHEMA: No te enroyes, Charles Boyer. Mi padre no tiene nada que ver con esto. No merece la pierna hablar sobre él.

PSIQUIATRA: Bueno, hay una corriente en psiquiatría que asegura…

CHEMA: El problema es de la sociedad, que no es capaz de entender a la gente como yo. Cuando estás con ellos todo es chachi lerendi juan pelotillas, pero cuando te vas empiezan a ponerte verde y…

PSIQUIATRA: Siguiendo con lo de su padre…

CHEMA: Y yo al principio estaba en plan bota rebota y en tu culo explota, pero luego claro, con el tiempo alucinas pepinillos con como te trata la basca.

PSIQUIATRA: Está muy bien esto que me cuenta, pero yo creo que es importante que vayamos al foco del problema.

CHEMA: Okey makey.

PSIQUIATRA: (le recorre un escalofrío)

CHEMA: ¿Qué pasa? ¿Tiene biruji?

PSIQUIATRA: (toma aire) Sigamos, por favor. ¿Cree que esto puede tener algo que ver con, no se, sus amistades, por ejemplo? ¿Tiene usted amigos?

CHEMA: Tenía una pandi con la que íbamos por ahí a mover el esqueleto y a ver si nos trincábamos a alguna pituqui, pero hace tiempo que me dejaron de lado.

PSIQUIATRA: No me extraña.

CHEMA: ¿Qué?

PSIQUIATRA: Nada, disculpe, continuemos.

CHEMA: Nada de eso. La cagaste, Burt Lancaster. Se te ha visto el plumero.

PSIQUIATRA: Señor, por favor, no diga tantas frases mierder seguidas, se me hace imposible seguirle el ritmo.

CHEMA: (se levanta) Lo llevas clarinete si te piensas que me voy a gastar mi panoja en un mingafría como tú.

PSIQUIATRA: Vuelva a tumbarse, por favor. Yo estoy aquí para ayudarle, pero tiene que entender que jamás me he enfrentado a un problema tan grave como el suyo.

CHEMA: Bueno, por aquí habrán pasado locatis de todo tipo. Gente muy tarumba.

PSIQUIATRA: Por favor, guardese algo. ¿Hay alguna circunstancia en la que usted abuse menos de…como decirlo….

CHEMA: ¿Las frases mierder?

PSIQUIATRA: Equilicuá.

CHEMA: Pues no se… He llegado a utilizarlas incluso durante la comunión. Y durante el coito.

PSIQUIATRA: Toma jeroma, pastillas de goma. (Mira a su alrededor extrañado)

CHEMA: ¿Qué le ocurre, doctor?

PSIQUIATRA: ¿Había consultado esto con alguien antes? ¿Ha habido algún médico antes que yo?

CHEMA: Nasti de plasti.

PSIQUIATRA: Señor, empiezo a encontrarme un poco imcómodo en su presencia. Me parece que tendré que derivarle a la sanidad pública.

CHEMA: Alucino pepinillos. ¿Y eso por qué?

PSIQUIATRA: No se, noto algo en mi cuerpo. Me siento…no se. Me están entrando ganas de comerme un chicle.

CHEMA: ¿Pero no un chicle cualquiera, verdad?

PSIQUIATRA: Nanai. Tengo ganas de un Kilométrico Boomer.

CHEMA: ¿Muchas ganas?

PSIQUIATRA: Cantidubi.

CHEMA: Bien, pues me marcho. Parece que mi hermano tenía razón.

PSIQUIATRA: ¿Pero que Pretenders?

CHEMA: Me dijo que para curarme el habla mierder solo tenía que hablar con alguien que se creyese más listo que yo. Por eso vine al psiquiatra. Muchas gracias, Doctor. Me ha ayudado mucho.

PSIQUIATRA: ¿Cómo ha podido hacerme esto?

CHEMA: Ya sabe, a mi plin…

PSIQUIATRA: (luchando contra sí mismo) Yo duermo en Pikolín. ¡No!

CHEMA: Ahora me voy, que estoy más agusto…

PSIQUIATRA: (su rostro está rojo, suda como un costalero) …que un… que un… que un arbusto. ¡Noooooooooo!

CHEMA: Que le vaya bien, doctor. Yo me piro…

PSIQUIATRA: (rendido)…vampiro.

Suena el timbre de la secretaría.

SECRETARIA: ¡Doctor! Su próximo paciente está esperando, ¿le hago entrar?

PSIQUIATRA: Efestiviwonder.

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Ayer me tocó ser presidente de mesa. Hoy, me ha tocado gastarme el dinero que gané ayer en pagar la fianza para salir del calabozo. Ayer no era más que un parado de larga duración que por fin tenía un trabajo, aunque fuese solo por un día, y también muy pocas ganas de llevarlo a cabo. Hoy soy un semidios.

La cosa empezó rara, ya desde las 9 de la mañana. Mi madre tuvo un conato de pelea con otra señora porque estaba empeñada en ser la primera en votar en la mesa de su hijo. Estaba tan empeñada que, por no perder tiempo eligiendo y arriesgarse a no ser la primera, votó en blanco. La otra mujer también parecía tener mucha prisa por votar. Cuando dejé que mi madre pasara primero, la mujer me acusó de fascista y pasó el resto del día en la entrada del colegio electoral avisando a los electores de que la mesa estaba presidida por la encarnación de Hitler. Yo, que soy calvo y gordito, siempre me he sentido más atraído por Mussolini, pero no era un tema que me apeteciese demasiado discutir.

A las 11 de la mañana llegó un señor con dudas. Se acercó a mí y me preguntó a quién tenía que votar. Yo le dije que hiciera lo que le diera la gana. Los interventores del PNV y del Partido Popular la rodearon enseguida y empezaron a atosigarle con sus programas electorales. Cuando los interventores empezaron a pelear me tocó a mi separarles, como no. La señora que me acusaba de fascista, cuando vio como los sacaba por la puerta, empezó a llamarme comunista y a compararme con Stalin.

La vecina de mi abuela, que siempre me ha llamado Jesús y a la que nunca me he atrevido a decir que en realidad me llamo David, llegó sobre las 12 y media.

– ¡Pero qué grande estás ya, Jesús!

– Señora, por favor, ¿no será porque ya tengo 48 años?

– Le conozco desde que era así – le dijo a sus amigas, que eran 15 y contaban a quién les quisiera escuchar que iban a votar a Podemos. – Y míralo ahora, ¡todo un presidente!

– Solo soy presidente de mesa, señora. No es demasiado…

– No te quites méritos, Jesús. ¿Sigues estudiando o ya has empezado a trabajar?

Me costó quince minutos que se fuese. En cuanto salieron, la señora de la entrada empezó a llamarlas colaboracionistas y a decirles que ya se acordarían de ella cuando yo las mandase al gulag.

A las cuatro de la tarde entró un joven muy apuesto y elegantemente vestido. Se metió en una cabina y no volvió a salir. Media hora más tarde, y en vista de que ninguno de mis vocales iba a tomar la iniciativa, me acerqué a la cabina. Me sentí muy reconfortado cuando hoy su respiración allá dentro. Seguía vivo, lo cual me alegró mucho, ya que no podía imaginar la reacción de la señora de la entrada si veía salir un cadáver.

Pero la respiración era muy entrecortada, como esforzada. Y había otro sonido. Un sonido muy parecido al de una bomba de aire hinchando una bicicleta. Pregunté al señor si estaba bien, pero no me contestó, así que tuve que abrir la cortina. Allí estaba, con la corbata aflojada y la espalda de la camisa llena de sudor, haciendo un movimiento de vaivén que solo podía significar una cosa. El desgraciado se estaba masturbando. En su mano, una papeleta de Ciudadanos. Cuando se sintió observado, se giró y, con surcos de sudor en su rostro, solo susurró una palabra.

– Cambiooooooooooooooo.

Pase la siguiente media hora limpiando la cabina. Me dio tanto asco que cuando mi madre llegó con un bocadillo de mortadela (con aceitunas) para que “merendase algo, que tanto trabajar no es bueno” no fui capaz de darle un solo bocado. Fueron mis vocales los que dieron buena cuenta del bocadillo. Los interventores también ayudaron, menos los del PSOE, que no querían que se asociase a ellos la imagen de pobreza y falta de ilusión que simboliza un bocadillo de mortadela.

Pero cuando la situación se torció de verdad fue a las 9 de la noche. Estábamos a punto de cerrar la votación cuando entró un joven a ejercer su derecho a voto. Me dio su DNI, lo leí en alto y los vocales no fueron capaces de encontrarlo en la lista. Al parecer, el joven no estaba empadronado. Intenté explicarle que si no aparecía en la lista no podía votar. Él se empeñaba en que aunque no apareciese en la lista existía, y que eso era innegable, y que como Doctor en Metafísica que era estaba dispuesto a discutir con cualquiera que se atreviese a negar su existencia. En un momento de distracción, el hombre metió su voto en la urna y salió corriendo.

Toda la sala se volvió loca. Los interventores se negaban a dar por válida la votación porque había un voto inválido. Los vocales solo querían irse a su casa y abogaban por darlo por válido. Yo solo quería salir de allí, y estaba dispuesto a quitar un voto al azar y llevar de una vez la urna al ayuntamiento. Me puse tan nervioso que tuve que encenderme un cigarro. Los interventores de derechas me gritaban que fumar en un colegio electoral no solo era ilegal, sino anticonstitucional. Los vocales me gritaban que a ver cuando iba a llegar mi madre para traerme la cena.

La señora de la entrada, alertada por el griterío, entro furiosa en la sala. Nervioso por su reacción, tiré el cigarro, con la mala suerte de que se coló en la urna. Todos los votos empezaron a arder. En ese momento llegó la Policía Nacional. Pese a que las elecciones eran municipales, todo el estado estaba esperando el recuento de mi mesa para hacer una valoración global de las elecciones. Casi al mismo tiempo que ellos, llegó la televisión. En todas las cadenas del Estado estaban restransmitiendo en directo como ardía una urna electoral mientras, de fondo, se veía como una mujer golpeaba con su bolso al presidente de la mesa.

Cuando he salido del calabozo las televisiones y los representantes de casi todos los partidos políticos estaban allí. Cada uno interpretó el incidente como le fue mejor para sus intereses. Los izquierda radical empezaron a vender mi imagen como la de un hombre hastiado por el bipartidismo que, en un acto de valentía, había cremado las papeletas como símbolo de una política muerta. Los partidos tradicionales decían que mi acto significaba el descontento popular ante una serie de partidos que trataban de engañar al ciudadano con incumplibles promesas populistas. La derecha más rancia dijo de mí que era la viva imagen del desencanto popular ante un sistema democrático que en ningún momento había conseguido mejorar las políticas que instauró el Gran Caudillo.

Por mi parte, sigo en el paro. Estoy planteándome que, para salir de esta situación, podría intentar fundar mi propio partido de cara a las próximas elecciones generales. Solo tengo que lanzar a cada sector de la población el mensaje que quiere oír.

Se que mi madre me apoyará. La vecina de mi abuela, la que me llama Jesús, ya me ha dicho que ella y sus amigas están dispuestas a ser mis ministras, siempre y cuando cree un Departamento de Ganchillo y Telenovela de Media Tarde.

El único problema es la señora de la puerta. No se como ha conseguido mi teléfono, pero me ha amenazado con un golpe de estado si es que alguna vez me hago con el poder. Puede que acabe fichándola para mi partido. Siempre está bien tener alguien que grite tan alto que nadie pueda darse cuenta de lo vacío que está su discurso.

Jokin contó a sus amigos que el encuentro había sido corto pero muy intenso. Sus miradas se habían cruzado con la misma claridad que se habían cruzado sus destinos. Habían llegado a bailar juntos en medio de la calle. Ella solo le dijo una frase, una nada más, que Jokin no estaba dispuesto a contar por íntima.

Sus amigos no terminaban de creerle. A Jokin solo se le recordaba una novia, y era una de esas “novias del pueblo” que, existan de verdad o de mentira, siempre están amenazadas por la sospecha de ser una simple fanfarronería. Jokin insistía en que la conexión que había sentido con esta nueva chica iba más allá incluso que la de una relación amorosa o sexual. Ellos seguían dudando, la timidez de Jokin superaba en mucho los ocho grados en la escala Luismi (inspirada por el carácter de un personaje de la serie Compañeros). Pero el seguía insistiendo en lo romántico de su historia.

Jokin había salido de la Cruz Roja, en la calle Doctor Areilza, donde le habían practicado una ecografía, pues además de tímido Jokin era un tipo bastante hipocondríaco (superaba los 7 puntos en la escala Señora en la Peluquería). Recalcó el detalle del lugar, ya que él solía acudir siempre al ambulatorio de Deusto pero el Doctor Larrea estaba de vacaciones y había sido derivado allí. Insistía en que este detalle era la clave que demostraba que su encuentro con la chica no había sido azaroso, sino fruto del insondable destino.

Ya que estaba allí, había decidido ir a una librería en una plaza cercana. Pero no directo, claro. Jokin tenía miedo de que sus piernas se atrofiasen por su poco uso, así que decidió dar un rodeo (dato que utilizaba para afirmar, además de la existencia del destino, que él era el dueño del suyo propio).

A esa misma hora, ella salía de clase de inglés. Se dirigía a los Multicines de la calle Eskuza donde había quedado con una amiga. Iba rápido, ya que la sesión empezaba a las 5 y media y ya eran casi y cuarto.

Jokin la vio nada más girar la esquina. Venía desde el otro lado de la calle, por su misma acera, sujetando una carpeta sobre su pecho. Su pelo era castaño con las puntas más rubias (probablemente teñidas, añadía Jokin para demostrar hasta que punto se había podido fijar en ella).

Lo cierto es que Jokin, como cada vez que veía a una mujer por la que se sentía atraído, había bajado la cabeza, aunque solo lo justo para no producirse una tortícolis, cosa que le aterraba tanto como el cruzar miradas con una desconocida atractiva.

Ella siguió caminando sin prestar atención al chico que venía de frente. Escribía frenéticamente en su teléfono móvil, porque su amiga, que era bastante impaciente (en torno a los 7,5 puntos en la escala George W. Bush), no hacía más que enviarle mensajes metiéndole prisa.

El encuentro se produjo en la calle Licenciado Poza, a la altura de un restaurante de sushi para llevar (cosa que a Jokin le gustaba destacar para acompañar adecuadamente a lo exótico de su encuentro).

Al principio ni siquiera se miraron. Ella seguía con la vista plantada en el móvil, él miraba solamente a sus pies.

Durante unos segundos, realmente pareció que bailaban. Se movían rítmicamente, primero a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda otra vez. Ella levantó la mirada, buscando el contacto con sus ojos. Él lo evitaba, pero cuando veía que ella volvía a desviarla volvía a levantar la cabeza, sediento de detalles de su rostro (una pequita en el centro de la nariz, un aro colgando de la parte superior de su oreja, un mechón que tapaba su ojo izquierdo, en el que parecía empezar a salir un orzuelo).

Después de un baile de tres segundos, que para Jokin duró minutos y para ella duró horas, la chica volvió a levantar la cabeza decidida. Buscó los ojos de él, que seguía tratando de evitarlos, hasta que no pudo hacerlo más. La mirada de ella se clavó en la de él. En la boca de Jokin se dibujó una sonrisa. Y entonces, ella dijo la frase que los amigos de Jokin jamás llegarían a oír:

– A ver, chico, decídete. ¿Vas por la izquierda o por la derecha?

Sin perder la sonrisa, Jokin dio un paso a su izquierda. Ella dio un paso a su izquierda también, por donde Jokin le había dejado el paso libre, volvió a mirar a su móvil y, sin decir absolutamente nada, empezó a caminar.

Jokin la miró alejarse por la acera. Ella jamás volvió a girarse. Si le preguntarán, sería incapaz de describir al chico con el que, como tantas veces nos pasa a lo largo del día, había compartido un momento de indecisión a la hora de cruzarse en una acera.

Aunque los amigos de Jokin jamás sabrían nada de todo esto.

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